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Derribar las paredes del aula

Llevar la educación sexual a la mesa familiar puede ser una tarea difícil para muchos, e imposible para otros, a veces por miedo, a veces por desconocimiento. Lo importante, siempre, será hablar desde el amor y la comprensión.
Dr. Daniel Rodríguez*
Con el correr de los tiempos y con el ritmo vertiginoso que fue tomando nuestras vidas -la vida familiar también-, hemos puesto, casi inconscientemente, en manos de los y las docentes la responsabilidad casi absoluta de la educación de nuestros hijos.
Siempre queremos lo mejor para ellos, y dependiendo de nuestro nivel socioeconómico, aspiramos a diferentes niveles de complejidad y exigencias que los preparen para un futuro prominente donde puedan hacer frente a la competencia cada vez más evidente y feroz por los mejores puestos de trabajo. Y que al sentirse capacitados, su nivel de frustración, y el nuestro como padres, no se vea resentido.
Cuando me planteo escribir sobre este tema, recuerdo mis primeros pasos como médico dando charlas de educación sexual en escuelas tan cercanas a nuestra capital y tan lejanas otras, no solo en la geografía sino en el tiempo también. Y esto ocurría antes de que en nuestro país tuviéramos la ley 26150, ley de Educación Sexual Integral, en octubre de 2006.

Paradigmas impuestos.
Antes de esta ley no hablaba de «integral» de manera directa y siempre que lo hacía por requerimiento de algún jardín de infantes, escuela primaria y secundaria como así también de institutos de formación terciaria, siempre me llamaba algo la atención y era que se necesitaba de un médico para abordar estos temas.
Me llamaba la atención porque pasaban los años y se seguía mirando a la sexualidad solo desde el punto de vista biológico. Se resumía todo a un cuerpo, y es verdad que para emplear y desarrollar nuestra sexualidad necesitamos del mismo, pero era muy difícil poder salir de determinados paradigmas impuestos ancestralmente.
Resumíamos o se pretendía resumir la sexualidad a dos cuerpos: varón y mujer (y solo eso) entonces poder hablar de orientación sexual (homosexual, bisexual) era algo impensado y poco correcto para el ámbito educativo. Se hablaba de cómo estaban conformados los mismos y de cómo debían funcionar los órganos genitales para poder lograr la procreación. Se hablaba por supuesto de enfermedades venéreas, o sea, de todo lo malo que nos podía pasar si no nos cuidábamos, y la verdad es que no se esperaba que habláramos de mucho más. La familia, por supuesto, alejada de todo esto que ocurría en la escuela.
Con el tiempo, y siempre antes de la ley, comenzamos a hablar de métodos anticonceptivos y muy lentamente el tema de homosexualidad se fue instalando. Pudimos hablar de otro tipo de conductas sexuales, gustos, y con la llegada de Internet, la pornografía y sus implicancias en el desarrollo del joven, fue un tema elegido por ellos para las charlas.
Ahora bien, por respeto a mi trabajo de tantos años en escuelas e instituciones debo decir que mi forma de trabajo conformaba, y lo sigo haciendo en la actualidad, un trípode: alumnos, docentes y padres.
Siempre entendí que toda labor educativa apartada de la familia no podía llegar a buen puerto y mucho menos si hablamos de un tema tan importante que nos acompaña desde el nacimiento hasta nuestro último respiro como es la sexualidad.

La sexualidad.
Un concepto siempre tuve claro: la sexualidad es un universo formado por lo físico, lo emocional o psicológico y lo social. Por eso si nos quedábamos solamente en lo físico, como era la costumbre -esa era la explicación por la cual siempre se llamaba a un médico para estas charlas-, nos estaríamos olvidando de los aspectos más importantes de la misma.
Recuerdo que en esa época llamaba a las charlas «Educación sexual en el amor».
Siempre trabajé con los padres, invitándolos a las charlas, ya que su participación acortaría los caminos del diálogo en la familia. Era muy importante para los alumnos saber que sus padres estaban involucrados en algo tan importante para ellos y sobre todo saber que era algo que después podrían hablar en casa.
En la familia se aprende el amor y nosotros los padres somos los responsables de enseñarlo y practicarlo. Un amor fundado primero en nosotros mismos, en nuestro cuerpo para amarlo, conocerlo, respetarlo y cuidarlo. En un amor para valorar nuestros pensamientos y sentimientos, para valorar nuestra forma de ser, a veces tan distinta a los demás, especialmente en la adolescencia. En un amor hacia nuestra familia y al lugar que nuestros padres nos dan en esta sociedad, de acuerdo a sus posibilidades como decía primeramente y al lugar que nosotros mismos queremos ocupar.
Incluir a los padres a la comunidad educativa es entender que ellos son y serán siempre los pilares fundamentales de la educación.

Se hizo ley.
Pero un día llegó: la Ley de Educación Sexual Integral, que para muchos fue un gran festejo ya que a partir de ahora, por ejemplo, no deberíamos pedir más autorización a los padres para que los alumnos puedan recibir estas charlas, para que todos y todas tuvieran la oportunidad de formarse y saber para luego poder elegir en libertad, para que desde la niñez pudieran aprender hábitos como la higiene y el cuidado del cuerpo para respetarlo, hacerlo respetar y así poder tener más armas para defenderse de los abusos sexuales, la gran mayoría ocurridos en el seno familiar. Para otros, la ley vino a complicarles la vida. Habría que hablar, y ya no un médico sino que todas las personas involucradas en las instituciones iban a tener la posibilidad de estar frente a los alumnos como actores fundamentales. Aparecieron nuevos y remotos miedos que tenían que ver con los aspectos propios de su sexualidad, pero será tema para otra oportunidad.
La ley también llegaba a los hogares, involucrando a los padres en un aspecto tan sustancial de la educación.
Los padres siempre decían en las charlas no sentirse capacitados para hablar con sus hijos, escondiendo quizás la vergüenza y pudor y también el miedo de pensar que si lo hacían llevarían a sus hijos a tener sexo antes de tiempo.
Por otro lado, los chicos siempre manifestaban la gran necesidad de hablar con sus padres pero no se animaban, pensando que a sus padres no les había tocado pasar por esa etapa, tenían la idea de que sus padres siempre habían sido grandes, que lo sabían todo. Y pensar eso los alejaba más.
Qué mejor capacitación tenemos como padres que la vida misma vivida con las herramientas que tuvimos. Por eso estoy convencido que nuestros hijos nos quieren ver como alguien que camina en la vida unos pasos adelante, no unos metros arriba, lo que nos hace tan inalcanzables que los hace sentirse incomprendidos.
La sugerencia es poder desde niños instalar en nuestros hogares la confianza para hablar de todo lo que nos pase y de acuerdo a la edad de cada uno. En esto la ley es clara: adecuar los contenidos a cada edad. Poder comenzar hablando de nuestro cuerpo, buscando siempre los recursos adecuados: videos, libros, láminas o todo aquello que nos permita sentirnos cómodos a la hora de hablar. Estar atentos ya que todo momento es propicio para hablar del tema. Muchas veces esperamos el mejor momento y este no llega, el mejor momento es muchas veces el menos esperado.

La importancia del sentido.
Hablar de sexualidad en familia es hablar de la vida misma. Es confiar en nuestros sentimientos más genuinos de querer lo mejor para nuestros hijos. Muchas veces nos quejamos de nuestra vida y quisiéramos cambiar cosas que ya no se pueden cambiar. Quizás si podemos hacer esto, nos sentiremos parte del futuro de nuestros hijos, ya que daremos herramientas valederas que le sirvan ya desde el presente.
En el proceso de educación hablamos siempre que se necesita alguien que enseñe y alguien que aprenda. Pero eso va a estar siempre incompleto si no incluimos el sentido de la práctica. Sólo en ese momento se comprueba lo aprendido. Y qué mejor como padres saber que podemos acompañar aún con limitaciones en este proceso a nuestros hijos. Nunca nos reprocharán no saber lo suficiente y siempre nos agradecerán el haberse sentido acompañados desde lo que somos, permitiéndoles ser ellos mismos.
Hablar de sexualidad en familia, repito, es hablar de la vida misma. Es hablar y sobre todo escuchar lo que nuestros hijos tienen para decirnos. Es escuchar lo que sienten y cómo se sienten, es estar a su lado de la misma forma que nos hubiese gustado que nuestros padres lo hubiesen estado y que en muchos casos no sucedió.
Tenemos la oportunidad de cambiar la historia. Nuestra historia y la historia de nuestros hijos si nos permitimos estar, solo estar para lo que ellos quieran. Sin apuros, sin miedos, permitiéndoles ser lo que quieran ser, lo que puedan ser pero con nosotros a su lado. Con íntegro amor. La verdadera ley.

*Médico M.P. 1097