Ante la tumba profanada, el trawun decide la restitución

PUEBLOS INDIGENAS - LOS RESTOS DEL CACIQUE CALFUCURA

El gran trawun celebrado en Santa Rosa el último 21 de septiembre con miembros de comunidades de Buenos Aires, La Pampa y Neuquen y autoridades del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, definió la restitución de los restos de Calfucurá a los médanos de Chilihué, a dos leguas de Padre Buodo.
Omar Lobos *

El sol del invierno
no quiere asomar,
ha muerto en Chilihue
Juan Calfucurá.
(Carlos Di Fulvio)

A 13 kilómetros clavaditos desde el cruce de Padre Buodo y por el camino de tierra que prolonga hacia el este la ruta 152 -que hacia el oeste lleva a General Acha y el llamado desierto pampeano-, un camino de tierra que poco recuerda lo que en algún momento fue una de las rutas principales de nuestro territorio: el viejo Camino de los Chilenos, o Rastrillada de las Salinas Grandes, y que luego se estiraba hacia la misma ciudad de Buenos Aires, pasando por el Carhué, San Carlos de Bolívar, el Saladillo, o bien hacia Tapalqué Viejo, el Azul, Tandil; a 13 kilómetros clavaditos desde el cruce de Padre Buodo, decíamos, desde el camino mismo puede divisarseentre los caldenes, a unos quinientos metros hacia el sur, la famosa laguna Chilihué, que fue el lugar de residencia principal del cacique Calfucurá y sus familias durante los casi cuarenta años que vivió en la Pampa.
Dice de ChilihuéNicolás Levalle:
“a las 11 a.m. emprendí la marcha, dirección oeste; acampando a las 2 y media de la tarde en el paraje llamado la Rinconada, pasando por Chilvé, antiguo campamento de Namuncurá. Este, como todos los parajes que han servido de guarida a salvajes, es de inmejorables pastos y aguadas”.
Por su parte, Ernesto Luis Piana, en su Toponimia y arqueología del siglo XIX en la Pampa (Buenos Aires, Eudeba, 1981),escribe:
“En este paraje se decidió a voluntad la política de la pampa por cuarenta años. En este paraje confluían las mayores rastrilladas. En este paraje Zeballos perturbó el sueño del gran guerrero desgarrando los misterios de su tumba; y por eso en el Museo de la Plata se halla hoy el cráneo de Calfucurá…”

Muerte.
Allí había muerto el gran toqui cinco años antes, el 3 de junio de 1873 a las 10 de la noche, según consigna su hijo Namuncurá en dos cartas a distintos destinatarios: al obispo Aneiros, fechada en Salinas Grandes, el 11 de junio de 1873, y al coronel Francisco Borges, el 24 de junio de 1873. Dice respectivamente:
1. “…a los pocos entró a ir disminullendo de su salud resultando el más triste acontesimiento que falleció nuestro Señor Padre el día 3 del presente como a las diez de la noche…” (nota 1).
2. “Respetado señor, despues del saludarlo paso adesirle qe oy le ago escribir derramando mis lagrimas, por la desgracia qe ey tenido qisas avra llegado a sus oydos, rrespetado señor, mis grrandes amistades de mi Padre ara largo pero oy doi saber qe mi pobre Padre es muerto, qe fallesio el dia 3 a las dies de la Noche de este el qe rige i qe antes de morir se acordo de sus buenos amigos qe tenia i se acordo de U.” (en Juan Calfucurá. Correspondencia 1854-1873) (nota 2).
Fue enterrado Calfucurá en los médanos que bordean por el norte el viejo Camino de los Chilenos. Sobre la ubicación de su tumba, se explaya Estanislao Zeballos en su libro Episodios en los Territorios del Sur (1879), editado y publicado por el padre Juan Guillermo Durán (Buenos Aires, El Elefante Blanco, 2004). Lo que cuenta Zeballos en base al relato y apuntes de cartera del teniente Levalle, hijo del coronel Nicolás Levalle, es hasta el momento, si no información de primera mano, lo único circunstanciado que poseemos sobre la tumba del cacique.
El coronel Levalle ha desalojado a Namuncurá de Chilihué en enero de 1878. En el mes de noviembre del mismo año, avanza en su búsqueda hasta Lihuel Calel, donde Namuncuráse había asentado, y fuerza su fuga hacia la cordillera. En esta segunda oportunidad, escribe:
“Señor inspector: La marcha de flanco con las tres divisiones unidas tuvo por objeto: Primero: no ser sentido marchando por un camino desconocido y de travesía, y Segundo: que el ataque sobre las tolderías tuviese lugar, tomando la División de “Puán” el camino de la izquierda, la de mi mando el camino del centro y la de Guaminí el de la derecha; caso que no ha podido tener lugar, porque todos los caminos convergen en un solo punto a la altura de Chiloé, que lo forma un bajo de quince o veinte leguas de largo, adonde están situadas las tolderías, teniendo por un lado una cadena de médanos elevados y por otro el monte…”

Currú-loo.
Es en esta segunda incursión por el valle, noviembre de 1878, cuando tiene lugar el evento que nos ocupa. Escribe Zeballos en sus Episodios:
“…el coronel Levalle seguía el camino del oeste y alzaba su tienda un momento en Chili-hué; ocho cuadras al norte del camino y frente a la laguna de aquel nombre, aparece un sistema de médanos. Al pie de ellos se levanta un médano pequeño, que queda envuelto en la sombra de los más altos y que a consecuencia de su aspecto constantemente sombrío es llamado por los indios: Currú-loo, ‘Médano Negro’.
“El coronel Levalle supo allí por los baqueanos que el “Médano Negro” era el cementerio de la familia reinante en las tribus de Salinas Grandes. Supo más: y es que allí estaba enterrado el famoso cacique Callvucurá…” (pp. 282-283).
Se nos ocurre que la interpretación del topónimo “Currú-loo” por parte de Zeballos es errónea; que el nombre referiría más bien a “médano de las sepulturas”, en el mismo sentido en que “currúcagüíñ” (la “ceremonia negra”) refiere al velatorio y entierro de un finado: “negro” como sinónimo de “mortuorio”. Como sea, describe Zeballos el hallazgo:
“El coronel Levalle (nota 3) tenía en frente, pues, la tumba del gran potentado de la Pampa y del más famoso de sus generales modernos. Llamó a su inteligente hijo, el teniente D. Nicolás Levalle del 5 de infantería de línea, y le ordenó que fuera a remover el cementerio de Chili-hué a ver si daban con la sepultura de Callvucurá. […]
“Las tumbas indígenas han perdido ya en la pampa el tipo prehistórico del túmulo, del dolmen, del cromlech y la huaca. Se reducen a un simple foso, como el que se da en la Chacarita a los pobres de solemnidad. Tal fue lo hallado después de los primeros esfuerzos, hasta que las palas, que con facilidades aventaban las arenas, tropezaron con un hermoso tablón de algarrobo, toscamente trabajado. El obstáculo enardeció a los zapadores y el teniente Levalle entrevió un hallazgo famoso, en pos de aquel tablón. Estaba a media vara (nota 4) de la superficie del médano y tenía media de ancho, más o menos. Notese que por allí hay algarrobos cuyo tronco no puede ser abrazado por tres hombres.
“Media vara más abajo del primero venia otro tablón y después de este, aigual distancia, un tercero. Habían cavado los soldados dos varas en que alternaban los tablones y la arena. Cavaron una vara más y tropezaron con despojos mortales, que pusieron al descubierto. El espectáculo era digno de observación en sus accidentesy el teniente Levalle apuntó en su cartera los breves datos que nos sirven para consagrar este recuerdo al episodio de la expedición.
“La sepultura tenía una vara de ancho por cuatro de profundidad, resguardada como se ha visto por tablas cuyo tallado indígena ha sido obra romana dada la clase de madera y la carencia de herramientas”.

Entierro.
Las cuatro varas de profundidad representarían en el sistema métrico unos 3,5 metros. Puede parecer un foso excesivo, pero téngase en cuenta que, como se relata a continuación, al finado se lo enterraba con su cabalgadura:
“¿Quién era el difunto tan distinguido y lujosamente sepultado? No era fácil saberlo; pero por el hilo se saca el ovillo. Sobre la primera capa de tierra estaban los huesos secos de un caballo. Era el parejero de batalla del finado, que había sido enterrado con su amo en la misma sepultura.
“A la derecha y cerca de los huesos de la mano se veían dos espadas rotas. Con el cráneo del caballo relumbraban las cabezadas de plata que fueron recogidas en fragmentos. Entre las espadas había una dragona de oro, ya destruida; pero que hubo de ser muy rica. El finadovestia uniforme de general según las presillas de la blusa reducida a polvo. Los pantalones tuvieron una lujosa guarda de oro, que también se conservaba mal. Complementaban la mortaja unas botas de cuero de lobo, no menos deterioradas. A los pies se veía otro par de botas idéntico al que calzaba el finado; y formando un semicírculo unas veinte botellas de anís, caña, ginebra, aguardiente, pulcú o licor de manzanas, coñac y agua. Caballo,armas y bebidas: todo para el viaje de la otra vida, lo que revela que estos indios, como casi todos los indígenas, conservan una noción oscura de la inmotralidad del alma.
[…]
“Tal fue el hallazgo descollante del cementerio de Chilihué. ¿Quién era el muerto que con tanto lujo había vivido? Era inútil preguntarlo porque nadie lo sabía. El teniente Levalle empaquetó las prendas y se guardó el cráneo del finado, dando por concluida su campaña. Los indios amigos supieron con terror lo que había pasado y uno de ellos pronunció una palabra que fue un rayo de luz: ‘Callvucurá’, había dicho. Y revisando las prendas de plata se leyó en el cabezal del freno: ¡’Cacique Callvucurá’!”(pp. 283-287)-
Así, a unos mil metros derechitos al norte de la laguna Chilihué, en la cadena de médanos que cruzan por el norte, tienen que estar hasta el día de hoy los restos del cacique, a excepción de su cráneo profanado. ¿Habrán restituido los zapadores de Levalle los tablones -que Zeballos refiere de algarrobo-, tal como estaban, ya que las prendas se las llevaron? Pregunta para los arqueólogos. ¿Podrán reconstituirse un día los restos mortales de una de las figuras centrales de la historia argentina del siglo XIX? Pregunta cultural y política.

Restitución.
El reclamo por la restitución de los restos del gran toki queda habilitado a partir del año 2001 y merced a la sanción de la leyN° 25.517, que establece en su primer artículo que “Los restos mortales de aborígenes, cualquiera fuera su característica étnica, que formen parte de museos y/o colecciones públicas o privadas, deberán ser puestos a disposición de los pueblos indígenas y/o comunidades de pertenencia que lo reclamen”.
Con este fundamento, han solicitado el cráneo del toki comunidades de descendientes como Lof Namuncura, hoy residentes en el Paraje San Ignacio, provincia de Neuquén, y la “Comunidad Mapuche General Juan Calfucurá”, hoy residentes en la ciudad de La Plata. A ellos se sumó como reclamante a fines de 2016 el Lof Newen Lelfün Mapu -cuyo lonko es Alejandro Nawel-, a quien el propio Gobierno de La Pampa prestó la personería jurídica, haciendo también suyo de ese modo el reclamo. Entre los fundamentos que hace la comunidad pampeana para pedir que el cráneo del toki vuelva al lugar donde fue profanado, se lee:
“Calfucurá es sobre todo un emblema político y cultural, y por lo tanto el verdadero acto de reparación histórica y de reafirmación para todo nuestro pueblo es devolverlo a su tierra, en donde él llevó a cabo su lucha, en tanto símbolo de unidad y autoridad. Por otro lado, en esa misma tierra, en algún lugar de los médanos cercanos a la laguna Chilihué, actual provincia de La Pampa, está enterrado el resto de sus huesos. Por lo tanto, nosotros queremos dejar planteada esta inquietud: ¿realmente existe la voluntad de llevar los restos del toki a otro lugar que no sea el que su gente eligió para su descanso, aquel del cual fue profanado? ¿Se tiene en cuenta que esta decisión puede ir en contra de nuestra cosmovisión? Es necesario, entonces, también desde lo espiritual, restañar esa profanación”.
El pasado 21 de septiembre se celebró en Santa Rosa un encuentro relevante y promisorio para consensuar la esperada restitución. Participaron miembros de las comunidades reclamantes, de otras comunidades de las provincias de Buenos Aires, La Pampa y Neuquén, autoridades del INAI (Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, representación del Estado argentino a cargo de la restitución), autoridades del gobierno provincial, investigadores, etc. El acta del encuentro refiere los dos ejes en que se centró la discusión como, por un lado, el derecho que asiste a los descendietes directos por linaje, y por otro, el de las comunidades pampeanas, del lugar donde Calfucurá vivió y desarrolló su resistencia al avance del blanco, además de encontrarse allí el resto de su cuerpo. El acta exalta la mucha generosidad y renuncimiento que hubo en la discusión, para concluir en que :
“Los restos del Toky hoy en manos del Museo de la Plata, serán entregados formalmente por las autoridades estatales a sus descendientes directos: Lof Juan Kajkukura y Lof Namuncurá en una ceremonia filosófica cultural mapuce, quienes los cederán a su vez a un Consejo a conformarse con la representación de los presentes, para que sean sepultados en la zona de Laguna de Chiliwe, respetando el protocolo del Eluwvn (ceremonia de sepultura de un logko)”.
Si bien no es esta aún la última palabra, puesto que en breve se realizará una segunda reunión definitoria, la restitución parece encaminarse a la vuelta de los restos del gran toki a su/nuestro suelo pampeano. Este regreso, según reza el mismo acta, deberá estar acompañado de acciones consecuentes, puesto que
“no hay acto de reparación sobre una figura tan manoseada por la historia oficial, sino no se genera material educativo y bibliográfico sobre la dimensión que la vida del toky tuvo para su pueblo mapuche sin límites de fronteras. Por lo cual, el INAI como órgano de aplicación y de promoción del derecho indígena, debe gestionar junto a las autoridades mapuche ante el Ministerio o Secretaría de Educación y de la Secretaría de Derechos Humanos para que se elaboren materiales educativos que reparen la imagen denigrada y mancillada de nuestra máxima autoridad político/militar”.
El gran trawun celebrado en Santa Rosa parece ir encaminando estas expresiones de deseo hacia su realización.

* Investigador, UBA.

Notas:
1. Diario de la marcha seguida por la 2ª División expedicionaria al río Negro desde Carhué a Traru-Lauquen (Laguna del Carancho), día 18 de mayo de 1879, en Manuel J. Olascoaga, Estudio topográfico de la Pampa y Río Negro. Buenos Aires, Araujo, 1940, tomo II: p. 12).
2. No fue Zeballos sino Levalle quien “perturbó el sueño”, aunque aquél fue el destinatario del cráneo del cacique, que donó luego al perito Moreno, fundador del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, donde hasta el momento se encuentra.
3. En rigor, el teniente: el teniente Nicolás Levalle hijo.

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