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“Día a día, sueño a sueño”

LETRAS – LAS FUERZAS DE EDGAR MORISOLI

“Día a día, sueño a sueño” es un texto en el que Edgar Morisoli venía trabajando hacía tiempo. Una especie de ensayo en el que reflexionaba sobre la identidad latinoamericana.

Gisela Colombo *

En rigor, las nunca inactivas fuerzas intelectuales de nuestro poeta estaban abocadas al estudio de lo que él llamaba un “humanismo americano”. Se interesaba especialmente por el sincretismo cultural que se ha dado en la América colonial donde confluyeron no sólo lo hispánico y lo precolombino –con su enorme diversidad– sino también la posterior afluencia de africanos traídos como esclavos y de inmigrantes posrevolución industrial y posguerras, llegados de Europa.

Si bien en este proceso de construcción de su texto estudia a varios autores, uno es especialmente importante para él. José Carlos Mariátegui, nacido en Perú, que apenas vivió 35 años, pero desplegó una serie de ensayos breves sobre cuestiones culturales y sociales que Edgar admiraba. Desde nuestra perspectiva su afición por la obra del peruano resulta reveladora. Los dos sostenían un pensamiento afín, a pesar de distancias geográficas y temporales.

Edgar se divertía imaginando qué habría dicho el marxismo europeo más ortodoxo de este hombre a quien no le parecía incompatible la Revolución socialista y el pensamiento mítico-religioso. Un hombre a simple vista contradictorio cuyo discurso, sin embargo, tenía una gran coherencia, cuando se lo lee con detalle.

Lo que más atraía a Edgar de Mariátegui era precisamente el sincretismo que encarnaba, la visión que reunía el más ortodoxo materialismo dialéctico con la profunda raíz mítica que anima al ethos de la América hispana.

Necesidad del mito.

Al hablar de otro de los proyectos que tenía entre manos Edgar, “Pilmaiquén Púrun”, la danza de las golondrinas, en un artículo publicado en Caldenia el 29 de noviembre de 2020, observamos el viaje anual de las aves que, para la época del apareamiento, atravesaban todo el continente, aunando con su vuelo la gran diversidad de la que está hecha la identidad mixta del ser americano.

En la raíz de la concepción de Mariátegui estaba la necesidad del mito. Creía que la gran tragedia del mundo moderno era la desaparición de un pensamiento no tan limitante como lo es el paradigma que el racionalismo propone.

Edgar rescataba en especial el ensayo “El hombre y el mito” donde el peruano postula que la crisis de la modernidad está provocada por una especie de vaciamiento de la visión religiosa de la vida.

“Todas las investigaciones de la inteligencia contemporánea sobre la crisis mundial desembocan en esta unánime conclusión: la civilización burguesa sufre de la falta de un mito, de una fe, de una esperanza. Falta que es la expresión de su quiebra material. La experiencia racionalista ha tenido esta paradójica eficacia de conducir a la humanidad a la desconsolada convicción de que la Razón no puede darle ningún camino. El racionalismo no ha servido sino para desacreditar a la razón. A la idea Libertad, ha dicho Mussolini, la han muerto los demagogos. Más exacto es, sin duda, que a la idea Razón la han muerto los racionalistas. La Razón ha extirpado del alma de la civilización burguesa los residuos de sus antiguos mitos. El hombre occidental ha colocado, durante algún tiempo, en el retablo de los dioses muertos, a la Razón y a la Ciencia. Pero ni la Razón ni la Ciencia pueden ser un mito. Ni la Razón ni la Ciencia pueden satisfacer toda la necesidad de infinito que hay en el hombre. La propia Razón se ha encargado de demostrar a los hombres que ella no les basta. Que únicamente el Mito posee la preciosa virtud de llenar su yo profundo.”

La fe en la revolución.

En sintonía con una corriente americanista todavía vigente, Mariátegui creía que las herramientas europeas eran armas necesarias pero no suficientes para leer estas tierras. En este sentido, sostenía una filosofía según la cual el ateísmo era perfectamente compatible con el pensamiento mítico. De hecho, reflexionaba sobre la enorme utilidad de que la fe en la Revolución domine las conciencias profundamente, como si de un Credo se tratara.

Tanto Morisoli como Mariátegui reconocían el alcance universal del problema aunque hallaban en América un suelo menos fértil para la mutilación racionalista del pensamiento.

“Pero el hombre, como la filosofía lo define, es un animal metafísico. No se vive fecundamente sin una concepción metafísica de la vida. El mito mueve al hombre en la historia. Sin un mito la existencia del hombre no tiene ningún sentido histórico.

La historia la hacen los hombres poseídos e iluminados por una creencia superior, por una esperanza super-humana; los demás hombres son el coro anónimo del drama. La crisis de la civilización burguesa apareció evidente desde el instante en que esta civilización constató su carencia de un mito. Renán remarcaba melancólicamente, en tiempos de orgulloso positivismo, la decadencia de la religión, y se inquietaba por el porvenir de la civilización europea. “Las personas religiosas –escribía– viven de una sombra. ¿De qué se vivirá después de nosotros?” La desolada interrogación aguarda una respuesta todavía”.

El concepto de mito que abrazaban Mariátegui y Morisoli no es el que tenía el positivismo etnocéntrico. Pero tampoco es el que sostiene el humanismo renacentista. Para ellos mito es una leyenda o un “relato” que, desde la raíz de la cultura, anima, fortalece e impulsa las grandes proezas sociales. Allí el interés está en hacer creíble y noble una motivación compartida comunitariamente para encarnar los objetivos sociales en cada uno de sus individuos. “Los pueblos capaces de la victoria fueron los pueblos capaces de un mito multitudinario”.

Pero aquí se manifiestan los escollos que promueve el escepticismo. ¿Acaso alguien que no tiene dimensión trascendente puede trabajar y poner su vida en riesgo para un objetivo que no verá? Esa es la mirada lineal europea que ve alternativamente una línea progresiva o una vía regresiva. Pero nunca reproduce la circularidad de la cosmovisión de otros pueblos que, como los orientales, conciben el tiempo como una repetición de fases lunares, o de retorno permanente de las estaciones del año. La misma circularidad está presente en la concepción precolombina que sobrevivió como sustrato y el hombre americano jamás extravió. Sus esfuerzos por encajar en la cultura predominante sólo ocultaban una cosmovisión mucho más afín a la naturaleza y la verdadera esencia humana.

Es preciso extender los límites del hombre comprometido con una causa. Una visión individualista termina allí donde muere el individuo. ¿Qué revoluciones americanas se habrían dado si los hombres que actuaron entre 1810 y 1820 en nuestros países se hubieran circunscripto a aquello que verían con sus propios ojos?

Sólo un pueblo que es capaz de sentir la lucha como una misión existencial, como una cruzada que desdibuja los límites de vida y muerte, y aspira a la eternidad, prevalece.

En suma, Mariátegui y el mismo Edgar suscriben una cita que pronuncia Jorge Sorel, en sus Reflexiones sobre la Violencia; “Se ha encontrado una analogía entre la religión y el socialismo revolucionario, que se propone la preparación y aún la reconstrucción del individuo para una obra gigantesca. Pero Bergson nos ha enseñado que no sólo la religión puede ocupar la región del yo profundo; los mitos revolucionarios pueden también ocuparla con el mismo título”.

Y continúa con su reflexión el joven pensador peruano: “Renán, como el mismo Sorel lo recuerda, advertía la fe religiosa de los socialistas, constatando su inexpugnabilidad a todo desaliento.”[…] “A cada experiencia frustrada, recomienzan. No han encontrado la solución: la encontrarán. Jamás los asalta la idea de que la solución no exista. He ahí su fuerza”.

Sin saberlo, Mariátegui presagia la honda filosofía y la fe de Edgar Morisoli, a quien ya debiéramos referir como el poeta de la Esperanza.

* Escritora y docente