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Dos madres y un “Rally de santos”

LITERATURA – LA NOVELA DE ANGELES ALEMANDI

En la escritura, la autora encontró un cable a tierra para atravesar uno de los momentos más duros de su vida: el cáncer. En el transcurso, su madre desesperada busca curas milagrosas en iglesias y santos.

Gisela Colombo *

En octubre de 2020 salió del horno la primera novela de Angeles Alemandi, periodista reconocida en nuestra Pampa, pero también en su tierra natal, la provincia de Santa Fe. Estudió en la Universidad Nacional de Entre Ríos la carrera de Comunicación Social y ha tenido un desempeño profesional que explica algo de su estilo narrativo y de la fluidez con que se construye este texto.

La novela, titulada “Rally de santos”, narra la experiencia dolorosa de una enfermedad que suele atemorizar mucho más que cualquier otra.

El libro está organizado por un mosaico de raccontos. Algunos regresan a tiempos muy anteriores, como la infancia de la narradora protagonista, o la juventud de su madre.

Se relatan los pasos que van construyendo el cuadro: la noticia del diagnóstico de cáncer y el proceso de tratamiento médico. Pero con mayor interés incluso se indaga el asunto de las emociones, de cómo se abrazan esas experiencias, qué estados van alternando en el espíritu de la protagonista y qué pensamientos la pueblan.

Al tratarse de una novela autobiográfica, el contenido resulta testimonial y quizá genere un auxilio para quienes transitan una enfermedad similar. Lo que es seguro es que no hallarán un testimonio edulcorado ni remotamente. Si pudiera reclamársele algo no será su naturaleza eufemística. Todo lo contrario. Alemandi deja salir pensamientos que habrán de ser cuestionables por la crudeza con que se formulan. ¿Por qué los explicita? Pues porque el texto es dueño de un criterio de verdad innegociable para la autora. Precisamente en esa catarsis es donde halla alivio su psiquis, por lo cual no debe traicionar de ningún modo los sucesos según ocurrieron.

Eso significa que el retrato interior que realiza se libera durante la escritura de sopesar qué es políticamente correcto decir, y qué no.

Santos.

El ingreso de los santos en escena se debe a la actividad devocional de su madre, que durante esos meses acude a los santuarios a rogar por la salud de su hija.

Los sucesos ocurren después del nacimiento de Vicente, hijo de la protagonista. Este no es un detalle menor. Es habitual que al tener un hijo hagamos la revisión del concepto de maternidad, de sus funciones, de las prioridades y el estilo de crianza por realizar. Este hecho pudo haber convocado a la reflexión la relación de la autora con su madre.

Vicente es el que motiva el miedo mayor. El de morir y no poder criarlo.

Un profesional como Rüdiger Dahlke, que trabaja sobre la raíz psicosomática de las enfermedades, diría que tampoco suele ser casual el órgano en que se origina la dolencia.

Pero la autora nos alcanza su “Respondo” antes de que hablemos: “Nada de esto es mi culpa. Enfermos de la cabeza”. Esta “máxima 11” ingresa en el contexto de frases dichas o por decir a quienes interactúan con la narradora. Fórmulas que canalizan la frustración de sentirse incomprendida e irremediablemente sola.

En este sentido, la familia es lo único que le permite un acompañamiento válido. El resto de los comentarios que recibe detonan la furia y actualizan su desprecio por lo que califica de idiotez generalizada a la hora de pronunciar un mensaje de consuelo.

La familia sostiene pero no siempre resulta amena. Tres son las criaturas fundamentales de la obra: la protagonista, que coincide en experiencia con la autora; su madre y su hijo.

Religión.

Las diferencias, no ideológicas sino de cosmovisión, entre madre e hija determinan que ambas deban tolerar con cierto estoicismo una postura que no comparten. “Me enfurecía la ceguera transitoria de mi madre”.

La irracionalidad en esa visión que podría haber sido subjetiva, se aplica a todo pensamiento religioso.

“El Padre I dio instrucciones de que tenía que llevar una medalla de la Virgen en mi teta izquierda y estaría bien. Cuando mi madre me lo contó apreté la carcajada. Pensé que era una ridiculez…”. “El alma herida de mi madre compraba cualquier poción mágica”.

Un Rally .

La idea de “Rally” está relacionada con un traslado a velocidad. En el texto, la expresión surge de boca de la madre y es ella quien recorre como en una carrera desesperaba todos los santuarios que puede.

Edgar Morisoli habría calificado dentro del análisis de esta obra, la historia de la mujer tratándose médicamente por una enfermedad agresiva como el “motivo”. Es decir, lo anecdótico de la historia que se cuenta. Pero en el fondo habría calificado de “tema” algo mucho menos subjetivo. Una polémica que ha recorrido la historia en diversos debates entre pensadores fundamentales. Alguno la nombrará como “ciencia y fe”, pero en este caso lo correcto sería “fe y razón” porque en la perspectiva que prevalece fe e irracionalidad se corresponden como sinónimos.

Aquí el “motivo”, que es la historia de una enfermedad, encarna en los personajes dos cosmovisiones. La madre representa la postura trascendente de la religión, una devoción vista como pensamiento mágico, escindido completamente de la realidad, casi un escape de ella.

Y la protagonista, presta su piel al racionalismo y su consiguiente tendencia al cientificismo.

La paciente, esperanzada también, aunque en el poder de la ciencia.

El texto opone abiertamente ambas cosmovisiones: la del ser religioso, entendido por “religioso” aquello que religa a una raíz trascendente, una inteligencia ordenadora, sin necesidad de que se trate de ninguna confesión en particular. La otra corresponde al sujeto confiado en el poder de la ciencia, cuya raíz es inmanente y no supone ninguna fuerza ni creatura que escape a las leyes naturales comprobables empíricamente (en laboratorio, por medio de los cinco sentidos).

El racionalismo empírico suscita dos alternativas posibles: la primera es la de creer que aquello que no se manifiesta físicamente no existe. Asimilable en términos de la existencia de Dios al ateísmo. Pero una postura más moderada será la de creer que, más allá de que exista esa inteligencia ordenadora, el hombre es incapaz de conocerla por medio de la razón, a la que los defensores de la postura juzgan como única herramienta intelectual confiable.

A ésta última parece adherir, por momentos, la obra. Y la concepción podría calificarse de “agnóstica”. No niega que pueda existir algo más allá, sino la capacidad del hombre para conocerlo, acción que en esta visión es sinónimo de “comprobar”. Todo aquello que no se percibe ha sido arrojado al olvido bajo el mote de creencia primitiva de sociedades sin ciencia. Tal fue la concepción racionalista que irrumpió alrededor del siglo XVII y prevalece hasta hace muy pocos años.

Un punto fuerte del texto es la veracidad con que se incluyen argumentos en contrario a los que la protagonista y autora explicita. Este hecho responde a lo que ya mencionamos como adhesión irrenunciable a la verdad desnuda.

El punto más alto de crudeza es el relato de la sesión de quimioterapia donde una mujer que recibe el tratamiento se queja de dolor. Y entonces, la narradora confiesa: “Quise ir y gritarle cosas. Se me reía en la cara, para mis 32 años su lloriqueo era un insulto, vieja ingrata que ya lo había vivido todo”.

Circularidad.

Pero hay un giro que nos regresa al principio. El primer capítulo lleva el nombre de “34” que sería la continuación del último, que es el “33”. Este paratexto certifica que partiremos con la conclusión de todo el proceso y nos ordenaremos a ver la transformación.

El niño, un año después de la enfermedad de la protagonista, sufre una caída por las escaleras del edificio. “Vicente se despertó unos segundos después. A las horas supimos que milagrosamente no tenía nada más que ese moretón bajo el ojo izquierdo. Ahí recién lloré. No paré en diez noches. El susto, la calma violentada, la certeza de fragilidad, tumbaron una ficha más: me dolió mi madre. Y entendí, de una vez y para siempre, su rally de santos”.

En suma, la historia apunta a narrar la reconciliación de la protagonista con su cuerpo que es, simbólicamente, la reconciliación de la protagonista con su madre y el pensamiento “irracional” que maneja. Acaso es preciso ser madre y ver sufrir a un hijo para comprender que no sólo somos sujetos que razonamos. “El es yo. Quién mierda dijo eso de que los hijos no nos pertenecen, si él es yo”.

La circularidad que inicia la obra denota una cadena de madres e hijos, que reeditará las mismas impresiones, los mismos interrogantes y una posibilidad de comenzar a creer, en algunos casos. Aquello se repetirá millones de veces, ante estímulos penosos, y resultará como una de las más estridentes invitaciones a replantearse las cuestiones trascendentes.

El problema de la cadena a quien se suma uno cuando conoce el temor por un hijo es que sostiene una visión de religión esencialmente no religiosa. Todo se trata de la necesidad de aferrarse a algo que tenga cierto poder sobre lo que vivimos. En rigor, éste es uno de los argumentos que esgrimen los detractores de las religiones: el sentimiento de devoción surge, para ellos, de una necesidad humana y no de una realidad objetiva. Santo Tomás, desde su filosofía realista, diría que la existencia de Dios es indiferente a si el hombre lo conoce o cree en él. Existe antes de que el hombre existiera y no depende en nada de él. En esta perspectiva, en cambio, Dios surge de una sensación humana. Ese es otro de los debates que atraviesan la historia aunque nuestras limitaciones, de espacio y de pericia, evitarán que nos detengamos en esto.

La indagación por la condición de madre atraviesa todo el texto. Y en este caso, la autora reconoce que esa es la cuestión que procesa mediante esta experiencia.

[Refiriéndose a su madre] “La mía la tenía clara con las letras y eso es como la fea: divino, aunque no se sabe muy bien para qué sirve. Esta es la pregunta que me hacía antes de esta experiencia.”

Estilísticamente, la autora muestra además de fluidez, una maestría en el arte de la metáfora, a la que usa casi siempre con una intención desacralizante. Ejemplo de ello, es esta cita en que la madre trae una imagen de la virgen y al buscarla en la cartera, “en sus ojos de pollo mojado, pollo asustado, pollo que ve venir al dueño del criadero a partirle el cuello para hacerlo guiso, y no me quedaron dudas: mi madre creía en eso”.

El estilo hace llevadero un tema tan áspero que, de otro modo incomodaría y nos sumiría en los miedos y los malos recuerdos. La utilización del lenguaje de la calle produce un efecto de oralidad que se acentúa por los giros idiomáticos particularmente contemporáneos que, como encierran un toque de humor, alivianan de sacralidad y tragedia la materia relatada.

En fin, la novela es un objeto atractivo, entretenido pero de ningún modo anodino. Nos impulsa a reflexionar cuestiones que subyacen en el inconsciente de nuestras sociedades como un triunfo del afán moderno del hombre por escapar a las angustias y evadirse tanto de la pena como de la muerte.

* Escritora y docente