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Astrología y unidad

Investigadores de varias latitudes disertaron iluminados por saberes de diversas áreas en el Simposio Internacional Warburg realizado en Argentina, entre ellos, la autora de este artículo que reproduce parte de su ponencia. El encuentro propició la difusión de la iconología, una disciplina fomentada por el estudioso alemán.
Gisela Colombo *
Al estudiar a Marsilio Ficino, que era médico, filósofo, traductor, músico y poeta, Aby Warburg se interesó en la función de astrólogo del favorito de la casa Medici. En rigor, la Astrología es una de las disciplinas que exhibe con mayor claridad el sincretismo característico del Renacimiento. En su ejercicio, se manifiesta la labor de la razón y la lógica pura, al trazar matemáticamente el mapa de los astros en un nacimiento. Pero en un segundo momento, el astrólogo utiliza la intuición. No se trata de magia, sino de un conocimiento por medio de analogías, cuya célula no será el concepto, sino la imagen. En este ámbito, como en la poesía, no se aprende de definiciones o abstracciones sino de identificación de un objeto desconocido con otro conocido. El hombre oscila entre estas dos formas de conocer permanentemente. Sin embargo, en el mundo académico le concedemos más confiabilidad a la razón.
A partir de la Ilustración, el descrédito del pensamiento analógico fue relegando lecturas de este tipo y dejó crecer el pensamiento analítico, con su esquema binario, como el modo serio y respetable de conocer. Así, los objetos de estudio suscitan respuestas verdaderas o falsas, correctas o incorrectas, positivas o negativas.
En el mundo de la imagen varias realidades pueden convivir. No se trata de la subjetividad del observador, la valencia de un símbolo contiene múltiples acepciones. Pongamos por ejemplo el episodio bíblico de Moisés que utilizó Warburg. El pueblo hebreo, después de un tránsito por el desierto, se rebela y Dios lo castiga enviándole una invasión de serpientes. Cuando se arrepiente y pide clemencia, el Creador ordena a Moisés que alce el cayado con una serpiente enroscada. En cuanto los heridos lo miran fijo, se curan.
En este episodio es posible ver lo que llamamos «coincidentia oppositorum», dos sentidos contradictorios conviven en la serpiente.

Esferas de la vida.
Marsilio Ficino y su círculo de la Academia platónica fundada en Careggi estaban familiarizados con el pensamiento analógico. Esto explica las correspondencias permanentes que establecen entre las diferentes esferas de la vida. El concepto de Unidad es lo que atraía a Warburg. Sin embargo, dejaba traslucir cierta invectiva contra la Astrología por su carácter irracional. Lo que criticaba era un hecho que al propio Ficino le preocupaba también.
La posibilidad de leer el futuro daba por supuesto un futuro único posible, un destino inamovible al modo griego. Ni el mundo cristiano, ni la visión positivista conciben un destino único. Ese determinismo es lo que rechazaban tanto Warburg como Ficino. Pero el renacentista se apoya en una sentencia de Tomás de Aquino que descree de la posibilidad de leer el futuro, y resuelve: «El sabio domina sus astros». El influjo estelar opera sobre la esfera física. En la medida en que el hombre asume su faz intelectual, ejerce su voluntad y se hace responsable de sus actos, escapa de los designios a los que está sometida su naturaleza física.
Ficino creía que no eran daimones (dioses/demonios menores) los que dominaban al hombre. En cambio, manifestaban un orden providencial que para el ser humano era difícil de captar. Hacían visible la dinámica única del Cosmos, idéntica en el macrocosmos astral y en el microcosmos que era el hombre. Y sucedía así porque aun los planetas eran criaturas de Dios. De tal modo, Ficino entendía la Astrología. No era el poder de los astros sobre el hombre, sino la observación de las tendencias universales en objetos que, por su magnitud, revelaban a la humanidad el clima que se imponía en la dinámica del devenir. Cuanto más ejerciera como hábito la voluntad y el libre albedrío un sujeto, menor dominio ejercería sobre él el orden manifestado en los astros.

Fortuna.
Otro asunto que interesó a Warburg especialmente fue el de la Fortuna. Giovanni Rucellai, amigo personal de Ficino, como comerciante rico y pujante, hizo forjar un escudo de armas que todavía hoy permanece grabado en la fachada del Palazzo Rucellai, en Florencia.
Marsilio aconseja por carta al empresario. La inquietud del hombre de negocios retrata una preocupación de su época, surgida del cambio de paradigma que ocurre en la economía del Renacimiento.
Si durante la Edad Media la administración feudal limitaba la movilidad social y económica, también preservaba la incertidumbre. El hombre común recibía su ración. No dependía de habilidades extraordinarias ni de su olfato comercial. Cuando irrumpió la modernidad, proliferaron nuevas actividades y emergió la burguesía, el futuro comenzó a leerse con la angustia de quien debe conquistar con el trabajo diario lo que necesita para subsistir. Allí el concepto de la buena suerte cobró fuerza y se erigió nuevamente como la «diosa Fortuna» antigua. La misma que en ocasiones tenía un atributo como la cornucopia o aparecía como el timonel de una embarcación. Este modo de concebirla está relacionado directamente con el intercambio de mercancías que domina el Mediterráneo y comunica sitios distantes. Rucellai la incorporó a su escudo de armas como comerciante textil que era y, mediante su apropiación redujo la intensidad de sus temores. Sumó la fuerza de la diosa fortuna a su embarcación.

Viento.
El viento es, para el mundo antiguo y medieval, expresión de la voluntad caprichosa de los dioses. El Renacimiento, con su confianza en las capacidades de la humanidad para dominar el entorno, se pregunta si prevalecería la industria del hombre, sus capacidades intelectuales o el «salvajismo» y los cambios abruptos de la fortuna. Ficino respondía que la Providencia no sólo ordenaba los cambios de rumbo y la velocidad del viento, también incluía en el factor «suerte» la pericia del timonel. Si Fortuna acompañaba al capitán, sabría hacer lo que debía, por más inclemencias que enfrentare.
Warburg resalta como una de las particularidades fundamentales del Renacimiento el movimiento que se percibe en la vestimenta y el pelo de las «ninfas». El viento es el dinamismo vertiginoso que se abre a una posible caída, pero también es promesa de desafíos, de ascenso, de libertad. Esta idea renacentista queda cristalizada en la pintura y la escultura por medio de la ninfa que, a diferencia de las mujeres reales de las mismas obras, contiene en sí misma el halo providencial.

Miedo.
La incertidumbre es hija de la posibilidad de caer, de que la fortuna sea adversa. Es cuando irrumpe el miedo, una de las emociones más presentes en la pintura y también en el espíritu de Warburg.
A partir de la Ilustración y su ponderación de lo luminoso-racional, no sólo se desacredita el pensamiento analógico que la modernidad halla irracional. También todos aquellos aspectos de la cultura identificados con lo dionisíaco. (Nietzsche distingue lo dionisíaco -Dionisios-, emocional, intuitivo, desbordante y pasional, de lo apolíneo -Apolo-, racional, mesurado y realista).
Otros investigadores han encontrado en el Renacimiento la «serenidad idealista clásica». Lo apolíneo recreado a partir de los modelos de la Antigüedad. Warburg vió, como Nietzsche, la fuerza dionisíaca que preside el Renacimiento. Su estudio sobre «La muerte de Orfeo», de Durero, lo acredita.
La tradición órfica conserva una cosmovisión que fue relegada de la cultura oficial en el mundo moderno. En esa perspectiva, lo dionisíaco no es algo negativo. La caída, la «catábasis» (viaje físico e iniciático al inframundo) es un descenso necesario para emprender el vuelo. Homero, Virgilio, Dante son eslabones de esta tradición. Ficino y su neoplatonismo también. Entienden la catábasis como un tránsito hacia las propias zonas oscurecidas, los vicios y defectos, como una senda de conocimiento imprescindible.
Si el mal, lo bestial y monstruoso se categoriza como «otredad», no hay modo de domarlo. La muerte de Orfeo representa el silenciamiento de un modo de conocer. Las mujeres que lo matan son sacerdotisas de Dionisio y no sólo lo asesinan sino que lo descuartizan dispersando los saberes órficos para siempre. Algunos quedarán en la Odisea, otros en la Eneida, en la Divina Comedia y quizá en otros textos más cercanos.
¿Qué matan las mujeres que Durero retrata al liquidar a Orfeo? El sentido luminoso de lo dionisíaco. Prevalece en la cultura occidental la visión positiva de lo apolíneo y la monstruosidad de lo dionisíaco. La ponderación del pensamiento racional y la condenación de todo aquello que no se muestra al hombre como razonable. Ganan las bacantes y se silencia para siempre el valor edificante de lo dionisíaco.
El hombre real teme especialmente la caída. El «descenso a los infiernos» es un modo de nombrar las pruebas que trae la experiencia. En el caso de Warburg fue la enfermedad mental su catábasis. Iluso al creer que la razón podía evitar los golpes de la fortuna, lo sorprendió la crisis; el raciocinio, su mayor fortaleza, lo traicionó, haciéndolo inestable.
Sólo entonces, ya sumergido en la miseria temida, rescataría lo que había negado de sí mismo, lo que la academia y él mismo juzgaban «irracional», y en rigor, era un pensamiento alternativo al de las ciencias.
Esa oscuridad transitada por años de internación le proporcionó la apertura para revisar la experiencia con los indios Pueblo, a los que había visitado décadas antes en un viaje de estudio. Si el miedo a caer limitaba los alcances de las investigaciones, ahora desde su infierno, sólo era posible ascender. Y Warburg se arriesgó a observar una cultura que la modernidad consideraba salvaje y aprender de ella. Es allí donde encontró la clave de su curación y de su investigación.

Ritual de la serpiente.
En una conferencia publicada como «El ritual de la Serpiente», Warburg descubrirá la raíz perdida en la ciencia europea que le impidió antes ver en las epidérmicas fórmulas de expresión, símbolos polisémicos.
En rigor, la serpiente es para la mayoría de las culturas la fuerza ctónica que anima toda vida; la expresión del pensamiento mágico-ritual. La serpiente emerge en hierofanías para luego perderse en la oscuridad del subsuelo. En este sentido, remite al inconsciente. Aquello que, si no estamos dispuestos a ver, termina gobernándonos. Es la «sombra» de Jung. Y, en Aby Warburg, el pensamiento mágico.
Podría auxiliarnos la biología para comprender el mecanismo de curación. Como sucede con la vacunación, inoculando la dosis pequeña de una enfermedad, el paciente desarrolla en el sistema inmunológico las armas necesarias para combatirla. Luego, cuando el ataque venga a otra escala y desde fuera, habrá adquirido ya el conocimiento y podrá resistir con mejores perspectivas de éxito. Del mismo modo opera la conciencia. En la medida en que los viajes al propio infierno revelan lo decadente de sí, se prepara el sujeto para los desafíos mayores.

Por las ramas.
El diagnóstico que se le dio a Warburg fue esquizofrenia, una manifestación de fragmentación psíquica. Varios años luchó en la clínica por la unidad de su psiquis.
Cuando mediante el estudio sobre los rituales de los Indios Pueblo conoció el manejo saludable del miedo a la sequía (la mala fortuna) mediante un ritual dionisíaco e irracional, retornó a la idea de Ficino. Y por fin conquistó aquello que siempre admiró del astrólogo renacentista: la Unidad. Reconoció e integró por la serpiente el propio ser dionisíaco y su intuición.
Al regreso de la internación, se abocó completamente al plan del «Atlas Mnemosyne» desde otra perspectiva. Había avanzado mucho en la colección de fotografías de obras artísticas con la que se proponía contar la historia de la humanidad mediante imágenes. Pero ahora no segregaría la intuición, buscaría suscitarla en el espectador. Dispondría las fotos sin explicar (como no se explica en el código de la poesía) el vínculo que lo llevó a reunirlas. Al espectador quedaría el desafío de desentrañar el hilván.
La integración de lo ambiguo con el lenguaje de la ciencia fue novedad del Atlas. Y el investigador ya no anduvo por las ramas. No terminó el Atlas porque falleció en 1929, pero halló la raíz en el árbol ramificado de sus saberes, donde vivió y vive todo junto, en Unidad.

* Escritora