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Desde el peligro, habrá que pensar de otra manera

La pandemia muestra que la civilización tomó un rumbo equivocado: la naturaleza destruida, mujeres asesinadas cotidianamente y poblaciones en condiciones paupérrimas, ponen en cuestión lo que se ha entendido por humanismo.

Ana Martín*

El humanismo dice de la supremacía del hombre, de quien se consideró el centro del universo, y que avanzó sobre la naturaleza al servicio del capital, sin medir consecuencias. Se sintió superior a todos los otros seres vivos, sin ver que le eran necesarios para su propia supervivencia. Ha ejercido un pensamiento autocentrado, convencido de la lógica de su verdad. Sin empatía por los otros habitantes del planeta, su ética ha buscado el autogobierno y el logro de la autonomía para obtener sus fines individuales. Es así como el hombre blanco, occidental, propietario de bienes y cristiano, el privilegiado, ubicó a los otros seres en la contraparte opaca de un espejo que le devolvía su brillo. “Los otros” han sido las mujeres, los aborígenes, otras etnias y culturas a los que no pudo verlos como semejantes, y entonces los puso en condición subalterna. La explotación capitalista los convirtió en marginales y después en desechables. El racismo fue una construcción que sirvió de justificación a este despojo.

El pensamiento centrado creyó en el valor absoluto de sus creencias, como el cristianismo frente al mundo colonial cuando los viera como deficitarios o despreciables, cuando desconociera sus lógicas. Al desdeñarlas, él mismo no pudo cambiar, y perduró en una posición fija, sin fisuras, obrando desde un sedentarismo mental asociado al valor del tener y del consumo.

Patriarcado.

En la familia burguesa el sujeto centrado funcionó como representante de Dios y ejerció autoridad sobre sus miembros, incluso sobre quien llamaba su pareja. La mujer fue vista como incompleta, desde lo que se conoce como falogocentrismo. Tuvo que luchar duramente por sus derechos al trabajo, al voto y a la educación, sin haber logrado aun tener decisión sobre su propio cuerpo, cuestión que se debate en la lucha a favor del aborto legal. Reducido su valor al cuerpo reproductor, la mujer en el terreno de la biopolítica fue objeto de controles destinados a asegurar el bienestar de su producto, el hijo. La heterosexualidad obligatoria ha estado de la mano de este pensamiento que asociaba la pareja a la función de la reproducción. Ese lugar de subalternidad de la mujer, que puede parecer inconcebible para quienes quisimos creer en la igualdad lograda, sigue produciendo efectos como abusos, violencia y muerte cuando la mujer toma decisiones por sí misma, sale sola a la calle o dice que no.

Otra manera de ver las cosas.

Todo indica que si queremos sobrevivir como especie, vamos a tener que pensar y obrar de otra manera, dando otro lugar a la naturaleza y a los que hemos excluido por verlos como diferentes. Sobre todo, es necesario repensar la manera como se ha concebido el sujeto humano. Tendremos que cultivar una subjetividad que pueda asumir el profundo dolor que significa la presencia de ese alter que es portador de la diferencia, con lo que implica de alteración de nosotros mismos. Para dar lugar a otras sexualidades, formas de ser y de amar.

Tendremos que desprendernos de las verdades absolutas, o de que hay una sola verdad. Es urgente poder revisar la lógica del patriarcado, que genera sujetos machistas que no pueden tolerar la capacidad de decisión de la mujer, y se imponen desde una superioridad avalada por siglos de historia, con el autoritarismo de la fuerza y de la destrucción. Esta lógica es la que puede llegar a matar a la mujer que se le resiste.

También para poner en evidencia la hipocresía de sexualidades clandestinas y los actos perversos que han sido encubiertos por instituciones como la familia, las escuelas, las empresas y la iglesia. Sabiendo que la mentalidad patriarcal no es sólo de los hombres, sino que está en todos, y por eso se naturalizaron o no se pudieron ver tantas cosas.

El pensamiento nómade.

Es desde allí que muchas mujeres llegan a establecer relaciones de poder extremadamente asimétricas. En pos de estos cambios, la teoría feminista ha desarrollado como alternativa lo que se conoce como el pensamiento nómade. Este concibe al sujeto abierto al afuera y a ser afectado por los otros. Se sitúan en una posición materialista que se remonta a filósofos como Spinoza y Nietzsche, retomada por Deleuze y Guattari. En este caso seguimos a Rosi Braidotti, docente de la universidad de Utrecht.

Se valoran los flujos de deseo que le movilizan hacia el establecimiento de relaciones que inevitablemente lo van a alterar, sacándolo de la posición sedentaria asociada al tener y al consumo adictivo. Esta visión del sujeto plantea un paralelismo entre la actividad mental y la corporal, dando lugar al deseo en el aquí y ahora. Desde los afectos las personas se conectarían con todo lo que vive en el mundo, y también con la tecnología, a la que consideran parte actual del funcionamiento.

El sujeto nómade es una entidad transversal que resulta de sus relaciones. Funciona como una unidad móvil en el espacio y tiempo, una especie de memoria encarnada siempre en proceso, y sin embargo capaz de perdurar a través de sus variaciones. La fidelidad a sí mismo pasará por la conciencia de la capacidad que uno tiene de afectar y de ser afectado por los otros.

Para Spinoza la felicidad se asocia al despliegue de la propia potencia. Entonces, lo bueno o lo malo estarán en relación con lo que componga al sujeto o le descomponga.

La acción tendrá en cuenta la complejidad de las situaciones y apelará a la imaginación a fin de tramitar cómo operar cuando se mueve en medio de pasiones políticas. A sabiendas de que la tramitación de la alteridad siempre es dolorosa, se reconoce la profunda ambivalencia que habita al sujeto desde el corazón de su fuerza, y también desde su debilidad.

No hablan de voluntad, porque no es que el sujeto está en un lugar y el mundo en otro: desde su inevitable involucramiento vincular, la actividad surgirá de la conexión con un mundo al que se está afectivamente ligado. Para ello contará con la imaginación, una función que apela a lo no presente para encontrar caminos o formas, para que el sí mismo, desde su cuerpo sensible y empático, pueda perseverar en forma creativa, productiva. Para ello tendrá que idear, cada vez, movimientos, formas y alternativas para conectarse con otros, hacia el futuro.

Para este sujeto la ética significa comprender que compartimos una naturaleza común, y como parte de la preocupación por los individuos que nos rodean, se trata de trascender el interés personal en pos de lo colectivo. En este devenir, es importante la recuperación de la memoria personal y la colectiva. Se trata de recuperar genealogías, significados y prácticas de los múltiples otros: de mujeres, comunidades, animales y seres que no tienen historia. En esta recuperación de lo negado, se reconocerá el valor de lo espectral y de lo mítico tanto como de las ciencias, para lograr desde conocimientos diversos hacer caer fronteras naturalizadas, ampliar lo pensado a lo impensado, a las percepciones desapercibidas, a la espiritualidad que se liga al conocimiento.

*Psicoanalista y escritora