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OPINION – EL BESO ROBADO

Hace pocas semanas atrás, Disneyland Resort inauguró una nueva atracción donde se revivía la historia de Blancanieves. La escena final, donde el príncipe besa a la protagonista dormida, generó opiniones encontradas. Veamos de qué se trata.

Nicolás Jozami *

La discusión se planteó a partir de lo que dijeron las periodistas Julie Tremaine y Katie Dowd, en un artículo titulado “El nuevo paseo de Blancanieves de Disneyland agrega magia, pero también un nuevo problema”, que salió en el San Francisco Chronicle, destacado diario de Estados Unidos. En la nota, al hacer mención del film Blancanieves, dicen que “El beso que [el príncipe] le da [a Blancanieves] sin su consentimiento, mientras ella duerme, no puede ser amor verdadero si solo una persona sabe que está sucediendo. ¿No hemos acordado ya que el consentimiento en las primeras películas de Disney era un problema importante? ¿Es necesario enseñarles a los niños que besar, cuando no se ha establecido si ambas partes están dispuestas a participar, no está bien? Es difícil entender por qué Disney en 2021 elegiría agregar una escena con ideas tan anticuadas de lo que un hombre puede hacer con una mujer, especialmente dado el énfasis actual de la compañía en eliminar escenas problemáticas de otras atracciones”.
He allí el debate planteado que (obviamente es menor respecto a todo lo que nos está sucediendo con el COVID) no deja de tener sus raíces bien clavadas en otra pandemia anterior al virus: la violencia machista. La factoría Disney trabaja con adaptaciones (y tengan presente esa palabra) de cuentos clásicos –éste precisamente, de los hermanos Grimm– pero el corazón de la queja que plantean Tremaine y Dowd es acerca de las facilidades que tendría Disney para ofrecer nuevas lecturas sobre los textos literarios (y sus correlativas adaptaciones) sabiendo del contacto con el llamado “original”, tal como fue planeado y escrito por los Grimm. Es un debate extenso: hasta dónde mover o no la adaptación de un texto literario que tiene, per se, muchas interpretaciones.
Revisar desde el hoy.
Por ejemplo, en el programa radial de Jorge “Petete” Martínez se habló de esto con la especialista en literatura infanto-juvenil Carola Martínez. Sabemos que Disney es una fábrica de estereotipos, que justamente “no son la realidad”, porque la crítica de las periodistas norteamericanas era a Disney, aunque Carola Martínez aseguraba que lo escrito en el pasado debe poder releerse sin una imposición de antemano, ya que eso se convertiría en autocensura. Discutir el beso del príncipe a Blancanieves le parecía desopilante a Petete Martínez, como “una estupidez” al periodista Antonio Laje en su programa matutino. Pues bien, les respondo que siempre se analiza contextualizando desde acá. No hay espacio vacío para la –si no les gusta la palabra crítica–, reflexión motivada. Se pone en cuestionamiento porque no podemos reflexionar los hechos, sucesos “estando allá”, en el momento en que sucedieron. Claro que hay que contextualizar, saber desde dónde y en qué lugar se forjaron las cosas, pero saber eso no implica necesariamente que no se puede revisar eso desde el hoy. Uno usa el mismo plato para almorzar o cenar, pero no deja los restos de lo que va comiendo a cada paso: lo lava, lo deja limpio para volver a colocar el alimento. El anacronismo es tan nocivo como el dogmatismo de la conciencia presente (siempre en puja, claro) para el análisis teórico y social.
El error que considero hubo en ciertos pasajes de la entrevista, según como plantearon el debate y las preguntas, fue dar por sentado y creer que primero se lee (el cuento de Blancanieves, pongamos) y luego se interpreta; olvidan que en la propia producción literaria, “ya está bajada la línea”, pese a que la literatura conjura esto, de allí su potencia para discutir siempre lo dado. Pero profundizo: el propio cuento infantil, salido de la cabeza e imaginación de los hermanos Grimm, tiene su ineludible acervo ideológico, su marca temporal, que luego es tramitada por los años y siglos posteriores, aunque hay precisas huellas epocales, políticas, sociales en su constitución. Coincido con Martínez (Carola) que no debe subrayarse de antemano la visión que el docente o el formador de lectores tiene sobre el cuento, pero es un error (de formación) no señalar lo que nos parece del cuento filtrado por las coordenadas de nuestro presente, si se habilita ese espacio.
Sabemos a esta altura que cada relectura “modifica” al texto original. Basta pensar en ese texto menor –pero brillante– dentro de la producción de Julio Cortázar llamado “Texturologías”, con un palo para la crítica que desea desentrañar lo literario. Un texto, escrito con una intención, significa otra cosa, mediada por el tiempo. El Martín Fierro de hoy “no es” el del siglo XIX, pero una lista de supermercado escrita por unx mismx ayer para preparar el menú, leída hoy, tampoco lo es; las palabras serán las mismas, pero el sentido de lo que los ingredientes y el menú y la comida y la reunión significaron ayer, es otro. Vaya si el sentido no cambia con el tiempo en WhatsApp: un gracias dado a destiempo, un emoticon demasiado tardío, puede enojar del mismo modo a la misma persona que pudo alegrar de haberse enviado en el momento justo o esperado. Y algo que nos alegró o exasperó en el momento en que sucedió, leído a las tres semanas, antes de borrar el chat, quiere decir otra cosa ahora”. Entonces, los textos, en cada momento, coyuntura, proponen diferentes formas de ser percibidos. De eso no están exentos los literarios, y menos los cuentos infantiles como el que mencioné, ya que llevan en su ADN una carga valorativa específica. Muchos de ellos fueron escritos en el período conocido como Romanticismo, y ostentaron la condición de asentar las características propias de la nacionalidad y pueblo europeo que les dio origen.

La lectura hace al texto.
El otro costado del debate puede plantearse así: ante el escrutinio paulatino, ante revisiones y reversiones constantes de los textos literarios y del arte en general, el punto es no perder de vista el objetivo final –la libertad de los creadores y receptores– ni convertir al arte y a la literatura en un elemento doctrinario, estático. La lectura de ficción debe emancipar la imaginación, no obligar lo que se debe imaginar. Esa es la línea peligrosa de dos caras; la del dogmatismo y la del presente con anteojeras.
La lectura “hace” al texto. La denominada “cultura de la cancelación” no me parece una buena vía (quitar u obviar la escena del beso), pero sé que no es lo mismo ver en cine el beso tradicional que imaginarlo mientras se lo lee; unx ahí puede figurarse hasta la cara de rechazo de Blancanieves al recibir intempestivamente ese beso, puede pensar en las manitos que alejan un poco al príncipe que, aún con buena intención, hizo algo con su cuerpo sin consultarle. El único fanatismo es el de la salud de la imaginación.
Abelardo Castillo decía que llamamos “ideas peligrosas” a las ideas nuevas. Qué casualidad. Y justamente más peligrosas, las que son nuevas para cada unx de nosotrxs. No niego que es tranquilizador saber que lo que creemos, sentimos, vivimos, es compartido en el tiempo por la mayoría de nuestrxs conocidxs. Si el príncipe va a besar a Blancanieves y siente su mal aliento (porque durmiendo nos suele suceder eso ¿no?) y se aleja sin besarla y ella se despierta, estoy convencido de que el efecto puede ser gracioso y hasta no modifica el sentido de la intención del príncipe para despertar a su amada. Porque para perfectos, están los cuentos de Disney.

  • Escritor y docente