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Costumbrismo líquido

El periodista Matías Sapegno acaba de editar un libro en versión digital. Con ilustración de tapa y edición también a su cargo, «Guanacos y otros cuentos brutos» incluye 15 narraciones variadas.

Daniel Pellegrino y Jorge Warley *

Matías Sapegno (Santa Rosa, 1974) es periodista, productor, editor (de vez en cuando revive su editorial De la Travesía), fotógrafo y escritor de relatos breves. Acaba de editar un pequeño libro electrónico que en papel ocuparían 32 páginas. Son quince cuentos cuya puesta en escena manifiesta la persistente soledad de los personajes. En la parte final de la nota, una entrevista con el autor quien habla sobre el punto de vista «asombrado» de sus narradores y de las ventajas de la edición virtual.

Perdidos en esferas.
La mayoría de los cuentos de Sapegno buscan un final «de esfera», como diría Julio Cortázar, es decir con un cierre perfecto, redondo, que encaje con el estilo y desarrollo de la historia. Existe en ellos, también, lo que podríamos entender como una atracción por el costumbrismo. Si bien no hay intención de caracterizar extensamente personajes y paisajes, en los dos últimos relatos del libro, «Cardo ruso» y «Un gran don», el espacio se vuelve dominante; es el desierto trágico, inamovible, donde aparecen figuras en las que se insinúa lo promiscuo, lo marginal y el hundimiento en la pena absoluta. En estos casos, el costumbrismo se bandea hacia un determinismo naturalista, aunque sin exagerar el análisis descriptivo, tal como lo hacían los fundadores de esta corriente literaria.
Ahora bien, en su forma costumbrista, el resto de los cuentos algo describen sobre ciertos tipos y situaciones características de nuestra época, pero lejos están de actuar como correctores de prácticas sociales y de intentar trazos moralistas. Tanto los narradores como los personajes son varones perdedores y lo saben, asunto que -adicionalmente- no les importa demasiado. Las historias muestran el simple hecho de que los personajes no habrán de superar la condenada existencia de sus vidas, y tal vez por eso en cada peripecia juegan al límite porque hacia adelante solo existe el vacío. En «Agustina», el narrador vuelve hacia su infancia cuando estaba prendado de la chica que da título al relato, y pese a avanzar en su vida (casado, hijos), se queda empantanado en la melancolía de aquello que no pudo ser. En «Los pibes de Moscú», dos jóvenes juegan una especie de ruleta rusa, se acuestan sobre el asfalto de una ruta y a último momento se levantan para no ser aplastados por un vehículo.

El toque humorístico.
Los narradores en primera persona y sus compañeros cercanos son perdedores y «graciosos» al mismo tiempo. Graciosos no, en realidad humorísticos, porque hay un cariño, una «ternura» en el perfil y tratamiento expresivo (casi piadoso) de sus conflictos. Por ejemplo, en «Guanacos» el narrador se hace cargo de un desafío absurdo, correr a un guanaco hasta cansarlo y cazarlo: «Para celebrar mi cumpleaños 40, intenté cazar un guanaco al trote»; cuando lo tiene a su merced, reflexiona: «Me di cuenta lo solos que estábamos y que yo era el responsable de ambas soledades. Todavía estoy pensando qué sentí en ese momento, y aunque no es ternura la palabra exacta, no se aleja demasiado».
Finalmente, se puede señalar que el trazo humorístico se completa con el punto de vista del asombro, es decir, el intento de contar las cosas como si sucedieran ‘por primera vez’. Y las historias así tratadas son claramente risueñas. Por ejemplo, en «Dicen que va a llover», unos amigos citadinos van a una yerra; en otro, «La huerta», un desubicado narrador participa de una peña y termina solo, como el espantapájaros de la huerta vecina. En ambos cuentos los finales son tristes.

Siete preguntas al autor.

-De Paciencia de Buey. Cuentos, crónicas y un poema (2012) a Guanacos, ¿qué aspectos considerás ya propios, asentados, de tu estilo?

-Si en lo que hago hay algo que pueda llamarse «estilo», quizá sea apenas una forma de trabajar sobre el texto para que cada oración se parezca lo más posible a lo que quiero decir. Eso intento lograrlo volviendo una y otra vez sobre lo escrito para corregirlo, también dándolo a leer a otrxs, hasta que me harto y listo, queda así. Respecto de la mirada de quien narra cada historia, puede ser que haya una especie de asombro y deslumbramiento que podría decir infantil, aunque sean adultxs. A veces me gustaría cortar con ese punto de vista y adoptar uno más frío y hasta cruel, diría, más parecido a los cuentos que me gustan leer.

-En Paciencia de buey hay varios procedimientos (cuento, poema, crónica, entrevista) ¿Son categorías de escritura distintas e intercambiables? ¿Lo ‘literario’ se expresa en cada una de ellas? ¿En cuál estás más cómodo?

-Sale lo que sale. En las entrevistas hay periodismo, no hay literatura, por más belleza que pueda haber en el testimonio de la persona entrevistada. Es información, alguien real dijo eso. Pero cuando escribo literatura trato de sacarme de encima el periodismo, y me cuesta mucho. La primera versión de un cuento mío suele terminar siendo muy informativo, descriptivo tipo crónica, con poco lugar para la oscuridad, lo ambiguo, la noche. Y quiero ir hacia el misterio. Me siento cómodo en cualquiera de esos registros en tanto la escritura fluya.

-Guanacos es un libro electrónico; ¿pensás en otro modo de circulación y recepción del texto? ¿Alguna vez lo pasarás a papel? Cuántas entregas hiciste del electrónico.

-Estimo que el archivo PDF de Guanacos le ha llegado a unas 200 personas. Tené en cuenta que lo lancé en febrero y estamos en marzo. Si hubiera estado en papel, para llegar a esa cantidad de gente hubiera necesitado dos años. Y lo que quiero es que me lean. Abandoné hace rato la idea de al menos recuperar lo invertido al editar libros. Con mi micro editorial ‘De la Travesía’ me agoté de atravesar el proceso de diseño, impresión, distribución y cobro de ejemplares. Si Guanacos se convierte en papel, quizá sea con una encuadernación artesanal. Igual, aunque soy un veterano de 46 años, ya hice el clic de desenganchar en mi cabeza el prestigio que le daba al papel.

-Ilustrás la portada de tu propio libro; además, editor ¿Todas las tareas son igualmente disfrutables y ‘artísticas’, como el propio oficio de periodista?

-Si no son disfrutables, no las hago. Lejos estoy del creador que suda sangre mientras realiza su obra. Son meras maneras de entretenerme, no aburrirme y -una vez realizadas y difundidas- conectar con otras personas. Y el periodismo para mí es una manera de estar atento al mundo, a la realidad, una manera de ejercer la curiosidad detrás de los temas que me interesan y que me paguen por eso.

-Un ejercicio de humor (en el sentido más hondo del término, como la del encuentro y ‘ternura’ del narrador y el guanaco del primer relato) atraviesa los cuentos; ¿lo formaste, lo aprendiste con algunos autores?

– En Guanacos busqué escapar de las anécdotas graciosas, quería que fueran cuentos contundentes, hondos. Un amigo me decía cuando leía las primeras versiones: «Te queda cómoda la Estación Chiste». Y tenía razón. Las historias me quedaban como esas cosas que se cuentan en la sobremesa de un asado, como las historias de personajes de pueblo. Una vez que me advirtieron eso, intenté huir. Realmente no sé si lo aprendí de determinadxs autorxs, no veo algo lineal ahí, seguro he sido influenciado por lo que leí, aunque ignoro de quién aprendí qué cosa.

– Además son mayoritariamente cuentos de ámbito rural, desértico en un par de ellos, ¿hay algún motivo de atracción por tales espacios?

– Será por vivir en La Pampa. Y una gran influencia ha sido Walter Cazenave, a quien cuando le edité sus cuentos tuve que leer mucho, con mucho placer que además significó un aprendizaje. Y en sus textos esos ambientes están siempre.

– En la contratapa de Paciencia de buey mencionás a varios escritores que te han formado, entre ellos a W. Cazenave ¿Alguna otra lectura que te haya interesado de autores pampeanos?

– Como lector prefiero las historias urbanas, y no son esas las que abundan en nuestra literatura. He disfrutado cuentos de O. Lobos, de Juanjo Sena o microhistorias que escribía Pinky Pumilla, entre otras cosas, como poemas de Inés Strizzi. Pero me considero muy ignorante de nuestras letras. Igual no pido disculpas, la soberanía sobre el placer de la lectura no se negocia.

* Colaboradores

Recuadro (modelo del cuadrito de abajo del template 7)

«Dicen que va a llover» (fragmento)

El cuento tiene como marco la visita de unos muchachos urbanos al campo, a participar de una yerra:

«El dueño del campo era el papá de nuestro amigo. Nos hacíamos los guachopistola y chupábamos. Nos empezamos a desafiar para ver quién se metía al corral grande a pialar, a ver quién era el más cojudo. Marcelo entró primero y un ternero le dio un topetazo en los huevos que lo hizo vomitar. Nos revolcamos de la risa. Los paisanos miraban de reojo y comentaban por lo bajo. Claudio saltó el alambrado y, del pedo que tenía, quedó a mitad de camino y casi se ahorcó. Felipe se meó de tanto reírse. A las nueve, yo también estaba bastante mamado, pero me daba pudor meterme en una fiesta ajena. Qué iba a hacer con el lazo, si nunca había usado uno. Dale, cagón, me habilitó el papá de nuestro amigo. Pasé el alambrado justo cuando del otro lado del corral entraba un paisano morocho, camisa blanca y pañuelito rojo. Tenía bigote fino y una contextura robusta que le llenaba la ropa hasta el límite. Me dieron unas indicaciones y empecé a revolear la soga. Le erré una, dos y seis veces. La última, pensé, y tiré el lazo justo cuando hacía lo mismo el paisano que entró conmigo. Mi lazo se enredó con el suyo, que iba derecho a las patas de un ternero. La cara del hombre fue de la confusión a la furia. De afuera llegaron algunas risas. Solo pude mirarlo y levantar los hombros, con el pial todavía en mis manos. Intenté sonreír, como pidiéndole que no se calentara. El paisano se dio vuelta y se fue. Mientras cruzaba el alambrado, un compañero le dijo algo y le señaló el centro del corral».