Inicio Caldenia De sabores y cine

De sabores y cine

Lucía relata momentos de película oriental y sabores presentes en esta crónica sin tiempo ni espacio.

Lucía Argenchina *

Es cierto, miro más cantidad, aún así, la proporción de películas buenas es cada vez menor. Extraño el cine, los rituales posteriores entre amores o amistades comentando la trama, los ojos acharolados de quien mires cuando se encienden las luces de la sala, y hasta los shhh shhh o a quienes aman pelar caramelos ruidosos en la parte más importante.

Estoy en mi cabeza, en un cine viejo, la sala está en un sótano, las esquinas de la pantalla son redondas. Se ve a un japonés que fuma con el fondo repleto de flores de cerezo, que se despegan apenas del cielo pálido de Tokio. Abajo del cine pasa el subte, sentimos el temblor. Con lo que sé de chino y el japonés que sospecho consigo leer que el nombre original de la peli era El sabor del dulce de leche (bueno, el sabor de la pasta de poroto rojo, en realidad)… Pero la titularon “Una pastelería en Tokio”.

El personaje de la señora Río de Virtud (德江) es maravillosamente interpretado por la actriz Arbol que es la esperanza y la rareza del bosque, (树木希林 suena Kirin Kiki ¡qué preciosura!). Cuando hablan entiendo también los “yo me llamo, soy, es, sí, no, canario, cerezo en flor” y algo más. Me gusta entender, hay gente a la que no.

Fui al cine para desenredar los huesos, la temporalidad. La compleja simpleza oriental es siempre una brisa fresca.

Contagiada por la memoria, me voy a la panadería del barrio a buscar algo rico, colgué el disfraz de astronauta Covid19 en el picaporte porque si no me olvido. Me lo pongo y salgo. En la panadería, que es grande, hay cuatro personas con barbijo, hablan entre ellos y cuando pido responden amabilísimo: uuuh, recién salen del horno, y otra voz dice, es cierto, uuuuh, dice la tercera, y qué rico sí, la cuarta. Entre el eco del lugar, los barbijos, y mi mente en parte anclada en la peli japonesa, no consigo identificar quién dijo qué. Me preocupa, miro a cada persona y no sé a quién contestarle, ¡se les perdió la mitad de la cara! ¡Si yo siempre reconocía al actor del zorro detrás del antifaz!…

Contesto: qué rico, gracias, girando la cabeza como si les hablara a todos y, cuando la bolsa tibia cae sobre mis manos, hago un chiste mímico como de que me quemo y se ríen. Saliendo, recuerdo súbitamente el final de la peli, intrascendente y fundamental. Termina diciendo que no somos ni tenemos que ser nada para nadie, ni siquiera para nosotros mismos… La existencia no es, susurra la abuelita panadera con la espalda apoyada en un árbol de cerezo tan anterior como ella, más que un breve significado que oscila. A lo largo de la vida, remata, algunos son capaces de interceptarlo, incluso de alimentarlo, y otros no.

* Traductora