El humor de Alambre

Daniel Pellegrino y Jorge Warley * – En 1968 La Arena comenzó a publicar una revista semanal que aparecía junto al periódico, pero de manera independiente al cuerpo del mismo, los días sábados. Se llamó La Calle. Su formato era de 20 por 29 centímetros, la mitad del tamaño de La Arena de ese entonces.
Supo cambiar sus proporciones y más tarde se “agrandó” y pasó a ser impreso en un mejor papel que el simple “de diario” inicial. La Calle reuniría 83 números entre agosto de 1968 y agosto de 1970.
Se trataba de dieciséis páginas con abundantes fotos, siempre en blanco y negro. El número de fotografías es creciente en los primeros cinco números, cada vez más y más grandes, pese a que la reproducción no era para nada buena. En ese sentido parece seguir -al menos en sus intenciones- cierta renovación del periodismo escrito que los diarios y revistas nacionales de la época trajeron consigo. El ejemplar inicial recurre, además, al entintado rojo para destacar el nombre de la publicación y un retrato, además de dos títulos, todos ellos en la primera plana, junto a una foto mediana. A partir del número dos, se pierde el uso del rojo, pero la fotografía inicial crece hasta casi ocupar dos tercios de lo que ya se ofrece como tapa.

Quién era el fundador.
Durante un tiempo el suplemento no consignaba en sus páginas ningún director ni editor responsable (sólo aparece en algunos números la firma de quien era el encargado de la nota central). Por primera vez, en el número 32 (5-04-1969), el sumario se complementa con la información de dos directores: Saúl H. Santesteban y Raúl C. D’Atri, hijo del fundador del diario, y a cargo de la “Redacción y Coordinación” Hever Redi, seudónimo del periodista Héctor Topet. Más tarde este periodista -a partir del nº 64, el primero en tamaño tabloide-, figuró como “efe de redacción”. Por otro lado, fue siempre el responsable del comentario editorial bajo el título de “Carta al lector” que aparecía en la segunda página de la revista.
Al momento del fallecimiento de Topet, La Arena del 29 de septiembre de 2012 le dedica una necrológica en la que destaca su figura:
“En la ciudad de Buenos Aires, como desenlace de una cruel enfermedad, falleció en las primeras horas de ayer Héctor Topet, periodista de destacada y larga trayectoria en La Pampa. Dueño de un espíritu batallador fue en sus años tempranos, protagonista de la huelga estudiantil de 1958 cuando los estudiantes secundarios del Colegio Nacional de Santa Rosa salieron a la calle a oponerse a la ley del presidente Arturo Frondizi que abría las puertas a la educación privada en la Argentina. Pese a que no tuvo militancia definida se enroló decididamente en lo movimientos sociales que en aquellos años atravesaban a la provincia, como el de la prolongada huelga de los trabajadores de Salinas Grandes en el año 1971/72”.
Más adelante, la nota menciona especialmente “la fundación y conducción del suplemento semanal La Calle que este diario editara durante algunos años. Allí, junto a un grupo de jóvenes periodistas, encaró con su conocida enjundia el tratamiento de temas muy diversos de interés general y de la actividad política. Sus recordados reportajes a personalidades de la época y el análisis de la convulsionada realidad de aquellos años mostró siempre su compromiso periodístico”.

La página de humor.
Aquí nos interesa destacar una sección que aparece o en la página final o en la página par inmediatamente anterior, desplazada por las publicidades que en ese caso ocupan la contratapa. Vale mencionar que, en proporción, La Calle tenía una interesante cantidad de publicidades comerciales de pequeños negocios locales.
La sección fue bautizada Rincón Gauchesco, y es el espacio privilegiado para el desarrollo del humor. El otro espacio humorístico está dado por algunos chistes en tapa (número 2 y 4) o en el interior (números 3 y 5), que “acompañan” temáticamente el desarrollo de los artículos destacados.
“Rincón gauchesco” -según se puede observar en los primeros cinco números de La Calle- es una página completa dividida en cuatro. Según su orden de izquierda a derecha y su tamaño de mayor a menor:
1) “Cuentos del Gaucho Alambre”. Historieta dividida en seis cuadritos simétricos que narra un diálogo entre varios personajes -uno de ellos y destacado, por supuesto, el que da nombre a la tira-.
2) “Historias y costumbres”. Una suerte de “pequeño diccionario” de términos gauchescos. El espacio suma una breve definición (“El gauderio”, “El caballo”, “El mate”, “El gaucho de frontera”) y una ilustración sencilla y realista, que técnicamente parece una pluma.
3) “Comparancias”. Una suerte de “puesta en dibujo” de célebres máximas costumbristas. Van dos por entrega, como “Más largo que’speranza’e pobre”, “Panzón como ternero guacho”.
4) La última de las porciones la ocupa una publicidad “temática” (“La Taba. Para usted que gusta de lo nuestro. -Ponchos, -talabartería, -artículos regionales. Pico 285, Santa Rosa, La Pampa”).

Guión y dibujo.
Los dibujos del “Gaucho Alambre”estuvieron a cargo de Aquiles Badillo, que firmaba “Vady” primero y “Bado” más tarde. Son dibujos simples, de un realismo costumbrista esquemático, con poco trabajo sobre los fondos o la fisonomía de los personajes. Bastan algunos elementos arquetípicos -como sombreros, bombachas y alpargatas- para dar vida social al conjunto de los personajes, así como la barba blanca de Alambre para dar cuenta de su edad y sabiduría socarrona. Lo curioso es que el guionista nunca figuró con su nombre, por lo que se podría sospechar que dibujante y ‘libretista’ eran la misma persona. En realidad el guionista era Omar Giavedoni, docente (y futuro ingeniero agrónomo), colaborador “anónimo” de la página costumbrista.
En relación a las “Comparancias”, también es interesante anotar que las mismas carecían de un guionista. Se trataba más bien de un esfuerzo de memoria por parte del colectivo que realizaba La Calle al que luego se agregaba la ilustración.

La lengua del gaucho.
El registro lingüístico, tanto del personaje de don “Alambre” como de las “Comparancias” intenta seguir a su manera una tradición propia de la gauchesca, que consiste en buscar una escritura fonetizada, es decir que “imite” lo más posible las particularidades de la entonación (del tipo “m’ijo” por “mi hijo”), que si bien mucha veces oscila en cuanto a la manera de concretar esa vocación, no por eso deja de entregar una coloratura expresiva muy particular y reconocible.
Desde el punto de vista narrativo los “Cuentos del Gaucho Alambre” se concentran en el recorrido habitual del chiste. Se trata de una situación que se introduce y desarrolla en los primeros cuadritos que en el último se cierra con una especie de “final sorpresa” o cortocircuito semántico que busca producir el efecto de la risa.
Esos “remates” pueden acentuar:
1-La exageración mentirosa, uso de la hipérbole muy frecuente en las formas populares y en particular en cierta tradición de los “contadores de cuentos” camperos, que tiene al “gaucho exagerao” como una de los estereotipos más recurrentes y efectivos de su repertorio.
2-La vejez del personaje. “El diablo más sabe por viejo que por diablo”, refiere el dicho que encarna en Alambre. Esa vejez simbólica lo coloca en un lugar de privilegio para dar consejos, pero también lo vuelve anacrónico, desfasado frente a los problemas del presente que no entiende y que, en muchos casos, empujan el malentendido que desata la risa.
3-Alambre como víctima de una situación “inexplicable” que en su esclarecimiento promueve el humor.
Hay otros cuentos gráficos de tono aún más surrealista que se vuelven aceptables y verosímiles mediante el pacto de lectura que se establece con quienes entienden el código humorístico representado. Por ejemplo cuando don Alambre cuenta que una vez peleó a sable y cuchillo con el mismo general San Martín en la cordillera de Los Andes (nº 15 de la revista); o cuando se enfrentó a un gato montés, lo atrapó en el aire, le metió la mano en la boca, lo agarró de la cola y lo dio vuelta como una media (nº 16). Y también el gaucho Alambre recoge historias que mantienen un vasto reconocimiento del público y por eso mismo se van actualizando a través de nuevos intérpretes (y nuevos públicos), por caso el cuento del “pescado que se ahogó en el agua”, recogido y tratado a su manera por narradores tan distintos como Luis Landriscina y Arturo Jauretche.

Realismo grotesco.
Sin embargo, es la proximidad con el “realismo grotesco” lo que permite entender más acabadamente el humor del gaucho Alambre.
Sin entrar en particularizaciones esquemáticas y extensas, en el personaje se afianza el ejercicio del humor (entendido como una especialización dentro del fenómeno de “lo cómico”) que no discrimina, no es satírico, es decir, no corrige costumbres ni se detiene a impugnar alguna costumbre social, un pensamiento político, sino que intenta participar de la misma risa que promueve en complicidad con su público. Y por otro lado, el gaucho Alambre utiliza casi exclusivamente la figura de la hipérbole para acentuar la risa, la risa como un rito bienhechor. Y es en esta parte que se termina de consolidar el realismo grotesco, porque en los cuentos de don Alambre, este personaje es el principal involucrado en ese modo especial de la comedia, el humor, a lo que agrega la violación de las proporciones naturales de los hechos, los exagera y caricaturiza con el fin de provocar el asombro, la risa, el juego entendido como un pacto con sus interlocutores y sus lectores.
Dicho con otras palabras, esta tira humorística, dentro de sus posibilidades, aspiraba a entretener a un público lector “sabedor” de la idiosincrasia del personaje y por lo tanto dispuesto a gozar de las “mentiras” y exageraciones que por otro lado no eran desconocidas. El gaucho inventado por “Bado” y Giavedoni (los memoriosos saben de los visibles contactos con algún habitante histórico y pintoresco de Santa Rosa) recreaba un manojo de historias que podemos considerar como parte dela cultura de la región en la que circulaba la revista.
* Docentes de Letras, UNLPam

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