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«Borges profesor»

No son pocos los temas por los que la crítica, el mundo académico y la prensa se interesaron en Borges. Pero el Borges profesor es uno de los rostros más inexplorados de la figura pública, celebrada mundialmente.
Gisela Colombo *
No se trató solamente de su obra; su postura política, su agnosticismo, su humor, el anecdotario, la ironía con que critica todo aquello que está naturalizado como única respuesta posible, sus amistades, las lecturas favoritas, su vida familiar, el romance y las decepciones amorosas, su relación con quien fue su última esposa y tantos otros asuntos fueron motivo de estudio y difusión. Aunque en escasas ocasiones se revisó su condición de docente. Tenemos mucho más documentadas las conferencias que ha dado alrededor del mundo. Mucho más disponibles están sus entrevistas que sus clases.
En los últimos meses, Sudamericana editó un libro que aborda esta faz del escritor.
«Borges profesor. Curso de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires» lleva por título el texto que Martín Arias y Martín Hadis escribieron. Ambos recopilaron, investigaron y anotaron una materia prima que surgió directo de apuntes tomados por los alumnos de Borges y grabaciones de audio registradas en sus clases, durante 1966.

Lector.
Si bien el autor dedicó su vida a la literatura, no lo hizo desde la educación formal superior.
Borges no tenía la formación docente que es requisito cada vez más importante para ejercer como educador. No obstante, era un conocedor profundo de cuatro de las cuatro funciones esenciales que se ejercen en torno de la literatura:
Era un lector avezado, con una memoria prodigiosa que le permitía retener versos en alemán, anglosajón, francés, italiano, latín, etc. Suplía, con ese don, la falta de luz que tuvieron sus ojos en su vida adulta. Era selectivo y exigente, pero nunca frío. Toda lectura se medía, para él, con la vara del placer. Según su visión, el movimiento interior que generaba el texto en el espíritu del lector era el único motor válido para internarse en un libro.
«Juzgo la literatura de un modo hedónico – dijo en otra entrevista- . Es decir, juzgo la literatura según el placer o la emoción que me da.»
Escritor.
Como escritor, ya había dado pruebas de ser excelente. Sabía, como nadie, los infinitos detalles que intervienen en el ejercicio creativo. Tenía las lecturas, pero también la profundidad que lo llevaba a reflexionar profesionalmente las herramientas puestas en juego por un autor. Conocía los entretelones de la creación. Observaba minuciosamente aquello que sólo puede interesarle en detalle a quien también escribe. No solo atendía a los temas vitales, la filosofía y cosmovisión que profesaban los grandes autores precedentes. También era capaz de considerar con extrema agudeza el estilo, los recursos expresivos, etc. El manejo de fuentes en varias lenguas diferentes le había concedido una ductilidad lingüística difícil de igualar.

Crítico.
Al hablar de la función de la crítica literaria, el público suele suponer que esta actividad consiste en hacer una invectiva contra un autor o una obra. Lejos de esa intención, el crítico es uno de los agentes más importantes en la difusión de una obra. Crítica e investigación es lo que tiende a hacer alguien laureado en estudios literarios y nada tiene ese ejercicio de afán destructor. Por el contrario, más allá de lo que afirme el crítico sobre un autor, el solo estudio y atención consagrada a una obra es un reconocimiento de su relevancia. Como conviene a todas las artes, el canon, lo que es considerado bello o edificante, depende en gran medida del trabajo de críticos, académicos y prensa especializada. Borges no lo era formalmente, pero ejercía la crítica literaria, como suele suceder con la mayoría de los escritores, permanentemente.

Editor.
Y si bien no se desempeñó como un editor comercial clásico dentro de una editorial, hizo su experiencia de escoger lo publicable y desechar lo inconveniente, en el marco de las revistas cuya edición dirigió o acompañó.
¿Quién habría de oponerse a que un hombre con semejantes antecedentes recibiera la responsabilidad de dictar una cátedra en la Universidad de Buenos Aires?
Inicialmente le fue ofrecido el cargo de profesor titular de Literatura Alemana. Había publicado ya su «Breve antología anglosajona», donde hace evidente el conocimiento profundo de los pueblos germánicos y su literatura. Esa corriente germana constituye, junto con la celta y la herencia latina, la lengua inglesa que conocemos. Por ese rico sincretismo, que luego abonarán los normandos, la lengua y la literatura inglesas le resultaban más atractivas. Le propusieron dictar la cátedra de literatura alemana. Pero él, en cambio, sugirió que podría hacerlo mucho mejor tratándose de la Literatura Inglesa.
«Borges profesor…» recoge clase por clase lo que explica, lo que recita y la pasión que transmite Borges por una de sus literaturas favoritas. Las primeras clases las destina a la raíz anglosajona y los movimientos de invasiones y retracciones que se producen entre los diferentes pueblos germánicos con acceso a la región. Las kennings y ese hábito antiguo y sajón de derivar metáfora tras metáfora construyendo una literatura compleja, las genealogías de los reyes germánicos, El Beowulf, El Fragmento de Finnsburgh, La Oda de Brunanburh, La Balada de Maldon, La visión de la cruz y La batalla de Hastings son algunos ejemplos de los asuntos que trata Borges en esas primeras clases.
En la octava, novena y décima clase comienza a hablar de Samuel Johnson, de su obra, pero también de su vida. Caracteriza al autor con mayor fuerza que a sus personajes y lo hace mediante el libro de un biógrafo escocés llamado James Boswell, que también recibe la crítica del profesor.
Y aunque es evidente que le interesan mucho más las individualidades que las Escuelas o Movimientos Literarios, dedica la clase undécima al Romanticismo. William Wordsworth, Samuel Taylor Coleridge, William Blake, Thomas Carlyle son estudiados hasta la clase decimosexta.
Este grupo de autores es en quienes pone la mayor emoción.
Borges se permite aquí y en el resto de las clases establecer paralelos curiosos. Compara batallas medievales y enfrentamientos del siglo XIX, gauchos con vikingos… Parangona a Coleridge y Macedonio Fernández, entre otros tantos ejemplos llamativos. Ejemplos que manifiestan su poder de abstracción y su extraordinaria ductilidad para descubrir analogías.
La clase decimoséptima la dedica a Dickens, como el hombre práctico y comprometido que fue en un marco de inequidad victoriana reinante. La importancia de la infancia es uno de los aportes más sobresalientes que les atribuye a las novelas del autor.
Robert Browning, por desconocido que nos resulte a los lectores actuales, llena las dos clases que siguen. Después, Dante Gabriel Rossetti, William Morris y la obra de Stevenson cierran el programa.

El interior.
Desde el principio del curso es posible observar que los conceptos nada tienen de cerrados, de rigurosos y gélidos. Por el contrario, el profesor revela en el acto de explicar, no sólo los datos objetivos de los poemas, también desnuda el tamiz con el que él ha procesado esas lecturas. No hay momento en que se ignore su reflexión personal porque tal como lo dijera él mismo, de eso se trata la lectura: del movimiento interior que provoca.
Su metodología es una demostración inmediata de que era veraz cuando decía «He preferido enseñarles a mis estudiantes no la literatura inglesa – que ignoro- pero sí el amor de ciertos autores, o mejor aún, de ciertas páginas, o mejor aún, de ciertas líneas. Y con eso basta, me parece. Uno se enamora de una línea, después de una página, después del autor. Bueno, ¿por qué no? Es un hermoso proceso. Yo he tratado de llevar a mis estudiantes a eso.»
Si ése era el propósito de su Cátedra, sin dudas lo logró. Las clases no eran lo magistrales, lo eruditas, lo complejas que la fantasía popular esperaría. Tampoco hace un recorrido sintético, sistemático y canónico de la Literatura Inglesa. Más que eso, su selección es caprichosa. Borges menciona los textos, describe un marco histórico en que surgen y narra los argumentos con entusiasmo. La descripción del mundo textual, cuyo límite con la realidad histórica no siempre es fácil de descubrir, acerca a tal punto el objeto de estudio que despierta la curiosidad y la emoción estética aunque se trate de textos distantes en tiempo y espacio.
Lo que va desplegando es, entonces, su propia estética y revela así el motivo por el cual él rescata cada uno de los libros que enseña.
Si las clases que recuperan Martín Hadis y Martín Arias acentúan algo es el interés de Borges por la subjetividad de cada creador. El profesor intenta tender un puente entre el espíritu del autor estudiado y su lector. El mecanismo de estudiar, además de las obras, las vidas de los artistas y el marco en que se mueven, busca despertar la empatía. Y cada vez que lo logra, se disuelve el bronce de los monumentos ecuestres alzados para poetas esplendorosos, se derrite lo hierático de sus bustos de mármol y se acercan sus dichas y angustias hasta identificarse con el sentir del lector. El Borges profesor funde el bronce y convierte a esos genios en iguales, en seres de carne y hueso palpitantes…

* Escritora