Comunicación y democracia

VINCULO

El docente e investigador argentino Gustavo Cimadevilla presidirá por dos años la entidad más importante de investigadores en comunicación de América Latina. En este reportaje para Caldenia, se refiere al vínculo ineludible entre comunicación y democracia.
Andrea M. D’Atri*
Gustavo Ramón Cimadevilla es Licenciado y Doctor en Ciencias de la Comunicación, actual director del Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Río Cuarto (Argentina) y profesor del Departamento de Ciencias de la Comunicación de esa misma universidad. Es autor de numerosas publicaciones, entre las que se destacan Dominios. Crítica a la razón intervencionista, la comunicación y el desarrollo sustentable.
Master en Extensión Rural por la Universidade Federal de Santa Maria (Brasil), Cimadevilla fue vicepresidente de la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Comunicación (Alaic) entre el 2016 y el 2018 y el pasado 31 de agosto fue elegido presidente de la entidad.
Alaic fue creada en 1978 en Venezuela, es decir que cumplió cuarenta años que se celebraron en el último congreso, del 30 de julio al 1 de agosto último en Costa Rica. Junto con la presidenta saliente, la mexicana Delia Crovi Druetta, el investigador organizó la publicación de un libro aniversario -Del mimeógrafo a las redes digitales- que reunió el análisis de académicos reconocidos en el ámbito de las ciencias de la comunicación.
“Que la comunicación nos ayude a ser libres y solidarios en un mundo al que podamos aportar mayor y mejor diálogo”, cierran los autores al presentar el libro aniversario de Alaic, y en base a este y otros conceptos como este, es que realizamos la entrevista al primer argentino en presidir la institución rectora de la disciplina comunicacional.

P.: -Alaic reúne a investigadores, centros de investigación y asociaciones nacionales y dentro de la organización funcionan diecinueve grupos de trabajo de manera constante. ¿Qué significa en lo personal estar al frente de una institución como está?
G.C.: -En lo personal es un orgullo muy grande. Alaic lleva 40 años de actuación y por sus filas pasaron y pasan académicos de primer nivel como Antonio Pasquali, Jesús Martín Barbero, José Marques de Melo, Héctor Schmucler y tantos otros en una lista cuantiosa de intelectuales de real valía. Su trabajo nutre al campo de conocimientos, análisis y propuestas que permitieron posicionar a América Latina en el diálogo internacional con aportes significativos. Estar en el directivo de Alaic significa también una responsabilidad sobre la que las evaluaciones son permanentes. Los asociados exigen calidad institucional; esto nos interpela en lo cotidiano a ofrecer lo mejor de nuestra experiencia y capacidades.

P.: -¿Se puede hablar de una posición particular de la entidad respecto al actual sistema comunicacional latinoamericano?
G.C.: -Alaic nace justamente como consecuencia de que los intelectuales del campo de la comunicación entendieron en los años setenta que debían acercarse, unirse y trabajar de manera conjunta para favorecer la democracia, la libertad de expresión y la gestación permanente de procesos que colaboren a un mayor entendimiento, equidad y justicia en la región. En ese marco, la entidad siempre se ha ocupado de problematizar y aportar conocimiento para que los sistemas de medios no operen desde la concentración o anulación de los derechos a informar y comunicar desde un marco de libertad plena. Para eso la entidad tiene grupos temáticos que de manera activa y continua investigan, intercambian conocimiento y discuten posiciones. Se trata de aportar claridad y propuestas superadoras a las diferentes realidades. En ese sentido, vale siempre aclarar que América Latina tiene en su vasta geografía casos, contextos y dinámicas muy diversas, en donde no corresponde generalizar, sino reconocer las diferencias y desde ellas pensar cada una de las realidades en cuestión. En el sitio web de Alaic, inclusive, tenemos una ventana denominada “Pronunciamientos” donde los socios, las entidades afiliadas o el propio Consejo Directivo pueden compartir sus documentos críticos frente a las diversas situaciones que interesan al colectivo.

P.: -Sin embargo, más allá de las diversas realidades de los países de nuestra región, hay algunos procesos que son globales, como por ejemplo la concentración. ¿Hubo alguna manifestación al respecto en el último congreso de Alaic? ¿O cómo trabajan desde la dirección de la entidad los problemas referidos a libertad de expresión o el derecho a la información?
G.C.: -Generalmente el Directivo se preocupa por facilitar que las voces de quienes son protagonistas cotidianos de la entidad se hagan conocer. Por ejemplo, sosteniendo la revista, el journal, el sitio web y su ventana con Pronunciamientos, o las mismas redes. En esos espacios generalmente hay disensos. Las realidades latinoamericanas se viven en plural. Lo que se entiende por democracia en Uruguay y Venezuela es muy distinto, porque distintos son los países, sus gobiernos y sus historias particulares. El periodismo que se ejerce en Argentina, en Perú o en México no tiene iguales condiciones. La cantidad de periodistas asesinados en México espanta; aunque poco se hable de eso, es una realidad estadística muy concreta y dolorosa. Ante esos escenarios la pregunta simple que puede ser qué es el periodismo, encuentra en esos territorios respuestas muy distintas. Pero la diversidad y el disenso siempre es mejor que el pensamiento único. La diversidad y el disenso es lo que nos permite formar criterio. Y en este sentido, Alaic siempre se identificó con la idea de promover el pensamiento crítico, el que se vale de dudas y certezas para generar nuevas dudas. El día que se cambie eso por razonamientos sagrados o respuestas pre-establecidas estaremos en problemas.

P.: -¿En ese sentido, es posible pensar hoy en políticas nacionales de comunicación para nuestros países?
G.C.: -Es posible y necesario. Así como hay procesos globales que nos atraviesan y ponen en cuestión situaciones que trascienden lo nacional, por ejemplo qué hacer frente a la problemática de libertad de contenidos que circulan en la red. Hay otras que son más entendibles a nivel regional o locales, como por ejemplo el respeto a la diversidad de las lenguas y la necesidad de políticas que lo contemplen y/o las problemáticas locales de sistemas de medios y sus procesos de concentración privada o estatal. En América Latina las experiencias de discusión de leyes nacionales ha sido y es diversa; en Alaic hay grupos temáticos que lo discuten regularmente, como por ejemplo los de Economía Política de la Comunicación; o el de Comunicación Política y Medios; también el grupo de Ética, Libertad de Expresión y Derecho a la Comunicación. Estas discusiones están disponibles en los sitios web de los congresos y en nuestra revista la publicación de artículos sobre esas problemáticas también es constante.

P.: -Junto con Delia Crovi Druetta, en el libro por el cuarenta aniversario de Alaic, enfatizan la estrategia de trabajo de la entidad en políticas nacionales de educación superior. ¿Cómo se puede pensar esto en el marco de la actual coyuntura de Argentina con una universidad pública desfinanciada y en crisis?
G.C.: -Sin universidades y sin centros de investigación, Alaic no existiría. Es decir, es una asociación que nace y se sostiene por académicos. Esos académicos trabajan en su gran mayoría en las universidades públicas o privadas de los distintos países. De vuelta, en ese punto, las realidades son muy heterogéneas. Argentina, por ejemplo, se referencia más por las universidades públicas que por las privadas, pero no se podría decir lo mismo de Perú o de Colombia. Las realidades son muy distintas. ¿Qué cosas son comunes? Una es que las políticas científicas en casi todos los países tienen recursos muy escasos, y mucho más si se trata de lo asignado a las ciencias sociales y humanas. Otra es que la tendencia a preocuparse por los números está por encima de preocuparse por las calidades. Y eso es preocupante. Podemos tener eficiencia en la graduación, pero trabajos finales o tesis inferiores. Podemos tener buenas tesis, pero con poquísimos graduados, y eso tampoco es bueno. Hay que buscar un punto de razonabilidad para cada caso.
Respecto de Argentina, la primera cuestión a observar es la gran volatilidad de las políticas. Nada dura, cada gobierno empieza de nuevo. Las estadísticas se pierden y los problemas de fondo no se discuten. Nadie quiere discutir la viabilidad del sistema universitario, cuando en los números aparece que los estudiantes de grado en las universidades nacionales suman un millón y medio, pero solamente el 20 por ciento se gradúa.
Argentina y su sistema universitario funciona sobre todo por voluntades. Solamente el 12 por ciento de los docentes tienen dedicación exclusiva y por tanto un salario que supuestamente debería permitir vivir de ese trabajo. El resto tiene dedicaciones inferiores que obligan a tener varias actividades en paralelo. ¡Que esto funcione es un milagro! Pero no solo la universidad, la escuela media, la escuela primaria, el sistema en general está a la cola de cualquier agenda de gobierno. Para la educación no hay estado, por ahora sola hay una nómina de agentes de la educación a la que se paga un precario salario. En ese sentido, parecería que la educación en concreto no entra en la estrategia que se presume nos puede sacar del siglo XIX para entrar al XXI.

* Redacción de La Arena