El mensaje y el amanuense

Hay quienes piensan que toda religión es un relato. Puede que estén en lo cierto. Al fin y al cabo, “en el principio era la Palabra”. En este artículo, su autora, previo a la nochebuena, elucubra sobre los tiempos del mesías por llegar.
Gisela Colombo *
Alcanza con que alguien de extremo poder pronuncie la palabra para que la idea se vuelva carne y sangre. Y si todo ha sido hecho con sólo pronunciarlo, eso significa que León Hebreo tenía razón: el Universo es un libro. Dichoso aquel que aprenda a leerlo…

Relato.
En el ámbito de lo legendario, lo religioso o lo mítico siempre ha de haber lo que Mircea Eliade denomina un “illud tempore” un “en aquel tiempo” diferente, previo a la historia, sumergido en la magia de un universo recién salido del horno. Los griegos le llamaron “Edad Dorada”; judeo-cristianos e islámicos,”Edén”. Es el momento anterior a la caída. El tiempo en que la muerte no había ingresado al mundo. Platón hablaría de él cuando se refiriera al andrógino, lo que éramos antes de ser desmembrados y atrapados en la cárcel solitaria del cuerpo, donde vivimos desde entonces sólo en contacto con la mitad femenina o masculina de nuestro ser y buscamos fatalmente nuestra otra mitad. Siempre lo deberemos a una desobediencia. Es curioso que culturas distantes coincidan en el diagnóstico.
Desde la literatura disponer un paisaje semejante resulta bastante simple. En busca de una atmósfera nebulosa donde la magia yla inocencia edénica sean posibles, pues habremos de comenzar con “Había una vez”. Con esa fórmula, el entendimiento se dispondrá naturalmente para acoger aquello que es lejano, impreciso, maravilloso. Entrará en la convención y no se le ocurrirá cuestionar nada, porque no aguardará del relato más verdad que la de una alegoría.

Historia.
Pero una cosa es el Rey que alza las murallas del reino y otra muy distinta el capitán que salva a los hombres de las almenas a puro vaciar su carcaj, y ofrecerse como blanco. Cuanto menos fantasmagórico sea, mejor logrará el cometido.
Con el cristianismo, con el mesías, el tema toma ese cariz. En efecto, a Adán y Eva los vemos a través de esa niebla espesa del olvido, desdibujados por el tono mítico característico de lo que han sido, antes que manchas sobre el papel, historias que se contaban de padres a hijos. No sucede lo mismo con los tiempos de Jesucristo. Montar la máquina de humo sobre su nacimiento sería vulnerar ya no las circunstancias, sino su propia naturaleza. No se trata de Zeus disfrazado de toro, o metamorfoseado en un rayo. El dios que viene a la tierra, ese día que inaugura una era, es un hombre. Un Dios, pero también un hombre.
Los publicistas dirían que usar el recurso de “Había una vez”, sería despojar el episodio de su “ventaja competitiva”. En efecto, si algo tiene de diferente este ser es justamente su pertenencia a dos condiciones a la vez. Si algo convence por encima de todo panteón pagano y deja empequeñecido a cualquier otro intento, es la creencia de que este hombre fue ambas cosas. Si esto ocurrió en un tiempo documentado y cercano, en un sitio identificado e imaginable con detalle, entonces la veracidad no se discute: ése es el secreto de la literatura realista, pero también (vaya la crítica) de la historia, a quien le interesa un poco más la verosimilitud que la verdad. El sujeto que nació un 25 de diciembre del año I, en un pesebre, y luego murió injustamente era, sin lugar a dudas, el Salvador. Si lo siguiéramos dudando por más recurso de verosimilitud que hayan usado sus “Libros Sagrados”, en el momento en que nacía cruzaba el cielo de Medio Oriente una nova de dimensiones, indicando, como una flecha iridiscente, el lugar exacto en que su madre lo alumbraba. Y en el instante de su muerte, el portal del Templo de Jerusalén simplemente se partiría en dos y la noche caería sobre la ciudad a las tres de la tarde.
Lo cierto es que la naturaleza dual de este sujeto único en el que conviven divinidad y humanidad en su más plena expresión es, ni más ni menos, que el punto central del cristianismo. Tuétano que no pocas veces generó discusiones, apostasías y excomuniones. ¿Qué tendría de extraordinaria la crucifixión por pagar faltas ajenas, si no hubiera sido densa la carne que se resistía a los clavos y manso el espíritu que se sometía a ellos?

Nacer de un vientre.
Sin esta dualidad ontológica, la tentación de los escribas no habría eludido el siempre efectivo “Érase una vez”. Pero el quid está en que este Dios nació de un vientre, hizo sufrir y sangrar a su madre, respiró con sorpresa y desagrado por primera vez y probó cada una de las capacidades que hoy la medicina mide con la prueba Apgar, aunque entonces no hubiera noticia de esa palabra.
Nadie lo ha dicho mejor que Borges. Nadie ha podido retratar el extrañamiento de quien no está habituado a estar en un cuerpo y se maravilla, como si de una magia se tratara:

Juan, I, 14
No será menos un enigma esta hoja
que la de Mis libros sagrados
ni aquellas otras que repiten
las bocas ignorantes,
creyéndolas de un hombre, no espejos
oscuros del Espíritu.
Yo que soy el Es, el Fue y el Será,
vuelvo a condescender al lenguaje,
que es tiempo sucesivo y emblema.
Quien juega con un niño juega con algo
cercano y misterioso;
yo quise jugar con Mis hijos.
Estuve entre ellos con asombro y ternura.
Por obra de una magia
nací curiosamente de un vientre.
Viví hechizado, encarcelado en un cuerpo
y en la humildad de un alma.
Conocí la memoria,
esa moneda que no es nunca la misma.
Conocí la esperanza y el temor,
esos dos rostros del incierto futuro.
Conocí la vigilia, el sueño, los sueños,
la ignorancia, la carne,
los torpes laberintos de la razón,
la amistad de los hombres,
la misteriosa devoción de los perros.
Fui amado, comprendido, alabado y pendí de una cruz.
Bebí la copa hasta las heces.
Vi por Mis ojos lo que nunca había visto:
la noche y sus estrellas.
Conocí lo pulido, lo arenoso, lo desparejo, lo áspero,
el sabor de la miel y de la manzana,
el agua en la garganta de la sed,
el peso de un metal en la palma,
la voz humana, el rumor de unos pasos sobre la hierba,
el olor de la lluvia en Galilea,
el alto grito de los pájaros.
Conocí también la amargura.
He encomendado esta escritura a un hombre cualquiera;
no será nunca lo que quiero decir,
no dejará de ser su reflejo.
Desde Mi eternidad caen estos signos.
Que otro, no el que es ahora su amanuense, escriba el poema.
Mañana seré un tigre entre los tigres
y predicaré Mi ley a su selva,
o un gran árbol en Asia.
A veces pienso con nostalgia
en el olor de esa carpintería.

Elucubraciones.

La humanidad de Cristo es lo que explica por qué las circunstancias del Natalicio han suscitado tantas elucubraciones, desde el inicio.
Si bien la tradición y la liturgia fechan el evento en el 25 de diciembre del año I de la era cristiana, las dudas se multiplican en cuanto más detallista se manifiesta la investigación.
El primero de los cronistas que fijó la fecha fue un monje llamado “Dionisio, el Exiguo”, quien en el 533 se aplicó a hacer cuentas y llegó a la conclusión de que Jesús nació en el 754 de la era romana (que se medía a partir de la fecha de la fundación de Roma, a la que llamaban “Ab urbe condita”).No obstante el denuedo puesto en ello, el fechador no logró evitar dos errores importantes:
Al aceptar el 754, el monje ignoró fatalmente un dato que se desprende del Evangelio de Mateo. Se trata del versículo en que el evangelista se refiere a los magos.
“¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle. [preguntó uno de los sabios llegados de lejos] Cuando lo oyó el rey Herodes, se turbó, y toda Jerusalén con él.”
Si los Reyes Magos, en tránsito hacia donde nacía el Cristo, se entrevistaron con Herodes, él debía estar gobernando en el momento del nacimiento. Herodes sería quien daría la orden de perseguir a los “Santos Inocentes”, niños menores de dos años, a los que debían aniquilar por evitar que el Rey de los Judíos, uno de ellos, alguna vez reclamara su trono. Definitivamente, vivía cuando nació Jesucristo. Herodes murió en el año 750, que equivale al 4 a.C. Jesús no pudo haber nacido después de esa fecha. Quizá uno o dos años antes, en el 2 a. C. o 748 romano. Seis años antes de lo que suponíamos.
El segundo error es hasta irrisorio. ¿En qué consistió?
Dionisio, el monje que fijó la fecha, perdió de vista un ínfimo detalle: el año “0”. Seamos más precisos: no lo perdió de vista, jamás supo que existiera.
En la escala numérica que utiliza el mundo moderno, el -1 es seguido por el 0, y sólo después vendrá el 1. Pues Dionisio propuso su escala sui generis en la que después del -1 venía directamente el 1.
El cero llegó a Europa por España mediante los pueblos árabes que se instalaron en la Península Ibérica durante los diez siglos del medioevo. Desde allí se difundió por toda Europa, provocando una verdadera revolución en las ciencias por cuanto permitió cálculos imposibles de realizar con números romanos.
El pobre Dionisio no conocía ni los números arábigos ni la obstinación con que los romanos cuantificaban sólo aquello que podía agrandar una fortuna o cancelar una deuda. El 0 no era algo que pudiera quitarles el sueño a esos hombres. Además, ¿de dónde habría de conocer a Fibonacci, quien ingresó el cero en España, un monje rumano del siglo sexto?

Errare humanum est.
Digamos la verdad: tampoco el pequeñín (¿con qué otro sentido le llamaron “exiguo”?) fue el único equivocado. En rigor, no hizo falta más que comparar los Evangelios para hallar entre ellos una serie de incongruencias. La mayoría de historiadores sostienen que San Lucas cometió un desliz al hacer coincidir el censo de Quirinio (que tiene lugar durante el 6 d. C), con el que ocurría al momento de nacer el niño. Cuenta el evangelista que no conoció a Cristo, Lucas, que José y María iban hacia Jerusalén para censarse. El decreto decía que todo el mundo debía comparecer en su ciudad de origen. Pero por algún motivo confunde a Quirinius con otro funcionario de nombre similar y desbarata en su crónica todo rigor histórico.
Quizá nos ayude en esto nuestro siempre admirado Borges, que aunque tenga fama de descreído, sabía y sentía tanto más que muchos de nosotros:
“He encomendado esta escritura a un hombre cualquiera;
no será nunca lo que quiero decir,
no dejará de ser su reflejo.
Desde Mi eternidad caen estos signos.
Que otro, no el que es ahora su amanuense, escriba el poema.”
Los amanuenses erran. Quien les sopla al oído el mensaje, nunca se equivoca.

Ignoscere divinum est.
Pero la voz, a pesar de la pequeñez del oído que traduce, sigue rodando. Sigue montando pesebres, reuniéndonos y celebrando el cumpleaños del niño benefactor como la fiesta más importante del año.
El relato podrá tener el encabezado incorrecto, podrá ofender, falsear, confundirse. Es inevitable, es también reflejo de la mano que lo escribe.
Pero, ¿acaso no suena a milagro que, a pesar de tantos yerros, de tantas faltas, de guardianes que pierden el honor, el mensaje siga llegando?
Quizá por ello nadie se molesta en deshacer las inexactitudes de Lucas ni del mínimo Dionisio. ¿Para qué?
¿Qué otra táctica podrá revelar mejor la antítesis abismal entre la Inteligencia Suprema y la torpeza humana? Tal vez gracias a esta ignorancia que repite su estulticia cada año recordemos la humildad necesaria para descubrir a un Rey cuya caballería fue un solo burro de carga y su cuna de oro, un lecho de paja que compartió con las ovejas y en suelo foráneo.

* Escritora