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De musas a magas

Los cambios que han sufrido el concepto de mujer y las funciones sociales que ordenaban expectativas de género se manifiestan permanentemente en la cotidianidad, que es muy diferente a aquella en la que hemos sido criados quienes superamos los treinta años.

Gisela Colombo *

Hay transformaciones estructurales de dimensiones que, no obstante, permanecen menos visibles precisamente porque corresponden a los cimientos sociales, no a un asunto cosmético ni secundario de la cultura.

En la Antigüedad griega existía una disparidad innegable entre el rol femenino, confinado al mundo doméstico y la vida pública del varón. Las artes, la educación de la Academia, los banquetes eran un cosmos masculino. La mujer, con mucha suerte, representaba ese objeto bello más ordenado a mostrarse como posesión que como conquista. La educación les estaba vedada. No eran ciudadanas, no podían ingresar a los espectáculos ni mucho menos participar en la democracia ateniense activamente o en la creación artística.

Luego, cuando en tiempos del Imperio Romano, cierta emancipación fue ablandando las libertades de algunas mujeres, especialmente de las ricas, la relación del sexo femenino con la poesía se tornó casi un subgénero del ars amandi, de los decálogos sobre sexualidad y romance que circulaban entre la gente de la época. Ovidio, con su “El arte de amar” ha dejado una muestra de los intereses más sexuales que sagrados que despertaban artísticamente las mujeres.

Al llegar los primeros siglos del Medioevo, la creciente devoción a la Virgen María, como ideal de mujer impoluta, incuestionable e irrefutablemente casta, fue gestando una imagen muy idealizada de lo femenino en el arte. La poesía provenzal que se escribió en la región donde se hablaba la lengua d’oc, fue señalando un camino en la tradición de la poesía amorosa que dominó Europa quizá hasta los primeros renacentistas que, como Petrarca, retornaron al mundo real esas fantasías en las que vivían tanto un dragón, como la mujer perfecta e intocable. Petrarca le devolvió carne y sangre a las heroínas que, como Laura, despertaban verdadera pasión y se convertían en poesía.

Musas inspiradoras.

Pero amén de las excepciones que siempre existen, el rol femenino en el arte se limitaba a actuar como “musas” inspiradoras. A ser depositarias de las proezas más heroicas de quienes sí tenían el derecho a actuar y manifestarse.

Cervantes se burla, con su hilaridad habitual, de este trato y de la desconexión absurda entre literatura y realidad. Dulcinea del Toboso es expresión de lo mismo. Llamada Aldonza Lorenzo, un nombre cacofónico, es rebautizada por su enamorado Don Quijote como “Dulcinea del Toboso”, quien con la misma idealización la convierte en una belleza que ciertamente no es en realidad. Ella recibe a las víctimas del Quijote que deben confesar por orden del caballero andante cómo los venció. Se asumen como buenos perdedores y alimentan su prestigio.

Un modo de desnudar que el propósito último de todo acto heroico en la novela de caballerías medieval era ofrecérselo a la musa merecedora del amor.

La figura de la mujer fue en Occidente a quien estaba dedicada toda manifestación de habilidad artística. Naturalmente, eran los varones que tenían el derecho de desarrollar esas habilidades, estudiarlas y manifestar su talento.

Fue tarea de un autor argentino, Leopoldo Marechal, la de abordar esta relación entre el alma del artista y su musa con mayor profundidad.

Lejos de la idealización anodina de los poetas provenzales, Marechal teoriza filosóficamente sobre las musas y concluye en lo que él denomina una “Ginesofía”. Un amor sagrado a la Mujer.

Hoy podría fastidiarnos esta mirada de mujer-musa. Pero lo que plantea Marechal está en las antípodas del uso de la mujer como objeto decorativo.

Un ser encarnado.

En la línea de San Agustín de Hipona, el argentino sostiene que por la belleza finita el ser humano puede escalar hacia la Belleza infinita. Contrariamente a lo que sucede con la musa idealizada, esa Belleza aparece representada por una mujer, que sin dejar de ser la cifra, una metáfora, conserva su condición de mujer encarnada. Toma diversos nombres, pero siempre suscita la misma experiencia. “Lucía, o la Novia Olvidada, o la Mujer sin Cabeza, que según la longitud este u oeste del meridiano de Greenwich toma nombres distintos…”, reza el texto de La batalla de José Luna.

Detrás de las heroínas marechalianas se revela la belleza tal cual se ofrece al hombre.  Encarnada en una criatura. Pero ese esplendor de forma no convida solamente a la posesión física, sino que abre la posibilidad contemplativa de ascender, descubriendo un atributo que remite a su fuente infinita. La contemplación de la belleza es flecha que se lanza desde lo encarnado hacia otra belleza mayor y eterna. 

Más allá del motivo literario, la confrontación y el desafío suscitado por una mujer encarnada hiere al autor en su condición de hombre. Si es injusto que la mayor parte de los textos literarios tengan por centro a la mujer es precisamente porque no abundaron en la historia las mujeres artistas. Pero lo importante es que la mujer rosa no es una abstracción sino un ser encarnado. Y su amor es una experiencia enquistada en la realidad y no evadida de ella. La mujer es el centro misterioso e intatrapable que resignifica a la mujer como lo ha hecho la tradición más antigua del Cantar de los Cantares. La mujer se torna, entonces, un símbolo también de otras dimensiones del Amor que superan el encuentro entre hombre y mujer.

Pero si la ginesofía de Marechal es respetuosa de la dignidad femenina, mejor incluso es la metamorfosis última que convierte a simples musas idealizadas en sujeto activo de la poesía y el arte.

Hoy ya no son musas a las que los poseedores del saber y del talento dedican sus dotes. Son ellas mismas magas creadoras. Representantes de la Belleza a la vez que productoras de Belleza.

Bienvenida esta sutil (por silenciosa) diferencia entre una musa y una maga, que no es de ningún modo pequeña.

* Escritora