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Dar vida con el deseo

OPINION – PIGMALIONES

Uno podría decir, que el acto educativo, cuando se produce, también cura. Convertir los objetos que tenemos a mano, darles vida, es una invitación para el juego de la imaginación que traspasa fronteras, paredes, angustias.

Nicolás Jozami, a Victoria Ferrara *

Charlando virtualmente con una compañera de trabajo, me comentó que había realizado –en una materia de la carrera universitaria de Teatro– una actividad que me llamó la atención: buscaba que lxs estudiantes trabajaran, usaran categorías semióticas, para aplicarlas a los objetos que tuvieran cerca, en sus casas. Y agregó algo a eso que me estaba comentando sobre cómo llevábamos las clases virtuales en estos tiempos. Dijo que con ese trabajo, podía dejar menos solos a quienes estuvieran solos en sus casas. Trabajar para animar objetos o elementos del espacio en el que nos vemos recluidos obligadamente ayuda a sobrellevar esta situación. Porque hay mucha gente sola, agregó mi compañera. Develo el misterio: efectivamente, esa colega es la nombrada en la dedicatoria de esta nota.

II.
El personaje de Pigmalión parte de un mito, una construcción que alimenta coordenadas estéticas y sociales desde épocas antiguas de nuestra civilización. Más allá de las formas y de las aventuras que despliega y adopta el contenido del relato, el corazón del tema que trata tiene que ver con la soledad y la posibilidad de hacer vida, de animar con el deseo algo que no tiene ánima, que está yerto. La fe, el trabajo espiritual, la voluntad humana, son colocados en esta historia como factores elementales para alcanzar la perfección: darle vida a algo que no lo tiene; ser hacedores, y al mismo tiempo, serlo para sentirnos menos solos.
Dios o la divinidad en que se creyera bien podrían entrar en esta categoría; nosotros seríamos sus pigmaliones de carne y hueso; Víctor Frankenstein sería otro hacedor, con un Pigmalión monstruoso, tierno, electrificado y plural que vuelve de la muerte; Gustav Meyrink con su Golem judío; el Popol Vuh, libro cosmogónico de la cultura maya, con las sucesivas creaciones de seres humanos que van mostrando sus falencias en este mundo, hasta que dan con el molde correcto; Carlo Collodi con su Pinocho, una artesanía de madera que se vuelve niño y que logra llorar, (algo tan humano como mentir, pero que tuvo y tiene menos prensa en la obra y en el imaginario popular); finalmente el propio Pigmalión de autores diversos, como por caso del inglés Bernard Shaw, cuya risueña versión es una ácida ironía a la impostura humana de “moldear” la vida de alguien para ocupar –de manera forzada– un lugar de privilegio en la sociedad londinense que a su vez, vive de imposturas. (Pienso en el sentido pigmaliónico que esconde un mito como el del Rey Midas, cuya codicia lo lleva a convertir en oro lo que toca, metal que es lo que más aprecia, hasta que osa tocar a su hija; un Pigmalión invertido en este caso: roba el ánima y deja inmóvil a aquello que en verdad era más valioso que el oro).

III.
Según Robert Graves, la genealogía biográfica de Pigmalión es la siguiente: “hijo de Belo, se enamoró de Afrodita, pero como ella no quiso acostarse con él, hizo una imagen de marfil de la diosa y la puso sobre su cama, suplicándole que se compadeciera de él. Afrodita penetró en la imagen y le dio vida como Galatea, que dio a Pigmalión dos hijos: Pafo y Metarme. Pafo, sucesor de Pigmalión, fue padre de Cira, que fundó la ciudad chipriota de Pafos y construyó allí el famoso templo de Afrodita”. (R. Graves, Los mitos griegos, 65 p 280).
Carlo Collodi, en Las aventuras de Pinocho, revive el mito de Pigmalión con el muñeco de madera, del que recordamos dos o tres episodios fundamentales de su periplo a partir del milagroso influjo de vida que recibe. En el capítulo 35, en la famosa escena émula del relato bíblico de Jonás (de la que Disney y el folklore infantil han contribuido a destacarla), el muñeco es tragado por el terrible tiburón, pero ¿qué sucede?: en su vientre Pinocho encuentra a su padre, Gepetto, quien le dice que está encerrado allí hace dos años, y que eso le sucedió tras haber salido a buscar a su hijo en una barca. Notemos que Gepetto se encuentra encerrado y es el muñeco –con vida, aunque de madera todavía– quien logra rescatarlo y llevar en hombros a su creador lanzándose al mar que “estaba liso como el aceite”. “–Ilusiones, hijo mío!– Gepetto sacudió la cabeza con melancólica sonrisa– ¿Crees acaso posible que un muñeco como tú, que apenas mide un metro de alto, pueda tener la fuerza necesaria para nadar conmigo a hombros? –¡Haz la prueba y verás!” (C. Collodi, Pinocho, pp. 195-196). Notemos que el hombre está encerrado, dos años que le han parecido dos siglos, y Pinocho lo salva. ¿Lo salva? “¡Haz la prueba y verás!”, responde el pedazo de madera. Luego, en las aguas, el atún los rescata y lleva a la costa.

IV.
Detrás de lo que me comentaba mi compañera de trabajo, noté que había una ética, un esmero en hacer –de la pedagogía del contenido específico– un ejercicio del cuidado, estimulando la disparatada y alegre salud que existe en “dar vida” para sentirse menos solo, para crear el encuentro. Uno podría decir actualmente –más fuerte que en otros tiempos–, que el acto educativo, cuando se produce, también cura. Convertir los objetos que tenemos a mano, darles vida y hasta quedarnos prendados por la relación construida, es una invitación para el juego de la imaginación que traspasa fronteras, paredes, angustias. Sea de barro, de madera, de metal, de cartón o porcelana: buscar un objeto de nuestro espacio, en este encierro, para insuflarle vida, es hacer una voluta mágica, una gambeta al aislamiento, una amistad con el silencio. Ciertas tareas educativas y artísticas permiten eso. Y ciertos profesores, claro.

  • Escritor y docente