Inicio Caldenia Caza de brujas e indígenas

Caza de brujas e indígenas

La brujería, sostiene Campagne (2009), formó parte de un delito colectivo donde el aquelarre legitimó la persecución masiva de un crimen imaginario y la represión hacia los supuestos adoradores del diablo.
Magdalena Ledesma *
La persecución a las brujas tuvo lugar entre el siglo XV y XVIII, iniciándose en 1428 en el cantón suizo (sur de Suiza) y expandiéndose por diversas partes del mundo: norte de Italia, Alemania, Península Ibérica. Como argumenta Wolfgang Behringer (1999) en 1430 estallaron las primeras cacerías sistemáticas de brujas impulsadas por inquisidores papales y magistrados civiles (pp. 3). Para el fenómeno de la caza de brujas Campagne (2009) propuso la siguiente periodización: la primera fase fue desde 1427 a 1520; seguida de un hiato entre 1520 y 1565; el segundo momento abarcó de 1565 a 1630 y, por último, la etapa que fue desde 1630 a 1782. El hito que plantea Campagne en su periodización coincide, parafraseando a Behringer, con la dura crítica que realizaron los humanistas Erasmo de Rotterdam, Andrea Alciati y Agrippa von Nettesheim a la Inquisición y por el estallido de la Reforma protestante. El proceso implicó que el 80 por ciento de las víctimas fueron mujeres mientras que un 20 por ciento fueron hombres. Debido a ello, el autor reafirma que es un fenómeno de género relacionado, aunque no determinado. En su trabajo se puede leer:
«La abrumadora mayoría de las víctimas que provocó la caza de brujas murieron en los 60 años claves que se extienden entre 1570 a 1630, la llamada era de la gran caza de brujas propiamente dicha. Se calcula que un 80% de las víctimas provocadas por la caza de brujas fueron mujeres. Lo cual nos deja un 20% minoritario, pero extremadamente importante, de varones condenados a muerte por el mismo delito. […] Esto implica que la caza de brujas evidentemente fue un fenómeno género-relacionado, porque de lo contrario no se entendería el 80% de víctimas femeninas. [Aunque no fue un fenómeno determinado porque hubo un 20% de víctimas masculinas]» (Campagne, 2009: 37).
La brujería formó parte de un delito colectivo donde el aquelarre legitimó la persecución masiva de un crimen imaginario y la represión hacia los supuestos adoradores del diablo. La imagen de la bruja fue aceptada por la Iglesia Católica a raíz de la bula del Papa Inocencio VIII: Summis desiderante affectibus del 5 de diciembre de 1484. En dicha bula, se confirmaba que los cambios climáticos estaban siendo producidos por el demonio y sus aliados terrestres. Como alude Quaife (1989), la creencia de una conspiración diabólica contra la sociedad fue posible gracias a que la elite aceptó el problema. La confirmación de la bruja se relacionó con el aparato ideológico, el poder y la legitimidad de los sectores pudientes por lo que se reafirmó la necesidad de defender una sociedad piadosa y «eliminar a los desviados».

Culpables del cambio climático.
La persecución a la herejía apareció como práctica europea en la Alta Edad Media y fue cambiando de objetivos según el contexto. En la temprana Edad Moderna el foco hereje estuvo puesto en cazar a quienes ejercitaban la brujería. Los enemigos internos, los brujos, fueron perseguidos y asesinados no sólo por su herejía sino también porque eran los causantes del cambio climático que los especialistas conocen como la Pequeña Edad de Hielo. Fue un período que comenzó en el siglo XIV y duró hasta mediados del XIX. Se caracterizó por un cambio climático que generó mayores enfriamientos, nevadas y humedad lo que provocó malas cosechas, malnutrición, mortalidad infantil y epidemias. Se dañaron las cosechas y con ello aumentó el precio de los cereales. A su vez, hubo un deterioro en las condiciones de vida ya que aumentó la mortalidad infantil y el estallido de diversas epidemias que provocaron una reducción de la población. En este contexto, para Behringer (1999) el factor climático es un factor subjetivo que entra en juego en las reacciones humanas y por eso la manipulación del clima fue uno de los cargos principales lanzado a los brujos.

Los símbolos invertidos.
En 1431, el dominico Heinrich Krammer publicó el libro Malleus Maleficarum (que es uno de los libros más vendidos) y, como consecuencia de la obra, se puso en marcha el aparato ideológico que procesó a miles de mujeres del siglo XV al XVII. Debido a las denuncias, acusaciones y sospechas la cacería de brujas se extendió más allá de Europa Occidental. Una vez más, la elite intelectual (Jean Bodin o Peter Binsfeld, entre otros) compartían la idea de que las brujas eran las responsables de las catástrofes naturales y condiciones climáticas. Fue debido a ello que los demonios materializados en los manuales se usaron para «ver efectos invisibles». En esta línea, Kathleen Biddick (1998) plantea que la bruja sirvió como una invención para poner en acto una política de carencia (pp. 3).
Además de manuales, muchos sacerdotes usaron símbolos invertidos de la cristiandad para contar con pruebas en las acusaciones. En un primer lugar, tenemos el aquelarre que, como argumenta María Tausiet (2012), era un negativo de las ceremonias de la iglesia; cada elemento sabático tenía su correspondiente en el ritual de la litúrgica cristiana. Para la autora, la brujería se construyó como un sistema de oposiciones binarias ya que los teólogos (demonólogos) estaban obligados a crear la antítesis de sus propias creencias. Asimismo, cada ceremonia diabólica encontraba su fundamento en la biblia y en la liturgia eclesiásticas: de tal manera la misa se practica de noche, y la confesión se practicaba con el diablo, la hostia era de una textura desagradable y toda la ceremonia terminaba en una orgía sexual. Finalmente, los sacramentos invertidos son execramentos que en definitiva era una burla del diablo (lo mismo que plantea la autora para Europa, lo plantea Jorge Cañizares-Esguerra (2007) para América). A partir de las narraciones, los teólogos tenían por objetivo central disciplinar a la población y mantener las normas de la religión oficial. La imagen de quienes participaban en las ceremonias diabólicas era atemorizante, para la población, porque se buscaba erradicar el mal de Satanás.

Caníbales copulantes.
¿Qué características tenían quienes practicaban la brujería? Como planteamos al comienzo, el 80 por ciento de quienes realizaban brujerías eran mujeres, por lo tanto, es una cuestión de género. Las mujeres eran caníbales que se comían a sus propios hijos y copulaban con el demonio, por lo que se generaba así un doble marco entre el canibalismo y el «coito diabólico». Para los inquisidores, se gesta una relación sodométrica que construye al sodomita y proporciona las estructuras racionales. Como plantea Biddick (1998) el inquisidor observaba a través del ojo anal del diablo y por ello, participaba de la dimensión táctil y mecánica que implicaba involucrarse con aquel aparto corpóreo y materializado (pp. 18).
Por lo tanto, las brujas eran consideradas agentes del diablo y fueron el modelo inverso a la mujer ideal ya que eran mujeres: independientes; agresivas; pervertidas sexuales; no servían a sus esposos; tenían alguna «anormalidad» física y eran malas vecinas.
En la actualidad, los estudiosos (Campagne, 2009; Quaife, 1987; Cañizares Esguerra, 2007) han demostrado que en realidad las mujeres consideradas brujas eran las pobres, analfabetas, ancianas, viudas, solteras, que no iban a la iglesia o que habían conseguido mucha cantidad de trabajo en poco tiempo.

En el Nuevo Mundo.
La caza de brujas que se instauró en Europa entre el siglo XV y XVIII sirvió para crear enemigos internos que permitieron consolidar estados modernos y asimismo disciplinar a la sociedad y reafirmar las distintas confesiones cristianas. Siguiendo esta argumentación, Cañizares (2007) y Federici (2010) la aplican a América debido a que la caza de brujas ayudó, en parte, a consolidar la estructura económica y política del poder colonial en el territorio.
La imagen de la bruja se trasladó al nuevo mundo y se impregnó en la figura de los indígenas. El indígena americano fue acusado de ser caníbal, esclavo y súbdito de Satanás. Para argumentar dicha acusación, los sacerdotes feminizaron a los hombres. Como argumenta Biddick (1999) la visión óptica del ojo anal del Diablo fue trasladada por los inquisidores al suelo americano y la grabaron en el cuerpo de los salvajes. En este sentido, Cañizares (2007) sostiene que la movilidad que poseía Satanás, a tal punto de instalar una geopolítica del mal, se sustentó dentro del discurso demonológico. Esta geopolítica sostenía que la aislación de América posibilitó que el Diablo reinara durante milenios en el continente americano y para que ello acabara los conquistadores y misioneros debían expulsarlo a partir de la cristianización.
Sin embargo, el proceso de cristianización y persecución a agentes diabólicos en realidad respondió a intereses económicos y políticos de los estados colonizadores. Silvia Federici (2010) alude que estos procesos desembocaron en la expulsión forzosa de poblaciones enteras, el empobrecimiento a gran escala y una represión a la población «desobediente» (pp. 288). El terror que se instauró en este contexto fue necesario para derribar las resistencias colectivas, justificar el genocidio, la esclavitud en las nuevas tierras y la implementación de una nueva religión.
En el Nuevo Mundo, los estereotipos de la bruja europea (sodomitas, adoradores del diablo, caníbales, etc.) y el aparato ideológico-religioso y militar hicieron posible un proceso de apropiación y expansión.

Represión y tortura.
La época de mayor propagación de imagen anti-india y anti-idolatría coincidió con el punto álgido de la cacería de brujas en Europa. Los indígenas no sólo fueron considerados adoradores del diablo, sino que eran deshumanizados y convertidos a salvajes animales por los cristianos occidentales. Luego de 1550, la represión se hizo más dura, sin embargo, las sociedades americanas seguían, en la medida que podían, resistiendo y aumentando las solidaridades para oponerse a los colonizadores.
Entre 1619 y 1660 se lanzó otra cacería de brujas y se intensificó el ataque a los dioses locales y a las huacas. La diferencia con la anterior persecución radicó en que en ésta las mujeres fueron el objetivo central de la caza. Mientras la fe de los hombres en los dioses locales se debilitó rápidamente por la humillación pública y por el castigo que recibían; las mujeres trataban de conservar el antiguo modo social; se resistían a la colonización debido a la explotación de la mita, la violencia sexual o la rapiña a las que eran sometidas. Debido a la resistencia, las mujeres se convirtieron en las principales enemigas del dominio colonial y, al igual que en Europa, en América fueron las pobres, las ancianas y las solteras. Asimismo, compartían estas mujeres las características de que copulaban y hacían pactos con el Diablo, realizaban hechizos y provocaban muertes, y, creaban desastres naturales. Los religiosos también aplicaron en América las mismas técnicas para erradicar la brujería, usaron la tortura y el terror ideológico para que las mujeres aceptaran las acusaciones y posterior a su confesión, debían dar el nombre de las demás «brujas».

Los puritanos.
Además de católicos, a estos procesos se le sumaron nuevos grupos religiosos. Los puritanos también persiguieron a las brujas y compartieron elementos comunes con los católicos. La Cruz de Christo y la biblia jugaron un papel central para vencer al Diablo y a sus cómplices. El poder de estos elementos sirvió para marcar una incesante lucha contra los demonios y derrotar posteriormente a Satanás. A su vez, consideraban a los americanos como adoradores del demonio y que las mujeres (las solteras, las pobres, las ancianas) eran las brujas que mantenían relaciones con el diablo. Los puritanos se instalaron sobre todo en América del Norte y desde allí continuaron con su labor de erradicar la brujería e instalar una sociedad puritana.
La caza de brujas sirvió para conquistar y colonizar nuevos territorios. Pasado el siglo XVIII, la masacre se trasladó a los países con mayor número de esclavos (Brasil, América del Norte, Cuba) ya que éstos al revelarse generaron una inestabilidad política y económica. Además, como argumenta Federici, a fines del siglo XX en los países más pobres ha vuelto la caza de «brujas» que responde a la necesidad de apropiarse de los recursos, por los conflictos que se generan en torno al empobrecimiento, al saqueo y a las divisiones sociales abismales producto de la expansión de los países europeos y de Norteamérica. (Fuentes: -Behringer, Wolfgang. (1999) «Climatic Change and Witch-Hunting: The Impact of the Little Ice Age on Mentalities», Climatic Change 43, pp. 335-35; Biddick, Kathleen. (1998) «The Devil’s Anal Eye: Inquisitorial Optics and Ethnographic Authority», en Idem, The Shock of Medievalism, Durham, Duke University Press; Campagne, F. A. (2009) Strix hispánica. Demonología cristiana y cultura folklórica en la España moderna, Buenos Aires, Prometeo; -Cañizares Esguerra, (2007) Católicos y Puritanos en la colonización de América, Madrid, Marcial Pons, cap. III: «La estructura de un discurso demonológico compartido»; Federici, S. (2004) Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Madrid, Traficantes de Sueños; Quaife, G. R. [1989] (1987), Magia y maleficio. Las brujas y el fanatismo religioso, Critica, Barcelona; Tausiet, M. (2012) «Brujería y eucaristía: el aquelarre como anti visión», en Revista internacional de estudios vascos, 9).

* Estudiante de Historia, FCH-UNLPam