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Cuando se pierde la magia

Tienen sus razones las inquietudes, ansiedades y angustias: lo que ha ocurrido es algo fuera de lo esperable. Estamos desconcertados. Algo explotó y parece arrastrarnos.
Miguel Motzo*
Walter Benjamin dijo una vez que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que «los adultos son más fuertes, sino su incapacidad de hacer magia». G. Agamben («Profanaciones»).
No es éste un aporte acerca de «lo que dice la psicología de cómo manejar la angustia, el aburrimiento, la ansiedad en tiempos del coronavirus». Ya hay suficiente de ello y no tendría mucho para decir, dado que la mayoría son respuestas o posturas individuales. Son más bien preguntas las que se me ocurren.
Al principio de la tan mentada cuarentena, con un grupo de colegas por vía virtual, nos comentábamos y se proponían entre todos, soluciones para poder continuar con nuestra atención de pacientes. Había de todo: realizar las sesiones por videollamada, por teléfono, en el consultorio (amparados por las excepciones), etc. A poco de andar me di cuenta que estábamos abocados, más allá de necesidades claras de atención que requieren algunas personas, en tratar de construir un escenario en el cual la nueva realidad se pareciera lo más posible a la que teníamos unas semanas atrás. Tratar de minimizar aquello que perdíamos de la seguridad de los rituales cotidianos. A partir de ello, este escrito.

Padre, ¿por qué me abandonaste?
Tienen sus razones las inquietudes, ansiedades y angustias: lo que ha ocurrido es algo fuera de lo esperable. Estamos desconcertados. Nuestros méritos y nuestras fatigas como humanidad no alcanzaron para estar a resguardo. Algo explotó y parece arrastrarnos. Entonces pedimos magia, que la felicidad me sea dada, que todo vuelva inmediatamente a ser como era (o mejor). Que haya un golpe de suerte.
¿Para cuándo la vacuna? ¡No se soporta más el encierro!! ¿Alcanzan los respiradores para todos? ¿para mí? ¿para mis viejos? ¿y el cuerpo? ¿no se trataba de que era mío y podía hacer lo que quería? ¿no éramos libres de transitar por el espacio nacional (e internacional, si el dólar lo permitía)? Pues parece que no.
Hemos descubierto que el cuerpo es político, que en gran parte pertenece a lo social, tal como nos lo explica Foucault con su concepto de biopolítica y G. Agamben en su excelente libro «Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida». Para colmo, como si esto fuera poco, descubrimos que nuestro amado cuerpo (hasta ayer), no es tan amigo: nos traicionan las manos que, despreocupadas vuelan hacia nuestros ojos o hacia nuestra boca. O hacia la mano de los amigos que nos van a infectar si no se lavaron bien (habría que pedirles el pasaporte, antes que la mano, para ver si no vinieron de Europa o Brasil, o de algún «otro lado»).
Descubrimos en forma contundente que podemos, además de cuidarnos, dañarnos a nosotros mismos. Entonces, puede sobrevenir la angustia intolerable de no saber de qué defendernos ni tener nadie que nos defienda. Se terminó la omnipotencia, se terminó la inocencia.

Progreso.
Una frase ya célebre (y polémica) de Lacan (que al igual que Freud no era progresista) es la que dice: «No hay progreso. Lo que se gana por un lado, se pierde por otro. Como no sabemos lo que perdimos, creemos que ganamos». Negamos lo que hemos perdido al progresar, encantados con Internet, con viajar por el mundo y fascinados con las redes sociales. Y nos hemos llenado de contradicciones: todo lo que ayer era bueno y recomendable, hoy no sólo ha dejado de serlo, sino que se ha vuelto peligroso y hasta tenebroso.
Era bueno: salir, distraerse, estar con amigos, asistir a espectáculos, participar en instituciones, movimientos grupales, etc. Por consiguiente, era malo: aislarse, perder los contactos afectivos, encerrarse en el mismo y repetido ámbito laboral, estar todo el día delante de las pantallas. Además, debo agregar la velocidad del cambio acontecido y por ende la lógica dificultad para acomodarse psíquicamente a ello.
Para explicarlo tomo, con cierta simpleza, la definición canónica de trauma para el psicoanálisis, que sería la presencia de un estímulo excesivo que el aparato psíquico no está en condiciones de procesar, de conectarlo con otras experiencias, que avasalla al Yo y a su capacidad de respuesta.
¿Estamos en condiciones de resistir psicológicamente ésta situación? ¿Por qué a nosotros, tan trabajadores, tan científicos que somos?. O tal vez es nuestra culpa y nos pasamos de rosca con el mandato de «creced y multiplicaos». Fuimos demasiado obedientes y no alcanzaba para todos. Nos parecía que era bueno y no resultó tan así. Veamos.

Ni tan mal ni tan bien.
En estos momentos me vienen al recuerdo dos expresiones artísticas: la primera se trata de una película y la otra proveniente de la literatura. Creo ilustrar así lo que percibo como «las cosas dadas vuelta» y sus efectos a veces no percibidos concientemente. La película -se puede ver en Netflix- se llama «La trinchera infinita» y trata de un hombre, habitante de un pequeño pueblo, que ante la escalada franquista se refugia, -literalmente se hace emparedar- en su casa. En una cueva, se podría decir.
La cuestión es que el protagonista, cuando se produce la amnistía (30 años después de su encierro voluntario, habiendo cometido un asesinato en su propia casa y con conflictos con su esposa y su hijo), al final de la dictadura de Franco, se siente más seguro en su estrecho, pobre y oscuro reducto que en la calle. El final queda abierto: finalmente sale, temeroso, y mira la ventana de su vecino enemigo y delator en otros tiempos. Desde allí, desde la oscuridad, el vecino que lo odia parece observarlo. Fin. No sabremos qué pasará.
Lo que me parece interesante es que el personaje en un principio se oculta del mundo con miedo, pero con la sensación que de esa manera se salvará. Luego esa «cuarentena» se le torna insoportable, culminando al final con un cambio total: el encierro es su mundo tranquilizador y normal y el afuera es lo angustiante, lo que lo encierra. Todo se dio vuelta.
Como dije, la otra obra es literaria: se trata del cuento «En la madriguera» de Kafka. Al parecer el autor no terminó de escribirlo, afectado por una enfermedad (¡pulmonar!) que lo llevaría a la muerte. Se trata de un animalito (no nos dice cual) que vive refugiado y seguro en una madriguera con corredores, espacios más amplios dónde acumula comida. Pero no está seguro. Sale por las noches y mira la entrada de su reducto desde afuera imaginando que un depredador entra. Se angustia. Un día escucha en su (hasta ahora) segura morada, una serie de ruidos intermitentes que parecen ir en aumento. No sabe qué hacer ni cómo defenderse. Tomado por la angustia de lo desconocido comienza a desesperarse. Algo, (como un virus invisible) pudo haber entrado. Aquí, «la paz del hogar» se ha desvanecido: no puede estar afuera y el adentro ya no le da seguridad.
Ambas son prefiguraciones de un mundo en el cual lo lógico sería tener una actitud paranoide, pero que desplegaría un escenario muy difícil de habitar en el mediano plazo. ¿Será acaso nuestro porvenir, cuando la pandemia pase? Se habla que cambiará el mundo para bien, que vamos a ser más solidarios ¿Ocurrirá así? ¿O nos volveremos más desconfiados e individualistas? ¿Habrá progreso? No lo sabemos, pero lo creo muy difícil. Será por haber leído «El malestar en la civilización» de Freud. Pero también por haber observado que otras catástrofes (pandemias y guerras no parecen haber aportado una mejor humanidad, dicho esto en términos generales).
No es una postura pesimista, pero hay que partir de realismo y no sólo de expresiones de deseo. Difícil no quiere decir imposible. Y si hay que buscar algo, eso es buscar lo imposible.

Narcisismo vs amistad.
Casi como si no lo supiésemos hemos descubierto que las medidas de cuarentena pueden cumplirse con cierta comodidad en los hogares de clase media y alta. Y que más allá de las estadísticas la multitud de pobres, sobre todo en los conglomerados urbanos, no tienen ni para lavarse las manos con jabón. «Eso tan simple», como nos dicen en la tele.
Tal vez se pueda coincidir que primero habría que vencer un profundo narcisismo que nos hace girar sobre nosotros mismos y que es estimulado por el capitalismo extremo y que más allá de un saber racional o estadístico están, allá afuera, lo que vemos como «los otros», «la otredad». Pero tampoco nosotros nos salvamos de lo mortífero, aunque seamos «los que pagamos los impuestos». Sólo que no nos damos cuenta.
En el nivel psicológico profundo, el capitalismo extremo tiene mucho que ver con la muerte, con el miedo a la muerte. El capital infinito genera la ilusión de tiempo infinito. En vistas al tiempo limitado de vida, se acumula tiempo de capital. Estoy parafraseando al filósofo coreano Byung-Chun Hal, quien sostiene que la depresión, entre otros males, se produce por el impedimento de cumplir con las exigencias de éxito y rendimiento que son ideales del capitalismo pero que han sido incorporadas en cada uno de nosotros. Es decir, nadie identificable nos manda: se han transformado en autoimposiciones.
Transcribo ahora una larga cita del mencionado autor tomada de su libro «Topología de la violencia»: «Debería ser posible una relación con el otro en la que yo permitiera y afirmara su otredad, su manera de ser. Este sí a su manera de ser se llama amistad. Esta no consiste en dejar-ser al otro de un modo pasivo e indiferente, sino en una relación activa con su modo de ser. Cuanto mayor sea su diferencia con respecto a lo propio, más intensa será la amistad que se le muestra. Frente a lo igual no es posible la amistad ni la enemistad. La política de la amistad es más abierta que la política de la tolerancia».
Antes el autor había dicho: «Es necesaria una reconstrucción del otro que no genere un rechazo destructivo o inmunológico».
Ni la persecución ni la indiferencia disfrazada de amorosidad, sino política de la amistad. Cierto. Todo un desafío para cada uno en tiempos de la coronación de la paranoia.
Finalmente: Al gran pueblo argentino, ¡salud! Hoy más que nunca.

*Psicoanalista.