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Cartas para Eloísa

En el marco del primer encuentro de «Viento Sur», nuevo ciclo de poesía que organizan autores, críticos y comunicadores a través de Siete Sellos editorial, se presentó «Cartas para Eloísa», de Virginia Casullo.
Gisela Colombo *
Las «Cartas para Eloísa» (título que refiere a las epístolas de Eloísa, poeta francesa del siglo XII) han servido de inspiración para la autora Virginia Casullo porque traducen un concepto de feminidad moderno y emparentado con los tiempos de reivindicación que transitamos.
La poetisa francesa tuvo un romance con Abelardo, filósofo y teólogo afamado en la época, del cual surgió un hijo. Pero el sacerdocio de Abelardo impidió a la pareja vivir con plenitud la familia y Eloísa dedicó sus cartas precisamente al dolor de la ausencia familiar.
Virginia Casullo, en una situación de pérdida del entorno de la infancia, tomó esas cartas y otras, escritas en su familia, como referentes de su libro.

Sexta Carta.
El texto está dividido en dos partes. La primera, eminentemente poética, se denomina «Sexta Carta», por aquella que más le impresionó de Eloísa.
Allí despliega un recorrido que atañe a la asunción de su condición de poeta.
En principio, describe el descubrimiento de la mirada estética mediante la imagen de la libélula, que la autora identifica con su vida en la costa, con el mar, con la ambigüedad de la luna y sus cambios permanentes. No es casual que la imagen de tapa sea una libélula. Esa visión estética de la vida es para ella un modo de concebir lateralmente la realidad, es decir, desde una perspectiva diferente.
«No tengo tiempo para irme y volver,/ simplemente quiero quedarme aquí sentada y mirar/ A trasluz el lado opuesto de la tierra.»
El derrumbe de la casa familiar abona este primer poemario. Su escritura se torna un encuentro con el pasado y con los seres queridos.
La soledad desencadena la necesidad de escribir para recuperar lo perdido.
«Qué loco, ¿no? Creo que tu soledad y vos/ llegaron hasta este punto.»
Ese extravío comporta la ausencia de esperanza en el amor.
«Ya no hay tantas margaritas/¿Te diste cuenta?, me dijo./ Hace mucho que no deshojo ninguna.»
Deshojar margaritas es un modo de darse la oportunidad de amar, la apertura a nuevas experiencias. Basta que la poeta se disponga a sufrir para que todo florecimiento fracase. Porque, como lo enunciaría un gurú de la New Age, «creer es crear».
«Imaginé un invierno tan fuerte/ que quemó las margaritas/ y algunas flores milenarias.»
Esta imagen de adelantarse por medio de la imaginación a lo que vendrá es una versión del poder del Logos o el Verbo, tópico literario que sobrevive hace siglos. La palabra es una herramienta creadora de realidad. Y esto registra el poema: imaginar, nombrar un invierno tan fuerte marchita en el instante toda promesa de vida.

Del aire a la tierra.
«Dicen que sin sueños, perecemos. / Dicen que más temprano que tarde a tus manos de pájaro se le derretirán sus alas.»
Hacia el final de este poemario primero, comienza a verse la necesidad de desarrollar el elemento tierra, de la concreción que, antes de esto, está ligada al aire, al vuelo, a la ausencia.
El poema que Virginia Casullo llama «Recitando a los transeúntes» inicia un nuevo camino, donde empieza a tomar cuerpo la idea de compartir aquello que se produce con otros, de pasar a un objeto concreto, el libro, aquello que era aire antes, en la medida que se trataba de pensamiento.
Quizá por eso aparece «Manifiesto al verbo», que en este caso no tiene la acepción de Logos, sino que se refiere a accionar en la realidad.
Pero aunque ésa es la intención, no es todavía el momento.
Son «Tiempos difíciles».

Pájaro.
En «Un pájaro afuera del poema» es posible ver más allá. Está la poeta en un momento en que la inspiración, el deseo de recuperar lo perdido, se fue. Es un tiempo de acción. No obstante, ya promete otro modo de inspiración que vendrá pronto.
Ya no hay libélula que traiga esas aguas infusas de la lluvia y la musa. Pero sólo se ausentan las alas para traer algo mayor. El pájaro es quien se tornará la inspiración más certera, permanente y activa:
«Cuando vuelvas, te devolveré la mirada y vas a poder venir conmigo; […] y me seguirá aliviando la llegada de tus cartas como lo hizo siempre la brisa suave del Sur.»
El pájaro es una imagen que se repite y representa a la poesía, la inspiración, pero identificada con quien encarnaba el impulso literario. El abuelo, el cuentacuentos, quien aparece como la golondrina plateada sobre el tapado.
«Cinco años tenía entonces, cuando mi abuelo me había regalado aquella golondrina y le pedí que me alzara en brazos. Es de buen augurio, para que la lleves a donde vayas y te acuerdes de mí, me dijo.»
Ese abuelo que al partir de esta tierra habrá de convertirse en la golondrina, en el ave que regrese a inspirar.
El pájaro ya nos anuncia el fin del poemario «El ave se perdió entre las luces de la ciudad.»

Interlunio.
La segunda parte refiere al momento en que la Luna se torna invisible. Pero no se trata de una oscuridad plena, sino que desaparece porque ha salido el sol.
«La poesía sirve para mostrarle a la noche lo que le ha negado la luz del día».
Ahora, que ocurrió el amanecer, ya no hace falta luz de luna.
La emoción, la nostalgia y la soledad van cediendo frente a la evocación de hechos ocurridos en aquel pasado. La angustia comienza a bajar la intensidad y sobreviene cierta curación de esos estados de melancolía que signan el poemario anterior.
«Así vive el poeta/ con la poesía clavada como astilla/ hasta que la extirpa/ escribiéndola en un papel.»
Aquí se refrenda el camino de autoconocimiento que supone para la autora este libro. De autoconocimiento y transformación.
Es cuando irrumpe la narrativa, se dejan atrás las imágenes dispersas y la autora comienza a componer relatos.
Mencionamos ya que «Un pájaro fuera del poema» en la primera parte anuncia la fuga pero también el regreso del pájaro/inspiración.
Se silencia la poesía, pero pronto vendrá la tierra, el dar frutos y será por medio del impulso de narrar.

Tornarse árbol.
La identificación de la poeta con el mundo natural no es un dato menor.
«Vive buscando lo que se necesita/ para florecer en cualquier jardín.»
También es posible observarlo hacia el final del libro:
«Cuando llegó a Buenos Aires, introdujo aquel tallo en la tierra /nueva para que echara raíces como sus pies.»
Por eso se habla del trasplantar un brote, el brote poético, a la nueva realidad que ya no reclama soledad, oscuridad y nostalgia para producir. Produce en la luz sin que la poesía falte a la cita.
«Como prometió, Macu vuelve a su tierra natal cada vez que come los frutos de su naranjo.»
Y entonces, se cumple la profecía del cuentacuentos:
«Cuando deje este cuerpo y pase a otra vida /vendré a contarles historias con el lenguaje de los pájaros.»
Será cosa de dejar que la inspiración «cuente historias» (narrativa), aunque seguirá siendo en el lenguaje de los pájaros: la poesía.

*Escritor