El Mayo francés

EL 68 - LA EXPLOSION, LA REVOLUCIÓN, SU SIGNIFICADO

Un recorrido sobre los contra homenajes del Mayo francés, su recuperación cultural e integración social, la estética y la política en el repertorio de protestas, el cuadro revolucionario de fines de los sesenta y la felicidad de la lucha de masas.
Santiago Gándara – Emmanuel Macron, el actual presidente de Francia, nació casi una década después del Mayo francés. Se formó en Nanterre, la universidad donde se originó la revuelta estudiantil que luego conmocionaría la Sorbona, el Teatro Odeón, las calles, las fábricas, el país entero. Fue asesor de la banca internacional y ministro del devaluado François Holande. Beneficiado por un balotaje que lo colocaba como el mal menor frente a la fascista Marine Le Pen, ganó la elección, convirtiéndose en el más joven presidente de Francia. Hoy está impulsando una reforma contra los ferroviarios, quienes responden con un movimiento huelguístico que concita el respaldo de otros trabajadores y de los estudiantes que llevaron adelante tomas de universidades (otra vez Nanterre, pero también otras tantas) para rechazar, además, una ley que modifica regresivamente el ingreso universitario. Conversa a menudo con Cohn Bendit.
Daniel Cohn Bendit es -lo fue- Dany el Rouge, uno de los líderes del 68, a quien el gobierno de Charles De Gaulle llegó a prohibirle la entrada al país, lo que motivó una extendida campaña bajo la consigna: “Todos somos judíos alemanes”. En los ochenta, ya en Alemania, abandonó el anarquismo y se asoció al partido verde. Hace un año, cuando le preguntaron su opinión sobre Macron, respondía: “En una economía de mercado como la que tenemos, creo que se necesitan soluciones innovadoras que dinamicen la economía. Y Macron las tiene. Además, dice que Francia tiene que crear una mayoría superando el concepto de izquierda tradicional, y pienso que esa es la dirección adecuada. Hay muchas cosas en las que no estoy de acuerdo con Macron, por supuesto. Pero también hay muchas cosas de la izquierda tradicional que no comparto. En este momento que estamos viviendo en Francia, Macron me parece una buena elección.” (El Mundo, 7/05/17). En otra entrevista, el ex líder del 68 y ex anarquista apuntaba: “Lo único que le falta a Macrón es la autogestión…” (L´Obs, 3/05)
-¿Pero de dónde viene esta idea? ¡Ni hablar!
Según informa El País (6/05), esa habría sido la respuesta de Cohn Bendit a la consulta de Macron sobre cómo conmemorar el Mayo francés. Un diálogo impensable entre un presidente -que ajusta mientras imagina una eventual celebración del 68- y un ex militante que quiere dejar todo en el olvido.

Contra Mayo.
Una forma de olvido es el silencio. Pero también lo contrario: el puro ruido. Lecturas del Mayo francés repican sobre la idea de que se trató de una “revuelta cultural”. E incluso: que tal revuelta fue triunfante y se hace visible en nuestras sociedades actuales: más laicas, con mayor reconocimiento de los derechos por las minorías, progresos en los reclamos del feminismo, creciente liberalización de las costumbres… Históricas banderas de la izquierda y del progresismo que hoy pueden convivir, pacíficamente, con la agenda de las derechas como la que asume el joven Macron.
Es un 68 leído como parte de los “dorados sesenta”, una necesaria etapa de modernización de la cultura y las costumbres en el marco del capitalismo como único horizonte de expectativas. En el extremo de la inversión de los términos, uno de los ex líderes del movimiento del 68 italiano, como Franco Biffo Berardi, llegó a concluir, en La fábrica de la infelicidad, que hasta la flexibilización laboral fue consecuencia de la gran lucha sesentista contra la dictadura de las ocho horas y el trabajo estable. El posmayo habría prefigurado, así, el posfordismo, la posmodernidad, el posmarxismo, el poshumanismo, entre otras tantas declinaciones con las que el campo intelectual (no solo francés) resignó cualquier perspectiva crítica y transformadora.
Una “victoria” cultural y hasta social resultado de una enorme derrota: el sistema capitalista, al que confrontaban los jóvenes estudiantes con barricadas y los obreros franceses con la huelga y las tomas de fábrica, habría terminado asimilando sus reclamos más generales, para asegurarse sus intereses fundamentales. Un Contra Mayo francés, parece ser entonces, lo que reivindican ahora algunos de sus ex dirigentes, intelectuales y funcionarios.

Estética y política.
Se suele recordar el Mayo francés por los grafitis que coparon los muros de las universidades y de París: “Soyes réalistes, demandez l´impossible” (“Seamos realistas, pidamos lo imposible”) y otros tantos que terminarían recopilados en antologías de gran difusión. Era la “toma de la palabra” que, al decir del historiador Michel de Certau, reproducía por analogía la “toma de la Bastilla”. Esa palabra liberada circulaba por las paredes, en las asambleas, en las universidades y en el Teatro Odeón tomados por los estudiantes, en la Renault ocupada por los obreros, en los grabados y afiches mimeografiados. Más extendidamente: en las radios libres italianas, en las mantas (pancartas) mexicanas o en las intervenciones de los checos que desordenaban las señales de tránsito para despistar a los soldados rusos o que, trepados a los tanques, les hablaban para desmoralizarlos.
Toda una explosión comunicacional corría alternativa a los grandes medios -incluso a la prensa del partido comunista- y a la voz oficial del Estado que recusaban un movimiento que hacía crujir la aparentemente sosegada sociedad francesa. Las voces juveniles expresaban sus demandas apelando a las tradiciones revolucionarias políticas pero también de la vanguardia artística, un raro cruce que sorprendió no solo por la radicalidad de sus planteos: “Abolition de la société de classe” (“Abolición de la sociedad de clase”) sino también por la creatividad en sus formulaciones: “Sous les pavés, la plage” (“Bajo el pavimento, la playa”). Frente a una palabra capturada, administrada y reproducida burocráticamente por el poder, los jóvenes franceses -y la juventud mundial- reinventaban un lenguaje para hacer saltar, también, el sentido común social y político.
Pocas veces se insiste en que estos fenómenos de intensa creatividad popular no se limitan a la influencia de algunos autores (como Guy Debord, el principal representante del Situacionismo, que escribió La sociedad del espectáculo) sino más bien al ascenso de las masas. Esa constante debería ser subrayada: los períodos de intensa movilización política suelen coincidir también con una explosión comunicacional y cultural que se revela en la libre expresividad de las movilizaciones, las luchas, los variados repertorios de protesta.

Ciclo de revoluciones.
Pero el Mayo francés fue más que un mes del calendario. De hecho, muchos investigadores (por caso, Pablo Rieznik y otros, 1968, Un año revolucionario) lo disponen en una serie que comienza en enero del 68 con la ofensiva del Tet por la cual los vietcong infringen una derrota al imperialismo o lo encuadran en un largo período marcado por la Revolución cubana, los procesos de liberación en las colonias africanas y asiáticas, el movimiento negro en los Estados Unidos y la Revolución cultural china.
Se extendió mucho más allá del territorio francés: hubo mayos en Berlín y Roma; hubo una “Primavera de Praga”, donde una revuelta también juvenil que actuaba y se movilizaba contra la burocracia del Estado checoslovaco; se manifestó también en México, en un episodio que será recordado como la “Masacre de Tlatelolco” por la brutal represión del partido que, tras haber expropiado la Revolución mexicana en la década del veinte, mantuvo sin interrupción un gobierno de camarillas, despótico y antipopular.
Finalmente, consignemos que expresó algo más que a los estudiantes que pretendían sacarse el lastre de una enseñanza enclaustrada o una moralidad anacrónica. Se trató de un vastísimo movimiento revolucionario que sacudió a la juventud trabajadora tal como se volvería a advertir, un año después, en nuestro país, en aquel acontecimiento que recordamos como el Cordobazo, un intensísimo proceso que puso fin al Onganiato y condicionó todo una etapa hasta la última dictadura militar.
Lejos, entonces, de ser un acontecimiento privativo de sociedades desarrolladas y de bienestar -algo así como la rebelión de los demasiado satisfechos-, el 68 expresó y abrió una etapa de revoluciones mundiales frente a la crisis capitalista pero también frente a la de la burocracia estalinista en los países del Este.
Algo menos de una década que terminaría derrotada hacia fines de los 70 cuando el capitalismo encontró una salida -con el ascenso de Margaret Thatcher y Ronald Reagan- que se tradujo en un mayor retroceso de las condiciones de vida de los trabajadores a través de un ajuste estructural de las economías, en el desguace de los sistemas de salud, educación y servicios públicos, en la precarización laboral, en el drenaje de recursos de los países dependientes para pagar una eterna deuda externa. Es decir, en una mayor barbarie.

Éramos bien felices.
De todas las postales que se pueden recuperar de este ciclo de revoluciones, elegimos el testimonio de una estudiante mexicana, que recoge Elena Poniatowska en su crónica La noche de Tlatelolco. Habla sobre la felicidad que surge al ver cómo se va formando un enorme “racimo humano”, un “mar de cabezas”, una inmensa movilización que cifra su esperanza y su voluntad en una profunda transformación social, cuestión que sigue abierta, cincuenta años después de todos los mayos del mundo.
-Yo llevo la bandera roja…
-No, yo la llevo. ..
-La llevamos todos.
Caminamos con una gran bandera roja al frente. El Paseo de la Reforma estaba atascado a todo lo ancho por autos y camiones. En los techos la gente gritaba, aplaudía, reía, lloraba también. En el Ángel, la gente se había pescado de la columna para subir lo más alto y poder ver. ¡Era un verdadero racimo humano!, como dicen los cronistas de los periódicos. En el Caballito, también; la clásica imagen de los muchachitos, papeleros, chicleros, vendedores de billetes de lotería, sentados a horcajadas sobre Carlos Quinto, jalándole la cola, las orejas al Caballito. A donde volteara uno veía un mar de cabezas, manos en alto que aplaudían, éramos bien felices. En la Avenida Juárez también había chorrocientas gentes aguardando; los turistas que salían de los hoteles se veían azorados y luego se pusieron a aplaudir; en San Juan de Letrán ya no cabía ni un alfiler en la banqueta -lloraban unas mujeres, yo creo que eran maestras-, todo el mundo aplaudía sin parar; pero en cuanto doblamos la esquina para entrar a Cinco de Mayo, como que se me paró el corazón; todas las campanas de Catedral echadas a vuelo y todas las luces de esta plaza tan hermosa, esta plaza que es lo que más amo en mi ciudad, todas las luces encendidas. ¡Esto es una quimera! Me decían: “¡No llores babosa!”, pero me escurrían lágrimas de felicidad.

* Investigador, docente (UBA-UNLPam)