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Bairoletto, el bandido

SOCIEDAD - DELINCUENTES RURALES

Viejos papeles, apuntes, libretas de viajes con apurada letra o amarillentos periódicos conteniendo notas específicas, suelen oxigenarse cuando abrimos la Caja de Clio y convocamos la musa que contiene todo aquello en aparente desorden y riguroso letargo.
José C. Depetris * – Debo reconocer que el tema Bairoletto, ocupó bastante lugar y desvelos en mis pesquisas históricas, allá lejos y hace tiempo. Noches pasadas siguiendo el rito, extraje del corpus rotulado con su nombre, una añeja nota que escribí para Caldenia más de dos décadas atrás. Aquel escrito estuvo signado por la espontaneidad de lo entonces novedoso y el apuro por socializar lo visto y oído al regresar de uno de mis viajes al Piamonte.
En esa ocasión tuve, merced al escritor alpino Giancarlo Libert, la posibilidad de visita a ciertos archivos Turineses y a relacionarme in situ con una generación de investigadores de la historia social de la campaña piamontesa y de los fenómenos especulativos que generaron la pobreza y consecuencias sociales de la aparcería rural de la llanura, de las colinas y de la montaña que Nuto Revelli, Aldo Molinengo y Donato Bosca describen incisivamente a ese «mundo de los vencidos» que empujaba a la masiva emigración o los expulsaba fuera de la ley en su propia tierra.
Es que en esa porción del norte de Italia espiritualmente tan cercana a La Pampa, abundan las historias de rebeldes, contestatarios y réprobos devenidos en delincuentes rurales. Algunos de ellos perfectamente encuadrados en la condición de «bandidos sociales», que tan bien personificara en La Pampa Juan Bautista Bairoletto. Y por qué no presumir que aquellas historias nutrieron su bagaje cultural en la condición de hijo de quienes emigraron, precisamente, de aquel lugar.
Este texto, no tiene más entidad que refrescar algunos esbozos del fascinante itinerario realizado aquellos lejanos días, transcribiendo el texto que medité y compuse entre Italia y La Pampa: «La escena es en Campiglione, una minúscula comuna del corazón campesino en el deslinde con Cavour, la ancestral aldea de mi familia paterna. La varias veces centenaria casona está cercada en todos los rumbos por un fuerte muro de piedra. A un costado del portón de acceso al predio, el apellido se destaca escrito en letras rojas, confirmando la identidad de sus dueños. Un llamado y somos atendidos. Tras los primeros momentos, una amable predisposición se advierte en el hombre que me contesta entre sorprendido y confuso. Claro, la mención de mi apellido en la presentación, y aclarada mi condición de argentino, pero hablando un vetusto piemontés aprendido en casa, llaman seguramente su atención y retrotraen a Gianbattista Vairoletto -tal su nombre- a lejanísimos lazos de amistad o al menos de vecindad, entre sus antepasados y los míos.
He comprobado en ésta y otras situaciones, que la mayoría de aquellos agricultores guardan minuciosa memoria de los sitios, habitaciones o caseríos de los paisanos que emigraron y jamás regresaron. Recuerdan aun y pueden referenciar todavía los campos, las viñas, los prados o las casas con el apellido o mote de las familias que las moraron, aunque hoy ya pertenezcan a otras.
Comienza diciendo no recordar mucho de lo que contaban sus padres, pero se evidenciaba el esfuerzo por brindar la información que le requiero. Luego me invita a caminar por los rastrojos del trigal segado un rato antes. Aun no se había disipado el aroma característico de la siega y es inevitable no atarlo para siempre al recuerdo -y a mis sentidos- de aquella caminata por la campiña alpina en busca del eslabón perdido del pampeano.
Productor agropecuario al fin, Gianbattista describía orgullosamente los métodos de producción y rindes de las casi siete hectáreas que componían su propiedad. Desde un ángulo de la estrechísima calle que separa los ejidos suburbanos de las dos aldeas, -Campiglione y Cavour-, señala un caserío con robledal gigante no muy lejano que albeaba en su tejado de piedra de Luserna: «Ciabot Depetris», (casa Depetris), dice. Y seguidamente da algunas precisiones al respecto que engrosan el relativo conocimiento sobre la historia olvidada de mis propios ancestros que impensadamente estoy acopiando.
Caminamos y tomándose su tiempo comienza a relatar que fueron primos de su padre los que emigraron desde Villa Falletto, otra aldea de la comarca. Recuerda a Santa Fe y La Pampa Central como lugares de residencia de sus parientes, según escuchaba de los grandes. Titubeando y corrigiéndose a sí mismo, enumera nombres de algunos de los de Argentina, entre ellos aparece en el listado finalmente el de Juan Bautista.
Le relato brevemente la historia y significación de su pariente y homónimo en la memoria colectiva pampeana. Y de su vigencia en el pueblo que aun idealiza su figura como benefactor y milagrero; de su azarosa vida pública en revistas, libros, folletos, llevada al cine y presente en la literatura y cancionero popular.
Como prueba de ello, digo algunas décimas barajadas de apuro de una milonga que lo nombra. Expectante, y creo que maravillado por escuchar el castellano tal vez por primera vez, me pide que se lo traduzca. Luego de captado el sentido de ellas, una respetuosa sonrisa y un breve silencio anteceden a la acertada definición que da, definiéndolo como «Brigant», o sea uno que robaba a los ricos para dar a los pobres. El conocimiento de la condición de su pariente, databa desde su niñez, explica y ahondando, se refiere a una vieja y según recuerda única carta desde Argentina, que narraba nebulosa y apresuradamente algunas desventuras de su pariente.
Mientras caminamos lo observo detenidamente. El hombre es más bien bajo. Pasa con holgura los setenta pero es fuerte y vivaz. Sus ojos de un celeste clarísimo, moviéndose constantemente. Atentos a todo movimiento; la expresión de la mirada y su rostro magro y anguloso, me traen a la memoria la vieja foto de prontuario tan conocida entre nosotros por reiterada en portadas de publicaciones. Se podría decir era casi un sosías de nuestro «gaucho». Le hago notar esta coincidencia y le explico que aun sigue vigente su apellido en La Pampa. Parece no interesarle demasiado. Amable pero firmemente, me lleva la conversación por otros carriles. Creo oportuno no incomodarlo y lo dejo hacer. Aunque me evita el tema convocante, disfruto su charla por amena y cordialmente respetuosa por mi impensada visita desde tan lejos. El sol ya ladeaba hacia el gigantesco bonete nevado del Monviso. Después del saludo final, me desliza una última recomendación: le gustaría tener un libro con la historia de su pariente».

El bandolerismo social.
En la memoria, en el cancionero y en la tradición oral contadina de llanura o de montaña, algunas figuras de bandoleros forman parte de un cierto patrimonio histórico que prosperó en una sociedad mísera de agricultores sin tierra o pequeños propietarios bajo el agobio de nobles y latifundistas, entre éstos la iglesia como institución. Mientras que los poderosos gozaban de todos los derechos sobre tierras y regadíos, aquellos estaban obligados a determinadas condiciones serviles al «padrone», al diezmo para el clero y al servicio militar.
Algunas rebeliones del campesinado piamontés que pusieron coto a los excesos de las últimas manifestaciones feudales durante los siglos XVII y XVIII, con alternativos períodos de ocupaciones francesas, disputas territoriales de realezas y el retorno al poder de los Savoia, siguieron presentes en el imaginario colectivo. Obviamente que la situación de opresión a los sectores más relegados, no varió sustancialmente durante el posterior y complejo proceso de la unificación italiana. Después de lograda ésta, perduraron las condiciones de crisis social, epidemias de cólera y hambrunas generalizadas que produjeron la emigración masiva a América, principalmente a Argentina.
Una de las consecuencias de aquel período histórico fue la aparición de campesinos devenidos en aventureros y durante el siglo XIX casi no había pueblo que quedara exento de las andanzas solitarias o en grupo de brigantes y bandidos que contaban con el decidido apoyo y protección del campesinado pobre.
Claro que había un código que era observado rigurosamente por quienes optaban por la vida errante transcurrida a salto de mata. El producto de cada acción de robo, hurto o atraco de la banda, era repartido en tres partes. Una, para los participantes del hecho mismo; otra quedaba en «caja» como ahorro común de la banda para financiar imprevistos y la tercera parte, era dispuesta rigurosamente para ayuda, distribución y sostén de los empobrecidos campesinos que los protegían con el silencio, con información falsa a las autoridades, brindando asilo o facilitando la fuga del perseguido.
Los componentes de esa curiosa «categoría social» portaban sobrenombres pintorescos que ocultaban su identidad por temor a represalias, generalmente muy duras. Son recordados en la región los brigantes «Scolaticot», «Cioffre», «Barilot», «Mastu Grillo» y «Mecco del Sacc». Este último regenteaba «La reverendissima squadra», verdadero azote para ricos y poderosos latifundistas de los circondarios del Pinerolese y Saluzzese. Otro tanto ocurría con Viora Branda y «la massa cristiana», nombre con que era conocida su pequeña banda reclutada entre campesinos de Campiglione y Cavour. Expulsado de aquel territorio, se conocen algunas de sus andanzas posteriores en Caselle, en las puertas mismas de la ciudad de Turin, perdiéndosele después todo rastro.
Las historias de Francesch Del Pero y de Giusep Pavia son las más populares junto a la de Pero Mottino recordado como «un bandido bello, cortés y amado por las mujeres». Jinete hábil y altivo entre los poderosos de la burguesía propietaria de campos y establecimientos agropecuarios que le temían. Fue protagonista de una muerte ejemplar a manos de la policía en 1858 y perpetuó desde entonces su nombradía entre los humildes.
Pinin Pacot, tal vez el más prolífico poeta Turinés de la posguerra, resume el sentir de aquellos aventureros y contestatarios en «Ancuntra al sol», obra que capta la esencia mitológica hombre-caballo, en aquel medio donde no era frecuente su uso en el vulgo. Y que no hace más que reforzar la idea de igualdad humana. En epopeyas de alto valor simbólico y literarios asociadas al concepto de rechazo a la humillación, a la injusticia. Al secular agobio por imposición de blasones, títulos y diezmos. La ópera prima de Ermano Olmi, film de 1980, retrata en «el árbol de los Zuecos» las tragedias individuales, siguiendo la trazabilidad de poetas del novecento.
Finalmente, en 1868 el fenómeno del brigantaggio era uno de los principales problemas a resolver del nuevo gobierno italiano pos unificación. Tanto en Turin como en Roma en los cenáculos políticos y gubernamentales veían con tanta preocupación la problemática, que el embajador Italiano en Argentina, Enrico della Croce Doyola recibe instrucciones para consultar al gobierno de Buenos Aires sobre la disponibilidad de una zona en las regiones del sur para establecer un penal donde derivar reos italianos condenados por brigantes o bandoleros. Pedido que no fue atendido, pero ante la falta de soldados para la remonta de regimientos para enviar al frente de Guerra con Paraguay, admite el gobierno argentino el traslado de reos que engrosan los regimientos Mitristas enviados a los esteros, bajo la figura de «voluntarios».

Las historias de la infancia.
El patrón común observado en la saga que caracteriza y define al tipo de bandolero cuyos métodos, fines y motivaciones son los que los encuadran en una forma de rebelión individual cuya principal característica es la actitud distributiva del fruto de sus andanzas. El prototipo mundial por excelencia es Robin Hood. En La Pampa, sin duda el legendario Bairoletto. Claro que su condición de hijo de inmigrantes, lo diferencia un tanto de los otros exponentes del bandolerismo telúrico y de los populares gauchos malos o matreros bonaerenses narrados por Eduardo Gutiérrez o José Hernández.
Ricardo Nervi solía mencionarme la conocida afición de Juan Bautista a la literatura gauchesca de entonces que idealizaba el arquetipo del criollo «capaz», según recuerdos trasmitidos de su padre que lo había conocido en Eduardo Castex. Pero también marcaba el fuerte sello e impronta en el aun joven chacarero, del bagaje cultural familiar, incluidos dialecto y tradiciones portado por sus padres desde la lejana aldea campesina a esta Pampa esquiva que solía traicionar los sueños inmigrantes de los mayores.
En aquel imaginario familiar; entre canciones, música nostalgiosa y dicharachos dialectales, no deben haber faltado referencias a las historias mitológicas de los brigantes enunciados más arriba. Juan Bautista, aunque mediando un océano de por medio, seguramente no las desdeñó.

* Colaborador