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El bandoneón que atesora la historia del tango en Santa Rosa

Al cumplir hoy 90 años, publicamos esta entrevista a Saúl Santesteban, donde él mismo recuerda su camino recorrido como músico de tango. Su paso por las diferentes orquestas y los momentos críticos en que la música fue la salvación.

Rubén R. L. Evangelista

Es probable que haya más periodistas que son a la vez escritores y poetas, que periodistas que son también músicos; aquellos tienen una única herramienta en común aunque muy potente: la palabra. En cambio los músicos-periodistas son dueños a la vez de diversos códigos para expresarse, cuya llave no está en manos de cualquier escriba o de cualquier persona. Son, sin ninguna duda, individuos fuera del común.
En nuestra ciudad tenemos el ejemplo de Saúl Hugo Santesteban, quien en llamativa coincidencia comenzó su carrera periodística en Santa Rosa el 1 de julio de 1957, y prácticamente en simultáneo, cuatro meses más tarde reinició, aquí también, una anterior actividad que era más bien una pasión desde su niñez, la de músico bandoneonista.
Santesteban nació en Huinca Renancó, Córdoba, el 6 de diciembre de 1930. Había estudiado teoría y solfeo y aprendido a tocar el bandoneón, en Ingeniero Luiggi, con el profesor Rafael Cavalaro, de cuya orquesta formó parte luego; y había sido Juez de Paz y Jefe del Registro Civil en Intendente Alvear, desde donde vino a Santa Rosa en 1957 para estar cerca de quien iba a ser su compañera de toda la vida: Rosalba D’Atri. En una profunda comunión de pensamiento e ideales, ambos renunciaron a sus empleos públicos, y se embarcaron en la aventura incierta de abrir y refundar el diario La Arena, que en adelante fue su mayor desvelo y principal objetivo. En 1965 Saúl Santesteban asumiría la dirección periodística de la hoja fundada por don Raúl Isidoro D’Atri en 1933.
Mientras tanto, la música y el bandoneón estaban allí, esperando el momento. Y el momento fue aquél en que Saúl resultó convocado para integrar la famosa orquesta santarroseña Los Caballeros del Tango, verdadera entidad musical pampeana que iba a marcar el camino de la música popular bailable en la provincia.
Dos experiencias orquestales más, muy importantes, lo tuvieron de protagonista durante su devenir artístico. La primera fue la fundación del quinteto Odeón, de muy alta factura musical arreglística, y delicadas formas interpretativas rayanas en lo alambicado y lo sutil.
Más acá en el tiempo, la orquesta Consonancias fue un saludable regreso del tango a la ciudad, una nueva expresión colectiva a la que Santesteban también nutrió, como a las dos primeras orquestas, con sus originales y reconocidos arreglos instrumentales. Un disco de Consonancias, por suerte, puso a resguardo la memoria de la inquietud y los rasgos musicales del último agrupamiento artístico pampeano de tango del que fue protagonista, fundado en 1989/90 por Roberto Sessa con apoyo de otros músicos, como Oscar De La Mata.

Formación musical en Luiggi.
En la casa familiar de O’Higgins 393 en Santa Rosa, Saúl Santesteban repasó y recreó su actividad de bandoneonista desplegada a lo largo de cuatro décadas:

– ¿Cómo se formó musicalmente, quién le enseñó, por qué eligió el bandoneón?

Yo fui músico componente de orquestas, y te puedo hablar de un período de poco más de cuarenta años: desde los ’50 a los ’90. Me hice músico con Rafael Cavalaro, en Ingeniero Luiggi, me formé mucho antes de venir a Santa Rosa. Nací en Huinca Renancó, un pueblo donde todo el mundo tocaba el bandoneón, había una cantidad enorme de bandoneonistas. A mí me nació el entusiasmo ahí, era muy chico, tenía 4 o 5 años, ¡veía el bandoneón y me ponía loco! Después, en diciembre de 1941, con 11 años de edad, estando ya en Ingeniero Luiggi, mi padre me llevó a la casa de Rafael Cavalaro, una familia en la que todos eran músicos, los hermanos formaban parte de la Banda Municipal. Ahí en un año estudié solfeo, teoría, instrumento, y toqué en la orquesta con don Rafael Cavalaro -¡nada menos!-, y de Alfonso, hermano de Rafael. La orquesta era múltiple, hacíamos tango, milonga, ranchera, fox trot, pasodoble, todo… Se usaba mucho la orquesta así.

Hacia Alvear y Villegas.
– Como mi padre hacía de gerente y representante de la Casa Grande de remate feria -una casa que tenía 12 o 15 sucursales en la zona-, de vez en cuando lo trasladaban de una sucursal a otra, de modo que de Luiggi nos tocó mudarnos a Intendente Alvear. Ya ahí me incorporo a la orquesta La Lira, que dirigía Andrés Ghisio, y algunos integrantes eran un tal Obieta, Benito Tablade, Juan Lavea, Yito Cassani, El Negro Dantés y yo, y el baterista era Luis Sanchotena, quien después tuvo una carpintería aquí en Santa Rosa en la calle Cervantes.
Llegado el momento fui a estudiar en el secundario de General Villegas, provincia de Buenos Aires; allí se enteraron que yo era músico, me invitaron y entré en la orquesta de Pocholo Fernández, ¡muy buena! Él había tenido su carrera profesional en Buenos Aires, era un excelente violinista, había tocado en la orquesta de Rizzutti-Alvarez. Después terminé en la orquesta de Cuello, también de Villegas, que como todos los pueblos de esa zona, era muy milonguero; en el verano había bailes en el Prado Español y en el Prado Italiano, al aire libre; y en el otoño e invierno, en los salones del Club Sportivo, frente a la plaza, que era el más «chic»; y en el Club Recreativo también, que estaba en una esquina céntrica.

– ¿El secundario que hizo en Villegas qué orientación educativa tenía?

Era una escuela particular. Mi viejo no quería que yo fuera a una escuela oficial, en la que estaban los curas o estaban los peronistas, y a los dos mi viejo no los quería demasiado. Era la Escuela Sánchez, muy interesante, muy linda, el director era un español, y tenía alumnos del sur de Córdoba, La Pampa, oeste de provincia de Buenos Aires, y alumnos del lugar. Ahí es donde yo hago los cinco años del Comercial y después voy a Buenos Aires.

– ¿Mientras cursaba el secundario en Villegas vivía en el lugar?

Sí, vivía en Villegas, estaba como interno en la escuela, y en los últimos años del secundario, paraba en un hotel, era «el rico» de la clase, porque te imaginás, yo tocaba en la orquesta y se cobraba bien: tenía 6, 8, 10 bailes por mes, así que con eso yo pagaba holgadamente todos mis gastos incluido el alojamiento. Después fui a Buenos Aires -fue un impasse-, toqué muy poquito, en una orquesta que era de la zona de Adrogué. A la vez, trabajaba en un matadero en Ezeiza, de una empresa que tenía varias actividades, y yo llevaba la contabilidad, era Tenedor de Libros. Era muy sacrificado estar en la orquesta, así le dije al director y me fui, y me dijo que cuando quisiera, tenía la puerta abierta. Estuve en Buenos Aires del ’50 hasta el ’54, después me vine para La Pampa. Añoraba encontrarme con la gente que conocía; allá estaba muy solo, y me vine para Alvear.

– ¿Dada su condición itinerante, Alvear fue el último lugar de residencia de su padre?

Sí, allí falleció, y estaba prácticamente casi desde el nacimiento; mi padre había llegado con la fundación del pueblo cuando tenía unos 4 años, en 1894. Mi padre era nativo de Guaminí, pero siendo muy chico los padres se trasladaron primero a Villa Sauce y después a Intendente Alvear, donde se instaló mi abuelo con un almacén de ramos generales, y además tenía campo.

– ¿Usted regresa de Buenos Aires a I. Alvear y cómo sigue su vida?

Llega la Revolución Libertadora, criticada, pero yo digo que estuvo hecha por gente decente. Por lo menos en La Pampa y en mi pueblo, Alvear, gente decente subió al poder público, y se practicó otra moral administrativa. Ahí, estando yo en Villa Sauce, pueblo vecino, estudiando los libros de una cooperativa, se arma una reunión promovida por el entonces ministro de gobierno de La Pampa, que era Víctor Arriaga, para que se reunieran los vecinos notables de Alvear, no todos, y eligieran quién tenía que ser Intendente (Comisionado) y quién Juez de Paz. Bueno, Intendente no hubo problema, Ernesto Tonelli, muchacho ferroviario que había luchado contra el peronismo, lo designaron de inmediato, un hombre muy honesto, muy decente, muy emprendedor; con los tiempos, su administración se recuerda, lo recuerdan los viejos alvearenses. Y surgió mi nombre -yo era un muchachito muy joven-, para Juez de Paz, y a pesar de que yo tenía reconocidas ideas de izquierda, bien de izquierda, no hubo ninguna oposición; posiblemente haya sido por mi familia, que era muy conocida allí. Y ahí estuve un año hasta que finalmente me vine a Santa Rosa.

– ¿Qué orientación política identificaba a su familia?

Mi familia era «un Congreso»: mi padre era conservador; mi madre estaba al lado de mi padre; la mayor de las hermanas era peronista; la otra era conservadora, la otra era comunista como yo; mi hermano se fue al Mofepa, y Porota se hizo radical. Lo que yo recuerdo, como algo muy lindo, es que los almuerzos y las cenas en casa eran un Congreso, ¿no? Respetuosamente, pero cada cual reflejaba su opinión sobre los hechos del momento del pueblo y el país. En ese sentido tengo mucho que agradecer a mi padre, un hombre muy amplio.

– ¿Por qué estuvo sólo un año como Juez de Paz y se vino a Santa Rosa?

Vine por esta señora que está aquí a mi lado -su esposa Rosalba D’Atri acababa de sumarse a nuestra entrevista-; nos habíamos puesto de novios cuando vine a prestar juramento como Juez de Paz. La conocí a ella, nació una simpatía allí, entonces busqué la forma de venir a Santa Rosa. Estando allá en Alvear, al cabo de un año mi suegro Raúl Isidoro D’Atri reabrió acá el diario La Arena y me sumé a eso, una aventura, ¿no?, en fin, una aventura que fue de muchos años…

– Cuando llegó a Santa Rosa, ¿cuál era el panorama de la música tanguera?

¡Uf!, te cuento una conversación que teníamos los músicos antes: se contrataba una orquesta de jazz y una típica, y qué pasaba, si comenzaba con el jazz eran pocos los que salían a bailar, y cuando comenzaba el tango, se llenaba la pista, ¡había gran entusiasmo por el tango! Acá se veía eso de que todavía había repartidores ambulantes que cantaban letras de tango; después se fue perdiendo naturalmente, vinieron otros ritmos más pegadizos. Como músico, en Santa Rosa, yo me incorporé en noviembre de 1957. Andaba mal económicamente; me estaba defendiendo como gato entre la leña. Y me vino muy bien que me convocaran Pirucho Falappa y el Negro Alejo, de parte de una orquesta que había escuchado y más o menos me había gustado un poco, Los Caballeros del Tango, para reemplazar a uno de los bandoneonistas, Caíto Cafardo, que estaba haciendo el servicio militar en Comodoro Rivadavia. Me uní a ellos, y tuvimos la primera «reunión» en serio, o sea el primer baile, después de algunos ensayos con un repertorio que era clásico, así que más o menos yo a todas la piezas las conocía. En la formación estábamos Eduardo Pirucho Falappa al piano; Abel Negro Alejo y Nelson Caíto Cafardo en bandoneón, como yo; Camilo Nemesio en violín al igual que Regalado -cuyo nombre no recuerdo-, y Osvaldo Villamil en contrabajo, con quien seguimos unidos a través de diversas y sucesivas formaciones.
Bueno, hicimos el primer baile en El Guanaco, bajo unos tamariscos. Interpretábamos La Cumparsita, El Choclo, la colección de la guardia vieja. Para entonces la orquesta no tenía cantor, y se consiguió un chico que cantara, Bodar, un oficial de la Policía Federal ¡qué hermosa voz tenía y qué bien entonaba!, pero no dominaba los tiempos, así que teníamos que observar lo que hacía él para poder seguirlo nosotros. Después se fue él y vino Osvaldo Montiel, que cantó con nosotros muchos años: hizo la temporada de verano del club Santa Rosa en los años 1957-58, en la sede de la calle Vallée, hoy Don Bosco; luego hicimos dos temporadas en el Club San Martín y después en el Club Sarmiento.
Ahí empezamos como «empresarios», porque fuimos un día a tocar, y nos dijeron: bueno, muchachos, no les podemos pagar porque no ha venido gente. Entonces hicimos una campaña: damas gratis hasta las 11 de la noche -el baile empezaba a las 10 rigurosamente-, hicimos sorteos -conseguimos algunas donaciones, como perfumes y demás- y las sorteamos en el baile. Eso fue para nosotros una cosa inesperada, el valor que tiene la publicidad; además el diario La Arena siempre publicaba: «Esta noche en el Club Sarmiento…», yo aprovechaba mi condición de periodista para colaborar también. Bueno, ¡explotó todo! porque fue una cosa sorprendente… ¡Se llenó la pista! Hicimos no sé cuántos bailes; desde diciembre hasta bien entrado marzo, ¡hicimos todo el carnaval!

– ¿Qué años eran esos?
Mirá, en el Club San Martín tocamos 58-59, 59-60, 60-61. En diciembre empezaba cada temporada, en que los bailes eran más numerosos, más nutridos: dos bailes por semana en cada club, porque aquí en Santa Rosa había seis a siete bailes al mismo tiempo, y había gente para todo.

– ¿Siete bailes simultáneos?

¡Sí!, había en los clubes All Boys, Sarmiento, Argentino, San Martín, Santa Rosa, el Fortín Roca también solía hacer bailes; posiblemente no coincidieran todos, pero cuatro o cinco bailes simultáneos, sí. Generalmente compartíamos con la orquesta de jazz de los hermanos Mecca, que se llamaba Los Indios, ¡que era muy buena!: cuatro saxos, clarinetes, dos trompetas, batería, contrabajo, piano, unos doce o trece músicos: ¡eran buenos músicos! O bien nos complementábamos con la orquesta característica Los Príncipes; y después también compartimos, en el Club San Martín, durante unos cuantos años con los hermanos Evangelista, la orquesta Ritmo de Juventud.

– ¿Las temporadas de bailes de carnaval eran una buena fuente de ingresos, no?

¡Sí, sí!, había bailes los jueves, viernes, sábado y domingo, cuatro días por semana, siempre llenos y siempre cobrábamos, ¡y era plata! Yo te digo que acá, el puchero, muchas veces…
-¡No, muchas veces no!- interrumpe e interviene Rosalba D’Atri en la conversación-, cuando empezamos con el diario (La Arena), que nosotros renunciamos a los cargos que teníamos en la provincia, el ingreso cotidiano era el de la orquesta. También me acuerdo -retomó Santesteban-, de las salidas al interior para actuar en los pueblos; viajamos mucho con Los Caballeros del Tango, nos tocaba ir por esos caminos muchas veces deteriorados y polvorientos. También tuve un año muy, muy activo cuando toqué en la orquesta del bandoneonista José Cambareri, quien se fracturó un brazo al caer de su bicicleta y no podía tocar. Me vinieron a ver sus músicos, que prácticamente estaban huérfanos, no tenían fuelle. Bueno, en fin, acepté y me quedé un año, o año y medio más o menos.
También hicimos algunas actuaciones en la Colonia Penal de Santa Rosa y en la Cárcel de Encausados -hoy Cárcel de Mujeres-, porque en ese entonces, aceptábamos un par de invitaciones por año de esos dos lugares de reclusión y así les llevábamos un poco de alegría a los pobres muchachos; actuábamos sin ninguna remuneración, nos daban un copetín para agradecer. Y era hermoso porque entre los presos había de todo, bailarines -bailaban entre hombres por supuesto, no había mujeres que los acompañaran-; había cantores buenos que ahí nomás subían, y se hacían especies de reuniones muy animadas, muy lindas. En esas colaboraciones supo acompañarnos nuestro vocalista Juancito Mill, que era un buen cantor.

– ¿Qué otros cantores tuvo Los Caballeros del Tango, además de Juancito Mill y aquel policía de apellido Bodar?

Osvaldo Montiel, Hugo Baudino y Héctor Rojo, que había estado en una etapa anterior, al igual que Carlos (Jorge) Roldán, cuando la orquesta se llamaba Juvencia. Después con Héctor Rojo nos vinculamos nuevamente cuando se forma el quinteto Odeón; habían venido a invitarme los mismos músicos de la orquesta Los Caballeros del Tango, para formar un nuevo conjunto porque hubo algunas diferencias o distintos intereses por cuestiones del momento, y necesitaban un fuelle y ahí formamos el quinteto de tango Odeón, con el que llegamos a actuar en la emisora de acá, LRA3. En los bandoneones estábamos Caíto Cafardo y yo; estaba Diez -seudónimo de Díaz-; en piano un chico de apellido Ortega, hijo de un suboficial del regimiento; y Osvaldo Villamil al contrabajo. Odeón anduvo muy bien, fue posiblemente la primera orquesta que acá en Santa Rosa actuó en base a arreglos propios y algunos otros estándares que se conseguían en la editorial Korn, Edami y otros sellos de Buenos Aires que vendían las «partichelas», que así se le llamaba a las partes musicales que a cada músico le correspondía ejecutar en las respectivas piezas.

– ¿Fue usted el director de Los Caballeros del Tango y Odeón?

No, nunca quise ser director, no me gustaba. Falappa, en Los Caballeros del Tango, era el responsable que hacía los contratos y demás, era el dueño de la orquesta.

– ¿Quién oficiaba de director musical, y quién hacía los arreglos?

Bueno, me tocó muchas veces componer las cosas, hacer arreglos sobre el marcado común, para adornar un poquito, para que no saliera el tango exclusivamente «a la parrilla». Así se llamaba el «tango de atril»; se colocaba en él la pieza -la partitura original para piano que vendían las editoriales- y todos tocaban lo que les parecía en forma improvisada, era muy aburrido, entonces queríamos hacer algún arreglito. En Los Caballeros del Tango hice algunos arreglos, en Odeón también y más adelante en Consonancias, que fue la última agrupación en la que actué. A partir de la estructura general de la obra, melodía, acompañamiento, armonizaciones, yo hacía arreglos en las partes de cada ejecutante; a algunas «variaciones» también me les animé.
Yo tenía mucha amistad con Villamil; me había retirado de la música en el año 1966, porque trabajaba en el Colegio de Abogados y en La Arena, y era demasiado para mí, a la música la dejé de lado. Estaba en el diario entonces, y un día me dice Villamil que estaba ensayando con un cuarteto de cuerdas, organizado por Roberto Sessa, y fui a verlos, me gustó mucho, bastante afinados, estuve en dos o tres ensayos, y luego de ese primer acercamiento me integré a la orquesta, que se llamaba Consonancias. Eran los años ’90. Roberto Sessa tocaba violoncello, Adalberto Cornejo violín, Oscar De la Mata viola, yo bandoneón y Osvaldo Villamil contrabajo. Al piano estuvieron sucesivamente Adelma Keller, Fernando Strumía y Miguel Cikman. Para la preparación de las obras en la etapa en que se iba a grabar el disco, yo hacía los arreglos para la orquesta; aprovechamos algunas orquestaciones, y ajustándolas para darles un tinte propio, aunque estaban ya algunas voces escritas. Yo he pasado noches enteras acá escribiendo hasta la madrugada…

– ¿Consonancias tuvo cantante?

Tuvo cantantes ocasionales, Sylvia Zabzuk y Laura Gómez, quien actuó en el Teatro Cervantes con nosotros. También el intérprete Lalo Molina, que cantó el tango que escribí y compuse con el título Mufalia, que está incluido en el único CD que grabamos: «Consonancias- Tangos desde La Pampa», y que presentamos en el Teatro Español el 7 de diciembre de 1996.

«Sonetangos estrambóticos».
Organizada por el movimiento colectivo Musicanto, el 11 de septiembre de 1982 tuvo lugar en el Consejo Profesional de Ciencias Económicas, en Santa Rosa, una nueva edición de la charla-espectáculo denominada «Cancionero de los Ríos», a cargo de Walter Cazenave e ilustrada en vivo por músicos y cantores pampeanos. El mismo acto contó también con la lectura que hizo de sus «Sonetangos Estrambóticos» el poeta castense Juan Ricardo Nervi, apoyada musicalmente con ejecuciones en bandoneón por Saúl Santesteban. Más adelante Nervi reiteró la lectura de sus sonetos tangueros, en una velada realizada en el auditorio de la Fundación Colegio Médico de La Pampa, pero esta vez con la asistencia musical de la orquesta Consonancias, que integraba también Santesteban, y la participación del cantor de E. Castex Heraldo Luján Cufré, recital poético musical que quedó documentado en un material discográfico titulado «Sonetangos Estrambóticos de Juan Ricardo Nervi», editado en 1993 por la CPE, la Fundación Colegio Médico y la Asociación Pampeana de Escritores.
Alejado de la práctica musical, Santesteban hace pocos años atrás hizo gala de sus conocimientos sobre la música porteña, compositores y poetas del género, seleccionando y divulgando obras con rasgos singulares e interesantes, en un espacio radial semanal en FM 99.5 Radio Noticias de Santa Rosa. El buen gusto musical que lo asistió al discernir los títulos, fue una característica que la audiencia reconoció y devolvió con fidelidad y consecuencia hacia él, un tanguero practicante que en tiempos pasados, en el apogeo de su vida productiva, había alcanzado a detentar el poco común y necesario equilibrio entre el despliegue de su sensibilidad y su pasión artística y la arraigada costumbre de ser periodista de fuste y director de diario.
Las diestras manos de Saúl tocaban y excitaban su bandoneón, para que gimiera calmo y racional y a la vez emotivo y pasional, una inquietante manera, de la alianza del músico y el instrumento, de seguir fecundando la perdurabilidad del tango.

* Investigador de la música pampeana