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Breve historia de un Valle

Marcada por el ritmo de nuestro país, la impronta del Alto Valle del Río Negro deja una huella ineludible en cada uno de sus vinos.

Víctor Beascochea*

Sin dudas, cuando hablamos de vino argentino la referencia inmediata es la región de Cuyo. No es para menos, entre las provincias de Mendoza y San Juan se concentra el 90 por ciento de los viñedos del país. Siguiéndolas La Rioja, Salta, Catamarca, Neuquén y Río Negro, en ese orden.

Pero esto no siempre fue así. Para 1960, el tercer mayor productor de uva del país era la provincia de Río Negro con casi 17 mil hectáreas plantadas y 160 bodegas inscriptas ¿Pero cómo una provincia tan joven y en un lugar tan adverso geográficamente había logrado semejante auge?

Luego de la matanza a los pueblos originarios que significó la llamada Conquista del Desierto (1878-1885), la tierra que comprendía la campaña fue distribuida en grandes extensiones a pocas manos. Tierras que quedaron, en su mayoría, improductivas por casi dos décadas por no contar con riego suficiente y porque sus propietarios quedaron esperando su valorización (especulación inmobiliaria le dicen ahora).

Pero no fue hasta fines del siglo XIX y principios del XX cuando las obras en la región se pusieron en marcha. En ese entonces los lugares terminaban de ser productivos si estaba el ferrocarril para transportar los productos, por lo que en 1899 se inaugura el ramal que cruza el Valle desde Choele Choel hasta Cipolletti, realizado por la empresa de capitales ingleses “Ferrocarril del Sud”.

Esta misma empresa, motivada por aumentar el volumen de cargas a través de sus vías, subsidia al Estado argentino para la creación del dique Ballester sobre el río Neuquén, que cumplía dos funciones, las de atenuar las crecidas que provocaban las inundaciones y la de alimentar un canal para el riego del Valle.

Ahora las tierras tenían valor. La firma crea una empresa subsidiaria llamada “Compañía de Tierras del Sud” que compra a los grandes terratenientes, beneficiados luego del saqueo a los pueblos originarios, tierras que dividen en unidades funcionales. Chacras que iban de las 2 hasta las 50 hectáreas, compradas en su mayoría por los propios inmigrantes, españoles, italianos y árabes, que trabajaban en el ferrocarril.

Esto provocó el auge de producción de las variedades de fruta que mejor se adaptaron a esta nueva región como las manzanas y peras, pero también la vid. Ahora en Río Negro convivían dos modelos de producción, la de las pequeñas chacras con mano de obra familiar y la de las empresas que se iban asentando paralelamente y plantando vides.

Esto duró hasta 1970, donde hubo distintas crisis económicas, sumado, nuevamente, al avance del negocio inmobiliario, donde la provincia pasó de las 17 mil hectáreas de uva hasta las 1700 de hoy en día. Llevando al Alto Valle del Río Negro a otra posición en la escena vitivinícola nacional. Pero dejando un legado, el de la tradición.

Con gran cantidad de variedades de cepas, viñas muy antiguas, bodegas con más de cien años de tradición, como Humberto Canale y Humberto Tronelli (ambas emplazadas en General Roca), y una cantidad de localidades que se extienden de oeste a este del Valle –con la cultura del vino a flor de piel–, como lo son también Fernández Oro, Mainqué, Ingeniero Huergo, Villa Regina, entre otras; Río Negro es cuna de un gran legado y una hermosa actualidad.

Su clima, de inviernos fríos y veranos secos con gran amplitud térmica entre el día y la noche, permiten a la uva una maduración lenta, logrando una gran armonía en la relación de azúcares y acidez. Los fuertes vientos, que facilitan una sanidad natural de la uva, no permitiendo la acumulación de humedad en los racimos, volviendo a los hollejos más gruesos y fuertes, aportando a los aromas y al color final del vino, hacen del Valle un lugar próspero para la vid.

Cepas como la Pinot Noir y la Merlot que gustan del clima frío, encuentran aquí tal vez sus máximas expresiones en el país. Pero también otras cepas, como nuestra reina importada, la Malbec, logra grandes resultados, con un perfil más hacia la fruta fresca y con una acidez natural más marcada. Los Chardonnay vibrantes y los Cabernet Franc, de más fruta y menos especiados, son ejemplos del gran potencial de este lugar con historia, cultura y tradición vitivinícola.

Por eso…¡qué no te engañen, los grandes vinos no vienen de un solo lugar! Salú!

* Especialista en vinos

Embajador de marcas