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El inicio del exilio republicano

Este año se cumplen ocho decenios del comienzo del exilio republicano español. Este movimiento migratorio multidestino esparció personas españolas por muchos países del globo.
Javier Diz Casal *
Según un informe de la Asociación de Jueces para la Democracia, España es, después de Camboya, el país del Mundo con un mayor número de desaparecidos cuyos restos no han sido recuperados ni identificados: 114.000 personas desaparecidas y 30.000 bebés robados a sus padres para ser entregados a familias afines al régimen dictatorial franquista.
Enero y febrero de 1939 es la fecha principal en la que cientos de miles de personas republicanas españolas se exilian a Francia principalmente y de ahí a otros países de Europa. El historiador francés Peschanski, estima que tras la caída de Cataluña unas 465.000 personas se exiliaron hacia el país galo.
Con una especial mención a Galicia está escrito este texto, por su gran cercanía con Latinoamérica y, concretamente con Argentina, como manifiesta la producción literaria de los gallegos emigrados y exiliados a Hispanoamérica impulsados, principalmente, por Galicia, portavoz del Centro Galego de Buenos Aires y Galicia Emigrante, portavoz de la Federación de Sociedades Galegas de Buenos Aires. Pero también, porque eu son galegoy, sé que la represión en Galicia comenzó en el 36 y acá no hubo resistencia institucional porque el golpe fue tremendo, no hubo guerra civil, los fascistas ya estaban ahí antes de poder ser vistos. En Galicia el fascismo asesinó a los gobernantes de las principales ciudades. Así lo afirma el periodista Torrús en el diario Público cuando indica que en Galicia hubo un exterminio sistemático de la población republicana: 4.699 asesinados. La gran mayoría, diseminados por las cunetas, condenados al olvido y a la falta de identidad. Para luchar contra esta lacra generacional aparece el proyecto Nomes e Voces que intenta reparar el daño.

La Segunda República.
El día 14 de abril de 1931 se proclama la Segunda República Española que viene, en buena medida, a ser el resultado de los infructuosos intentos monárquicos para volver a la situación de 1923 tras la dimisión de Primo de Rivera el 28 de enero de 1930. Álvaro Figueroa, el conde de Romanones, propone a Niceto Alcalá-Zamora, uno de los principales impulsores del movimiento liberal conservador republicano, una mediación para que el Rey Alfonso XIII abdique en favor del Príncipe de Asturias, pero Alcalá-Zamora le dice: «Si antes del anochecer no se ha proclamado la república, la violencia del pueblo puede provocar la catástrofe.» Era martes 14 de abril de 1931. Ese mismo día Alfonso XIII se marcha como exiliado -primero a Francia y después a Italia- pero sin abdicar de manera oficial. No obstante, la bandera republicana ya ondeaba en varias ciudades el día 13, siendo Éibar la primera, a las 6:30 de la mañana. Al final del día la mayoría de las capitales y ciudades principales se habían posicionado: se proclamaba así la Segunda República Española.

Vaharada de progresismo.
En unos diez meses: desde el 14 de abril del 31, fecha en que se proclama la Segunda República, hasta el 9 de diciembre de ese mismo año, fecha en que la Constitución de la República Española de 1931 es aprobada por las Cortes, se tratan de tomar una serie de medidas de carácter orgánico que atañen a cuestiones tan fundamentales como la política educativa con un auge bibliotecario y cultural nunca antes visto; el posicionamiento estatal respecto a la religión -tibio en un comienzo-; los derechos civiles que adquirieron una amplitud sin precedentes en España; el reconocimiento autonómico y la creación de sus estatutos: primero Cataluña, seguida del País Vasco y Galicia, aunque en el caso de estas dos últimas naciones el proceso se dilató durante 1932 por la inclinación política hacia el centro.
Como recuerda Gabriel Jackson, el 6 de mayo de ese año la enseñanza religiosa en la escuela pública deja de ser obligatoria. Una parte creciente del clero comienza a realizar discursos antilaicistas e, incluso, antirrepublicanos en homilías y a través de pastorales también. Un buen ejemplo es la del cardenal Segura del 1 de mayo de 1931. Decía el cardenal: «En España no se ha orado ni se ora lo bastante, ni se ha hecho la debida penitencia por los gravísimos pecados con que se ha provocado a la divina justicia», o también: «cuando los enemigos del reinado de Jesucristo avanzan resueltamente, ningún católico puede permanecer inactivo.» Sencillamente, estos autoproclamados guerreros de Dios -el clero exaltado- se acercaron a la lumbre que mejor proyectaba sus fantasmagorías. No es que Pedro Segura y Sáez fuese un franquista en potencia, de hecho su relación con el criminal de lesa humanidad, Francisco Franco, fue muy beligerante. Eran, sobre todos los demás sistemas políticos, unos fervientes defensores de la teocracia: el poder político subyugado al religioso. El cardenal Segura llegó a comparar a Franco con el Diablo en una de sus homilías ya que este se hacía llamar caudillo y San Ignacio de Loyola, en sus escritos, refería que ese término era sinónimo del de «diablo.»

Las reformas.
También se llevó a cabo el establecimiento de la reforma agraria por medio de la Ley de Reforma Agraria de España de 1932. Se produjo un golpe militar conocido como Sanjurjada, el 10 de agosto de 1932, promovido por el general Sanjurjo y marqués del Rif, traidor a la república y eterno sublevado que, de no ser por la providencia, hubiera sido el caudillo de España en vez de Paquito, uno más de aquellos que como Mola, Goded, Fanjul o Cabanellas -entre otros- quedarán siempre en el legado reciente del desarrollo de los pueblos de España como quienes impidieron el dominio de la Cosa pública (Respublica) desde lo civil, en pos de sumir este desarrollo en una Longa noite de pedra. Así lo poetizó posteriormente Celso Emilio Ferreiro, otro gallego emigrante exiliado, que impulsó, en la ciudad de Caracas, la libertad que no podía lograr en su tierra.
Además de todo esto, estaba la reforma militar creada y propuesta por Azaña, que no tenía otra intención que la de modernizar el ejército: básicamente democratizándolo y eliminando oficiales. Según Julián Casanova, en 1931, para comandar a 118.000 soldados había 21.000 jefes y oficiales. Azaña, como otros republicanos, soñaban con una sociedad civil por encima de lo militar y religioso y esto fue el principal caballo de batalla: la oposición de una sociedad polarizada.
Finalmente Azaña se vería obligado a dimitir por no contar con el apoyo del Presidente Alcalá-Zamora, lo que en sí era ya una crónica de una muerte anunciada. Someramente, basta decir que es la etapa de preguerra. Se desemboca luego en la Guerra de España o también la mal llamada Guerra Civil Española.
Después de la dimisión de Azaña, el Presidente encomienda a Lerroux la formación de Gobierno y, a la postre, se asociaría con la derecha católica para cambiar la dirección del desarrollo propuesta por Azaña. Es el bienio negro, dos años de deriva derechista, conservadora y religiosa exaltada. Fue el impulso de la contrarreforma que no terminaba de cuajar ya que a lo largo de estos dos años, ocho Gobiernos diferentes emergieron y decayeron.

Extrema derecha.
Cuando la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) nació en el 33 fue la normalización del fascismo en la vida política, la irrupción de la extrema derecha. Al igual que en la actualidad ocurre con el partido político de España llamado «VOX», en el 33 el fascismo era abrazado en masa y presentado como la alternativa de derechas más fiable: la CEDA. Pocas veces se pone de manifiesto la gran responsabilidad de la CEDA respecto al conflicto bélico que se avecinaba. Apenas quedaban tres años para que se produjese uno de los pasajes más sangrientos de la historia reciente de España. En el año 34, la CEDA había conseguido ya que el presidente Alcalá-Zamora presionase al radical Lerroux para incorporar a sus ministros en el Gobierno. La CEDA estaba integrada por personalidades de la historia del pensamiento fascista como Gil-Robles, que efectivamente, durante la Guerra de España, se posicionaría en el bando de los nacionales brindando su apoyo a Mola. No obstante, Gil-Robles era un monárquico convencido y habría visto en los golpistas una oportunidad para que su espíritu totalitario, antimarxista y profundamente clerical, floreciese. Básicamente esto sería la gota que colmaría el vaso, la antesala a la explosión revolucionaria de izquierdas.
En octubre de ese mismo año se produce una huelga general revolucionaria conocida como la Revolución de 1934. Principalmente de carácter u origen huelguístico, pero amparado por una amplia mayoría de las formaciones de izquierda tanto políticas como sindicales. Socialistas, comunistas y anarquistas aunados en contra del republicanismo que ahora estaba representado en la derecha cristiana, que ya había comenzado a deshacer todo lo que durante el periodo azañista se había conseguido.
De igual manera que en la actualidad, el movimiento fascista no se expresaba de manera localizada sino que crecía en las naciones impulsándose e instituyéndose desde el crecimiento de sus hermanas. A lo largo de estos últimos 15 ó 20 años, el fascismo se ha vuelto a normalizar en Europa y solamente unos pocos países han parado los pies a la extrema derecha o bien esta todavía no ha cobrado la suficiente fuerza como son los casos de Portugal y Grecia. Pero también allá, en mi querida Iberoamérica, donde Bolsonaro ha hecho acongojarse los corazones de tantos y tantas brasileros.
En aquel entonces, 1934, Europa estaba sumida en una lucha de poder excesivamente polarizada y en Alemania Hitler había subido al poder. En octubre, una serie de trágicos sucesos que propiciaron el asesinato de varios estudiantes de manos de milicias fascistas, el discurso cada vez más extremista y totalitario de la CEDA y el hartazgo de la izquierda hacia la vía parlamentaria desembocaron en la Revolución de 1934. En Galicia, al menos en Ourense, parece que la Revolución no se vivió como tal como se sugiere en el texto «Octubre de 1934, adiós a la política» del diario La Región de ese sitio. Sea como fuere, de aquellos polvos surgieron sin duda alguna lodos tales como las traumáticas palabras, a nivel generacional, con las que Calvo Sotelo, que había sido ministro durante la dictadura de Primo de Ribera y posteriormente se había exiliado eludiendo a la justicia, se había referido a España como nación diciendo: «algo más que un territorio, algo más que una comunidad idiomática (…) acervo moral de tradiciones, de instituciones, de principios y de esencias.»

Sin Revolución.
Finalmente, el ejército sofocaría la Revolución y creo, lo creo personalmente, que este pasaje marcaría la historia estructural del Estado Español ya fuese a ser una república o una monarquía: el ejército como la ultima ratio de la vida política y civil y de la organización social.
El 36 fue, como es sabido, un año negro para la historia de los pueblos recogidos bajo la nación española. Diversos golpes e insurrecciones dieron lugar a la Guerra Española que durante tres largos y sangrientos años convirtió a España en un escenario bélico internacional y un excelente campo de pruebas para el ensayo de la 2ª Guerra Mundial y el ascenso del fascismo.
80 años después un joven de 33 años se pregunta dónde quedó el legado progresista y el interés hacia el ensalzamiento de aquellas personas que brindaron un desarrollo social y civil sin precedentes en la historia de este terruño, maltrecho ya por sus históricos devaneos imperialistas. Toda la gente de mi edad hasta llegar casi a los cuarenta años vivimos bajo un régimen político que no ha sido sometido a nuestra aprobación. De hecho, en el momento actual, en España hay más personas con derecho a voto que no han podido votar sobre la Carta Magna, que personas que han votado que sí en el 78.

Exilio obligado.
Algunos, como yo, nos vemos obligados a exiliarnos intelectualmente y aceptar gustosa y agradecidamente la invitación de compañeras de gran valía profesional para que nuestra opinión pueda ser difundida, al menos en otros lugares. Porque España siempre ha expulsado hacia sus márgenes a los pájaros revoltosos de inestimable valía intelectual, como Goytisolo, por no compartir esa visión gazmoña de la identidad española centralizada. También se ha tratado de excluir el legado de otras grandes personas guerreras como el del anarquista gallego Ricardo Mella que el franquismo soterró bajo el ostracismo. Así como la represión de género que sufrieron las mujeres republicanas no fusiladas.
Acá en España hay que comenzar a hablar, refiriéndose al franquismo, como una etapa de genocidio, planificado y estructurado con el fin de cometer crímenes de lesa humanidad contra la población republicana de ideología de izquierdas. Mientras esto no se acometa, esta vieja nación seguirá siendo tan franquista como siempre.
Termino acá este recorrido conmemorativo utilizando un recuerdo de aquellos años que Luís Seoane, un gallego argentino, plasmó para que el horror y la barbarie del «sinsentido» de la guerra no se repitan cíclicamente hasta el infinito:
«Cuando llegó la guerra, en el 36, me vine en el Cap Norte, barco alemán de carga y pasajeros. Realicé una travesía de un mes tocando innumerables puertos. Recuerdo sobre todo el desesperado pasaje que se arrojaba por la borda en Bahía, Santos, Río de Janeiro y Montevideo. El mayordomo nazi de tercera clase, donde viajaba, era el que más aterrorizaba a la gente con la idea de que todos seríamos entregados al llegar a Buenos Aires para ser fusilados. La mayoría éramos nativos de Argentina y habíamos abordado ese barco de bandera germana porque de nuestro país no se había enviado ningún transporte para sacarnos de aquel infierno en armas.» (El autor es investigador y psicólogo; trabaja conjugando su pasión por la escritura y el aprendizaje entre la investigación, la terapia y los despachos. Integra la Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones).

* Dr. en Antropología Social (Especial para Caldenia, desde Santiago de Compostela, España)