Chacareras de El Sauzal

Gladys Pellizari * – Se trata de una familia laboriosa, descendientes de Fermín Molina y Juana Gutiérrez. Sus hijas Eufemia, Rosa, Odila e Isabel, continúan viviendo en la chacra de sus padres.
Una visita a la chacra de los Molina en El Sauzal, se presenta como una oportunidad para colmarse de emociones. Cuando llegamos, Eufemia y Odila estaban preparando humita en chala, aprovechando el cultivo del maíz que en esos momentos estaba en plena producción. Nos aclaran que es maíz amarillo y la chala es más dura que la del maíz blanco, por eso para armar las humitas, previamente es necesario darle un hervor.
Un recipiente grande contenía el relleno y ellas no tuvieron reparos en compartir la receta. Al choclo rallado le agregan cebolla de verdeo, zapallo rallado, sal gruesa y como condimentos ají, pimienta, pimentón, menta y albahaca. Luego proceden a abrir las chalas, colocan el relleno y forman un paquetito que aseguran con hilo. Después las hierven en una gran olla. La experiencia le indica a Odila que la cocción se produce cuando las humitas buscan el fondo del recipiente.

Fermín Molina.
Integró una familia tradicional de El Sauzal. Primero ocupó una chacra de 10 hectáreas que tenía cuadros con cultivo de alfalfa, frutales y alamedas. Trabajó en la Estancia de los Ingleses como peón rural y desde fines de la década del 50 en la defensa de márgenes, integró la cuadrilla que dirigía Tránsito Cerda, colocando pie de gallo y malulos. Cuando el Ente Provincial del Río Colorado organizó el sistema de riego, se desempeñó como “tomero”. Su tarea era distribuir y controlar el suministro de agua a las chacras. En el año 1971 le adjudicaron una chacra de 24 hectáreas en El Sauzal.

Mundo chacra.
Este es el “lugar” de las hermanas Molina. La jornada de trabajo para Eufemia, Rosa, Odila e Isabel se inicia a las 5 de la mañana y después de “matear amargos con pan casero,” cada una se dedica a cumplir con sus tareas previamente asignadas, lo que podemos definir con una “división familiar del trabajo”.
Odila alimenta las aves de corral y se ocupa del espacioso jardín, donde cuida con amor y sabiduría gran variedad de árboles y flores. Conoce sus épocas de floración y las características de cada una. En la diversidad de colores y aromas se mezclan rosas, azucenas, dalias, gladiolos, margaritas, cosmos y madreselva.
Rosa se ocupa del riego y todas las labores propias de la huerta y Eufemia del cuidado de los animales (cerdos, chivos, ovejas). Isabel es la cocinera, además realiza los quehaceres de la casa y se traslada hasta el centro urbano, cuando algún trámite lo requiere.

Recuerdos.
Tienen energía eléctrica desde la década del 80, antes se iluminaban con candiles que fabricaba su madre con latas de sardina, sebo y una mecha de trapo bien retorcida. Concurrieron a la Escuela de El Sauzal -a la vieja escuelita de adobes- iban caminando y fueron sus maestras María de los Ángeles Andrada de Betelu y María Julia Molina. El director era Dermidio Cejas. Isabel recuerda y dibuja una sonrisa: “Cuando faltaba alguna maestra, Cejas nos daba muchas cuentas, las cuatro operaciones y nos tomaba las tablas. ¡Era lindo aquel tiempo!”
También solía acompañar a su mamá hasta el cementerio, a cumplir con la arraigada práctica de encender algunas velas en las sepulturas de familiares. Iban a caballo, su madre montaba de lado (de costado) y debían cruzar el Arroyo Chico y el Arroyo Grande, entonces le decía: “Enrolle las piernitas hija, no se moje.”
Rosa expresa que en la chacra no se descansa nunca y afirma: “¡Para vivir hay que trabajar!” Las hermanas Molina recibieron una educación familiar basada en el trabajo cotidiano, siendo niñas, su padre las despertaba temprano a engavillar pasto con la horquilla. En esa economía de subsistencia, todos debían colaborar en las tareas diarias.
Conservan como reliquias la piedra que su mamá utilizaba para triturar ajos y la laja o conana, que empleaba para moler maíz y le permitía preparar ñaco. En el patio, el infaltable horno de barro, donde cocinan el pan casero, también asado, lechones y empanadas. Y en el fogón la ollita de hierro de tres patas, la mejor aliada para freír tortas.

Regreso.
Terminada la visita y cuando nos aprestábamos a regresar, una sorpresa para nuestro deleite. Las humitas estaban listas y nos invitaron a probarlas. Y no sólo eso, habían preparado algunas para que compartiéramos con la familia. Así es la gente chacarera, así son las hermanas Molina, descendientes de los pobladores pioneros que con tanto esfuerzo edificaron los cimientos de esta sociedad colonizadora. Destacamos el modo de ser y de relacionarse con las personas de las hermanas Molina, sencillas, cordiales, amistosas y respetuosas, todas conductas transmitidas en el ámbito familiar.
* Investigadora, desde 25 de Mayo.

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