Derecho a la ciudad

Franco Carcedo * – La apropiación de los espacios públicos es uno de los aspectos fundamentales a considerar en el estudio y análisis de las ciudades. Esta experiencia, -motivo de interés multidisciplinar- difiere según los actores sociales que hacen uso del lugar.
En los últimos años, algunas calles, plazas y estacionamientos de Santa Rosa han visto expandirse una serie de actividades económicas que les otorgan nuevas significaciones. Desde lavacoches que a diario ocupan diversos sectores de la ciudad, hasta malabaristas y artistas callejeros que intervienen al compás del semáforo, estos actores se apropian y producen su territorio.
Desde nuestra perspectiva, estas prácticas estarían disputando la ocupación de dichos espacios frente a los usos establecidos por la norma; transformando -al menos temporalmente- su sentido original. Además, su accionar conlleva una serie de representaciones provenientes de los medios de comunicación, ciertas instituciones del Estado y algunos sectores de la órbita privada, las cuales reflejan intereses parciales y en muchos casos privatistas del espacio público.
En este sentido, creemos que las representaciones concebidas sobre estos jóvenes y sus formas de intervención en la vía pública, se traducen en distintos mecanismos de control y vigilancia por parte del Estado, especialmente la fuerza pública. No obstante, estos dispositivos de control dan lugar a múltiples “tácticas” (De Certeau, 1996), generalmente de carácter individual, que intentan vulnerar y adaptarse a los mismos.

Relaciones de poder.
El concepto de espacio público es difuso, indefinido y poco claro, ya que puede incluir una plaza, un parque, la calle, así como la opinión pública o la ciudad. Este puede cumplir distintas funciones, a tal punto de que es factible encontrar posiciones extremas y contradictorias.
El filósofo francés Michel Foucault (1977) entiende al espacio como expresión de relaciones de poder. Para el autor, las relaciones de poder son las que los aparatos del Estado ejercen sobre los individuos como también las pequeñas relaciones de poder que existen en la base de la sociedad. Asimismo, plantea que los mecanismos de poder son mucho más amplios que el mero aparato jurídico, legal, y que el poder se ejerce mediante procedimientos de dominación que son muy numerosos.
Desde la perspectiva de Michel De Certeau (1996) cualquier espacio, sus usos y condiciones son discutidos por los discursos subordinados, lo han sido en el pasado y lo serán en el futuro. En este sentido, plantea la necesidad de descubrir cómo la sociedad en su conjunto resiste, qué procedimientos populares manipulan los mecanismos de la disciplina para ajustarse a ellos y al mismo tiempo evadirlos.

Lugar de trabajo.
Entre las novedosas formas de producción y apropiación simbólica del espacio público en Santa Rosa, se destacan aquellas actividades económicas que encuentran en éste, un atajo para garantizar la supervivencia cotidiana. Entre estas prácticas, se pueden mencionar el lavado de automóviles, realizado por jóvenes trabajadores identificados por la opinión pública como “trapitos”.
Estos actores comenzaron a ser visibles luego del año 2001, cuando la crisis socio-económica golpeó a varios hogares del país. Sin embargo, durante los primeros años post-crisis, aún eran escasos quiénes llevaban a cabo esta tarea. Actualmente, según un relevamiento propio, existen alrededor de cincuenta trabajadores, distribuidos en distintos puntos de la ciudad. Entre las calles escogidas, al menos en algunos tramos, se pueden mencionar: Hipólito Yrigoyen, 9 de Julio, Avellaneda, Mitre, Pellegrini, San Martín, Rivadavia, Coronel Gil, Juan B. Justo, Quintana, Alvear, 1° de Mayo, Alsina, 25 de Mayo, Sarmiento, Almirante Brown, Mansilla, Oliver, Hilario Lagos y Pilcomayo -en las cercanías del “Hospital Lucio Molas”-. Además, suelen utilizarse distintos estacionamientos, como el de la Terminal de ómnibus y el Centro Cívico, entre otros.

Trapitos.
Salvo algunas excepciones, se trata de jóvenes de entre 15 y 30 años de edad, quienes consideran el lavado de automóviles como una salida laboral “rápida” y de “fácil ingreso” -en algunos casos complementada con otra- a partir de la cual sostener económicamente a sus familias. Entre los motivos para iniciarse en la actividad, los entrevistados (que en total fueron veinte) destacan el hecho de “no tener patrón ni horarios”, obtener mayores ingresos y de forma diaria en comparación con otros empleos, la presencia de algún familiar y/o amigo trabajando en la vía pública o, simplemente, ser la “última salida”. Asimismo, comentan que es más conveniente trabajar de manera individual que como empleado de un lavadero privado, debido a que allí no se cobra por auto lavado, sino una proporción de la totalidad de vehículos lavados durante el día.
Antes de trabajar en la calle, los lavacoches consultados se ocuparon en el sector de la construcción o como repartidores de revistas; mientras que para otros resultó ser el “primer empleo”. Los horarios de trabajo están vinculados con la apertura y cierre de los comercios y oficinas públicas; y con las condiciones meteorológicas del día. En relación con eso, Lucas comenta: “A las nueve y media ya todo esto cierra y si no hiciste una moneda no comes, viste como es. Es todo un tema, hay que sobrevivir. Trabajo los sábados. Los domingos a la tarde vengo, porque a la mañana viste que no abre nada. A la tarde lo único que tengo abierto es ‘Match’, los jueguitos, así que vengo acá y me paso toda la tarde acá. No estoy con mi hijo, nada. Estoy laburando como loco, de corrido todos los días”.
Además de los posibles “clientes” de cada día, algunos trabajadores como Omar reconocen tener una clientela fija, compuesta por comerciantes de la cuadra: “Esta cuadra está buena, la gente ya me conoce y ya son clientes míos y ellos me dan el auto para lavar. Me gusta la cuadra y genera unos mangos para vivir, para poder vivir bien, sino, no te alcanza nada”.

Dispositivos de control.
En la actualidad, existe una búsqueda de seguridad que lleva a limitar los usos que se hacen del espacio público, como si éste fuese la causa de la inseguridad y del miedo urbano. A partir de ello, se intenta recuperar una comunidad mítica en la que todos se conocen, en la que todos son iguales, una realidad que nunca ha existido (Borja, 2003). En este contexto, es sobre los sectores populares, principalmente los adolescentes, sobre quiénes recaen los dispositivos de control que intentan regular ciertas conductas y comportamientos en el espacio.
Aunque el Código de Faltas de Santa Rosa no prohíbe el lavado de automóviles en la vía pública, la mayor parte de los entrevistados reconocen haber sido interrogados e increpados por la policía, con el objetivo de que abandonen el lugar de trabajo. Otras veces, a partir de los malos tratos, se menosprecia su actividad. Las voces de los propios “lavacoches” dan cuenta de esta situación: “Una vez vino la policía y nos tomó los datos, la primera vez. Para saber en qué estaba trabajando”; “Tuve conflicto con la policía. Hace dos años que arranqué y me vivían corriendo. Yo le dije: vos me vas a correr al pedo si yo voy a estar acá siempre. Por más que vos me corras yo tengo que darle de comer a mi familia”. “Los del servicio penitencial, de acá a media cuadra, tienen todos nuestros datos”.
Estos mecanismos de control son, en cierta forma, “asimilados” por los trabajadores, ya que se presentan como ineludibles para poder continuar trabajando en el lugar. Ello implica no generar disturbios ni peleas en la vía pública, tratar con respeto a los automovilistas y dejar el lugar limpio luego de la jornada laboral. En definitiva, se está en presencia de un control sobre una actividad que no está prohibida, pero que al ser llevada a cabo por jóvenes provenientes de barrios populares, desde la perspectiva policial, es necesario vigilar.
Si bien estos dispositivos producen un cambio en la subjetividad, esto no impide que continúen haciendo uso del espacio público como lugar de trabajo y relaciones sociales. Por eso, quizás habría que pensar a estas prácticas cotidianas como formas de resistencia para lograr un determinado objetivo. Para Michel De Certeau (1996), las prácticas de resistencia operan a través de una apropiación crítica y selectiva de las prácticas disciplinarias, transformando su sentido original y alterando su carácter represivo.

¿Qué trabajo?
Las representaciones vinculadas con la “peligrosidad” de estos actores están encabezadas, en el medio local, por un grupo minoritario pero influyente de la órbita comercial. Para estos agentes, sería “legítimo” -e incluso necesario-, que se garantice el derecho al espacio público sólo a aquellos usuarios que tengan intereses comerciales y/o recreativos, pero no a quienes encuentran en la vía pública una salida laboral.
En definitiva, esta respuesta al desempleo, que conjuga aspectos vinculados a la autogestión (no tener patrón, regular los propios horarios y elegir el lugar de trabajo) con la informalidad laboral (precariedad, inestabilidad en el empleo y en los ingresos, y malas condiciones de trabajo), nos permite reconocer que el derecho al trabajo y la ciudad se presentan como inseparables para sectores cada vez más amplios de la sociedad. (Este trabajo se enmarca en el proyecto de Investigación: “Trabajo informal, economía solidaria y autogestión. Resistencia de trabajadores/ras y cambios en las identidades laborales en La Pampa contemporánea”).
Geógrafo, Instituto de Geografía, UNLPam

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