Inicio Caldenia El agite por la CPE

El agite por la CPE

«El proceso de gestación de la cooperativa popular de electricidad de Santa Rosa Ltda. La Pampa». Así se llamó el artículo publicado en la revista Idelcoop que escribió el fundador de La Arena, Raúl Isidoro D’Atri, de quien se cumplen 25 años de su muerte.
Raúl Isidoro D’Atri *
Fue en el año 1931, en que se gestó un movimiento vecinal con el objetivo original de gestionar ante la concesionaria del servicio eléctrico, una rebaja en el precio del kilowat (por entonces en $ m/n 0,45) y la supresión del alquiler mensual de $ m/n 0,50 por el medidor. La empresa era de origen norteamericano, la Sudamericana SUDAM. Con este movimiento, culminaba un proceso de agitación popular. Una delegación popular viajó a Buenos Aires a la sede de la SUDAM, y allí se encontró con la proverbial torpeza de los yanquis: Empleados de la compañía atendieron displicentemente a los vecinos, a quienes ni reconocieron personería para el reclamo, obviamente rechazado. Eso fue el desideratum; fue la semilla de la Cooperativa.
Volvió la delegación a Santa Rosa con todo su orgullo herido. En la asamblea popular durante la que volcó su informe, se planteó la iniciativa de formar una sociedad anónima ciudadana, como se hiciera exitosamente en Trenque Lauquen, para hacerse cargo del servicio. Otro grupo de vecinos, de corrientes más progresistas, postulaba la forma cooperativa. Así fue que en la asamblea decisiva -como todas, con concurrencia masiva- triunfó la tesis de la cooperativa, por ser el sistema de organización económica que posibilita el ingreso de todo usuario de diversa condición social.
A partir de entonces, la misma gente autora de la iniciativa de creación de una usina popular -faltaban cuatro años para el vencimiento de la concesión municipal a la SUDAM- prosiguieron lentamente con las gestiones; descuidaron la organización de la cooperativa, cuya creación ya se había decidido; pero dejaron transcurrir el tiempo sin capitalizarse y gestionaron prematuramente el otorgamiento de la concesión a la cooperativa. Tenían la expectativa que, con la concesión municipal en mano, iban a conseguir en Buenos Aires las máquinas y los equipos en las empresas proveedoras.
Un comisionado, don Armando Marchissotti, les había dicho que él no tenía ningún problema: «Mañana mismo les doy la concesión». Luego, en las elecciones de 1932, suben los socialistas a la comuna. Tras un conflicto interno se hace cargo de la presidencia del Consejo Deliberante el Dr. Adolfo Corona Martínez. Yo me hago cargo de la secretaría. La comisión vecinal se entrevista con Corona Martínez y le plantea que el anterior Consejo había prometido la concesión. Corona les dice que no hay ningún problema: «Lo único que ustedes tienen que hacer y debieron haber hecho inmediatamente después de la asamblea en que se resolvió crear la cooperativa, es la gestión de la personería jurídica, porque la Municipalidad no le puede dar concesión si no es un ente jurídico». Se retiraron tremendamente ofendidos…

La primera trampa.
Inmediatamente se ponen a la tarea de lograr la personería jurídica y la obtienen. La Municipalidad no les opone reparos porque no había usina ni había un «corno» y se les dio la concesión. ¡Un día vino un tipo y les promete poco menos que traerles usina en bandeja! Durante 6 ó 7 meses enervó totalmente al directorio de la Cooperativa, que finalmente llega a la conclusión que era un agente que venía simplemente a impedir que la cooperativa concretara su usina. No es ese el único detalle que mostraba que la entidad se desenvolvía en una nebulosa, sin atinar a darse firmemente un objetivo, una organización dinámica, formal, funcional. Esta situación es recogida por uno de los diarios que más apoyo y auspicio le brindó a la cooperativa, un apoyo conciente, inteligente: «La Arena». Que no tenía impedimento en ir marcando las falencias de esta empresa. De tal suerte, que llegó un momento crítico en que el diario reclama la convocatoria de una asamblea extraordinaria para informarle al pueblo cuál era la real situación que podía conducir al fracaso del proyecto, habida cuenta que se iba marcando inexorablemente el fin de la concesión a la SUDAM. El Directorio no tuvo otra alternativa que convocar a la Asamblea.

¿De qué árbol?
Estamos en 1933 ó 1934. La Asamblea marca un hito histórico en esta aventura comunitaria. La concurrencia fue masiva. Me acuerdo que íbamos para la asamblea, cruzando la plaza, un grupo de vecinos, entre ellos don Domingo Gentile. Iba mirando hacia arriba, como buscando algo.
-¿Qué anda mirando, don Domingo?, -le preguntamos.
-«Estoy buscando de cuál de estos árboles nos van a colgar hoy» -fue la respuesta que sintetiza el estado de ánimo de la gente y de los propios protagonistas.
Previamente, se había gestionado la colaboración de uno de los vecinos de mayor predicamento en el medio, para que, luego de explicadas por el Directorio las causas que iban a conducir al fracaso, apelara al vecindario para que ratificara su voto de confianza en los directivos. Ese vecino no era otro que Alfonso Corona Martínez. Existía la versión que las nuevas autoridades municipales -los socialistas habían perdido la elección- no iban a ratificar la concesión a la cooperativa, porque ésta no tenía absolutamente ningún establecimiento para asegurar el servicio. Y la ratificación de la concesión iba a ser decisiva para reemprender la marcha.

«Qui toca muore».
El orador, que era Corona, obtuvo repetidas muestras de aprobación cuando destacó las condiciones morales de los directivos de la cooperativa; no eludió el tema crucial de la concesión, supuestamente amenazada por las nuevas autoridades. Apeló entonces a una anécdota. Estando él en Italia, le llamó la atención unos cartelitos en todos los postes de la línea de alta tensión. Se trataba de una advertencia que se le hacía a la gente, poco habituada a los peligros de la corriente eléctrica. El procedimiento era elocuente, sencillo, al alcanzar a todas las mentalidades. Los cartelitos rezaban: «Qui toca muore». Es decir, el que tocaba el cable, moría. «Y eso podía repetirlo en este momento acá en Santa Rosa -dijo Corona- quien toca la concesión a la cooperativa, muere». El efecto fue electrizante, valga la metáfora. El pueblo allí reunido cerró esta expresión con un prolongado aplauso y aclamación, de varios minutos, que determinó que el titular del Consejo Municipal solicitara la palabra y se comprometiera, en presencia del vecindario, a ratificar la concesión en la primera reunión del Consejo.

Superusina y trilladoras.
Contemporáneamente, la poderosa empresa yanqui detentadora del servicio, que nunca creyó -pensando lógicamente- que pudiera concretarse el sueño de la usina propia, emprendió la tarea de montar una superusina en Santa Rosa. Esta usina llegó a instalarse en un moderno edificio donde se colocaron tres poderosos grupos electrógenos, faltando pocos meses para el vencimiento de la concesión.
Ante la inminencia del vencimiento de la concesión a la SUDAM y la imposibilidad, en ese tiempo, de montar una usina que permitiera a la cooperativa hacerse cargo del servicio, se recurrió a montar una usina de emergencia con viejas generadoras y obsoletas máquinas trilladoras. En el patio del taller de don Juan Savioli, se organizó entonces la famosa usina de las trilladoras. Un diario metropolitano, La Nación, envió un redactor a Santa Rosa, quien hizo una crónica de casi una página que tituló: «El Milagro de la Usina de las Trilladoras». Era en 1935. El vecindario se aprestaba a vivir el momento culminante del término de la concesión a la empresa yanqui, que había anunciado su propósito de interrumpir el servicio al filo de la medianoche del 30 de septiembre de 1935.

El pueblo en la calle.
El pueblo se había volcado a las calles de Santa Rosa, donde se había implantado un no declarado estado de sitio por parte de las autoridades gubernativas, que no disimulaban su simpatía por la empresa yanqui. Se había ordenado el cierre de todos los lugares públicos, cines, confiterías, etc. Ello determinó que la concentración vecinal, pese a la actitud provocativa de la policía, se reuniera en la Municipalidad, y desde allí, a las 12 de la noche en punto, se volcó a las calles ciudadanas para vivir el momento culminante.
Producido el corte, hay un «suspense» por el tiempo necesario para conectar los cables a la usina de las trilladoras. En verdad, si no fuera por el grado de conciencia vecinal, el resultado hubiera decepcionado a cualquiera. Porque lo que se vio y escuchó fue decepcionante. En la quietud de la noche, se oía el jadear de las trilladoras, y el resultado era una corriente tan débil, que apenas alcanzaba a colorear el filamento de las lámparas.
Con el correr de los días, se puso de manifiesto la buena voluntad y predisposición tanto de los encargados de hacer funcionar la usina, como de los usuarios, que se allanaban a soportar los frecuentes cortes de luz. La insuficiencia de la energía obligaba a rotar las zonas a las que se suministraba electricidad, y durante el día se resignaba la gente a no encender ningún artefacto para que el comercio y la industria pudiera tener energía. Eso, siempre con el concurso de algunos diarios que estimulaban a los vecinos. El movimiento vecinal soportó de pie la hostilidad gubernativa y la insidiosa campaña de otros órganos periodísticos, como la existencia de saboteadores que enviaban a tierra la corriente. Por supuesto, lo que relatamos desbordó al órgano directivo de la naciente cooperativa.

«Peor el remedio».
Durante los primeros meses de funcionamiento de la usina popular, una empresa financiera metropolitana, la Sincomaco, obtuvo un contrato con la cooperativa, mediante el cual se comprometía a instalar y financiar una moderna usina. Lamentablemente, la buena fe de los vecinos del Directorio les hizo firmar poco menos que en barbecho, un contrato cuyas condiciones iban a ser muy difíciles de cumplir. Fue peor el remedio que la enfermedad, porque Santa Rosa, que venía luchando contra una poderosa empresa que, de todos modos, tenía capacidad técnica y económica para hacer funcionar una superusina, iba a caer en manos de una empresa insolvente, que en modo alguno podía asegurar ninguna clase de ventajas.
Se produce entonces, por decisión de los integrantes del Directorio, una renovación casi total del organismo. Los directivos fueron a verlo al Dr. Corona, concientes de que lo habían venido marginando, y le proponen la presidencia. Corona acepta, pero no por la vía de una renovación, sino por la renuncia de la totalidad de los miembros del Directorio. Como estaban entre la espada y la pared, tuvieron que aceptar.

El muerto queda acá.
Cuando se produce el traspaso, los salientes quisieron darle al acto un carácter solemne, acartonado. Desearon éxito a las nuevas autoridades, y manifestaron su deseo de retirarse enseguida, porque tenían que asistir al velatorio de los restos de un vecino caracterizado del medio. Entonces responde el nuevo presidente: «Que fueran nomás, pero que fueran pensando que el ‘muerto’ lo dejan acá»… Corona eligió sus colaboradores pero nos dijo de entrada: «Aquí hay que trabajar mañana, tarde y noche, a cualquier hora y dispuestos a reunirse todos los días». Era la única forma de darse un plan de trabajo que pudiera sacarnos de estar sumergidos. En esas circunstancias, la acción de Corona hizo que renaciera la confianza de todo el vecindario. El nuevo directorio se debatía en medio de esa maraña de problemas… La usina nueva que se estaba construyendo, la vieja que cada vez andaba peor. Sincomaco, que era nomás una empresa insolvente, «se borró». La cooperativa entró en relación directa con la empresa holandesa Westhpoor, que estaba proveyendo los motores a la Sincomaco, y mandaron uno de sus directores porque estaban preocupados por los acontecimientos. Lo demás, lo que sigue durante más de cuarenta años, es conocido; son conocidos los resultados.
La Cooperativa Popular de Electricidad de Santa Rosa es una de las instituciones rectores en el país, que ejerció durante muchos años la presidencia de la Federación Argentina de Cooperativas de Electricidad (FACE). Su gran solvencia y organización -que se afianzaron durante muchos años con el concurso de otro personaje clave, el ingeniero Santiago Marzo- le permitieron incursionar en los más diversos y esenciales servicios a la comunidad, no ya santarroseña, sino zonal: Electrificación rural, primera planta pasteurizadora pampeana, fraccionadora de gas licuado, fábrica de columnas de hormigón, venta de artículos del hogar, financiamiento -mediante el ahorro popular- de obras cloacales, agua potable, pavimento y cordón cuneta entre sus actividades más importantes.
Desde Santa Rosa, la iniciativa se proyectó a todo el ámbito pampeano, y de la mano de esta cooperativa «madre», a los pocos años se constituyeron entidades similares en la casi totalidad de los pueblos pampeanos, cuyo servicio eléctrico pasó a cargo de las respectivas cooperativas.

Moraleja.
Por el año 1950 -creo- la FACE convocó a un congreso de cooperativas en Cipolletti para propiciar la formación de un movimiento cooperativo en el Alto Valle del Río Negro. Tras los discursos de rigor, un concurrente pide que hable el representante de «la heroica usina de las trilladoras» (que era yo). En honor a la verdad, debí despojar a la leyenda de algunos atributos inconvenientes para el propósito de la Asamblea. E insté a los vecinos del Valle a que se abocaran inmediatamente a la tarea de organizar su propio movimiento, sin pérdida de tiempo, para que no se vieran precisados a apelar a una usina precaria por demora, desidia, imprevisión. (Revista de Idelcoop, año 1984, volumen 11 N° 40)

* Periodista, creador y miembro de la CPE (1907-1994)