¿Dónde estaba Añancué?

Los vericuetos de la historia regional, con su búsqueda de motivaciones y evaluación de sucesos más trascendentes, como es el caso de los enfrentamientos bélicos, han postergado un tanto a los parlamentos.
Walter Cazenave *
Tal como lo indica la etimología de la palabra, parlamentos eran aquellos encuentros entre dos facciones opuestas -generalmente cristianos e indios- que se reunían para dirimir razones mediante el uso de la palabra, condición valorada por muchas culturas, las de raíz mapuche entre ellas. Solían ser, dicen las crónicas, verdaderos torneos de oratoria que duraban un tiempo muy considerable.
El actual territorio pampeano fue escenario de varios de estos parlamentos, conocidos algunos y otros no, pero importantes y trascendentes muy a menudo. Ya en época tan temprana como 1819 Feliciano Chiclana tuvo uno con los caciques ranqueles en aledaños de lo que es hoy la Laguna del Guanaco y hay noticias históricas de otros, caso del de Pedro Andrés García en 1810 o el concretado a la muerte de Calfucurá en 1873, para elegir sucesión.
Acaso el más trascendente de todos, no tanto por su importancia -que la tuvo- como por la fama que alcanzó a través de la literatura, fue el que sucedió en 1870 en Añancué, entre el coronel Lucio Victorio Mansilla y los jefes de la parcialidad ranquelina: Mariano Rosas (Paguitruz Guör, de la Dinastía de los Zorros), Baigorrita (Manuel Baigorria Huala, del linaje de los Patos) y Ramón Cabral, conocido como El Platero, por el oficio que lo destacaba.
Es llamativo que aquellas reuniones fueran verdaderas asambleas populares a las que asistían todos los varones de las parcialidades, con voz y eventuales objeciones; de hecho -cuando correspondía- las críticas y abucheos podían dirigirse también contra los mandantes. El acto, al igual que otros que no es del caso citar aquí, se da de bruces contra el concepto de barbarie imperante en la sociedad occidental de la época, al tiempo que aparece como un singular ejercicio de, digamos, democracia.

El relato de Mansilla.
Antes de pasar a alguna especulación al respecto conviene destacar las características que tuvo el parlamento de Añancué.
En su libro Una excursión a los indios ranqueles el ego del coronel Mansilla, explícito o implícito, hace que en su relato aparezca siempre como el centro y el generador de las acciones; en el caso del parlamento a realizarse en definitiva no hacía más que obedecer las órdenes que había recibido de una instancia superior.
Sin embargo se debe reconocer que la descripción que hace de la asamblea es amena y magistral: dos parcialidades con múltiples divisiones y desconfianzas internas puestas a analizar una propuesta cristiana sobre la ocupación de las tierras la que, se demostraría con el tiempo, era igualmente falsa como sus similares anteriores.
La reunión que comentamos tuvo como trasfondo -y a veces como evidencia- la tirria del coronel contra el padre Vicente Burela, misionero entre los ranqueles y que había estado entre ellos antes de la presencia mentada en la Excursión. También Burela estaba presente durante el parlamento.

Las iras del coronel.
“Mansilla, como se ha dicho, era un ególatra con mucho talento, además de un ilustrado dandy con excentricidades que le dieron notoriedad y disgustos y generaron anécdotas. Su animadversión para con Burela parece haberse originado en una nota aparecida en un diario porteño titulada “Otra excursión a los indios ranqueles” enviada desde Mendoza por su corresponsal, en la cual se rectificaban algunos asertos y detalles de las cartas del coronel publicadas hasta entonces. Bastó esto para que Mansilla montara en cólera y, con su genio arrebatado, escribiera toda una diatriba contra el padre Burela en el mismo diario”.
Se sabe que la cristianización de los indios era una antigua aspiración de los franciscanos de Río Cuarto, donde estaba la comandancia de Mansilla, pero no es tan conocido que la misma aspiración estaba en los dominicos de Mendoza. Detrás del idealismo que puede haber en ese interés, indudablemente asoma también la vieja aspiración de los cristianos de avanzar sobre los ricos territorios que ocupaban los indios.
Es casi seguro que Burela había estado entre los ranqueles antes que Mansilla fuera en su famosa Excursión y está documentada su acción al respecto ante el gobierno nacional. Con los franciscanos que acompañaron a Mansilla tenían una diferencia -mínima si se quiere- en cuanto a la forma de adaptar los ranqueles a la civilización: mientras que Donatti y los suyos aspiraban a una evangelización plena de los indios, que traería el cambio, Burela confiaba en una catequización, pero sometidos a la autoridad civil.

Y sin embargo Burela…
Durante el parlamento (cuya concreción Mansilla en su egolatría prácticamente se atribuye, cuando en realidad era una idea anterior de larga maduración y trámite) el coronel no se priva de destacar su actuación; en algún momento y ante los justos argumentos de los paisanos, miente abiertamente, según lo reconoce en el texto.
Pero también es en la reunión donde afloran abiertamente sus diferencias con el padre Burela, a esta altura ya transformadas en abierto encono. Los errores y actitudes que le atribuye al sacerdote son muy discutibles y los silencios del religioso interpretados como un otorgamiento a los cargos que le hace Mansilla cuando, según otra versión, fueron en pro del coronel. De hecho alguien tan imparcial como el sacerdote franciscano Moisés Álvares, que formaba parte de la comitiva del coronel, acredita en un documento que en realidad las actitudes de Burela, que tenía predicamento entre los indios, salvaron la vida de Mansilla, contra quien eran grandes los enojos. Para más, Mansilla venía de visitar y entrevistarse con Baigorrita, circunstancia que había provocado algunos recelos con Mariano, el otro jefe indio. No hay que olvidar -circunstancia que resalta Josefa Poncela en el libro La cumbre de nuestra raza- que Manuel Baigorria Iguala, de acuerdo con su laya, era cacique general de los tribus ranquelinas mientras que Mariano Rosas -Painetruz Gñuer- era cacique principal; el relato de Mansilla dejan entrever prevencioness entres ambas dinastías.
Los anteriores son, claro está, los entretelones de un acto de mucho interés histórico, y quede a otros la tarea de profundizar el análisis, trabajo que ya se ha hecho en parte. Mansilla describe la reunión en forma admirable pero con pluma parcial basada, como se ha dicho, en su insoslayable individualismo.

Un lugar olvidado.
Pero ¿dónde estaba Añancué? Al contrario de la mayoría de los sitios indígenas de alguna notabilidad, no han quedado registros de una ubicación tan significativa. Las esferas oficiales -ya se sabe- han dado muy poca importancia a esos lugares históricos de la provincia, por más que algunos de ellos alcanzaran trascendencia nacional. Los toponomistas, referentes indispensables de nuestro pasado indígena, no lo registran. Ni Stieben, Tello, Vuletín, Casamiquela, Piana o el inventario de Aráoz dan noticia alguna de la ubicación del sitio (en verdad ni siquiera registran el topónimo) y tampoco figura en la notable relación de los agrimensores que midieron catastralmente el territorio ganado a los indios.
La elección del lugar para celebrar el encuentro estaba muy lejos de ser casual o de oportunidad; Añancué se ubicaba en el límite de las áreas de influencia de Mariano Rosas y Baigorrita, los dos jefes más importantes de la parcialidad ranquelina en esa época. Pero además -y es un dato singular- por sus condiciones topográficas también era un lugar donde los indios se reunían para disputar los partidos de chueca, aquella práctica de raíz similar al actual hockey. De hecho, señala Mansilla, el cónclave se celebró a campo raso, con la gente sentada en el suelo, dicho sea de paso en un día de notable calor para la época, entrado el mes de abril. Esas circunstancias estarían dando dos datos de interés a la ubicación del sitio: un lugar amplio y plano y una ubicación aproximadamente a medio camino entre Leuvucó y Quenque, siete leguas del toldo de Baigorrita, dice la crónica. Por otra parte, recuérdese que el mismo Baigorrita le dice a Mansilla que queda a dos galopes de su toldería. Esta afirmación merece una consideración y análisis especial.

¿Cuánto mide un galope?
Un galope equivalía en el lenguaje ranquel a unos 65 km, por lo que duplicada esa expresión equivaldría a unos 130 km, según señala en un trabajo al respecto Norberto Mollo. Posiblemente esa sería una distancia excesiva para un caballo, aun para los pingos indios, tenidos por excelentes. El padre Juan Guillermo Durán, un estudioso de estos temas, nos informa que, según referencias actuales, ese recorrido equino andaría en alrededor de 30 km. .
Además, los aproximadamente 130 km que implicarían los “dos galopes” se contraponen abiertamente con las siete leguas (unos 35 km) que había al lugar que Mansilla nomina como “la raya”, deslinde entre las dos parcialidades ranquelinas. Para una mejor ubicación del lector digamos que, de acuerdo con los llamados “libros azules”, en los que los agrimensores registraron el levantamiento catastral de La Pampa, Poitahué -toldos de Baigorrita- se ubica en VII D 2, en tanto que Leubucó, residencia de Mariano Rosas, está en VIII A 9. Entre los dos lugares median unos de 50 km. por lo que la distancia entre ambos sitios podía cubrirse en dos tramos -galopes- de alrededor de 30 o poco más km. cada uno, lejos del valor que se adjudicara a aquella medida.
El dato llevado al mapa de La Pampa señala como la zona media ubicada entre Leubucó y Quenque, un área situada aproximadamente a unos 6 km al sur de la actual Victorica, sitio cuya topografía parece adecuada a una reunión de aquella clase, que debió reunir varios centenares de personas. La ubicación, siempre considerada como una posibilidad, se correspondería con la nomenclatura catastral VIII A 22. Su corroboración o no queda abierta a investigaciones más detallados que la que aquí se rubrica.
No deja de ser paradójico, entonces, que uno de los lugares de más significación en La Pampa, tanto por su papel histórico como en su protagonismo literario, esté perdido en la memoria, tanto del común como de los estudiosos. Es honesto recordar que el presente trabajo está basado en buena medida en especulaciones. La tarea de ubicar el sitio permanece abierta a cualquier interesado en la historia y la geografía de la provincia.

*Geógrafo