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Baguala de Amaicha

MUSICA - LA BAGUALA EN ATAHUALPA YUPANQUI

La importancia de la baguala para Yupanqui y su explicación a partir de una hermosa leyenda. “El indio canta, cuando va subiendo la montaña, canta para acompañarse, así se hace menos áspera la senda (…)”, dice.

Ernesto Del Viso *

La explicación de lo que se va a interpretar, es una modalidad que hoy se ha perdido, envuelta en la urgencia de los tiempos que brindan al músico o cantante en las actuaciones. A esto sumamos que en muchos casos el desconocimiento que suele tenerse sobre la obra a ejecutar, campea el panorama musical argentino. Claro que no siempre ha de ser así. Cafrune y sobre todo Yupanqui han hecho gala de esa característica que personalmente siempre me ha subyugado. Don Eduardo Falú, haciendo caso a su sencillez, corrección y recato oral, no ha dejado de contarnos la génesis de tal o cual obra, pero mucho menos verborrágico que los artistas pre-citados.
La ilustración al ocasional público, se hace más necesaria cuando se abordan escenarios de lejanas tierras de donde provienen nuestros trovadores. Y en esto don Atahualpa, no ha dejado de lugar ese papel, que lo hace con elegancia y conocimiento de causa.
Hoy que abordamos con facilidad los registros de tal o cual actuación de nuestro Yupanqui, es factible refrescar conocimientos o acercarnos a ellos, sobre determinado género musical o poético. En sus giras continentales de los años 80’, donde su reposada cuando no cansada actitud artística, debido al trajinar de tantos años los caminos del mundo, solía detenerse en la descripción de ciertos paisajes, toques musicales o costumbres humanas.

La baguala.
Mucho he encontrado en su repertorio de la década citada a: la BAGUALA. Tritonía musical que supo arraigar en sus adentros caminando el norte de nuestra Argentina: sendas del Tucumán, de Jujuy, de Salta.
Lo abajeño y lo arribeño con sus oposiciones y sus encuentros lo hicieron topar con melodías madres, anónimas, (hablar aquí de la arribeña).
Recopilador sin cientificismo, por el gusto de aprender y aprehender coplas, estilos, maneras de interpretar sentimientos pudorosos que solo surgen en la manifestación del cerro y la montaña, el valle hondoso que recibe al arribeño que procura su provista o llega en busca de alegría y diversión, tan menguada a lo largo de todo un año.
Y ahí está Yupanqui, callado, atento, tratando de columbrar la nueva copla para él, pero que guarda en su interior el rumor del siglo.
Yupanqui, el cantor con la clara responsabilidad artística, que siempre se debe estar poniendo el cariño o el recuerdo a la Patria, a la Patria chica, esa a la que se ama desde la misma niñez. Cantar y expresar la raíz porque nunca está en su pretensión desarraigarse de su tierra por más que se ande lejos de ella. La copla nada más y nada menos, como remedio para el desamparo con el que se enanca el cantor que desanda el mundo y las comarcas del planeta. Y como bandera el recuerdo, es que de pronto asoma aquel baqueano tucumano “un hombre de la zona de Amaicha, iba delante de mí a caballo, en su caballo, iría unos 10 o 20 m. delante de mí, cuando lo escucho tararear una canción que por esos aires llaman ‘Joi-Joi’ y que nosotros llamamos Baguala”.
En Tucumán se la ha conocido, en el siglo pasado y tal vez antes también, a la Baguala, como Joi-Joi, pues el campesino, antes de cantar la copla, prueba con su voz, con ese vocablo, vendría a ser “la probá” de los andaluces, acierta a decir Yupanqui. Vendría ser el “ay,ay,ay” para el andaluz mientras que para el tafinisto, es el Joi-Joi. El originario de
Humauhaca, las bautiza como “arribeñas”, son cantos de arriba, de la alta montaña.
El mismo don Ata, lo ejercita, a ese Joi-Joi, para introducir su relato de “Bagualas y Caminos”, que escrito muchos años antes, lo registra en su último disco grabado en Argentina, en 1985 “Para rezar en la noche”, su título.
Con esa denominación (JOI-JOI), alguna vez la ha nombrado la estudiosa argentina Isabel Aretz, en sus viajes por el norte argentino, significando que es la más representativa de lo tritónico y que se puede cantar con caja (caja bagualera) durante la época.

Canto petrificado.
Dicho por Yupanqui en Puerto Rico en los años 80: “Hay un canto en las montañas de mi tierra, que nosotros llamamos Baguala. Baguala, quiere decir ‘arisco’, ‘indómito’, ‘huraño’, casi es sinónimo de salvaje. Aquí podríamos decir que cuando en mis comarcas del sur, de la pampa, había un caballo casi indómito, que no se podía o no se dejaba amansar, mis tíos solían decir: ‘Este es un potro bagual’. Era un potro que no obedecía a ninguna rienda, a ningún latigazo. En aquellos tiempos del siglo pasado, la gente del sur, los abajeños solían decir a los indios: ‘baguales’, eran los indios del norte, con la frontera con Bolivia, el indio llevaba su hato de leña para su casa, o arreaba sus llamitas y al ver gente blanca, gente abajeña, gente clarita, podían ser paisanos de aquellos lares o soldados de los tiempos de la independencia, el indio entonces, cuando ocurría ese encuentro, tiraba sus cargas y se escondía detrás de las piedras y entonces el blanco hablaba de ‘estos indios baguales, indómitos’. Por derivación, el cantito de tres notas como un clarín olvidado, el cantito de ellos, le llamaron BAGUALA, porque era cantado por los baguales, por los indios baguales.
La Baguala tiene una gran soledad, tiene leyendas muy hermosas, el indio canta, cuando va subiendo la montaña, canta para acompañarse, así se hace menos áspera la senda, así el cuesta arriba se hace mejor si lo acompaña con un canto. Ese canto va delante del hombre, y al ir delante, le hace más amable ese camino, es como si le fuera poniendo pétalos de flores a la huella del indiecito que va marchando para arriba y entonces como el canto va delante del hombre, en un momento el canto llega primero a la cumbre, antes que el hombre, que ese indio que va cantando, entonces llega a la cima donde hace mucho frío allá, entonces el canto se congela, se petrifica y ahí queda, por eso los indios dicen: “No sé acá los abajeños le dicen tope al final de la sierra, no se si será así, pero para nosotros es un puñado de gritos petrificados. Hermosa imagen que nos hace llegar a decir que las cumbres de las montañas se constituyen con infinitos cantos petrificados de la gente que pasó por la montaña, cumpliendo con sus trabajos, con sus menesteres, o simplemente para peregrinar. Cuando el indio vuelve a su casa, dos días después, baja al valle a encontrarse con su familia o con su soledad, es una vieja costumbre que tal vez exista y es que habiendo muchos guijarros o piedritas en la cumbre de la montaña, se agacha, junta una piedrita, la limpia desde el poncho y la guarda en un bolsillito, esa piedrita es un canto petrificado, tal vez un canto de él o de otro que pasó, es una copla perdida. Y cuando va bajando, parece que la copla con el calor de la vestimenta y el corazón de ese indiecito y porque además al bajar va haciendo menos frío, a medida que llega al valle, la piedrita recupera su condición de copla, de canto y entonces ese indiecito la canta y de paso avisa a su casa que ya viene llegando. Esas son las bagualas”.

Baguala de Amaicha.
La anécdota tal vez sea conocida, muy escuchada en discos de recitales en Alemania y o en el penúltimo grabado en Argentina, por Yupanqui, para el sello ya desaparecido “Microfón”. Aquella grabación es de 1984, el título del disco es “La Pampa de antes”. Nos sitúa en el exacto punto geográfico de la patria tucumana: Amaicha, vocablo que en lengua
Tonocotés, significa “cuesta abajo”, cuando en realidad, nos cuenta el trovador, para arribar a ese sitio, hay que recorrer como unos 30 km cuesta abajo.
En uno de esos tantos viajes, surge la revelación del canto profundo, sentido, humilde, donde la belleza de lo que se canta no lo pone la voz humana, sino la montaña. Quien la entrega, sin saberlo por supuesto, es Juan Chauqui o Chauque, y me remite rápidamente al Juan Huelches que a Edgar Morisoli le expuso: “la Diuca no canta porque está por amanecer, sino para que amanezca”.
Son esas historias de vida, esas tremendas lecciones que de pronto iluminan el verdadero rumbo que debe tomar el artista, el cantor que se eleva en los tablados de muchas comarcas. No se trata de cantar por cantar. Tal vez resulte muy cierto lo que Yupanqui siempre nos ha reflexionado voz afuera de su pecho: “Cantar con el recuerdo, que siempre alcanza a consolar el desamparo del que anda por el mundo, aunque sea aquí cerca. Cantar con el amor a la Patria Chica, al terruño, a la raíz que pretende nunca olvidarla, no desarraigarnos nunca”.
El guía va delante de don Ata, enhebrando alguna copla nomás. El cantor muy deseoso de recopilar en su maleta, lo anónimo, lo popular, lo antiguo, comete el desliz de pedirle que siga cantando, a Chauqui: “Cante señor, no se calle usted. Cante por favor, está cantando lindo. Quiero escuchar su voz, está cantando lindo”. A lo que este hombre de usutas, tez cobriza, todo un caballero de gran soledad y silencio, le contestó sin pretensión de aleccionar: –Por favor, no se chancee. No se burle, señor. Yo sé que canto fiero. Lo lindo de mi canto lo pone la montaña, señor. Si usted lo encuentra lindo es porque la montaña o el cerro, ponen lindas las cosas que yo canto”.
Esta expresión, resultó un exacto develamiento para Atahualpa, que se tradujo en agudos caviles yupanquianos, como largar a los cuatro vientos aquello de que aquel hombre que canta o reza cantando, al amparo de su paisaje, ese horizonte que ama, que siente, ese hombre nunca se sentirá solo, desamparado: “No está pobre porque tiene un verso en su corazón”.

Chauque aquella vez, del siglo pasado, le cantó su verso del corazón:

“Me gusta verlo al verano,
cuando los pastos maduran
cuando dos se quieren bien
de una legüa se saludan”.

Anónimo de Amaicha (Tucumán)

  • Músico – Colaborador