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Dictadura, ayer y hoy

Nilda Redondo, Juan Carlos Pumilla y Juan Carlos Martínez, comprometidos en la restitución de la memoria desde sus posiciones ideológicas y acciones sociales, reflexionan juntos, a 43 años de cumplirse el día en que se produjo el último golpe cívico y militar en Argentina.
Andrea M. D’Atri *

La idea fue conversar con tres intelectuales pampeanos que desde sus reflexiones y acciones sociales concretas, con la escritura y la participación activa para restituir la memoria de lo que fue y sigue siendo la Dictadura, se pudiera actualizar en el presente lo acontecido en esos años negros. Años en los que la oscuridad y el odio ganaron a la esperanza, años de muerte y desapariciones forzadas, robos de bebes y por tanto de identidades, y tantas más atrocidades que desde la justicia han llamado de «lesa humanidad». Así es que armamos este ida y vuelta de preguntas y respuestas con Juan Carlos Martínez (autor de La abuela de Hierro y La apropiadora, entre otros), con Nilda Susana Redondo (autora de Genocidio y Sobrevivencia y de De la Conquista del Desierto a la Doctrina de la Seguridad Nacional, entre otros) y con Juan Carlos «Pinky» Pumilla (autor de El Informe 14, entre otros).

-¿Cuáles fueron los acontecimientos relevantes que permitieron reconstruir la sociedad que quedó al finalizar la dictadura?
Juan Carlos Martínez: -El primero de todos, el juicio a las juntas. Al margen del monto de las condenas a los principales responsables del genocidio, lo más importante de todo fue el valor pedagógico que tuvo aquel juicio. Es decir, lo que demostraron las pruebas obtenidas y el testimonio de quienes sobrevivieron al terrorismo de Estado. El mundo entero supo de las múltiples atrocidades cometidas por la dictadura. El tribunal que condenó a las juntas descartó de plano el falaz argumento de que hubo una guerra y calificó lo ocurrido como «un plan criminal». Es claro que no resultó suficiente. Esto quedó demostrado dos años después, cuando se produjo el levantamiento militar que le obligó al gobierno de Alfonsín a enviar al Congreso de la Nación dos proyectos que pretendían, entre otras cosas, legalizar la tortura. Me refiero a las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, aprobadas por el Parlamento. Fue, sin duda, un gigantesco retroceso. Por primera vez, desde la asamblea de 1813, que había anulado los tormentos, se legalizó la tortura bajo el increíble argumento de que los torturadores obedecían órdenes superiores. Aquella amnistía encubierta les dio aire a los autores de semejantes delitos y fortaleció la teoría de los dos demonios que aún sigue siendo defendida por buena parte de la sociedad. Pero la fuerte y permanente presión de los organismos de Derechos Humanos fue decisiva para que en 2003 el mismo Parlamento anulara aquellas leyes arrancadas a punta de fusil.

Nilda Redondo: -Hay que analizar si estamos de acuerdo en que se trata de un genocidio o sólo fue un terrorismo de Estado. Hay quienes pensaron y aún piensan que cesada la dictadura, todo vino a estar parecido a como era antes del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Es una simplificación. Además sólo culpabiliza a los militares golpistas y deja de lado el entretejido cívico militar del golpe que involucra a las cúpulas sindicales burocráticas, las corporaciones empresariales, la oligarquía terrateniente, la estructura jerárquica de la Iglesia Católica, y los partidos del sistema más importantes y numerosos; además y en particular, oculta la connivencia y continuidad del gobierno de María Estela Martínez de Perón y su Ministro de Bienestar Social con los que deviene en terrorismo de Estado.
La represión comenzó en su ritmo genocida con las Tres A, el Comando Libertadores de América en Córdoba, El Comando Moralizador Pío XII de Mendoza, entre otros. Sin embargo, lo peor de todo no fue esto sino que hubo un sentido común extendido que estuvo de acuerdo con la eliminación de los insurgentes y disruptivos. Los vecinos de enfrente, es una manera de decir, lo deseaban; por eso pudo darse la proliferación de campos de concentración a lo largo, ancho y largo de nuestro territorio sin que se inmutara una buena cantidad de personas.
La sociedad que quedó al finalizar la dictadura fue una sociedad que negaba su propia memoria, a sus propias víctimas, que tenía terror a ser subversiva porque su violencia revolucionaria había sido no sólo derrotada militarmente (eso había acaecido antes del golpe) sino que había sido modificada de cuajo el ser de una sociedad solidaria, expectante, en crecimiento colectivo y apasionada. No fue simbólico; la sociedad fue literalmente destripada y sus bienes culturales destruidos, robados, aniquilados, quemados hasta la truculencia de luego negarlo. Y hacer como si nada hubiera pasado.
Por esto, al finalizar la dictadura había que avanzar con la demanda de juicio y castigo a los responsables del genocidio; recomposición de la democracia de base en cada uno de los extenuados tejidos de la sociedad balbuceante; recomposición de los lazos de relaciones humanas entre las personas en cada uno de los territorios acribillados por los responsables del genocidio.
Juan Carlos Pumilla: -Acaso deba ceñirme a la realidad provincial o regional. No es dificultoso el inventario. Porque en la comunidad ideal esbozada hace cuatro décadas en el imaginario colectivo, resplandecía el servicio provincial de salud madurado y eficiente. De igual manera se elevaba el bagaje de los bienes identitarios y por supuesto estarían superadas las dubitaciones sobre el concepto de región.
La generación de los setenta descontaba que las organizaciones solidarias no serían objeto de asedio en su objetivo de consolidar servicios comunitarios. No será ocioso subrayar que en aquel vaticinio la Provincia consolidaría sus derechos hídricos, habría más trigo y menos soja, serían inferiores los niveles de violencia urbana y la educación pública afrontaría sus desafíos de formar privilegiando la verdad histórica y la memoria con sus consiguientes respaldos económicos. Pero además, avanzaría hacia la confección de un nuevo auspicio de un destino mejor y más justo sin ese lastre cotidiano que nos corroe y daña, que lastima y asedia a nuestras doctrinas. Con esa marca invisible que tanto se siente: el miedo, la incertidumbre. Despojados de las contingencias de cuatro décadas, en la sociedad imaginada por nuestros desaparecidos, la utopía estaría a la vuelta de la esquina.
-¿Qué le hizo la dictadura al pensamiento y a las subjetividades?
Nilda Redondo: -Las subjetividades son construcciones sociales; cada uno de nosotros expresa un colectivo. En nuestras sociedades, las subjetividades se expresan en el arte pero también en el día a día, en el cotidiano, en las pequeñas cosas que hacen a los vínculos entre nosotrxs; pero esos vínculos no están en el aire -flotando en el abstracto-; se asientan, en Argentina, en la pesada carga genocida. El horror de que en el seno mismo de una sociedad se haya exterminado a otrxs iguales, a lxs propixs hijxs, a lxs más jóvenes y combativxs en nombre del amor a la patria y contra el comunismo, pesa. En todos estos años yo he encontrado, en determinados momentos, cómo se interpone una densidad entre la mirada mía y la del otro u otra porque descubre que fui peligrosa; también cuando no te quieren escuchar el relato de tu experiencia en la dictadura; de lo que vos sabés o de lo que investigaste. Recuerdo un acto del 24 de marzo en el que repartimos una gacetilla con los nombres de todos los intendentes de la dictadura durante los dos primeros de sus años; además de los integrantes de los falsos consejos deliberantes o comisiones asesoras de los intendentes militares de Santa Rosa y General Pico. Nadie nos quiso escuchar. Era demasiado. Esto es un tipo de subjetividad alienada que se construye a sí misma a partir de la negación de lo real, entendiendo real como lo profundo, lo que hay que descubrir tras la apariencia. Eso creo, ha hecho el genocidio con las subjetividades.
J.C.P.: -Existen múltiples factores, su interpretación está resentida por la ausencia de esas mentes preclaras de la generación diezmada. Nos faltan los Walsh, los Tosco, los Jáuregui. Uno de los principales logros de la dictadura fue introducir en el balance de una generación, el pensamiento de la revolución vencida y, por tanto, en la conciencia de una porción de la militancia germinó la concepción de que había que abandonar ese ideario en función del pragmatismo o el «sálvese quien pueda».
En el resto del núcleo social se abandonó la consideración de las condiciones objetivas para un cambio (hambre, miseria, muerte, entrega) por un fortalecimiento de ponderaciones subjetivas que contrariaban estos presupuestos. Algo muy parecido a lo que acontece en la actualidad. Un niño hurga en un contenedor pero Durán Barbas le dice que lo suyo no es hambre. Ello ha derivado en el florecimiento de analfabetos políticos, al decir de Brecht. Sujetos que opten por obedecer antes que resolver sus dilemas por cuenta propia, desclasados ideológicos que son muy capaces de votar a alguien en contra de sus propios intereses.
Otro logro del absolutismo fue influir para que los individuos renieguen de su cultura, su historia, sus bienes ancestrales, para reemplazarlos por un nuevo paradigma. En La Pampa hubo miles de perseguidos, cesanteados, proscritos, precarizados, se modificó el régimen de la propiedad de la tierra, caducaron bienes productivos, sociales, culturales. A ello sumamos centenares de presos políticos, la mitad de ellos sometidos a tormentos. Medio centenar de desaparecidos, muchos como producto de la inteligencia local, dos niños apropiados y casi una decena de asesinatos en territorio provincial. En términos estadísticos, el nivel de horror supera el de muchos estados argentinos y esta realidad, se haga o no visible, opera indudablemente en la conciencia colectiva.
J.C.M.: -Los daños ocasionados por la dictadura abrieron profundas heridas que aún permanecen abiertas. Nada quedó fuera del sentir, de las emociones o del pensamiento de quienes fueron víctimas o testigos de la barbarie. En realidad, víctima fue el conjunto de la sociedad porque las secuelas del horror vivido, como el miedo, el no compromiso y la indiferencia se proyectaron al futuro. De todos modos, la Argentina ha sabido construir un sólido espacio como pocos países que han sufrido experiencias similares lo han hecho. Me refiero a la defensa de los Derechos Humanos, un logro que tuvo y tiene a las Madres y a las Abuelas de Plaza de Mayo en la primera línea de lucha. Memoria, Verdad y Justicia resume los objetivos contra la impunidad que buscan los autores intelectuales, los ejecutores y los cómplices del plan criminal consumado por el Estado terrorista.

-Pasados 43 años del fin de la dictadura y efectuadas muchas acciones de reconstrucción de la memoria, de juicio y castigo a los culpables -aún no concluido este proceso, claro-, ¿perduran indicios de la opresión?
J.C.M.: -Todavía existen resabios de ese pasado de horror. La memoria histórica sigue siendo una poderosa herramienta contra la amnesia que intentan imponer los sectores que participaron, por acción o por omisión, en todo el horror vivido. Esos sectores, en los que incluyo al gobierno de Mauricio Macri, tratan de minimizar o borrar ese capítulo, generalmente en nombre de lo que ellos llaman reconciliación. Que no es otra cosa que poner en un mismo plano a las víctimas y a los victimarios para terminar con los juicios contra quienes aún permanecen lejos del brazo de la Justicia. No es casual que en este objetivo estén embarcados los grandes medios de comunicación, una de las patas que tuvo el terrorismo de Estado. En el caso de Clarín y La Nación, por ejemplo, a través de la entrega que la dictadura les hizo de la empresa Papel Prensa, arrancada a sus legítimos dueños por medio de amenazas de muerte y torturas, delitos de lesa humanidad que no prescriben. Como lo son la apropiación de dos menores de edad por parte de Ernestina Herrera de Noble, que dejó este mundo hace dos años, impune, como siguen estando los apropiadores de los cuatrocientos niños y niñas arrancados a sus padres biológicos en el marco del plan sistemático del robo de bebés y que más de cuarenta años después continúan viviendo con falsas identidades, como la que viven y vivirán sus descendientes. Como se ha dicho tantas veces, en la apropiación de aquellas criaturas el terrorismo de Estado golpeó a lo más vulnerable de la especie humana, a seres indefensos a los que convirtieron en una mercancía y de esa manera cometieron una de las mayores atrocidades.

N.R.: -Pasados 43 años deben continuarse los juicios a los genocidas sin Obediencias Debidas ni Puntos Finales. Debe avanzarse con la condena a los crímenes cometidos antes de la dictadura por las organizaciones para-estatales amparadas por el Estado; con las condenas que corresponden a los capitalistas que denunciaron a sus obreros y permitieron que los secuestraran para que los dejaran de molestar en relación a su plusvalía; debe restituirse la justicia a los que fuimos obligadxs a renunciar, impedidos de trabajar, echados de los recintos de la escuelas, organismos del Estado, universidades; aquellos y aquellas que no fueron secuestradas o torturadas o prisioneras o exiliadas y sin embargo sufrieron la exclusión y la muerte civil. Eso está por hacerse. ¿Sabés por qué? Porque significaría no sólo mucho dinero -por el sólo hecho de restituir los haberes caídos- sino porque si así se hiciera justicia, se habría reconocido que cuando una práctica social de genocidio se reconoce a sí misma puede revertirse; si lava a contraluz cada uno de los dolores que produjo, la sociedad puede ser otra.

J.C.P.: -Se pueden detectar evidencias cotidianas a poco que uno cruce una calle cualquiera. Los protocolos Bullrich nos remiten no sólo a los Chocobar, se remontan a Osinde y López Rega, prolegómenos del terrorismo de Estado. Persiste el pregón de la Doctrina de la Seguridad Nacional y la teoría de los dos demonios, lo acabamos de escuchar en la formulación de la defensa Baraldini en el juicio Subzona 1.4. Los hay quienes todavía sostienen el discurso de la «isla de paz». Creo que hay algo más; estamos asistiendo en el plano político una especie de protectorado de EEUU gerenciado por el FMI. Si tenemos en cuenta que el proyecto genocida era convertir al país en una factoría no podemos menos que concluir que esas dos etapas se han unido en un puente a través del tiempo. Se produce una contradicción, hemos avanzado cronológicamente pero retrocedido cualitativamente. El antídoto está en la calle, como siempre ha sucedido, desde el mayo libertario hasta este monumental movimiento de emancipación de género, acaso el que con más firmeza propone una perspectiva de futuro. De esta lucha podemos extraer muchas conclusiones. Instituye por ejemplo una invitación a la articulación de la imaginación para proponer escenarios mejores, está anclada en la memoria como redentora de la historia, apela a sus contenidos emancipadores para ejemplificar que está vivo el ejercicio de soñar, requisito indispensable de la utopía.

* Redacción de La Arena