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Cuentos de Irma Verolín

La escritora argentina editó un nuevo libro de cuentos, accesible y divertido. En esas letras, la autora hablará sobre el paso del tiempo y las relaciones entre los hombres y las mujeres.

Gisela Colombo *

«Escribir es al mismo tiempo un camino de búsqueda y de extravío. Lo perdido se encuentra en la escritura y lo recobrado se pierde inmediatamente después gracias a una nueva búsqueda que no tiene fronteras claras. A veces creo que lo que me lleva a escribir es la apremiante necesidad de crear una trama que sostenga el devenir, un tejido firme y a la vez flexible que le haga de taparrabos al vacío».
Así es como define Irma Verolín, escritora argentina multipremiada y con una trayectoria que es, como ella misma lo confiesa, el trazado de un horizonte. «De cualquier modo escribir o, en otras palabras hacer literatura, no patentiza una vida, no la justifica, simplemente le traza un horizonte».
Irma nació en la Ciudad de Buenos Aires, estudió Letras, ganó premios importantes, dictó talleres y transitó varios géneros literarios. Anduvo también sendas espirituales que la llevaron a estudiar disciplinas como el reiki, cuando en Argentina era prácticamente desconocido. Ha atravesado innumerables distancias del espacio aéreo para realizar experiencias de buceo en su propio estanque interior, sin perder jamás ese sentido común que utiliza como la mayor herramienta humorística en su actividad literaria.
En ese sentido, el nuevo libro llamado «Fervorosas historias de mujeres y hombres» es un ejemplo claro del uso de cierta ironía como el recurso desacralizador. En rigor, se trata de un texto compuesto por cuentos breves con la apariencia de extraer la inspiración en hechos reales aunque indudablemente cincelados hasta el detalle. La oralidad y una liviandad propia del registro de la lengua hablada hacen del texto una aventura ágil más cercana al vértigo cotidiano que a la filosofía. Sin embargo, en un sustrato más hondo, la imagen revela una sensibilidad propia de la lírica. La autora se permite en un plano más sutil un recorrido por ideas esenciales y lo hace por medio de la imagen.

Tiempo y balance.
El libro está dedicado especialmente al tiempo, al que le atribuye, con mucha originalidad, «anchurosidad» o «grandura». En este sentido, el texto está atravesado por lo que parece una despedida de una etapa y la dócil asunción de otra que incomoda un poco más.
Se presenta como una especie de balance de lo vivido. Una concepción de tiempo donde se mezclan visiones opuestas o alternativas. Por un lado, el tiempo circular representado por los ritmos de las mareas (que irrumpe en los primeros cuentos). Es el mismo concepto que sostiene el I Ching: la mutación permanente de la realidad como un orden universal. Se trata de la forma de la perpetuidad en movimiento; de un ciclo perfecto e impostergable. Así lo veían también los pueblos precolombinos.
Pero ése no es un tiempo concebido por la tradición occidental, por eso en última instancia emerge otro, ligado al progreso, visto desde la perspectiva antropocéntrica, un tanto de espaldas a los ritmos naturales. Es, de algún modo, el que prevalece en el mundo contemporáneo, que todavía hoy sostiene una idea positivista del inexorable avance de la historia.
Por eso, aquella amiga con la que la narradora pasó unos días frente al mar «empezó a fastidiarse por la puntualidad de las visitas del galán. El hombre le estaba resultando cargoso, repetido, hombre al fin». En ello se manifiesta la ansiedad con la que se vive en la superficie, cuando no se es capaz de percibir ninguna capa no epidérmica de la experiencia. Y esa frivolidad queda encarnada por la «amiga», pero afecta a todos.
Mediante la ambigüedad sexual de esta figura con la que la protagonista sale de vacaciones, también se llama la atención sobre la dualidad o «coincidentia oppositorum» del símbolo. En este caso la del mar…

El mar.
El primero de los textos, denominado «El mar», de hecho, nos inicia en una sintonía más lírica, según la cual el símbolo del mar, en múltiples referencias.
Como símbolo complejo, el mar remite a ese misterio de la vida en que la evolución se da precisamente porque alternan en él todas las tendencias. Por momentos el mar se revela como una búsqueda de lo infinito, de lo inefable («Sentí que hasta podría tocar el mar con la mano. Sin embargo, pensé que, aunque lo hiciera, iba a sentirlo inaccesible»). El «tocarlo» ocurre por medio de la palabra, de la actividad creadora, hecha de sonidos pero también de silencios («por un instante se me olvidaron todas las palabras»). Eventualmente también se refiere al mar como la violencia y la furia. Pero el fastidio de la narradora con la persistencia de su rugido, que le recuerda el monólogo eterno al que la somete su «amiga», representa la escritura, el acto de escribir circularmente, porque no se puede renunciar a ello. «Para mí escribir es casi lo mismo que respirar, los dos ejercicios me resultan arduos […]». Una vocación, una misión trabajosa de la que no es posible huir.
Los cuentos que siguen van revelando un viso de ridiculez obsesiva en algunos personajes. No se trata sólo de ansiedad o materialismo. Hay una serie de obsesiones y de atribuciones que se toman los personajes, y riñen con el buen gusto y la educación. En «El paraguayo tomando café» se llega al punto más alto de hilaridad.

El árbol.
Pero al mismo momento, desde la razón poética y el pensamiento intuitivo, se introduce la figura del árbol que inaugura una referencia a la verticalidad del símbolo tradicional. El árbol, como el hombre, tiende a querer conquistar las alturas, pero eso supone grandes raíces que asumen la fuerza telúrica, la energía vital sin determinaciones. De la integración de sus raíces con las hojas depende su crecimiento. Aquí el árbol que motiva la contratación del paraguayo ha hecho crecer tanto las raíces que quebró la vereda, y abrió un vacío en el tronco. Como si entre la naturaleza instintiva y el deseo de ascensión hubiera un gran agujero por el que se filtra el vacío. Como si se dijera que es muy difícil bajar a la tierra la visión espiritual de la vida y actuar conforme sus principios. Lidiar con personajes como el paraguayo y su falta absoluta de ubicuidad es una de tantas limitantes que impone la vida concreta. Ese agujero por el que se filtra el vacío retrata la imposibilidad de integrarse, de ser uno, de lograr coherencia plena en todas las esferas del ser.
Si el libro completo se dedica a una sensación de tibia decepción por el «tempus fugit» reedita un concepto oriental según el cual la mayor riqueza no es la acumulación de bienes o determinaciones, sino lo contrario. Se es más rico y dichoso en la medida en que todo permanece en potencia y todavía no se ha fijado como acto. Cada acto anula múltiples posibilidades; cuantas más determinaciones, menos potencialidades.
La mirada lineal de Occidente es lo contrario. Rodolfo Kusch señala esta diferencia de visiones cuando nos habla de las sociedades americanas. Distingue el «mero estar», del paradigma de «ser alguien». El «mero estar» retrata para él la visión temporal cuya dinámica es cíclica. Quien así lo siente, vive sin ansiedad futura, conectado con su naturaleza. «Ser alguien», en cambio, se vincula con el futuro y transmite la necesidad de adquirir determinaciones para lograr «ser alguien». Sin logros, no hay ni identidad ni sustancia. Y según esta perspectiva, no se oye la verdadera naturaleza del ser sino la opinión del entorno, el concepto que la sociedad se forja respecto de un sujeto u otro de acuerdo con lo conseguido.
La idea de la madurez y la angustia atraviesa todo el texto y el título de la obra ya nos anticipa que lo más difícil está en el dejar atrás especialmente las proximidades románticas.

Ilusión y decepción.
Un ciclo de ilusión y decepción se repite varias veces en los relatos. Incluso uno de ellos se titula «La teoría de la decepción». En él, la narradora introduce la experiencia de la noche de bodas de la abuela, quien en el transcurso de algunas horas rebatiría absolutamente todas las expectativas positivas hacia el amor conyugal. Luego la anciana extrapola y adjudica a todo vínculo romántico la misma percepción. Y eso intenta enseñarle a la nieta.
La jovencita escucha el relato y relativiza el mensaje desesperanzado de su abuela. No obstante, a medida que se acercan los últimos cuentos vemos la tibia caída de toda ilusión y una conformidad resignada con la vida que, como el abuelo, no acertará en saciar los deseos. En una de las últimas historias, vuelve a aparecer el árbol en «El congreso del árbol» donde se ve la humildad de las expectativas que ya no abrazan más que la idea de tener contacto físico con un hombre atractivo. En virtud de que ya no hay ilusiones como las de la abuela antes de la noche fatídica, tampoco hay una decepción. Vence la mirada moderada y más realista respecto a las relaciones amorosas. Y aun así, el encuentro no se hace posible.
En el interregno entre un árbol muriendo y el homenaje artístico al árbol en este cuento que referimos, veremos experiencias que parecen extraídas de anécdotas cotidianas; describen un lento y reposado proceso que se distancia de «La teoría del eterno desencanto», pero también del facilismo que hay en no creer, en haber derribado las esperanzas. Un conjunto de valores menos ambiciosos (y menos idealizados) inmunizan la mirada del libro contra esos grandes amores y desgarramientos, trágicos y anacrónicos, de cuando la pareja se escogía una sola vez y para siempre.
Por otra parte, la imagen del árbol nos conduce a revisar un mito griego. El flechamiento del dios Apolo por obra maliciosa de Eros deviene en una persecución del dios Sol a Daphne, quien lo rechaza a tal punto que pide transformarse en árbol para escapar de su abrazo. El pedido le es concedido y la ninfa se va convirtiendo en árbol ante los ojos atónitos de Apolo. De allí se desprende la explicación mítica de la aparición del árbol del laurel con que coronaban a los héroes de las Olimpiadas. Aunque, estudiada profundamente, esta historia es una metáfora de la elección de la castidad, de quien decide vivir un amor más alto y cerrar la puerta a lo instintivo, lo reproductivo, lo sexual. No sería extraño que roce dicho sentido este libro de cuentos que es la despedida de una etapa y la llegada de otra. Quizá lejos de la castidad, los relatos presagien un tiempo en que las necesidades libidinales podrían perder potencia y ganaría, en cambio, la dimensión ascensional del espíritu.
En suma, un libro que se lee en varios planos; es completamente accesible y divertido, aunque no por ello falta a la virtud de dejar pensando al lector sobre el paso del tiempo y los vínculos entre hombres y mujeres.

* Docente y escritora