Borges en cuestión

LITERATURA - ESCRITURA POLITICA

Los autores y sus obras tienen incidencias no sólo en la serie literaria, sino también en el entramado sociopolítico y cultural, y sobre todo en la formación del público lector. En este artículo, el autor analiza la situación de Borges en la configuración ideológica.
Sergio De Matteo * – Es necesario leer en la literatura su relación con la política, y la impronta de la política sobre la misma literatura. Aunque lo que no está en la calle es literatura, hay una influencia de los libros sobre la realidad, como de la realidad sobre la escritura. En consecuencia, habría que considerar la “incursión de los escritores-intelectuales en la ‘contingencia’ de la praxis política nacional”, como resalta el crítico Pablo Heredia.
La escritura es una de las formas de la praxis política. Pensemos en los precursores latinoamericanos: Martí, Miranda, Simón Rodríguez, Bolívar, Moreno, Monteagudo, Artigas, Calfucurá, Mariano Rosas, Sarmiento, Echeverría, Mansilla, Rojas, Lugones, entre otros.
Interpretamos desde un lugar, leemos simbólicamente, y al reconocer que lo hacemos (lectura situada) estamos haciendo política, construyendo y legitimando verdades, que a su vez se configuran desde enunciaciones creadas para tal fin. Heredia nos dice que “Leemos no solo lo político ‘en’ la literatura sino también lo político ‘de’ la literatura.
Jorge Luis Borges era consciente de que hacía política, no solo cuando militaba en FORJA, sino también cuando junto a Adolfo Bioy Casares escribieron y publicaron “La fiesta del monstruo”. Un cuento que apela a los símbolos y actos del peronismo para descalificarlos, y se pretende como desarticulación paródica del discurso y el mecanismo de representación populistas.
Estas escrituras y lecturas hacen política, porque se comportan y permiten leer esa doble construcción enunciativa, donde la literatura escenifica el campo sociocultural.

Teoría política.
La teoría nos asiste para sopesar la situación de Borges en el entramado ideológico y la condena que ha recibido al posicionarse del lado de personajes nefastos del campo político. Pensemos en Edward Said, que realiza una lectura política de la literatura con categorías de análisis que le permiten detectar y desmantelar (deconstruir) las ideologías que matrizan los textos. Ubica lo político en tanto formas culturales de imposición de un paradigma político.
Sería posible identificar el conflicto Borges en esa matriz, por haberse opuesto a un proyecto político que modifica las estructuras del país, como fue el peronismo, e incorpora a la historia a las grandes mayorías que hasta esa época contaban menos que el ganado en los arrabales industriales de Buenos Aires. Perón y Borges disputaban la dominante de un paradigma político. El periodista y escritor Tomás Eloy Martínez sentencia que “La historia del último medio siglo en la Argentina es, en el fondo, la historia del duelo a muerte entre Borges y Juan Perón”. En esta representativa antinomia queda evidenciada que la lucha por el signo (por la palabra, por la letra) no es otra cosa que lucha de fuerzas sociales, de antagonismos simbólicos, de construcción de relatos y de transformación de la realidad.

Década del ’70.
Borges, Cortázar, Walsh, Conti, Santoro, Urondo, entre otros, integran la biblioteca militante con la que se debate la política y la literatura en la década del ’70. Los que cuestionaron o pusieron en primera plana la política de los escritores; es decir, cómo se posicionan y que refieren los intelectuales con respecto a la política, y además cómo se representa la política en sus textos.
Jacques Ranciére resalta que “La expresión ‘política de la literatura’ implica que la literatura hace política en tanto literatura. Supone que no hay que preguntarse si los escritores deben hacer política o dedicarse en cambio a la pureza de su arte, sino que dicha pureza misma tiene que ver con la política. Supone que hay un lazo esencial entre la política como forma específica de la práctica colectiva y la literatura como práctica definida del arte de escribir”.
Ese lazo esencial marca y testimonia los hechos que fueron protagonizados por escritores en el plano de lo real, pero también quedan consignados a modos de signos en las obras literarias. Porque los que se encuentran del lado de determinada ideología, y los opositores, se disputan el sentido sobre la identidad social de la cultura y sus efectos en el campo de lo político.

Campo político.
Hemos aprendido con Pierre Bourdieu que en el funcionamiento del campo intelectual se establece tanto el lugar que ocupan escritores, críticos e investigadores, como también las lecturas, la biblioteca, los premios que representan y refieren a una “sociedad de discurso”. En un entramado que se reacomoda constantemente -acorde a las tipologías culturales dispuestas por Raymond Williams-, las “instituciones” conforman un factor determinante puesto que legitiman la circulación y reproducción de ciertos relatos, que, en definitiva, serán los dominantes de un bloque histórico. Dicha hegemonía instala (o impone) su episteme; y esta responde, siempre, a quien ejerce el poder.
Por lo tanto la cultura, la comunicación, la política, etc., simulan un campo de batalla. Debemos pensar o comprender la lucha política, la lucha cultural, como lo que Gramsci llama una guerra de posiciones. En consecuencia, el campo intelectual a modo de dispositivo ordenador habilita esa “guerra de posiciones”. Bajo esta instancia sería posible el debate agonístico. Dialéctica mediante, en la disputa es donde se enfrentan distintas posturas o proyectos.

Situarse.
Sin embargo, es necesario ajustar la caja de herramientas para analizar autores y escrituras del pasado -si es posible aplicar categorías actuales a aquellos protagonistas-; en tal caso habría que situarse en la época del pensador, comprender los conceptos dominantes, entrever las distintas relaciones de poder y cómo cristaliza el relato modélico de las instituciones.
En el orden ideológico (o del discurso, que es un dispositivo de poder), es donde se lo reprueba a Jorge Luis Borges. Su enfrentamiento con el peronismo se zanja en la escritura misma y en las diferentes declaraciones que hacía en los medios de información. Pero su mayor reprobación se debe a la aceptación implícita de las dictaduras que asolaron a Chile y Argentina. El 19 de mayo de 1976, a menos de dos meses de instalado el Terrorismo de Estado en nuestro país, Borges, Ernesto Sábato, Horacio Esteban Ratti (presidente de la Sociedad Argentina de Escritores) y Leonardo Castellani, como referentes de la sociedad culta criolla, compartieron un almuerzo con el genocida Jorge Rafael Videla. Poco tiempo después, Borges recibe, el 21 de septiembre de 1976, la distinción de Doctor Honoris Causa de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Chile y la Gran Cruz de la Orden al Mérito Bernardo O’Higgins de manos de Augusto Pinochet. Declara en la víspera: “Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita”, ha modo de legitimación de los gobiernos de facto chileno y argentino. Estas (im)posturas le impiden obtener el Premio Nobel de Literatura.

Otros cuestionados.
Bajo estas categorizaciones se deben citar otros ejemplos en la historia literaria mundial. El escritor norteamericano Ezra Pound, que fue secretario del poeta irlandés William Butler Yeats, corrige “La tierra yerma” de Eliot e impulsa la edición del “Ulises” de James Joyce, simpatiza con Benito Mussolini e integra sus equipos de propaganda. Al término de la Gran Guerra es condenado a muerte por traición a la patria, pero por pedido de la comunidad literaria se lo confina en un psiquiátrico. Louis-Ferdinand Céline, autor de “Viaje al fin de la noche”, una de las novelas más importantes del siglo XX, escribe panfletos contra rusos y judíos, por lo cual es acusado por colaboracionista y declarado “desgracia” para Francia. Otro ejemplo, el alemán Günter Grass, en sus “Memorias” confiesa: “Me dejé seducir por el nazismo sin hacer preguntas”. Respecto a Leopoldo Lugones, es conocida su trayectoria desde el anarquismo al socialismo y en 1920 se alinea con el nacionalismo al escribir “Mi beligerancia”, yéndose más a la derecha con “La hora de la espada”. ¿Esa participación (errática: a vista desde la actualidad) admite la censura de lo mejor de sus obras, la condena de sus nombres?

¿Borges redimido?
Los desaciertos políticos lo privaron del Premio Nobel. En los últimos años de su vida firma solicitadas y hace declaraciones disonantes contra los militares que tanto había admirado. En una entrevista publicada en el diario bonaerense La Prensa, manifiesta Borges que no puede “permanecer silencioso ante tantas muertes y desapariciones. No apruebo esta forma de lucha para la cual el fin justifica los medios”.
El 12 de agosto de 1980 aparece una solicitada en el diario Clarín con 175 firmas, entre las cuales se encuentra la de Jorge Luis Borges, donde familiares de desaparecidos y detenidos por razones políticas, reclaman que se den a conocer las listas de los desaparecidos.
Por la Guerra de Malvinas espeta: “Los militares que nos gobiernan son tan incompetentes, tan ignorantes”. Hace referencia a la guerra en un breve poema con el título de “Juan López y John Ward”, en el libro “Los conjurados”, de 1985.
Actos que no lo redimen de su racismo (negros, gauchos y vascos, según un reportaje de Rodolfo Brasceli), de su postura antipopular y su adhesión a las dictaduras militares.
La trayectoria de todo intelectual está plagada de accidentes, y estos devienen del compromiso de asumirse en la historia, de implantar una mirada (cambiante) del mundo. En la experiencia de un escritor la obra es un documento de época, la cual dibuja y desdibuja su propia huella según sea leída, e, inclusive, bajo qué episteme se la ausculte, es decir, desde dónde, cómo y quién la resignifique. En consencuencia, Borges sabía que cuando escribía y opinaba sentaba una posición ideológica, lo cual tenía trascendencia simbólica en la propia realidad. Por lo tanto, cuando leemos, leemos no solo lo político en la literatura sino también lo político de la literatura.
* Escritor