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El amor de Eros y Psique

Se trata de una de las historias más profundas de la mitología, la de Eros y Psique. El camino recorrido desde la pulsión instintiva sexual, a la conversión de esos impulsos más bajos, al amor más alto.

Gisela Colombo*

Varias veces hemos observado desde esta columna los matrimonios que refirieron los mitos. Urano y Gea, que representan el principio espiritual y material que hay en todo lo creado; Cronos y Rea o la necesidad de que se cumpla un proceso que alterne entre el tiempo y la capacidad natural de crear algo nuevo. El de Zeus, infiel y la celosa enfermiza de Hera.

Pero en esta oportunidad atenderemos al amor entre Eros y Psique.

Eros, que representa esa atracción inicial y física, voluptuosa y sensual que suele iniciar todo romance, era eso, sólo un punto de partida. Y Psique fue el modo en que los griegos dieron nombre al alma, al ser consciente.

Psique era una princesa tan virtuosa y bella que ningún hombre podía evitar enamorarse de ella. En determinado momento, recibió un oráculo. Se casaría con una criatura monstruosa. Sus padres la llevaron a la cima de una montaña para que ocurriera allí su himeneo. Ahí la abandonaron, pensando que no volverían a verla.

Psique, cansada de esperar a quien no conocía, se quedó dormida. El Céfiro, que era el viento del Oeste, la levantó y la llevó hasta un valle. Al despertar quiso Psique saber en dónde estaba y se internó en un bosque donde comenzó a escuchar, como si fuera el soplido del viento, que un palacio suntuoso le pertenecía y la estaba esperando. El resultado fue que esa misma noche dormía en la cama de la recámara principal. Cuando la oscuridad invadió todo, un sujeto se filtró bajo sus sábanas y la poseyó. Ambos notaron cómo hacían feliz al otro con sólo entregarse.

La envidia de las hermanas.

Afrodita, su suegra y competidora, sintió la amenaza de esa belleza mortal y comenzó a tomar cartas en el asunto. Unos días después, alertadas por las novedades, las hermanas de Psique acudieron al palacio y sufrieron la mordida tajante de la envidia. La insidia las llevó a convencer a Psique de que debía descubrir quién era en realidad su amante. Lo que hizo fue aguardar que el cansancio venciera a Eros y luego encendió una farola que iluminó su cara. Lo que vio fue tan extraordinariamente glorioso que no fue capaz de despertar de esa contemplación. Eros sí volvió a la vigilia y la descubrió en plena traición.

Varias versiones hay de la resolución de este asunto. Pero las más esperanzadas cuentan que Eros escapó en el instante en que la vio. Y Psique comenzó la búsqueda de su amado para reparar en algo los frutos de su curiosidad. Pero Eros, que ya no podía renunciar a ella por el amor que sentía, visitó a Zeus y le pidió que le diera inmortalidad a Psique para que pudieran amarse para siempre.

Zeus le concedió el deseo y desde entonces ambos permanecen juntos. Han tenido una hija llamada Hedoné, que remite al hedonismo, a la capacidad de hallar el placer saludablemente, sin los excesos que, por serlo, provocan a la larga dolor.

El mito de Eros y Psique es de los más profundos de la mitología, porque se entiende como el itinerario que se hace desde la pulsión instintiva sexual y la conversión de esos impulsos más bajos al amor más alto.

Instinto e intelecto.

Marsilio Ficino, en las glosas que hace de El Banquete de Platón menciona amores descendentes y ascendentes. Los que se quedan en el goce carnal denigran la naturaleza humana y la reducen a puro instinto de conservación. El objetivo de hacer ascender ese amor hacia formas más espirituales aparece en las pruebas que ambos amantes tienen en el mito. Para que haya amor verdadero, es preciso que tanto el instinto, el Eros, como la Psique, el intelecto, participen. Es preciso un equilibrio entre la atracción física y la atracción espiritual, aunque sea la mente quien elabora nuestros valores estéticos. Según Platón el amor es una vía de ascensión. Frente a la belleza podemos arder en un deseo decadente o aprender a sublimar para, amando, ascender. Purificar el alma. El amor material será el primer momento, pero lo trascendente llegará cuando se le una la contemplación espiritual, cuando los amantes logren fusionar sus almas además de sus cuerpos.

Para los Fedeli d’amore, una secta a la que pertenecieron tanto Dante cuanto otros tantos poetas, todo proceso amoroso reproduce los amores entre el ser y el saber, a quien ellos llaman “Madonna Intelligenza”, verdadero norte de la humanidad.

No se trata de negar los placeres (Hedoné) sino de que respondan no sólo al instinto sino también a las tendencias más altas de la condición humana.

*Escritora