miércoles, 30 septiembre 2020
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El pintor que rompió con la belleza

Francis Bacon dio expresión a las fuerzas inconscientes que gobiernan la conducta humana. Pinturas que impactan, y hasta llegan a generar repulsión.

Ana Martín *

Quisimos pensar que éramos seres racionales. Sin embargo, nuestra especie ha dado y sigue dando muestras de crueldades y de horrores sin nombre desde lo colectivo y lo individual. Los delitos de guerra y los asesinatos, los femicidios casi cotidianos de quienes dicen amar a su víctima, dan cuenta de la fuerza de lo irracional en nosotros. Francis Bacon nos muestra esas facetas que no queremos ver ni saber. Su pintura impacta, hasta escandaliza. Golpea y llega a crear repulsión. Maestro reconocido en el mundo del arte, su pintura logró expresar con un poco más de verdad el acontecimiento del ser.

Apuntes sobre su vida.

Nació en Dublín en 1909, de padres excéntricos que disfrutaban de la vida. Creció en Londres. A los 16 años asume su homosexualidad. Con la intención de cambiarle, su padre lo envía a Berlín. Allí se integró a un ambiente de bohemia, trabajó, estudió francés. Trabajó en decoración y en el diseño de muebles y tapices. Impactado por una exposición de Picasso a la que asistiera en París, comenzó a pintar. En muchas ocasiones recreará a los maestros de la pintura, desde su perspectiva. Participó en la Segunda Guerra. En 1951 hizo el primer retrato de Lucien Freud, pintor inglés contemporáneo, nieto del creador del psicoanálisis. Participarán en eventos conjuntos, y le seguirán otros retratos de ése y otros amigos cercanos. A partir de su fascinación por la fotografía se va a replantear el sentido de la pintura como imitación (mimesis); de ahí que buscará dar a su obra otra impronta. Expuso en las salas más reconocidas del mundo. En su taller en South Kensignton encontró el espacio y el desorden que necesitaba para ejercer su actividad creativa hasta el final de su vida. Murió en Madrid en 1992 después de asistir a una muestra retrospectiva de Velázquez.

Dar lugar a la sensación.

Sostuvo que la pintura había estado influenciada por el arte religioso, ligado a cierta narrativa. La pintura abstracta había intentado romper con esa figuración. Sin embargo, ambas corrientes operaban desde la razón. Para conjurar el carácter ilustrativo de la pintura opone, a lo figurativo, lo “figurado”. Crea la noción de Figura, que aísla de otros elementos. Busca llegar a mostrar la sensación, que asocia a un ritmo, y que se presenta como vibración que recorre el cuerpo. Los niveles de sensación serían como detenciones o instantáneas de movimiento, que volverían a recomponerle en su continuidad, su velocidad y su violencia. La sensación se funde con su acción directa sobre el sistema nervioso, los niveles por los que pasa, los dominios.

En sus trípticos se puede ver la potencia de las fuerzas que señalan el movimiento que atraviesa. El movimiento le lleva a centrar la figura dentro del contorno. Un contorno que puede ser desbordado por la fuerza de la sensación o para crear efectos desplazados. De partes desgarradas. De carnes expuestas. Bacon llama el Grito a la inmensa piedad que le lleva a incluir piezas de carne, músculos sobresaltados. Genera deformaciones en el cuerpo. Pone en juego un flujo inconsciente de fuerzas creativas para encontrar el equilibrio. Es el dominio de un pensamiento irracional, lo desconocido que permite expresar aspectos ocultos del ser humano.

Son asombrosas sus cabezas donde logra que el cuerpo entero parezca escapar por la boca. La boca adquiere potencia de localización que logra hacer de toda pieza de carne una cabeza sin rostro. No es ya un órgano particular, sino el agujero a través del cual el cuerpo entero se escapa. Puede ocurrir que la cabeza del hombre sea reemplazada por la de un animal, pero es el animal como trazo, para expresar lo que no se puede discernir entre el hombre y el animal. Las piezas de carne señalan la zona común del hombre y la bestia. Identificado con el horror y la compasión, el pintor actúa como carnicero.

Recursos plásticos.

Espacios lisos, de color vivo, uniforme, inmóvil tienen una función estructurante espacializante, al plantear de un fondo sobre el que se alza la imagen. Se ha dicho que estos fondos de color liso venían de su oficio de decorador. Suele hacer un redondel para delimitar el lugar donde está sentado el personaje, es decir, la Figura. Sentado, inclinado, entremezclado con el otro en un juego que puede ser erótico o violento, o con la violencia del erotismo.

Hay otros procedimientos de aislamiento, como poner la Figura en un cubo, o en un paralelepípedo de cristal o de hielo. Puede pegarla a un raíl, a una barra, como el arco magnético de un círculo infinito. Lo importante es que constriñan la Figura, a la vez que la hacen sensible una especie de marcha de exploración. Una búsqueda hacia donde no se sabe.

En cuanto a las texturas, a lo espeso, lo sombrío o la imagen borrosa, preparan ya el gran procedimiento logrado con rodillo, escobilla o cepillo, zonas inciertas que exhiben el espesor en una zona no figurativa.

También juega con la fragmentación del cuerpo: la cabeza en otro espacio, cuerpo sin cabeza, partes escapan del cuerpo o de su contorno. O con sombras, que dicen de este cuerpo des-centrado. El cuerpo de un ser humano que no se gobierna a sí mismo.

Lo que nos dice de nosotros.

Es una pintura violenta, pero no es la violencia de la guerra. No busca atacar, sí busca provocar y contrariar modos a los que estamos acostumbrados de ver los fenómenos. Esas formas prolijas, tan diferentes a los hechos que vivimos, y hasta que protagonizamos. Su violencia expresa un ensamble de fuerzas que actúan desde el cuerpo, sin pretender la mirada, pero poniéndonos como testigos, hablan del ser como acontecimiento imprevisible, intempestivo.

Además de romper con convencionalismos y con la imagen asociada a toda pose, sus figuras con partes que se fragmentan o multiplican, dicen de la no coherencia del sujeto con su razón. O de cómo la razón lleva a la destrucción de cuerpos, a la ambición destructiva, a la condición de otro que sufre esa violencia en acto. O en decisiones, podríamos pensar, lejos de toda sangre, pero causantes del derramamiento de sangre.

No es una pintura bella, hay que insistir, es provocadora. Que rompe el espejo de la anhelada perfección ligada a lo convencional, para decir, sin tapujos, de la consistencia del ser humano. En su planteamiento de la condición de animalidad del ser humano, tema del que se ocuparán los filósofos en la segunda mitad del siglo XX, saca al ser humano de su pedestal autocentrado para decir de lo peor y de lo mejor a lo que puede llegar.

*Psicoanalista y escritora