miércoles, 23 septiembre 2020
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Dédalo e Icaro: amanecer mojado

Dédalo fue un inventor y arquitecto en el mundo de los mitos. Tenía una habilidad extraordinaria y una inteligencia espacial incomparable. Los reyes lo sabían y lo contrataban para uno u otro proyecto.

Gisela Colombo*

Dédalo tenía un sobrino llamado Perdix que se desempeñó como su aprendiz. Pero resultó ser tan talentoso que a su tío y maestro comenzó a incomodarlo su ingenio. Tantos fueron los celos y la envidia que, estando ambos en la Acrópolis, la cima de una montaña, el maestro se tentó y lo arrojó al vacío. Las alas que les había pegado a su sobrino no supieron contrarrestrar la ley de gravedad (así se la bautizaría muchos siglos después) y Perdix acabó muerto. El crimen fue castigado con el destierro y Dédalo debió escapar hacia Creta y comenzó a trabajar para el rey Minos. A él le construyó el laberinto donde viviría el Minotauro. También una sala de baile para Ariadna, la princesa.

Pero si una historia identifica a Dédalo es la de su hijo Icaro. El hombre hacía mucho tiempo que trabajaba en la invención de unas alas que permitieran a la humanidad uno de sus sueños innatos: el de volar.

Pues Dédalo se había propuesto hacer volar al hombre. Y después de muchas pruebas logró construir dos pares de alas. Un par había sido hecho para sí mismo. Y el otro era un regalo para su hijo Icaro. Una vez listas, el padre le colocó las alas sobre la espalda, no sin antes hacerle una advertencia: lo exhortó a que tuviera el cuidado de no volar tan bajo que la humedad del mar dañara las plumas, ni tan alto que se despegaran sus alas por efecto del calor sobre la cera.

Pero cuando el entusiasmo, que es una manifestación de la gracia divina, expande el corazón, lo pone especialmente vulnerable. Por eso Icaro a pesar del celo de su padre, desconoció el consejo, se dejó llevar por ese optimismo engañoso y siguió ascendiendo. Subió demasiado. Pronto la cercanía de Apolo, el dios sol, fue derritiendo la cera y las alas comenzaron a desprendérsele. El niño no tardó en caer. Y lo hizo sobre las aguas, sí. Pero sobre esas aguas que se convierten en piedra cuando se cae desde lejos sobre la superficie del mar.

Dédalo tuvo que ver, en una escena de inmenso patetismo, la destrucción de su hijo. Y seguramente se habrá culpado por ella en virtud de que él le había regalado las armas que lo aniquilaron.

Enseñanzas.

Como dice un adagio oriental, “ningún fruto cae muy lejos del árbol”. Y si Icaro se dejó convencer por cierta soberbia al soñar que podría llegar tan arriba como quisiera, su padre también conoció ese vicio. Dédalo se había obsesionado con subsanar en el hombre la privación de alas. ¿Acaso no es una actitud soberbia?, ¿quién era él para cuestionar una decisión de los dioses?

Al menos dos enseñanzas útiles nos deja este mito: la primera es el peligro de creer ciegamente en las propias capacidades. Icaro sufre una muerte que proviene de la confianza excesiva en sí mismo. Su padre, también. Un vuelo demasiado alto.

Pero la segunda lección quizá sea incluso más importante. Rechazar el consejo de un anciano (en este caso, Dédalo) suma la soberbia a la ignorancia. El rechazo del joven al consejo de sus mayores es aquello que lo precipita al mar, en realidad. Y Dédalo paga el precio de confiar en la prudencia de un niño. Esa virtud, como tantas otras, que es hija de la experiencia.

La ignorancia juvenil desdibujó, en nombre de la rebeldía, la importancia de ser prudente. Eso es universal.

Aunque igualmente universal es la inconveniencia de confiar en alguien un objeto para el que no está preparado. Volar demasiado bajo. Dédalo atribuye su sabiduría de hombre maduro a un niño y espera que actúe como lo haría él mismo. Una imprudencia que nuestra lengua popular resuelve en una máxima simple: “el que se acuesta con chicos, amanece mojado”. 

*Escritora