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El amor libre, Eros y anarquía

El anarquismo reivindicó de manera absoluta la libertad y la autonomía. Esta nota tiene que ver con las concepciones anarquistas respecto del matrimonio, la unión libre, la libertad de la mujer y la sexualidad.

Nilda Redondo*

El anarquismo no admitía órdenes superiores ni instituciones que significasen opresión; así es como rechazaba al Estado, a la idea de un Dios o ser superior, a los patrones. Todo lo que emanase del Estado era considerado oprimente y represivo: la escuela, el matrimonio, la policía, la justicia, las elecciones, el parlamento.

Su sociedad utópica iría a surgir cuando, catastróficamente, el mundo fuera desmoronado a través, por ejemplo, de una huelga general, y pudiera surgir una nueva sociedad basada en comunidades autogobernadas y asentadas en la solidaridad de los libres. Ellos rechazaban también la idea de nación porque unía lo que estaba enfrentado: patrones y proletarios, jerarcas y oprimidos.

Si bien no desarrollaron el concepto de la lucha de clases como motor de la historia, concepción trabajada intensamente por Marx a partir del Manifiesto Comunista (1848), en los hechos defendieron la solidaridad de las clases sociales oprimidas y explotadas del mundo.

Amor libre, unión libre.

El aspecto que vamos abordar en esta nota tiene que ver con las concepciones anarquistas respecto del matrimonio, la unión libre, la libertad de la mujer, la sexualidad. Me voy a focalizar en textos compilados por Osvaldo Baigorria y publicados en 2006 con el título de El amor libre. Eros y Anarquía. 

Los y las anarquistas rechazan el matrimonio por tres razones: cuando lo consagra una ceremonia religiosa, porque no creen que exista ser divino superior a la voluntad de los hombres y las mujeres; cuando lo consagra el Estado también, porque el Estado es para ellos opresor, pertenece al poder de la burguesía; además porque en la época del auge del anarquismo, era concebido como de por vida: “hasta que la muerte los separe” y esto no se acomodaba a la naturaleza de los seres según su perspectiva.

En el seno del anarquismo se desarrollaron tendencias feministas que plantearon la libertad de las mujeres de unirse cuando lo desearan y desunirse también cuando el amor hubiera llegado a su fin. Asimismo se trabajó la posibilidad de tener varios amores a la vez, esto tanto para el hombre como para la mujer. Estas tendencias polemizaban con los anarquistas que defendían la unión libre en cuanto a estar libre de ceremonias estatales y/o religiosas, pero luego mantenían en sometimiento a la mujer en el seno de la relación.

El tema de tener varios amores a la vez era motivo de reflexión y de polémica; estaba ligado a la idea de la comunidad y a la decisión de si se tenía hijxs fueran cuidados por esa comunidad. Se trataba de reivindicar la libertad pero no la irresponsabilidad. De todas maneras estas concepciones y prácticas estaban muy racionalizados por el dolor que podía producir en el otro o la otra, como se evidencia en el texto de Giovanni Rossi (1856-1943), Cardias, “La colonia Cecilia”, una experiencia comunitaria llevada adelante entre 1890 y 1894, en Brasil. 

En general, estas reflexiones se centraron en las relaciones heterosexuales. Por lo menos, en los textos seleccionados no aparece la posibilidad de la relación homosexual.

En Argentina.

Es significativo que en el anarquismo se haya dado este debate porque en esa época –dos últimas décadas del siglo XIX y primeras del siglo XX– en el resto de la sociedad en Argentina por ejemplo, la mujer era considerada un objeto de posesión del hombre: tanto en el mundo indígena, por lo menos en el seno de la cultura mapuche organizada en torno a cacicazgos viriles; entre los pobres del campo: los gauchos; la oligarquía terrateniente, tanto en relación a sus mujeres ‘damas’ como a las demás mujeres que formaban parte de su hacienda.

Podemos afirmar que fue en el seno de la clase obrera, trabajadora y oprimida de las ciudades, donde se desarrollaron las primeras prácticas y reflexiones libertarias en relación al amor y la sexualidad. Las reflexiones provenían, inicialmente, de intelectuales revolucionarios europeos afines al anarquismo o al socialismo y tuvieron carnadura sociopolítica muy extendida en Argentina, Uruguay, México, Brasil y Estados Unidos de Norteamérica. 

Los pensadores anarquistas europeos más reconocidos fueron Mijail Bakunin, Enrrico Malatesta, Piotr Kropotkin, Pier Josep Proudhom, entre otros.

Tres autoras anarquistas.

Los textos en los que centraré ahora, los de tres autoras, son similares y a la vez diversos y eso muestra un pensamiento y una praxis vital en movimiento.

Pepita Guerra, en “No os caséis”, no espera el máximo de libertad para el presente y ese máximo de libertad es el amor libre, entonces opta por mantenerse sola, y advierte de manera elusiva, que si quedara embarazada no abortaría para guardar las apariencias de honestidad, como lo harían las ricas. Es un texto publicado en La Voz de la Mujer en 1896.

María Lacerda de Moura (1877-1945), una feminista anarquista brasileña, en “Feminófobos y feminófilos”, critica la postura de un sector de anarquistas, incluso del propio Kropotkin, respecto de su conservadurismo en relación a la unión monógama y la familia. Dice: “son libertarios que tienen las ideas de mi abuela” (2006: 55). Reivindica la posibilidad de “darse libremente a varios hombres a causa de predilecciones sentimentales, de afinidades electivas o por otro motivo cualquiera”. Sostiene que esto no es una “afección venal” porque “lo que es afección no puede ser venal” (55). Concluye su texto señalando que la incorporación femenina a las luchas no será efectiva mientras exista “el monopolio del amor” (58).

La carta de América Scarfó, compañera de Severino Di Giovanni, es muy importante porque ella afirma que la libertad respecto del amor debe ejercerse en el presente, antes de lograr la sociedad futura. Un pensamiento revolucionario y libre porque subvierte las prácticas vitales e institucionales en el mismo momento en que resuelve elegir según sus principios y sus deseos. Es una carta escrita cuando ella tenía 16 años, el 3 de diciembre de 1928, al camarada E. Armad. (1862-1963), anarquista individualista y activo intelectual por el amor libre. En ella pide consejos debido a las críticas que recibe, incluso de otrxs anarquistas, por su relación con Severino; Armand le contesta: “Nadie tiene el derecho de poder juzgar vuestra forma de conducirte, aun en el caso que la esposa de tu amigo fuera hostil a esas relaciones. Toda mujer unida a un anarquista (o viceversa) sabe muy bien que no deberá ejercer sobre él o sufrir de parte de él una dominación de cualquier orden” (2006: 99).

Armand, en “El amor entre anarcos sindicalistas” había dicho a los celosos convencidos de que los celos son una función del amor, que “el amor puede también consistir en querer, por encima de todo, la dicha de quien se ama, en querer hallar alegría en la realización al máximo de la personalidad del objeto amado” (2006: 70).

*Investigadora. Facultad de Ciencias Humanas, UNLPam.