Comprender y volver a empezar

Leer un libro de cuentos es una cosa y contar de qué se trata es otra. En este artículo, la escritora y crítica Gisela Colombo nos sumerge en la obra de Nicolás Jozami, quien con La joroba del Edén preanuncia posibles puertas novelescas.
Gisela Colombo *
“La joroba del Edén” es el tercer libro de Nicolás Jozami, nacido en Santa Rosa y licenciado en Comunicación Social y en Letras Modernas de la Universidad Nacional de Córdoba. “El brillo del gemelo” y “La Quimera” son sus dos obras previas. Ha escrito poemas y ensayos. El primero de los cuentos de “La joroba del Edén” fue premiado en 2017; se trata de “El jugador”. Se incluyen en este libro otros seis relatos más, cuyo denominador común son la fluidez de una prosa accesible y emotiva, y una sensación de nostalgia.
El título, ambiguo en algún punto, parece introducir una analogía entre el cuerpo y el Edén. La giba es una deformidad del cuerpo; el Edén, un sitio soñado como perfecto.
La joroba del Edén podría remitir a la deformidad que encierran las situaciones anheladas y pretendidamente perfectas. Aquellas que hemos deseado, y al llegar, se revelan insuficientes. O las que mientras eran acto, encerraban también el germen de su caducidad. La certeza de que durarían lo que el producto de un burbujero.
En “El jugador”, el protagonista se enamora literalmente de su mano izquierda. El autor pone en juego todo su humor e ironía al abordar el tema de la soledad. El onanismo que sobrevuela los primeros tramos del texto suscita también la interpretación metafórica: la complacencia en una actividad igualmente solitaria y manual que alude al acto de escritura.
Indagar en el mundo interior mediante la escritura puede ser un modo de ejercer la autoestima. Por eso lo que se ama es una mano.

El ser y la mano.
Lo izquierdo tradicionalmente está asociado a lo intuitivo. Para los quiromantes, estudiosos de las líneas, la mano izquierda representa las potencialidades y la derecha, las realizaciones. El jugador se abraza a la mano izquierda como se abraza a las potencialidades de su ser. Se trata de alguien que desanda sus pasos para redescubrir esas potencialidades “La mano izquierda es “la única sin veladura, sin maquillaje”. Es decir, es la que retrata lo que somos más allá de lo que ya hemos llevado a la realidad. El punto seguro al que regresa un viajero que se extravió .”Puedo perderme en las líneas internas de la palma, surcándolas como un viajero que se sabe contenido en un precioso desierto.”
La soledad en la que se sume este hombre al abordar el nuevo “oficio” o “amor”, como los llama alternativamente, no pesa del todo y el “enamorado” la valora , entre otras cosas, por el conocimiento que encierra.
“Es que mi oficio encierra más secretos que el de la mayoría de los hombres.” Y luego agrega: “La palabra ‘oficio’ está tachada en el ejemplar de Felanchton. Arriba dice, con su caligrafía eléctrica, ‘amor’.
El aniversario de Artemisa” es un relato policial con prólogo, varios capítulos y un epílogo. En este caso, como en “Diáspora”, el texto posee un ritmo pausado que construye una nouvelle más que un cuento. La caracterización psicológica del protagonista se torna central, aspecto que es más habitual en la novela de personaje que en el cuento, cuya brevedad no siempre permite un delineado semejante.
Un ingenioso develarse de los crímenes logra el efecto del policial clásico. ¿Y la joroba? No debiéramos spoilearla. Los lectores sabrán descubrirla.

Santarroseños.
“Maniobras” reúne en su etimología los sentidos de manos y obras, productos de las manos. En la misma sintonía revisa el pasado. Es un texto que ningún santarroseño debe perderse. Una nostalgia del mundo que fue, y ya no es, nos sitúa en un estilo de vida inconfundible, el de quienes fueron adolescentes en la década del 90. Los detalles y la cercanía del lenguaje van reconstruyendo el pasado con maestría. Referencias a la Plaza Martín Fierro, a la Placita Pampa (la que tiene en el centro el mapa), a la laguna, entre otras, le dan al texto una cercanía que conmueve. La deformidad, el ingrediente doloroso, es precisamente la fuga del tiempo. El narrador no se entrega a esa perspectiva y resiste angustiosamente.”Las cosas cambian pero todos se esfuerzan (sobre todo los amigos) en pelear por la permanencia de esas condiciones.”. Las maniobras por atrapar ese pasado concluyen en el fraude, la joroba.

Los límites.
“La educación sentimental” nos obliga a observar el intertexto. Con el mismo título que la novela de Flaubert, nos propone una relación inconveniente. Lo notable del relato reside en la sutileza con que se sugiere la naturaleza romántica del vínculo entre un profesor y una alumna. Lo mismo que sucede en “El jugador” con el onanismo, el autor muestra aquí la capacidad de revelar sin decir, utilizando un lenguaje sugerente. Esta sutileza tal vez sea uno de los elementos que recrea del intertexto.
En un marco que nos ubica en la cotidianidad del docente secundario del siglo XXI, el cuento plantea la pregunta de quién educa a quién. Una relación ambigua con una alumna es un tema suficientemente polémico, pero se privilegia aquí lo que sucede en el interior del protagonista y logra una profundidad inesperada. Quizá hasta pueda adivinarse la crítica a una generación que es adulta pero no representa la mesura, ni la discreción, sino los mismos valores adolescentes de rebeldía, improvisación e imprudencia.
“Junto al río” descubre la ductilidad para disolver el límite entre el adentro y el afuera. Es una versión más de la capacidad expresiva del paisaje.
“Unicornio” logra el pináculo emocional de la obra, donde prevalece la melancolía.
El amor a los libros, la sensibilidad y la asimilación de un tema áspero son las excusas para pintar el paisaje de una ciudad de provincia en otro tiempo, el de la infancia. El retrato del estilo de vida y de los vínculos, se cumple por medio del conflicto, que no es otro que la enfermedad grave de un niño. El silencio y las voces ahogadas, el impacto que esto provoca en sus congéneres se materializan mediante un regalo: una amiguita del padeciente, le presta su preciado libro sobre un unicornio. La joroba es, en este caso, una enfermedad. Así se introduce la posibilidad de morir en el tiempo feliz de la infancia, que nada sabe de caducidad. Hay quienes profesan la creencia de que se abandona la infancia el día en que se descubre la muerte.
Existe aquí un regreso a la idílica infancia para descubrir incluso allí la joroba.

Talismanes.
En “Diáspora”, un hombre vive su último día de trabajo antes de jubilarse. En la despedida, sus compañeros le obsequian una medalla que será objeto de su investigación. Hacia el final descubrirá que está hecha sobre una piedra llamada “Diáspora”, sobre cuya base hay manchas salpicadas que son identificadas directamente con el agua de las emociones dolorosas y de los hechos que conmovieron al espíritu.
Con la cita “Ahí está la victoria, se dice, comprendiéndolo” se revela lo que es el texto en realidad: un intento de unificar toda experiencia bajo un mismo sentido, la búsqueda de una unidad detrás de la que se explica cada hecho disperso, no como un mero ejercicio intelectual, sino con el objeto de empezar una nueva vida. Comprender para emprender.
Ahora el protagonista, sin expectativas específicas de futuro y también disueltos los lazos con los hábitos del pasado, debe reconstuir la personalidad, descubrir quién es más allá de la función social, laboral o familiar que desempeñaba.
La misma indagación subyace en todo el libro. Aquí se explicita. La necesidad de comprender la experiencia de un modo unificado, coherente, se manifiesta en el móvil para escribir:
“El hombre es creador por antonomasia. Sea por imaginar, sea por descubrir, sea por pereza y aburrimiento. Molina levantó a medalla, leyó la inscripción, y recordó aquello que alguna vez le había dicho Ramón Franz: somos la joroba del Edén.”

Somos joroba.
La revisión de lo vivido, como un inventario en busca de la joroba, avanza un paso más. “Somos la joroba del Edén” .
El texto logra suscitar la sensación de que adentro y afuera son lo mismo. El afuera es proyección de las tendencias interiores, de las potencialidades de la mano izquierda. “‘Son como anatomistas del paisaje y de la soledad’, se repitió también fregando sus ojos cada vez que acercaba la lupa”. En la expresión “anatomista del paisaje” está precisamente la identificación visible en el título entre cuerpo y Edén. Entre las experiencias que parecen venir del exterior, y lo que se es esencialmente. La joroba del Edén, el dato defectuoso que arruina el paisaje anhelado, es el mismo hombre, está en él antes de manifestarse en la realidad. Y ya no se refiere ni al personaje de “Diáspora”, ni al escriba, sino a la humanidad. “Somos la joroba del Edén”.
Escribir, tratar de unir las experiencias dispersas, es una actividad que pretende imitar la Creación, en lo que tiene de magia verbal. “Abracadabra, la raíz aramea, significa crearé como diré, lo que se traduce como “crear con decir” reza el texto, en consonancia con el tópico del Verbo/Logos. La magia crea una nueva vida partiendo del nombrar. Por ello, escribir es un modo de proyectar, de comenzar de nuevo.
Si algo puede reclamársele al libro, ese dato constituye también una promesa. El autor se manifiesta como un novelista en ciernes. Si algo no corresponde a lo esperado para el género del cuento, es porque hay un germen de novedad. La resolución típica y abrupta del cuento se soslaya en varios de los relatos y prevalece, en cambio, un ritmo cadencioso que va apagándose paulatinamente como conviene a la novela.
¿Quién sabe cómo será el próximo ‘Abracadabra’ de Jozami? Ya tendremos, seguramente, el placer de conocerlo…

* Escritora