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El árbol del Gualicho

GEOGRAFIA – LA HISTORIA DE UN ALGARROBO

Al sur del río Colorado, donde el monte es cada vez más escaso, un aislado algarrobo fue motivo de respeto para los indígenas que por años transitaron la rastrillada. Lo llamaban “el árbol del Gualicho”; y hasta Charles Darwin escribió sobre él.

Omar N. Cricco *

El espinal, el Mamüll Mapú araucano, el “País del Monte”, ese territorio que separa las pampas de la aridez norpatagónica, llega al océano Atlántico en los partidos bonaerenses de Villarino y Patagones. Precisamente en este último, al sur del río Colorado, donde el monte es cada vez más escaso, un aislado ejemplar sobresaliendo solitario en el entorno, un algarrobo al parecer, fue motivo de respeto y reverencia para los indígenas que por años transitaron la antiquísima rastrillada.
El escritor escocés Robert Cunninghame Graham, en sus andanzas zonales y en ruedas de fogones, seguramente escuchó referencias al mítico “árbol del gualicho” y lo ubica sobre el camino a El Carmen, precisamente allí donde la Sierra de la Ventana deja de verse, en sus propias palabras donde esta “semeja apenas una niebla azul en el horizonte”. Detalle equivocado, pues quien hoy día recorre la ruta nacional 3 por lo que fue la antigua rastrillada indígena entre Carmen de Patagones y Bahía Blanca, sabe que las Sierras de la Ventana recién se visualizan bastante más al norte del río Colorado tal cual lo hizo notar en sus crónicas Charles Darwin.
El padre Raúl Entraigas refiere que ya en mayo de 1780, al regreso del primer reconocimiento terrestre de la boca del río Colorado, el piloto español Basilio Villarino y su gente “admiran los algarrobos”, aunque no distingue específicamente al árbol que nos ocupa.

Primeros escritos.
Es recién hacia 1822 cuando aparecen las primeras referencias escritas al mismo, que corresponden a Francisco Javier Muñiz, quien por entonces habría estado en Patagones. En sus escritos etnológicos, publicados por Félix Outes recién en 1917, Muñiz describe al árbol como “el dueño de los caminos” al que los indígenas, sus adoradores, no se acercaban de noche “ni a una legua de distancia”. Las múltiples ofrendas, nos dice aquel ilustre médico, hacen que “presente ese árbol una vista muy extraña”.
El naturalista francés Alcides D’Orbigny, quien estudiaba la zona, realiza en persona una excursión para conocer el famoso lugar en abril de 1829 y lo describe en términos similares a Muñiz, aunque agrega el detalle de los numerosos esqueletos que testimoniaban el sacrifico de caballos. Al árbol –al que identifica como un algarrobo–, lo detalla igualmente cubierto de distintas ofrendas que le dan un aspecto de “triste baratillo, deshecho por los vientos”.
Para D’Orbigny, “esa creencia data, sin duda, desde hace mucho tiempo y sería difícil encontrar su fuente” y, seguramente considerando lo aislado del árbol en tan inhóspito paisaje, asegura que “es completamente lógico que los pueblos nómades traten de tornar favorable a los desiertos, donde la sed y la fatiga pueden hacerlos morir”.
Como curiosidad de ese día que ya terminaba, el naturalista decidió pernoctar en el lugar y aunque su acompañante, que en un primer momento no había dudado en intentar apropiarse de algunas ofrendas indígenas por nada –relata D’Orbigny– quiso acompañarlo y se mantuvo inquieto y alejado toda la noche.
En agosto de 1833, durante la campaña militar de Rosas, el agrimensor Feliciano Chiclana pasa por el árbol midiendo la rastrillada hacia Patagones y describe: “llano, muy poco monte, pastos duros en partes, hasta el pasaje conocido por Gualichu, que es un algarrobo negro, corpulento como de 9 pies de circunferencia en el tronco, al que los indios rinden homenaje de toda especie; se ven aún muchas de sus ramas con pedazos de trapos, cintas, cerdas, etc. que en su tránsito acostumbran dejar”. Curiosamente una semana más tarde y en sentido contrario pasa Charles Darwin y deja su relato, el cual a pesar de no diferir de los realizados hasta entonces, es quizás el más conocido y referenciado.
La campaña al río Negro de 1879 traslada el eje de atención y la ruta a Patagones quedó en general marginada. Las referencias son menos frecuentes; sin embargo algunas décadas más tarde, entre los últimos relatos sobre la presencia del curioso árbol, pueden mencionarse los testimonios del sacerdote Pedro Bonacina y el del escritor Alejo Peyret.
Ambos lo refieren como un algarrobo, mientras que Bonacina lo presenta como un lugar de reunión, un oráculo –función que quizás nunca tuvo–, Peyret –quien como inspector de Colonias de Juárez Celman, visitó la zona de Bahía Blanca– lo destaca en la “monótona” travesía a Patagones y comenta cómo todavía perdura el rito por 1890, ya que “se ha transmitido a los civilizados y subsiste hasta la fecha” pues “el mayoral de la diligencia, que hace el servicio de Bahía Blanca a Patagones, no deja de preguntar a los pasajeros si quieren colgar alguna prenda de las ramas del árbol del Gualicho”.

La ubicación.
Con el tiempo, con los nuevos actores que trajo la colonización zonal, el recuerdo se fue perdiendo junto con los protagonistas de aquel mundo indígena-criollo; seguramente el árbol concluyó como leña, ajeno ya a un paisaje en rápida transformación.
En cuanto a su posición exacta, para Muñiz, el primero en ubicarlo, “es un algarrobo grande que está a trece leguas de Patagones en el camino de los indios”, hecho que personalmente confirma D’Orbigny poco después en su marcha al sitio, por quien sabemos además que se hallaba entre los primeros y segundos pozos, tres leguas después de la laguna de la Querencia.
En 1833 el agrimensor Chiclana dejó una prolija poligonal, medida a cadena, que vinculaba el campamento del Colorado con Patagones y en la cual una de sus estaciones fue precisamente el mítico algarrobo.
En concreto, el sitio se encontraría actualmente en el partido de Patagones, no muy lejos de la ruta 3, unos doce kilómetros hacia el sudoeste de la Estación Stroeder, hecho que puede confirmarse con la antigua Carta de la Provincia de Buenos Aires de 1890. En este Registro Gráfico de las Propiedades Rurales elaborado por el Departamento de Ingenieros, el árbol aparece ubicado en el lote 97. Al replantear hoy el sitio, vemos que se halla a unos 66 kilómetros de Patagones, aquellas trece leguas referidas por Muñiz hace casi 200 años, fecha en que el árbol entró en nuestra historia escrita.
Cuando en 1902 Roberto Cunninghame Graham, siempre fascinado por el mundo criollo, publicó en Londres su libro Success incluyó el cuento The Gualicho tree, un bello y nostálgico relato sobre este árbol al que no visitó pero del cual seguramente ha de haber tenido mentas en fogones del Sauce Chico, del Napostá, del Mostaza u otros sitios del pago de Bahía Blanca que sí frecuentó de joven e inmortalizó en sus relatos. Sin saber que el tiempo, el progreso, los hombres al fin, no habrían de tener en cuenta sus súplicas, “Don Roberto” nos aconsejaba: “Aquellos de ustedes que en el futuro, al salir de Bahía Blanca, pasen el Romero Grande, dejen el Cabeza de Buey sobre la derecha y en el río Colorado, cambien la pampa de los pastizales por las llanuras pedregosas del sur (…) al llegar al árbol no le corten ramas (…) Recuerden que fue catedral, iglesia, ayuntamiento y centro de una religión y de las vidas de hombres que se han ido”.

  • Agrimensor y docente