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El mundo “engripado”

HISTORIA - A 100 AÑOS DE LA PANDEMIA DEVASTADORA DEL SIGLO XX

La experiencia vivida por los pobladores del mundo de hace 100 años durante la “gripe española”, permiten concluir que las prácticas de contención actuales son viejas, costosas y agotadoras para las sociedades.

Fabio Alonso *

La pandemia de gripe de los años 1918-1920 constituye la mayor catástrofe demográfica. Más allá de las discrepancias estadísticas, infectó a una de cada tres personas en el planeta y los muertos alcanzan como mínimo a 50 millones. El pico de mortalidad llegó cuando ocurría el triunfo de los aliados en la Gran Guerra. Desde la medicina se coincide en que en el origen de toda pandemia siempre ocurre un encuentro entre un microorganismo causante de la enfermedad y un ser humano. Pero, se convierte en un fenómeno social, imposible de aislar de su contexto histórico, geográfico y cultural.

Ultimo año de la Gran Guerra.

La principal coordenada histórica que involucra a la pandemia son los años finales de la Gran Guerra, la mayor de las guerras de la humanidad hasta entonces, por la magnitud de las fuerzas involucradas, la duración y la destrucción provocada. La mayoría de los historiadores coinciden en considerarla como una “guerra total”. En ella se enfrentaron los aliados, con base en la Triple Entente de 1907 que integraban Gran Bretaña, Francia y Rusia; y los imperios centrales (Alemania y Austria-Hungría, los países principales de la Triple Alianza de 1882). La guerra destruyó la estructura política, económica, social y territorial de la Europa del siglo XIX.

Los orígenes de la pandemia.

La gripe de 1918-1920 se constituyó en la primera auténtica pandemia universal y la más grande jamás conocida. Coincide con la fase final de la guerra y la reorganización dificultosa de la paz de Versalles.

La gripe A de un virus subtipo H1N1, probablemente de origen aviar, se extendió en pocos meses. Si bien algunos estudios indican que se inició en Asia, el primer paciente identificado, caso cero o índice del virus de la influenza fue un cocinero del campamento Funston, en Kansas, Estados Unidos, quien en la mañana del 4 de marzo acudió a la enfermería por fiebre, cefalea y odinofagia. En el asentamiento militar se adiestraban a reclutas para otros campamentos y las trincheras occidentales de la Gran Guerra. En abril, la enfermedad era epidémica en las zonas urbanas del centro y en las ciudades costeras del este, desde donde embarcaban las tropas, llegando primero a los puertos franceses, luego al frente occidental y para finales de abril, ocupaba la geografía francesa.

En mayo, la onda expansiva de la gripe alcanzaba Gran Bretaña, Italia y España, propagándose por todo el norte de Africa, India, China y Japón, llegando a Australia en junio. Desde el frente occidental, la onda alcanzó a Alemania, avanzó por Suiza, Austria-Hungría, Bulgaria, Grecia, Polonia y Rusia. En julio, cuando parecía que había aminorado tuvo lugar una segunda onda más letal que con el movimiento de las tropas abarcó a todo el planeta.

La situación bélica resultó un entorno propenso a su propagación debido a los movimientos masivos de tropas, el estrés de los hombres en combate, la malnutrición de los soldados y los ataques con armas novedosas e incluso con gases venenosos. Y cuando en Australia, en forma prematura, se levantó la cuarentena a principios de 1919, se generó una tercera onda de virulencia intermedia y que abarcó más el hemisferio sur.

La “gripe española”.

Hasta mayo de 1918 no había referencias en los periódicos sobre la enfermedad para no desmoralizar a las tropas. Sólo en España, que entendió que el virus procedía de otros países y como país neutral, sin censura previa, se le hizo un lugar importante, con lo cual terminó denominándose como “gripe española”. En el país se infectaron no menos de 8 de sus 20 millones de habitantes, incluyendo al rey Alfonso XIII, al presidente del gobierno, varios ministros y murieron unas 300.000 personas. Por eso, cuando estas noticias se difundieron, la población francesa, británica y estadounidense, utilizó aquélla incorrecta denominación que daba cuenta de un falso origen. Al principio no se conocía nada de la enfermedad de modo que tampoco tenía nombre. Los médicos franceses comenzaron a denominarla crípticamente la maladie onze (enfermedad once), los alemanes el blitzkatarr (catarro relámpago), los polacos la “peste bolchevique”, los brasileños “gripe alemana” y los senegaleses “gripe brasileña”. Estos nombres, en un escenario bélico, permitían culpar a los “otros”. La enfermedad alimentó la xenofobia, el racismo y las conductas clasistas. En el oeste de Estados Unidos se acusaba a inmigrantes chinos de haber llevado la enfermedad. Los chinos acusaban a los misioneros occidentales. En Nueva York señalaban a los inmigrantes italianos que habitaban en los suburbios pobres.

Las primeras reacciones.

A diferencia de otros virus que afectaban a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables entre 20 y 40 años, una franja de edad que probablemente no estuvo expuesta al virus durante su niñez y no contaba con inmunidad natural. Fiebre elevada, dolor de oídos, cansancio corporal, diarreas y vómitos ocasionales eran los síntomas. La mayoría de las personas que fallecieron sucumbieron a una neumonía bacteriana secundaria porque no había antibióticos disponibles.

En la ocasión, se recuperaron antiguos conceptos como “cuarentena”. El término fue inventado por los venecianos en el siglo XV cuando obligaron a los barcos que llegaban del Levante mediterráneo a permanecer fondeados durante 40 días antes de permitir el desembarco. Como se desconocía la raíz biológica de las enfermedades y se atribuía a causas religiosas, se estableció esa duración temporal que resulta bastante arbitraria: en la Biblia aparece en el Levítico y constituye el tiempo en que Jesús realizó el retiro en el desierto. El comisionado de salud de Chicago sostenía a inicio de 1918: “Si lo contraen, quédense en casa, descansen en la cama, manténganse calientes, tomen líquidos y estén tranquilos hasta que los síntomas pasen”. El tiempo de duración del encierro fue extenuante para la sociedad.

El “cordón sanitario” fue otro instrumento, la demarcación de una línea alrededor de una zona infectada para que nadie pudiera salir de ella. Se rescató el caso del poblado inglés de Eyam que en el silgo XVII se encerró durante seis meses para combatir la peste bubónica. Los estudiosos reconocían la efectividad del confinamiento porque evitó que la enfermedad se propagara hacia el norte aunque el número de muertos proporcionalmente fue alto. Los cercos se impusieron a los sectores pobres, como en Brasil, por la creencia de que se infectaban más por ser “inferiores”.

El “aislamiento forzoso” de los enfermos o sospechosos se mostró costoso en términos de vigilancia. No es el único costo a tal punto que en 1851 se realizó en París la primera Convención Internacional Sanitaria, con la idea de proteger a los países de las epidemias sin afectar demasiado el comercio y el tránsito de las personas. Los estudios comenzaron a establecer el período de incubación que sirvió de base para las cuarentenas. Desde finales del siglo XIX, con la internacionalización del capitalismo, los viajes aumentaron en medios y en frecuencia, mientras que las ciudades crecieron en habitantes, en un nuevo cambio demográfico. El problema se hizo menos controlable aunque se creó la Oficina Internacional de Higiene Pública que, a partir de 1907, centralizó el registro sobre enfermedades en Europa y acordó normas comunes para las cuarentenas de los barcos para no resentir la economía.

Las soluciones.

En 1918 los científicos todavía no habían descubierto los virus, por lo tanto no había pruebas de laboratorio para diagnosticar, detectar o caracterizarlos. Los métodos para prevenir y tratar la influenza tenían limitaciones. No había vacunas para protegerse contra la infección, medicamentos antivirales para tratar la enfermedad, ni antibióticos para las infecciones bacterianas secundarias como la neumonía. Los esfuerzos para prevenir la propagación de la enfermedad incluían intervenciones no farmacéuticas, como la promoción de una buena higiene personal, la implementación del aislamiento, la cuarentena y el cierre de lugares públicos. En algunas ciudades se impusieron ordenanzas que exigían el uso de mascarillas en público.

Cuando se reconoció la pandemia –al principio no hubo una visión general de la situación– predominaron las medidas de “distancia social”: se cerraron escuelas, teatros, templos; se restringió el uso del transporte público; se prohibieron reuniones multitudinarias. La prensa fue el medio de difusión por excelencia, no había radio sino telégrafo, y muy pocos teléfonos. Las recomendaciones incluían el uso de pañuelos cuando se estornudaba y el lavado de las manos con regularidad. También evitarse aglomeraciones y mantener las ventanas abiertas.

Las polémicas actuales sobre los barbijos no tienen originalidad. En algunos lugares se recomendaba llevar una mascarilla de gasa sobre la boca pero no siempre las autoridades sanitarias acordaban sobre si reducía la transmisión. Las instrucciones destacaron el modo del contagio: contacto de persona a persona a través de las microgotas de secreciones que expulsaba el enfermo al toser, estornudar o hablar.

El contexto actual.

A un siglo de la pandemia de gripe más letal, con salas de terapia intensiva, respiradores artificiales, guantes de látex y múltiples medidas de higiene preventiva (alcantarillado y sistemas de agua potable) e incluso con la capacidad de decodificar el genoma, la situación actual nos encuentra con condiciones similares y los métodos no son más eficaces.

La “cuarentena” fue uno de los primeros recursos utilizados en todo el mundo. Algunos rescatan la experiencia del “cordón sanitario” al entender que si funcionó hace 350 años podría también ser posible en la actualidad. El 23 de enero de 2020 se cerró la ciudad China de Wuhan por el SARS-CoV-2.

El “aislamiento forzoso” no es tan costoso a partir de la experiencia de algunos países de Asia que emplean una App telefónica para el monitoreo de 14 días que se calculan como incubación del covid-19. Las campañas de información pública parecen calcadas. El impacto con el cierre de la economía es devastador. 

Estos elementos de aquélla experiencia nos permiten concluir que las prácticas de contención son viejas, costosas y agotadoras para las sociedades.

* Profesor en Historia