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Desde los exilios

Los exilios y la exclusión como rasgo constitutivo del orden político señala casi una tradición de la Argentina moderna. Así ocurrió desde el régimen de Juan Manuel de Rosas y prosiguió en manifestaciones posteriores.
Prof. Ignacio Zubizarreta *
Estamos siendo testigos de días convulsionados en América Latina. Violencia, manifestaciones, represión, desencanto generalizado y falta de legitimidad y de popularidad de muchos mandatarios. Eso es lo que repasamos en la prensa de estos últimos meses. Realidad alarmante, que no solo proyecta una grave crisis en los sistemas políticos y sus instituciones, sino también refleja los desencuentros de amplios sectores sociales y la incapacidad del sistema para lograr que las diferentes opiniones puedan ser representadas. La Argentina moderna nació de una situación que, sin ser idéntica, tuvo muchos componentes similares: ilegitimidad, violencia, inestabilidad y sobre todo, la exclusión como un rasgo constitutivo del orden político. En muchos momentos de nuestro pasado, el exilio funcionó como un dispositivo que permitió regular sistemas políticos incapaces de gestar formas de participación plurales e incluyentes.
Retrotrayéndonos a la Argentina del siglo XIX, y más específicamente en tiempos del régimen de Juan Manuel de Rosas (1829-52), la expatriación de miles de personas a países vecinos significó un fenómeno social de enorme magnitud y trascendencia. Muchos de ellos tuvieron una muy destacada participación política a su regreso al país. ¿Hasta qué punto sus experiencias de expatriación aportaron al posterior proceso de construcción y consolidación de la Argentina moderna? Es decir, de esa Argentina que se iría afirmando a partir de los años consecutivos a la caída de Rosas (1852), y se transformaría en un país que, con luces y sombras, lograría estabilidad institucional, llegaría a insertarse en el concierto global deviniendo una potencia agro-exportadora y un lugar de acogida para millones de extranjeros. En este escrito, quisiera demostrar que de una situación negativa como el exilio, los expatriados tomaron conocimientos y experiencias que luego verterían en su paso por la cosa pública y que, con ello, transformarían de forma indeleble el desarrollo y destino de su país natal.

Significados.
La proscripción significó, en la inmensa mayoría de implicados, una modificación sustantiva en sus formas de vida. La adaptación al país receptor modelaría muchas de sus vocaciones, principalmente entre los más jóvenes. También en Argentina produjo una merma considerable de cuadros dirigentes, los que serían absorbidos por los países receptores. Y aunque el exilio además supuso, en algunos casos, un aletargamiento de una trayectoria en ascenso; en otros individuos abrió puertas que facilitaron experiencias sumamente enriquecedoras y sirvieron de trampolín para carreras públicas que iniciarían a su retorno.
Esa miríada de experiencias fue orientada, en gran medida, por la necesidad de adaptación al país receptor. Y desde ese punto de vista, los casos de Chile y Uruguay (los dos países que más exiliados argentinos recibieron) con sus respectivas coyunturas históricas, ayudarían a modelar perfiles muy diversos. Mientras Uruguay tuvo un destino mucho más conexo a los vaivenes políticos y bélicos de Buenos Aires y el Litoral, Chile desarrolló una vida política bastante menos relacionada con sus vecinos.
En cuanto a formas de vida se refiere, las experiencias de exilio en Chile reflejan una participación de los argentinos en tareas bastante específicas. De este modo, varios lograron acomodarse en las estructuras de un estado necesitado de personal letrado. Por falta de ciudadanía, no ostentaron cargos públicos en las más altas jerarquías administrativas pero se nuclearon en sectores de vanguardia y en crecimiento constante: la educación, la prensa y la edición.
En paralelo y fuera de la cobertura del Estado, otros proscritos se dedicaron a la minería, el comercio y servicios.

En Chile.
Como sucede en prácticamente todos los casos de expatriación, algunos tuvieron mejor suerte que otros. Por sólo citar un par de ejemplos representativos, Domingo F. Sarmiento, apenas conocido en su país a principios de la década de 1840, desarrolló una intensa carrera del otro lado de los Andes habiendo formado parte de la redacción de los periódicos más importantes de su tiempo (El Mercurio, El Nacional, El Progreso, etc.) y siendo designado por el ministro Manuel Montt -mano derecha del presidente Bulnes- como primer director de la Escuela Normal de Preceptores.
En el otro extremo de la caprichosa rueda de la fortuna, Gregorio Aráoz de Lamadrid llegó a Chile con una vastísima trayectoria dentro del ejército -aunque no precisamente la más afortunada- ostentando el grado de general en jefe. En sus memorias relata lo poco que su experiencia marcial le sirvió para sobrevivir en el país trasandino y narra sus recuerdos y penurias como panadero en la ciudad de Santiago.

Uruguay.
Muy distinto fue el caso de aquellos que buscaron reinsertarse en Uruguay. La similitud entre la situación político-social e histórica entre una orilla del Río de la Plata y la otra permitió una mejor adaptación de los allí expatriados; además, en muchos casos, la posibilidad de continuar con las actividades que mejor sabían hacer.
Montevideo funcionaba como una base de operaciones para que un nutrido contingente de corsarios, marineros, mercenarios y emigrados extranjeros pudieran proyectar carreras políticas, ingresar al escalafón militar de los nuevos estados, hacer negocios o poner fin a sus peregrinaciones globales. En la década de 1840, Montevideo poseía casi la mitad de su población en condición de extranjera y un porcentaje muy alto de ese total eran expatriados argentinos. El presidente uruguayo José F. Rivera era abierto enemigo de Rosas. Durante el sitio de Montevideo (1843-1851), las tropas de Manuel Oribe -principal opositor de Rivera y aliado de Rosas- cercó la capital uruguaya, la que logró sostenerse, entre otras razones, gracias a la pericia militar de algunos exiliados argentinos.
Desde 1842 Melchor Pacheco y Obes, porteño de nacimiento, ocupó el cargo de Ministro de Guerra mientras que el general cordobés José María Paz actuó como comandante general de Armas y verdadero organizador de los cuerpos que sostuvieron las principales envestidas de los sitiadores.
Pero además de la numerosísima oficialidad exiliada que colaboró con las fuerzas uruguayas, la influencia de otro tipo de proscriptos en la política de aquel país también fue notable: la de los letrados mayoritariamente porteños. En ese sentido, su rol en las letras y en la prensa se hizo sentir con singular impacto gracias a miembros de la Generación Romántica como Juan María Gutiérrez, Esteban Echeverría, Miguel Cané o José Mármol, y unitarios como Valentín Alsina, Florencio Varela, entre otros.

Caída y retornos.
La célebre batalla de Caseros de 1852 dio por tierra con el dilatado régimen de Juan Manuel de Rosas. Entre 1852 y 1861 retornaron la gran mayoría de exiliados argentinos y se fueron reinsertando en la escena pública nacional. Bajo el lema «ni vencedores ni vencidos» y luego de haber proclamado la «confraternidad y fusión de todos los partidos políticos», el general Justo J. de Urquiza (vencedor en Caseros) debió trazar un equilibrio extremadamente complejo entre retornados y derrotados, provincianos y porteños y entre las siempre crispadas facciones.
Muchos de los proscriptos se destacaron en el escenario post-rosista. Sarmiento se transformó en 1855 en Jefe del Departamento de Escuelas de Buenos Aires y le dio un impulso fundamental a la educación primaria.
Tres de los cuatro rectores que ocuparon la dirección de la Universidad de Buenos Aires luego de Caseros fueron exiliados con antecedentes académicos y prestigio labrados en el exterior (José Barros Pazos -1852-1857-; Juan María Gutiérrez -1861-1873- y Vicente Fidel López -1874-1878). En relación al periodismo, una renovada libertad de prensa fomentó el debate público y florecieron en Buenos Aires y en las provincias muchísimas publicaciones entre revistas, periódicos y libros.
Como directores de los cuatro periódicos más leídos de la capital bonaerense se destacaron exiliados con conocimientos en materia periodística adquiridos durante su proscripción: El Nacional -Dalmacio Vélez Sarsfield y Domingo F. Sarmiento-; Los Debates -Bartolomé Mitre-, La Tribuna -los hermanos Varela- y El Orden -Félix Frías-.
Es evidente que muchos de los que participaron en ese proceso no se dedicaron por entero a la escritura sino que también participaron de la gestión: en ministerios, como representantes o en cargos ejecutivos. El estado se expandía y requería de personal calificado. Se apostó por un proyecto liberal y se acentuó un proceso institucionalizador que demandó recursos humanos entre cargos civiles y administrativos de alta categoría (diplomáticos, gobernadores, ministros, miembros de la corte) y cargos de menor jerarquía (jueces de paz, municipales, directores de escuela, comisarios).
Las instituciones político-representativas vivirían también un periodo de auge. Las provincias acrecentaron el número de representantes a nivel local (legislatura) mientras que, paralelamente, las flamantes instituciones centrales sumaron un sistema bicameral de diputados y senadores. Inclusive, durante el periodo que va de 1861 a 1886, la mayoría de los presidentes y vicepresidentes argentinos habían sido exiliados del rosismo (Bartolomé Mitre, Domingo F. Sarmiento, Nicolás Avellaneda, Francisco Madero, Adolfo Alsina, Juan E. Pedernera y Mariano Acosta). Y tanto en el ejército como en las milicias, llegaron a destacar varios oficiales que retornaron del extranjero (José M. Paz, Rudecindo Alvarado, Bartolomé Mitre, Chacho Peñaloza y un largo etcétera).

Las bases.
La idea que la proscripción fue una experiencia incubadora de la organización nacional argentina se resalta en los escritos de algunos de los mismos emigrados, quienes eran plenamente conscientes de la importancia que el exilio había tenido en su propia formación y en sus carreras políticas. Por ejemplo, en el Facundo, Sarmiento mencionó los exilios en Europa, Brasil, Bolivia y Chile y el impacto que tuvieron en la formación de una generación que dirigiría los destinos de una república unificada. Según sus palabras: «los jóvenes estudiosos que Rosas ha perseguido se han desparramado por toda la América, examinando las diversas costumbres, penetrado en la vida íntima de los pueblos, estudiado sus gobiernos, y visto los resortes que en unas partes mantienen el orden sin detrimento de la libertad y del progreso, notado en otras, los obstáculos que se oponen a una buena organización».
También Juan B. Alberdi notó la importancia de lo que llamó «la provincia flotante» en la conformación del pensamiento político argentino: «casi toda nuestra literatura liberal se ha producido en el suelo móvil pero fecundo de esa provincia nómada». Respecto a su propia obra intelectual, afirmaba: «la verdad es que si no hubiese yo salido de Buenos Aires, no hubiera concebido ni publicado mis Bases», las que, bien sabemos, sirvieron de principal fuente de inspiración a la Constitución Nacional que aún nos rige.
Como ambos pensadores notaron, esta experiencia incluye las profesiones claves para la creación de instituciones republicanas y la imaginación de una nacionalidad romántica: periodismo, derecho, educación y las capacidades necesarias para gobernar. En el fondo y para concluir, lo que sugieren es que la «juventud estudiosa» aprendió a gobernar en buena medida gracias a la experiencia del exilio.
* UNLPam/CONICET