Complicidad de los versos

La reunión este año en Santa Rosa de algunos miembros del Grupo Joven Poesía de La Pampa motiva a Miguel de la Cruz a escribir este testimonio. Y nos sumerge, en su exquisita rememoración, a pensar unos días y un tiempo de mutuas complicidades.
Miguel de la Cruz *
Hacía años que Juliana Rodríguez Poussif me había comentado sobre su intención de homenajear a un grupo de jóvenes poetas con quienes había compartido una etapa de su infancia, por ser hija de una de las integrantes, María Teresa Poussif, y porque además las reuniones grupales se hacían en su casa. Por fin, este septiembre de 2018, plasmó esa idea montando una muestra en Medasur con fotos, objetos y documentos que su madre conserva de aquella época. Me alegró por ella, porque siempre es reparador contar con buenos recuerdos cuando se ha dejado de ser niño o joven y el pasado personal puede llegar a ser hasta gracioso. Por lo menos uno siente que ha respirado algún aire puro, no sólo el basural de la Historia.
Como fui uno de los que iniciaron el grupo, Juliana me invitó a que hiciera un aporte a la muestra sobre mi vivencia. Elegí dar una charla. Al rato ya estaba recordando poemas, imágenes y viajes de aquel tiempo como una sola experiencia. Sin duda, había acusado el estímulo en la memoria. No sabía que todo aquello aún podía resonar en mí con inmediatez y frescura y encontrar en un toque el orden sucesivo de los hechos que había protagonizado con mis compañeros de grupo.
Justo el año pasado, había dado una charla en el bar de ese lugar, reivindicando la tertulia literaria, ese era el tema. Como si me anticipara a la muestra, empezaba diciendo que en realidad me había venido a vivir a esta ciudad por un grupo de poetas. Sin este grupo -decía-, me hubiera costado mucho más habitar mi país. Yo pertenezco a una generación de dictaduras. Apenas asomamos la nariz a la democracia del ’73, cuando a los tres años, en el ’76, la violencia, la represión y la complicidad de una fracción inmovible de la sociedad, hizo que nuestra adolescencia y parte de nuestra juventud quedaran atrapadas en una nueva dictadura, la más feroz de todas, conocida como El Proceso, toda una metáfora kafkiana donde una y otra vez los disidentes, los raros, los rebeldes, chocaban con los mismos impedimentos punitivos, un terror que se respiraba aun en los lugares apacibles o neutros, más esa intuición desesperante, que se iría confirmando, de que en varios centros secretos del país se estaba dando a un mismo tiempo una ejecución clandestina, tras la persecución y la tortura, con una sola posibilidad de sobrevivir: el exilio.
Los que éramos chicos o muy jóvenes y ya nos diferenciábamos de nuestros pares conformistas, notábamos la atmósfera enrarecida de lo que se ocultaba, de lo que no se decía. Se sentía el resquemor, la sospecha, las palabras a medias. La actriz argentina Inda Ledesma contó que durante estos años de represión, cada noche, al acostarse, sentía un escozor en la piel al solo contacto con las sábanas. Hasta lo más íntimo estaba impregnado del terror como una película de smog fantasmal adherida al cuerpo y sus sensaciones. Era una expresión del miedo que ella había desconocido hasta entonces.

Volver.
Todos traíamos una necesidad de volvernos sobre el lenguaje, algunos por lecturas, otros por emociones, o por las dos, extraviados con nuestras obras en un laberinto sin salida, como en la novela de Kafka. Bajo la dictadura y en La Pampa, diría que gran parte de mi generación quedó a mitad de camino. Fue como si hubiéramos crecido en un mundo reducido que nos impidió ser protagonistas de nuestros deseos, desmerecidos por las imposibilidades. A veces pienso que llegamos tarde a todo. Nuestros pensamientos, nuestras estéticas, nuestros gestos, fueron tenidos muy poco en cuenta en una cultura que se recrea en ciertos ídolos, con sus discursos efectistas, idealizando, repitiendo como loros la misma papilla de mitos mediáticos y publicidad.
En el grupo supe que había un lugar para los que andábamos a destiempo. Reflexionar sobre nuestros textos fue una práctica que nos hacía sentir considerados unos por otros. No todos compartíamos con igual dedicación lo que leíamos de otros autores y es posible que ésa haya sido nuestra debilidad principal. Como sea, por este grupo he reivindicado la tertulia literaria. Pero no desde el lado de la discusión como principio crítico, sino desde la complicidad del que se entrega con su pensamiento y del que lo recibe atentamente. La admiración nos fusiona con el otro que puede ser lo ajeno y lo extraño, hasta que podemos comprendernos y alcanzar una identificación con lo que casi siempre desconocemos de nosotros mismos. La belleza salta a la vista igual que la verdad.

Protegernos.
El día que se inauguró la muestra, Teresa Poussif dijo que nos formamos “para protegernos”. Esa expresión me interpeló, fue muy propicia para definir un signo de época. Y digo que me interpeló en el sentido de ser compelido a darme una explicación, lo que indirectamente sería una ayuda para ubicarse en aquel tiempo, un amparo. O acaso, cuando alguien nos deja una palabra servida, la justa, la que necesitamos, ¿no nos está ofrendando en cierto modo un amparo para movernos con más seguridad? Así de recíprocas se daban las cosas entre nosotros, con palabras, con gestos, con opiniones. Una vez que el grupo empezó a funcionar, nos dimos cuenta de lo solos que estábamos como lectores, como escritores, necesitados de decir, de escuchar y de ser oídos.
Pero antes, un poco antes de su formación, un año tal vez, sobre mediados del ’78, yo había leído poemas del pintor Eduardo Di Nardo, publicados también en una ronda de jóvenes poetas que seleccionó y prologó la escritora Teresa Girbal en 1971, publicado por la Municipalidad de Santa Rosa. Este libro al igual que Vuelo Plural, que editaríamos 9 años después, también estaba ilustrado por artistas plásticos, entre ellos Cristina Prado, que ilustró la portada y los poemas de Ricardo Vaquer en nuestra publicación. Por intermedio de un tío que tenía lazos familiares por su esposa con la familia Di Nardo, consigo este libro y una entrevista con Eduardo al que le manifiesto mi admiración por sus poemas y le hago llegar unos de mi autoría. El me estimula a que siga escribiendo y a través suyo, Pablo Damián Fernández se entera de que en ese momento estoy viviendo en Anguil y me va a buscar, para invitarme a la primera reunión que iniciaría el grupo. Fue en casa de José Perrota, en la calle González, entre 9 de Julio y Roca. Mucha gente y una semipenumbra, sentados en el suelo, en apoyabrazos de sillones, a los que no voy a nombrar pero que seguí viendo en su mayoría, porque cada integrante de lo que iba a ser el grupo tenía una suerte de ramificación con otras personas y sectores, ideas estéticas, concepciones del mundo. Y esos vínculos siempre estuvieron presentes, directa o indirectamente. Esa noche fue la efervescencia y la celebración del encuentro. La segunda fue en casa de Teresa, donde se empezó a definir el número de integrantes orgánicos: 6, 7, no más. La tercera fue en la quinta del padre de Pablo, en las afueras de la ciudad, en mayo de 1979, ahí fuimos algunos de los que estábamos en casa de José, pero no todos. Un largo día desde la mañana a la noche, vino algún artista plástico, algún músico; recuerdo unos caballos retozando y todos alrededor de un gran fuego.

Los “juegos”.
Los 6 ó 7 que nos afincamos en un lugar donde juntarnos, arrancamos tanteando una idea básica: mostrarnos nuestros textos, sugerirnos cambios, acordar correcciones, hasta donde fuera posible, y después se vería, cómo publicar, y en dónde. Al principio agrupábamos copias y nos la repartíamos. Era hermoso compartir esos juegos (así se les llamaban a esas copias, “juegos”). Yo agarraba para el lado lúdico y sentía que leer esos poemas era como barajar un mazo de naipes. Nunca empezaba por los mismos. La poesía es un arte de releer, exige memoria. Esto lo aprendí en el grupo. O mejor: lo hice consciente, porque yo ya recitaba poemas gauchescos de memoria desde muy chico, después a Neruda, a Martí, a Juan Ramón Jiménez, también un par de poemas muy rítmicos de la pampeana Lis Susana Montero que tenían el despojamiento contemporáneo en cuanto a lenguaje pero con un acento que me recordaba a Lorca, también por la presencia de la luna. Nos fuimos estableciendo en casa de Teresa, una vez que nos invitó a reunirnos y nosotros nos contagiamos de la atmósfera que la animaba, el clímax de cierta novela, de cierto cine, ambientados a fines del siglo XIX, pero también en un pequeño pub de los años 60. Sobre todo, en el living, la casa irradiada un amarillo ambarino, muy apaciguador, con una luz artificial suave que ayudaban a entonar unas cortinas, un macetero colgante con flores de retama, había madera, tal vez algún centro de mesa con piñas secas, bastantes libros en la biblioteca que empezaban a empalidecer en los lomos y en los bordes de las páginas. Una noche de verano, ya avanzada en horas, estábamos reunidos algunos del grupo, hablando en un susurro, y de pronto entra un chino por la ventana. Alto, silencioso, se sentó. Era el chino Yep, amigo de Vaquer, también músico, visitante de la casa, pero esa noche su presencia, ya de por sí emblemática por sus rasgos y su mutismo orientales, cobró una gestualidad de artista marcial con esa aparición. Había entrado de imprevisto a nuestra reunión, y, como siempre, sin decir nada se integró con su silencio y todos nos quedamos callados. Bueno, bajo esa tónica de irrupciones líricas fue creciendo el grupo, ese es el amparo que sentí cuando Teresa habló de protegernos.

Teresa.
Siguiendo con la definición de Teresa en lo que hacía a la particularidad de cada uno de los integrantes, se me viene en primera línea la poesía que Teresa Pérez nos leyó una tarde, una noche, con un tema que evocaba su extracción social: los hacheros. Este origen la había vuelto sobre sí misma en lo que sería un libro, de manera natural, madurada, en la memoria de sus ancestros, en la rudeza montaraz. Ya el título: “De las hachadas”, habla de esta procedencia, de donde viene la poeta, de su principio. Pero también el ámbito, el monte, donde se desarrollada un drama en medio de la vegetación. Un poema de ese libro describe esa interrelación entre una naturaleza dominante y un ser humano casi desapercibido que protagoniza una acción al final de su jornada. Se llama “El último caldén del día” y en sus primeros versos resume la situación:

En la lerda quietud de la espesura,
muriéndose apenas de remanso,
aumentaba el sol sus tristes ganas
de apagarse atardeciendo entre las hojas.
(Iba cayendo el último caldén del día…)

Y en lo sucesivo, cada tanto, va repitiendo: “cayó el último caldén del día”. La imaginación nos remite a una estampida de roces y crujidos cuando un árbol va cayendo, cuando finalmente cae y se hace ese silencio más estremecedor que le sigue a la caída, verlo desarraigado en la derrota de la horizontalidad y a partir de ahí el vacío que deja en el espacio donde estuvo, donde creció.
Este inicio del poema tiene algo de apertura que va a contar una historia casi épica, tipo “La cautiva”, de Echeverría: Era la hora /en que el sol la cresta dora /de los Andes…

Pablo.
Sigo con Pablo, que fue el gran convocante. Al poeta había que agregarle su dinamismo y su capacidad para organizar actividades y relacionarse con personas claves en instituciones, medios de difusión y de impresiones gráficas. No conocí a nadie que escribiera a máquina más rápido. Con dedos firmes y precisos en una Lexicon 80, disparaba textos en una hoja oficio con el automatismo del que es suelto y diestro en sus reflejos. Me pregunto cómo habrá regulado la presión en los teclados actuales ya que para la era digital hacía bastante que nos habíamos dejado de vernos. Se daba tiempo para su trabajo como abogado, para las reuniones del grupo, para escribir y componer canciones. Las canciones están presentes en su poesía.”El muchacho de la guitarra”, un cuadro que pintó Cristina Prado, fue un ícono del grupo, una figura que expresa un apasionamiento retraído en la música. Más que en su fisonomía se lo veía retratado a Pablo en su carácter. Era un militante de la poesía y la causa revolucionaria. De su bondad solidaria, de su preocupación por los otros, de su nobleza ética, emanaba una necesidad de unidad entre pueblo y arte; enseñaba a pensar sobre la marcha, a planear las acciones, siempre anotando y reflexionando sobre ellas una vez que se hubieran consumado. El amor, la entrega, la lucha, están en todos sus poemas. Tiene versos que me dejan detenido, fijo a la imagen; éste es uno: “Solo, soy un milagro caminando”. A pesar que no lo movía ninguna mística que no fuera la revolucionaria, en este verso se me representa un anacoreta cruzando el desierto. En el mismo poema, otro verso vira hacia una ambigüedad casi grotesca a la que puede reducirlo esa misma soledad; digamos que, solo, es también, como él dice: “un payaso de sonrisa pintada”, para terminar con una ubicación desolada que potencia el título del poema, “Mi soledad es una casa”:

…un caserón enorme sin fotos y sin cuadros,
una soledad tremenda,
grande como una casa,
como una casa grande,
pero deshabitada.

Victoria.
Victoria Scheuber dejaba entrever en sus poemas una lucidez templada en la inocencia y la pureza, pero jamás vulnerada por la ingenuidad. Miraba la vida desde un sentimiento luminoso. Adoraba las lagartijas. Un par de veces la vi vestida como una aldeana europea, muy en la onda de las canciones medio folk que cantaba, entre ellas alguna fábula, algunas a dúo con Vaquer, entonando letras propias y ajenas, los dos con guitarras. Admiraba a Vinicius de Moraes, a quien terminaba citando en un poema, con un verso en el portugués de Brasil. Una vez, algunos integrantes del grupo fueron a Anguil a festejar mi cumpleaños, de sorpresa. Otros no pudieron ir, entre ellos Victoria. Me mandó un poema suyo, ilustrado por ella con una lluvia de estrellas que caían en cascada. Lo conservo, brillando en mi caja de memorias.
Poeta de largo aliento, sostenía un tema hasta lo último, y nunca agobiaba. Su poema El último Pez es memorable. Un poema ecologista, en una época en que la ecología no se había mediatizado y menos en La Pampa. El que habla es el pez en un mar de petróleo. Lo dignifica como víctima, dándole voz propia, fuera del discurso antropocéntrico, con un epígrafe de Miguel Angel Asturias que no he podido olvidar en la totalidad del poema: “Más allá de los peces, el mar se quedó solo”. Termina magistral y patéticamente diciendo:

…Es verde el mar?
Soñé una muerte verde.
No muero de cansancio
ni de arpones,
de red de pescador,
ni de pescado.
No muero muerte de pez…
Muero de muerte negra, negra, negra.

El Flaco.
El Flaco Vaquer tocaba la guitarra dándole unos tonos y unos rasgueos como los encantadores de serpientes hacen con una flauta. Paladeaba las palabras al cantarlas, al decirlas y al escribirlas. Gran lector, valoraba los clásicos y los latinoamericanos que había aprendido a leer en la carrera de Letras y por pasión propia. Siempre se refería a alguna obra del Siglo de Oro español o mencionaba a alguna del imaginario griego y latino, al punto de llegar a evocar una mitología a través de su puteada favorita: “Me cago en Zeus”. Cantaba, por igual, en un acento trovador que, al oído, resonaba con una artesanía vocal propia del medioevo. Admiraba a Serrat y me atrevo decir que Elegía, de Miguel Hernández, musicalizada por el catalán, sonaba mejor en la voz y la versión del Flaco. Las lecturas en el grupo lo estimularon a escribir unos sonetos que me son únicos; nadie los concibió así: escritos en endecasílabos, suplía la puntuación con espacios en blanco que silenciaban el ritmo, lo demoraban, trama y urdimbre que se entreabrían para dejar pasar el aliento, esas pausas que ayudan a iluminar el sentido de lo que son las palabras, como volver a deletrearlas. Ni a Mallarmé se le ocurrió tratar así al soneto. Los espacios del francés se dieron en los versos blancos para insuflarle a la lectura un “espaciamiento”, como él dijo. Pero el del Flaco fue un libro tan original como desconocido fuera del grupo. Lo llamó: “Luna insomne”. El primer poema se lo dedicó a “Juan Carlos Bustriazo Ortiz, que es un brujo poema andante” y la primera cuarteta dice:

DUERMEN TODOS LOS PÁJAROS DE NOCHE?
A todos se los lleva el frío la oscura
luz del mundo? Se ponen todos torpes?
Todos los pájaros mueren de luna?

Años atrás, Bustriazo, viendo la cabellera del Flaco que caía sobre la guitarra cuando interpretaba las canciones de su repertorio, le había escrito, ya sobre el alba: “Muchacho de la guitarra pelilarga / en la miel es tan tarde”.

Héctor.
A Héctor Vignatti lo conocí una noche en un círculo de ajedrez, cuando estaba terminando una partida. Se levantó, se puso un piloto y salimos caminando bajo un frío húmedo. Me llevó a su casa, me habló de Vallejo. Lo deslumbraban dos citas del peruano que desde entonces a mí también me han deslumbrado. Uno era: “Un hombre está mirando a una mujer./ La está mirando inmediatamente”. Y otro era: “Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar.” Era cuentista, guitarrista, tocaba con aire clásico, musicalizó algún poema suyo y una milonga de Borges. Héctor conciliaba a Borges con Vallejo. Los combinaba. Apreciaba en Borges el tono sentencioso del criollo y en Vallejo el golpe, las palabras como grabadas en roca, el hermetismo del indio. Tenía un humor hilarante y una melancolía oculta que se asomaba en su poesía. Sabíamos payar en cifra, medio en broma medio en serio, como para entrenarnos en la improvisación y disfrutar hasta la parodia del ritmo pegadizo de los octasílabos en las estrofas de diez versos. Fluido en la escritura al tiempo que preciso en la elección de las palabras, es muy difícil olvidar sus poemas y algunos versos como: Agosto ya murió de treinta y uno, / con su espina de frío negro. Han muerto sus días (centinelas sin escrúpulos / de las puertas del sol. O ese otro poema que es un reparo para el solitario, con una cadencia que siento en forma de S, tal vez porque se llama “Poema para S”, y dice:

Me gusta, cuando llueve,
perderme en las bibliotecas
(santuarios de los hombres
que pretenden no ser Nada)
y buscar, azorado,
la metáfora increíble
que pueda resumirte
en dos
o tres
palabras.

Transición.
Lo mío era una escritura barroca. Transitaba un período de experimentación fronteriza entre un dramatismo romántico y una necesidad de airear la expresión con versos largos y cortos. Me obsesionaba la forma. Quería refinarme en la respiración del texto, en una mezcla de oralidad y silencios, de sugerencias gráficas y cortes abruptos. Siempre me parecía que estaba en una transición o que me faltaba mucho para empezar a escribir como el poeta que quería ser. Y sigo en ésa. Lo mío era -y es- una poética de la carencia, a la que sé suavizar con la palabra ausencia. Tenía versos como: ¡Ay, corazón mío, / cuánta intemperie cae después de los adioses! O éstos:

Esta verdad que habito es un jueves de adiós.
Ya la tarde derrumba su familia escarlata;
el perro de la ausencia ladra de sombra entera
y alza el aire sus muros, sus instintos de aromas.
¿Quién golpea? ¿Es el viento en la voz de la esperanza?
No. La señora no está. La encontrará en mi pena
que es igual a una boca besando la hojarasca.

Me sorprendió a los muchos años escucharle decir a Juan Gelman que “A veces la señora nos visita y otras no”, usando una expresión muy similar a la mía, para referirse a la poesía en su manifestación de epifanía, encarnada en la presencia femenina, independiente en gran medida de la voluntad del poeta.

Feliz.
Teresa Poussif hizo notar al final de su presentación en la inauguración de la muestra lo poco que habíamos durado como grupo: 2 años. Pensé en la intensidad, una de las cualidades que caracterizan a la poesía. Con el tiempo, los años se apuran en llegar al final, seguí pensando. Yo ya no estaba cuando el grupo publicó “Umbral”, una colección artesanal de distintos poetas del lugar, con tapas individuales ilustradas por un plástico pampeano. El Flaco y Héctor se habían ido a vivir a España; Victoria, a Suiza. No obstante, ese había sido el tiempo que yo había necesitado para tener un claro recuerdo de mi paso por aquella experiencia grupal. Pudieron existir pasiones cruzadas, conflictos y desentendimientos, algo de lo más humano, por otra parte. Pero esas fueron cosas de cada uno. El grupo, como tal, estuvo dedicado a la poesía por entero. Y de esto podemos jactarnos. Fuera de la organización interna que lo mantenía unificado y de determinados nombres que lo hicieron posible, lo más importante fue la producción poética, por la que el grupo tuvo razón de ser. Por obvio que parezca, hay que recordarlo: si no, la esencia se pierde.
Por otro lado, creo que no llegamos a conocernos tanto como para sentirnos amigos, si no, nos hubiéramos mantenido en contacto. Me parece que se trata de un acuerdo honroso y sincero el hecho de que las personas se encuentren unidas por su vocación, como en nuestro caso, porque no afecta tanto la relación personal, aun cuando el grupo nos haya marcado a unos más, a otros menos.
Hubo tal vez un joven cansancio de nuestra parte que ya prefiguraba otra época en puerta, más bien erosiva, de las convicciones y sus sentimientos. A pesar de que se acercaba la democracia. O por eso mismo: porque todo se iría esclareciendo a medida que se despejaban las calamidades de la dictadura y cada sujeto o cada consenso colectivo mostraría a la corta o a la larga su verdadero rostro, para bien o para mal. El culto a lo efímero, simultáneamente, barrería con las formas trabajadas y los ideales que bregaban por una vida reencantada. Así llegamos a ese límite de la vorágine contemporánea, entre el esplendor y el vértigo, un poco como Mario Trejo definió al orgasmo: Breve vida feliz Breve muerte feliz.

Experiencias personales.
En noviembre de 1980 publicamos Vuelo Plural. Teresa Poussif decía en el prólogo: “Las poesías que este libro contiene son diferentes porque diferentes son las experiencias personales que la motivan”. Esa idea de la experiencia personal en la poesía, me parece muy acertada, porque siempre he sentido que la percepción directa es la que desencadena el poema. Percepción interna o externa. Pese a que el nombre del grupo fue idea de algunos integrantes en reconocimiento a un grupo anterior, del ’55 (que yo desconocía), el nuestro fue autónomo; no proseguía ninguna continuidad estética, ni totalmente ideológica que nos precediera, y menos un discurso universitario, pautado por determinadas corrientes críticas. Éramos libres de escribir lo que nos salía, sin culpas por no responder a un preámbulo retórico. No hubiésemos podido porque nuestras diferencias ya venían con cada uno de nosotros; si nos habíamos agrupados, era para reafirmarnos y ayudarnos a pulir un estilo, a considerar unas recurrencias prescindibles, unas rimas demasiado cercanas que hacían ruido en la musicalidad interna, ese tipo de asperezas. Todavía escribíamos con un lenguaje sensorial. El cuerpo guiaba nuestros ritmos. Circulaban entre nosotros un libro fotocopiado del poeta francés René Menard, “Reflexiones de la poesía”, y precisamente ahí se leía: “Si el poeta no deja que la poesía lo habite orgánicamente, más vale que renuncie a ella”. Hace unos años conseguí un ejemplar original de este libro en Mercado Libre. Me hace feliz tenerlo amarillento pero entero. Siempre vuelvo a sus enseñanzas. Por Menard, que fue traducido por el poeta argentino Raúl Gustavo Aguirre, me interesé en el Movimiento Poesía Buenos Aires, una revista que Aguirre fundó, de la que se publicaron 30 “arduos” números, en 10 años, desde 1950 a 1960. Por Menard me fui interesando cada vez más en algunos de los principales poetas que formaron el movimiento y la revista con Aguirre: Mario Trejo, Edgar Bayley, Rodolfo Alonso. Nosotros también movilizamos un medio de gran reticencia al arte como era Santa Rosa durante la dictadura: convocamos a artistas plásticos y poetas y organizamos una muestra de poemas ilustrados en la municipalidad de Santa Rosa. Nos ayudó que hubiera una buena predisposición de un intendente de apellido Di Pego. Otro que nos ayudó en la difusión fue el periodista Nelson Nicoletti que en junio de 1980 nos publicó los poemas ilustrados con comentarios de cada poeta y de cada plástico en el suplemento cultural del entonces diario “La capital”. También viajamos por el interior, a Acha, a 25 de Mayo, a Castex; y fuera de la provincia, a Neuquén, a Roca, a Bahía Blanca. Dábamos recitales, contábamos nuestras experiencias. (MdlC)