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Adiós, querido loco hermoso

Adiós, querido loco hermoso

Rubén R. L. Evangelista *

De tantos músicos amigos y artistas de otras disciplinas que partieron en los últimos tiempos, en particular en el devastador e insoportable año 2020, sos quien más me conmovió y produjo en mí un profundo impacto emocional, el día en que las radios y portales de medios pampeanos nos dieron tan dolorosa e inesperada noticia. Era el 17 de septiembre último. Una fuerte congoja se apoderó de mí al instante, y no pude ni supe cómo asimilarla. Más adelante, superado el shock primero, sentí que quería despedirme públicamente de vos, en honor a la hermosa experiencia artística que compartimos hace más de cuarenta años -que pocos recuerdan y muchos desconocen quizás-, y hacerlo con el propósito sincero de reconocer y exaltar en vos tu inmenso talento de músico flautista, tu inefable, extrovertida y locuaz personalidad, y tu bonhomía y conducta solidaria para con tus iguales, como lo fuiste conmigo.
Aunque hacía tiempo que no nos encontrábamos, en mi memoria y pensamiento estabas presente con la misma frescura de viejos tiempos compartidos en las madrugadas santarroseñas. Y también a mi lado en los escenarios musicales a los que subimos juntos.
Te escucho aún en plena madrugada llamando a la puerta de aquella agencia publicitaria de pretencioso nombre: «Integral Asesores Publicitarios», en el número 191 de la céntrica calle 9 de Julio de la ciudad, y tomar posesión de tu lugar rutinario en la banqueta junto al plano inclinado en que yo diseñaba manualmente, y con infinita paciencia, cartones publicitarios para obtener filminas que iban a proyectarse en el Canal 3 de Santa Rosa. El mate que unía nuestra recíproca compañía y mutuo buen pasar, inauguraba cada noche la recurrente liturgia de nuestros diálogos, anécdotas y recuerdos musicales, en especial los que te asistían a vos por tu mayor andadura y bohemia consumadas, como las citas de tus amigos intérpretes de aquí, de afuera de La Pampa y quizás de Buenos Aires, de quienes señalabas y remarcabas reiteradamente sus talentos y virtuosismos artísticos.

Loco hermoso.
Hasta que una vez pronunciaste dos palabras mágicas, que mancomunadamente remataron por vez primera el panegírico que narrabas de alguien a quien admirabas como intérprete -y yo no conocía-, en una poderosa síntesis que de allí en más empleaste repetidamente como conclusión insuperable de lo máximo: lo llamaste «loco hermoso». Loco por obsesivo y talentoso; hermoso por la personalidad y la belleza interior y calidez humana que resumía su ser. Mientras lo nombrabas reías grandemente, en un gesto de goce que el recuerdo del músico te traía a la memoria.
En aquellas charlas nocheras pude observar cómo se fueron revirtiendo en vos las historias que contabas, hasta mimetizarte con sus protagonistas -tus músicos amigos- e imaginariamente para mí, te ibas transformando poco a poco en uno de ellos, es decir en un loco hermoso narrando su propio devenir, porque vos tenías también los dos principales rasgos que los definían: talento y obsesión.
Pero la obsesión en vos tenía dos sentidos, uno el enamoramiento con la excelencia musical y sonora que pretendías y lograbas alcanzar con tu flauta traversa -en ese momento tu instrumento de cabecera-, y otro, la incesante y recurrente necesidad de hablarme y repetirme monotemáticamente, la experiencia artística y creadora propia que estabas vivenciando en esos años con mucho entusiasmo y alegría, o mucho más que eso, con cierto delirio que yo percibía cercano a la enajenación en vos, aquello que motoriza a los genios para alcanzar sus utopías. En un momento determinado supe con certeza que vos mismo ya eras, definitivamente, un loco hermoso. Pero nunca te lo dije.
Empezar a percibirte así y establecer con ello un paralelo con mi entrañable amigo Jorge Prelorán (1933-2009), director de cine y documentalista, fue un mismo acto, porque estaban hechos de la misma materia: talento y obsesión. Entonces cuando nació en mí la idea de cantar poética y musicalmente a ambos caracteres similares, pergeñé una nueva canción pensando en los dos Jorge como uno solo, al que le hablé sin distingos porque los involucraba a los dos al unísono artístico-creativo.
En 1980 nació la obra que llamé inevitablemente «Loco hermoso», cuasi oxímoron, que también fue el nombre del cassette que edité en el ’89 y cuyo lado «A» abría con la canción. Al escribir el texto poético, inspirado principalmente en tu persona, incorporé también neo filosóficas conceptualizaciones de Prelorán, de las cuales sobresalía la idea de que son los locos y los genios quienes hacen avanzar la humanidad con sus contribuciones. El se consideraba a sí mismo uno de ellos, cuya misión y aporte concretaba por medio del cine documental, su única, verdadera y más profunda obsesión. Ese enunciado quedó plasmado en el breve recitado que antecede al canto en la letra: «Dicen que los locos y los genios son quienes hacen que la humanidad avance, por eso a la genialidad dedico -al par que apologo su locura- este canto de locos que aquí canto».
Te cuento, además, que a lo largo de la poesía alterné algunos de esos juicios del pensamiento preloreano, con el empleo del lunfardo en ciertas estrofas, por mi sensación auditiva y literal de que ese hablar tan nuestro, iba a contribuir a acentuar las caracterizaciones de las «locuras» de los tipos «apasionados y desmedidos» -al punto del delirio y enajenación-, como vos, pero en el sentido de la exaltación de tus atributos creativos.

Sueño postergado.
Al poema lo incorporé al capítulo Crónicas de mi libro en ciernes «Dalmiro del monte y otros poemas y canciones», que con recurrentes actualizaciones hoy en día contiene todos mis versos, musicalizados o no, nacidos a lo largo de seis décadas creativas. Mi idea, querido Loco hermoso, era editar el libro y darte la sorpresa de que en él estaba lo que podría yo llamar «tu» poesía, impresa e ilustrada con tu foto. Y a la canción ibas a conocerla recién cuando se editara la grabación, un cassette, que se concretó en momentos en que estabas en Estados Unidos. Pero la edición del libro se postergó una y otra vez, y siempre tuve la expectativa de que algún día viera la luz, por lo cual mantenía el pequeño «secreto» sobre la existencia de la obra que me habías inspirado. No imaginé que pasarían tantos años sin poder publicarlo -más de treinta-, y aunque parezca mentira, querido amigo, todavía espera allí que una ayuda lo salve del olvido. Me apena muchísimo no haber sabido a tiempo recrear aquel hábito del encuentro con vos, llegándome yo hasta tu casa, para en torno al mate retomar nuestras viejas charlas nochernícolas y leer y festejar juntos el Loco hermoso que gestó nuestra cercanía afectiva y musical en tiempos juveniles y felices.

Apoyo instrumental.
Antes del nacimiento de la canción «Loco hermoso», había transcurrido una intensa historia de trabajos musicales que compartimos en escenarios santarroseños en momentos políticos todavía difíciles. Alberto Cortez llegó desde España en mayo del ’80, para dar un concierto en el salón del club All Boys, en el que diversos artistas pampeanos fuimos anfitriones y teloneros del cantautor. Fue ésa la primera vez que me acompañaste en flautas traversa y dulce en mi actuación como cantor solista, cuando ya integrabas el excelente trío Quetral Instrumental, que como tal participaba también del espectáculo. Vos y yo nos habíamos acercado mutua y formalmente como músicos, motivados en el entusiasmo y expectativas generados en los sucesivos encuentros y ensayos preparatorios del movimiento artístico contestatario «Cantares que van y vienen», en el que militábamos y que le dio marco al espectáculo colectivo junto a Cortez.
Ese año 1980, admirado Jorge, tenías una febril actividad artística, porque por un lado se consolidaba y brillaba en el cielo estelar pampeano el trío instrumental Quetral, que abordaba folklore regional y nacional, clásica y jazz y del que todos recordamos el film de su presentación en televisión en Buenos Aires interpretando tu original composición «Toma uno» en que lucías el protagonismo principal de tu flauta traversa, secundado por el deslumbrante teclado de «Tachi» Gaich y la impecable batería del inolvidable Rubén «Chispa» López. Y en simultáneo te habías unido al brillante piano de Daniel «Camilo» Camilletti y la referencia rítmica también de «Chispa» para formar el Dúo de Cámara y tocar clásica y popular. Como si fuera poco, además eras docente en el Instituto de Bellas Artes.
Nuestra amistad se había afianzado mucho, y fue así como un poco más adelante, el 19 de diciembre, compartiste conmigo el momento musical que tuvo la infrecuente presentación del nuevo disco «A la luz de mis sentidos» que me editó el sello Trova, que se hizo en forma privada en una cena con invitados, por el condicionamiento que me imponía el gobierno para los recitales en vivo. Tuve de nuevo esa vez tu incomparable apoyatura musical con el bello y rumoroso sonido de tu flauta dulce tenor, ante una audiencia exigente formada, entre otros asistentes, por el titular del sello editor, los arregladores del disco A. Rey y G. Senanes, y nuestros reconocidos vates Juan Carlos Bustriazo Ortiz, Carlos Rodrigo y Terete Domínguez.

El encuentro con León.
No puedo olvidar que a mediados del ’81, viniste a casa con «Camilo» y un grupo de músicos y otros artistas amigos, para saludar, acompañar y dialogar con León Gieco y los músicos de su banda, a quienes jóvenes artistas de Santa Rosa habían invitado para agasajarlos con un improvisado lunch luego de un concierto que los visitantes habían ofrecido en un boliche de la ciudad. Estabas alucinado de poder hablar mano a mano con un artista del rock nacional de su talla, que era el principal referente para los jóvenes de todas las corrientes musicales del país.
En el mes de agosto me hiciste el honor de sumar tus dotes de flautista a mis dos primeros recitales de música y canto en vivo que di en mi caminar de solista; el primero en la nueva sala del Aula Magna de la Universidad Nacional de La Pampa, en el mismo ciclo en el que tocaste formando parte del Dúo de Cámara junto a «Camilo» y «Chispa». Y unos pocos días después fuiste parte esencial de la banda instrumental, junto al sutil y expresivo guitarrista Sergio La Corte y a «Chispa» López, que me acompañó en el recital que volvió a ponerme sin censuras luego de varios años ante el público santarroseño.
El Día de La Pampa, que entonces se celebraba el 16 de octubre, nos encontró juntos otra vez, pero en el Teatro Español, en el concierto que se llamó «Veinte años de canto», en el que repasamos ese lapso como intérprete, con Sergio, «Chispa», vos y además «Camilo» con su teclado. Nora Alvarez y Pedro Di Nardo estuvieron con nosotros en el tablado poniéndole voz al guión que le dio orden al largo programa de canciones pampeanas y fragmentos del repertorio nacional que tuvo el recital.

Hacia Boston y después.
Poco a poco nos fuimos perdiendo de vista, mientras el ambiente artístico seguía dando pasos cautelosos pero concretos a favor de recuperar la democracia, como fue la gestación entonces del nuevo movimiento reivindicatorio Musicanto. Sobrevino tu viaje a EEUU para ampliar y ajustar tu virtuosismo en el Berklee College of Music de Boston, Massachusetts, y por mi parte impulsé la idea colectiva de formar en La Pampa un grupo folklórico para abordar la obra musicalizada de Bustriazo Ortiz, lo que cristalizaría con la Agrupación Confluencia a partir de 1982. Nos volvimos a ver cuando regresaste del norte con tu esposa portorriqueña, durante un almuerzo con que el gobernador Marín nos agasajó a los artistas pampeanos; te veo junto a ella departir sonriente y muy animadamente con el anfitrión, a quien probablemente lo imponías de tu experiencia en Boston. Supe que volviste a ir a EEUU, y me tocó ver después, incrédulo, que en tu segundo regreso a suelo pampeano algo imposible de descifrar había cambiado en tu persona para siempre; lo decía tu rostro mustio, su gesto inexpresivo, neutro, tu parquedad y el tono bajo y grave en la voz, entre otros rasgos ajenos a tu personalidad. Verte andar alguna vez solitario, literalmente por el medio de la calle O’ Higgins de la ciudad, cerca de donde vivías, fue un desgarro íntimo en mi profundo afecto y admiración artística por vos, sin poder asumir lo incomprensible e inexplicable de ésa, tu presencia ahora silenciosa, enigmática y triste.
Caminabas despojado de música, desprovisto del radiante halo de Loco hermoso, las fascinantes palabras tuyas con que yo te había dotado una vez. Y supe que ibas al encuentro con tus amigos íntimos, que te esperaban cada noche en algún rincón de Santa Rosa, para contenerte y lentamente ayudarte a regresar a su misma realidad. Volviste a tocar, pero ya no pude verte y disfrutar. Como te dije al principio, ahora quería despedirte, y he creído necesario hacer conocer nuestra pequeña historia artística compartida para que nunca más continúe ignorada. ¡Gracias! por tu amistad, franca como tu risa, sincera y genuina como tu generoso espíritu solidario. Siempre te recordaré.
¡Hasta siempre, querido loco hermoso!

* Investigador de la música pampeana

«Loco hermoso»

Letra y música: Cacho Arenas/1980
A la memoria de Jorge Satragno y Jorge Prelorán

«Dicen que los locos y los genios
son quienes hacen que la humanidad avance,
por eso a la genialidad dedico
-al par que apologo su locura-
este canto de locos que aquí canto.

Creo en la locura de los locos,
los piantas que nos llevan por delante,
los hombres que atropellan, los que empujan,
los locos que no dudan ni un instante.

Creo en lo que llaman ‘loco hermoso’,
que tiene, revirado, un solo tema;
el loco peculiar y talentoso
que en lo suyo rompe todos los esquemas.

Creo en el jovial pronunciamiento
del tipo apasionado y desmedido,
que tuvo en el amor el fundamento
cada vez que su mente se ha encendido.

Creo en el natural desequilibrio
que tiene un ‘loco hermoso’ de imbancable,
y creo en la conmoción que hasta el delirio
le provoca su pasión insospechable.

Creo en la locura del tumbado
que al mundo nos parece indiferente,
y es locuaz, es burlón y deschavado,
y le duele, como a todos, el presente.
Creo en el filósofo, el bohemio,
-rayados por igual, pero qué hermosos!-
creo en los creadores generosos,
y creo en los pensadores sin apremio.

Creo en el carismático despiste
de aquel que sin mostrar sus lucimientos,
un día descubrió el predicamento
que su obra le ha otorgado y que lo asiste.»