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El paradigma «Disney»

Atada a la convicción de que «nada es imposible» se torna creciente la importancia de los sueños personales. Las nuevas generaciones cada vez conceden más valor a los deseos y menos a las condiciones externas que los harán posibles.

Gisela Colombo *

El siglo XX sacudió al hombre con hambrunas, guerras, dolorosas postguerras, regímenes totalitarios, las ruinas de esos órdenes abusivos, prohibiciones, tensas calmas entre potencias y una larga lista de calamidades. A fuerza de sobrevivir a todo ello es que la cultura se tornó por momentos sombría, y hasta estoica. Pero en la medida en que llegaron tiempos mejores y se fueron cicatrizando heridas, comenzó a desplegarse un deseo hedonista de goce compensatorio y una perspectiva que Bauman retrata críticamente como «modernidad líquida», consistente en la liviandad novedosa con que se toma la vida. Es cuando irrumpe en el sentir popular la idea de que «nada es imposible».
En las últimas décadas un cambio -que quizá se remonte al periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial, a una consecuencia del Mayo Francés, o tal vez al movimiento hippie- fue afianzándose en el rumbo. El mismo que partió de una cultura abnegada y fue yendo hacia destinos más optimistas y relajados. Un cambio sin dudas positivo. Pero el péndulo permanente de los procesos sociales y culturales ha determinado que hoy estemos en las antípodas de esas sociedades montadas sobre la base de sacrificios y de resignación frente a las adversidades.
Atada a la convicción de que todo es posible se torna creciente la importancia de los sueños personales. Las nuevas generaciones cada vez conceden más valor a los deseos y menos a las condiciones externas que los harán posibles. La gente del pasado que describimos, como conocedoras de los golpes imponderables, medía prudentemente las posibilidades de que un asunto evolucionara según los anhelos subjetivos. Pero hoy, si «nada es imposible», entonces todo está destinado a ser.

El deseo.
Sólo se trata de desear. Con insistencia, con perseverancia y fe ciega. Quienes lo sienten así quizá no se hayan detenido a pensar que, en ocasiones, esos deseos individuales son incompatibles entre sí. No pueden ganar dos equipos de fútbol el mismo partido, por mucho que lo deseen.
En las dos primeras décadas del siglo XXI la profundización de este proceso cultural se desplegó casi sin resistencias. En los últimos meses de cuarentena las vías de comunicación social se han atiborrado del dulce concepto de que nada podrá negársele a quien sepa soñar con persistencia.
Aun cuando la pandemia, paradójicamente, a largo plazo será responsable de su descrédito.
En más de un sitio bebimos la visión de que una esperanza rebosante es la única llave de todo éxito. Si el best seller de Rhonda Byrne «El secreto», traducido a cientos de idiomas, no fuera suficiente, de unos años a esta parte, «la ley de la atracción», tan extendida popularmente dejó de ser una forma de optimismo y se tornó un requisito sine qua non; es imposible la efectividad en empresa alguna.
Sólo en la plataforma más popular de streaming se ofrecen dos películas (que no una) cuyos títulos son una referencia directa al libro «El secreto» y su filosofía.

Efecto Disney.
Hace unos años, en una entrevista, Mark Zuckerberg manifestó su inquietud por este paradigma que se tornó casi un dogma entre los más jóvenes. El creador de Facebook reconoció ciertas virtudes de las nuevas generaciones, mientras mostró preocupación por algo alarmante. Aquí bautizaremos esas creencias como «Paradigma Disney», y será el «Efecto Disney» el resultado a mediano y largo plazo, que desvela al entrevistado. Porque si hay algo que podría amedrentar más es la permanente difusión de esta lógica entre los niños y adolescentes como si de una verdad irrevocable se tratara. Si observáramos los mensajes que dejan las películas de Disney con las que educamos informalmente a nuestros niños y niñas, veríamos una unívoca concepción de que nada se nos negará si lo soñamos con fuerza. El mensaje inspirador que consignan casi sin excepción esas producciones puede llevar cierta responsabilidad en la falta de realismo con que las nuevas generaciones leen el mundo.
La realidad no siempre condesciende y cumple con nuestros anhelos. Los que hemos vivido lo suficiente sabemos que ninguna máxima se ajusta más a la verdad que aquella que reza: El hombre propone y Dios dispone. Lo cual significa que una fuerza inmanejable para nuestras manos conduce el devenir de los hechos y no hay cómo forzarla desde la pequeñez de un individuo. Llamémosle destino, azar, o como sea.
Los antiguos romanos nombraban a los sucesos que nos recordaban la falibilidad de todas las cosas, como los caprichos de «la diosa Fortuna». En el Renacimiento esa figura pagana que aparecía con el atributo de la cornucopia rebosante de manjares, o se representaba como la capitana de un barco que iba viento en popa, renació y cobró muchísima fuerza. A nuestros niños les hemos dicho que no existe. Que si tienden a lo soñado, tarde o temprano lo tendrán.
Es oportuno observar qué decían esos humanistas del Renacimiento. En la voz de Maquiavelo: «[…] y a fin de que no se desvanezca nuestro libre albedrío, acepto por cierto que la fortuna sea juez de la mitad de nuestras acciones, pero que nos deja gobernar la otra mitad, o poco menos. […] Así sucede con la fortuna, que se manifiesta con todo su poder allí donde no hay virtud preparada para resistirle y dirige sus ímpetus allí donde sabe que no se han hecho diques ni reparos para contenerla».
El efecto, de esta falta de verdad en la programación mental y en las expectativas jóvenes derivará, como señala el autor de «El príncipe», una debilidad evitable. Y la sorpresa necesariamente traerá decepciones, frustración y la consiguiente imposibilidad de comprender lo que sucede, de otro modo que como un castigo, una injusticia. Convertidos los hombres del mañana en «víctimas de la iniquidad del mundo», el resentimiento podría ganar la partida.
La pandemia ha estado siendo, es, y tal vez será, un hecho inesperado, un capricho de Fortuna. Aunque efectivo para paliar el «Efecto Disney». Porque, como dijera otro humanista del Renacimiento, Marsilio Ficino, «es bueno combatir la fortuna con las armas de la prudencia, paciencia, y magnanimidad. Mejor es retirarse y huir de tal guerra, de la cual poquísimos salen victoriosos […] Lo óptimo es hacer una paz o tregua con la fortuna, conformando nuestra voluntad en la suya, yendo donde ella quiere, de manera que no nos conducen allí por la fuerza. Todo esto lo conseguiremos si concuerdan con nosotros el poder, la sabiduría y la voluntad. Finis. Amen».

* Docente y escritora