Inicio Caldenia El robo de La Gioconda

El robo de La Gioconda

El martes 29 de agosto de 1911 el Museo del Louvre batió un récord de visitantes; la indetenible ansiedad del público se debía a un hecho por demás inusual: siete días antes se habían robado La Gioconda.
Daniel Pellegrino y Jorge Warley *
Las interminables colas en que se ordenaba el gentío solo deseaba observar el hueco dejado en una de las paredes del salón Carré por el más célebre retrato de la pintura de Occidente.
La noticia ocupó las portadas de los diarios de todo el mundo y alimentó explicaciones fabulosas e imaginativas. El Louvre permaneció cerrado una semana para que la policía comenzara la investigación. La principal hipótesis que rápidamente cobro carnadura fue que el cuadro habría sido robado por alguien obsesionado con la mujer representada. Las pistas condujeron entonces a dos nombres sorprendentes: el poeta Guillaume Apollinaire y el pintor Pablo Picasso.
Dos años más tarde el hurto fue resuelto en cuanto a su responsabilidad, y tanto Picasso como Apollinaire quedaron libres de culpa y cargo. El delincuente había sido un antiguo trabajador del Louvre que pretendió cobrar un rescate, fue detenido y la Mona Lisa volvió a su histórica casa. De aquel episodio histórico queda una película de 2012, dirigida por Fernando Colomo y titulada La banda Picasso. Quedan también, dicen, flotando sobre París, las carcajadas de Apollinaire.

Vanguardista.
El poeta y ensayista Wilhelm Albert Wlodzimierz Apolinary de Kostrowicki, de origen bieloruso -conocido como Guillaume Apollinaire- nació en la ciudad de Roma en 1880, pero desde comienzos del siglo veinte se estableció en Francia. Se alistó como voluntario durante la Primera Guerra y fue gravemente herido en la cabeza; así, en 1916 se le concedió la ciudadanía francesa. Dos años más tarde falleció víctima de una pandemia de gripe.
Trabajó de lo que pudo y halló, pero rápidamente comenzó a destacarse por sus breves críticas artísticas y su presencia en los círculos estéticos de la época, fuertemente sacudidos por las experiencias de las vanguardias. Sus primeros intentos poéticos estuvieron muy influidos por la corriente simbolista, pero hacia 1913 Apollinaire ya mostraba vuelo propio.
Ese año publicó dos de sus obras más resonantes: el poemario Alcoholes y el ensayo Los pintores cubistas, una encendida defensa de esta escuela pictórica que juzgaba una sana y fértil superación de la ya seca poética realista.
Sintetizó de esta manera las razones de su reivindicación: “Los grandes poetas y los grandes artistas, tienen, como función social, una incesante renovación de la apariencia que la naturaleza pone ante nuestros ojos. Sin los poetas, sin los artistas, los hombres se sentirían pronto aburridos de la monotonía de la naturaleza”.

Los Caligramas.
En esa clave, se publicó en 1918 una de sus obras decisivas y de las más influyentes en la renovación de la escritura de poesía: los Caligramas. Estos textos pretendían llevar al límite la experimentación formal; se trata de una suerte de preludio de la escritura automática que un poco más tarde cultivarían los surrealistas como una estrategia para desestabilizar la estructura lógica y sintáctica de la lengua materia de la poesía. Teniendo en cuenta estos aspectos, algunos historiadores calificaron a los poemas de Apollinaire como”cubismo literario”.
En los Caligramas el autor recurría de manera creativa al uso de las variantes tipográficas y el color, la disposición plástica de las palabras en la página, al recurso de distribuir términos y sílabas para dibujar objetos. Apollinaire buscaba acercar la poesía a las artes plásticas y olvidar la tradicional asociación del poema con la música, es decir una experiencia estética visual antes que acústica.

Las tetas de Tiresias.
Fue un pionero al cual todos los jóvenes vanguardistas, aquellos que lo conocieron y las generaciones posteriores, veneraron por la riqueza de sus excentricidades formales que alimentan una fuente inagotable de inspiración. En 1917 publicó la obra de teatro Las tetas de Tiresias, a la que calificó de “drama surrealista” y echó a rodar así uno de los vocablos de mayor trascendencia artística del siglo pasado y hasta la actualidad.
En la América Latina no pocos y relevantes escritores han aceptado el influjo de Apollinaire. Desde el chileno Vicente Huidobro (uno de los fogoneros principales del movimiento “creacionista”), al cubano Guillermo Cabrera Infante, el porteño Oliverio Girondo, y por qué no las flores tardías de algunos poemas de Juan C. Bustriazo Ortiz, quien ha jugado con la disposición espacial y tipográfica en el “Libro del Ghenpín” (2004).
Y como hay pocas cosas nuevas bajo el sol, vale recordar los antecedentes de los poetas alejandrinos a fines de la era precristiana y comienzos de la cristiana. Cuando la ciudad de Alejandría (la fundada por Alejandro Magno, la que poesía la mayor biblioteca del mundo), era el centro de la vida intelectual de la época, en literatura se trabajaba sobre innovaciones de contenido, de géneros, de técnicas; entre otras los juegos “caligramáticos”, es decir poemas que tomaban la forma del tema tratado.
Ya entonces se estudiaba la variación caligráfica, la direccionalidad de la palabra (leer hacia arriba y abajo, en espiral, en sentido opuesto al de izquierda-derecha), el estéquedon (alineación de letras en sentido vertical y horizontal a la vez, hasta constituir una cuadrícula con el mismo número de letras en cada línea), la liberación del renglón, y así otros tantos artificios y rupturas de convenciones con la palabra escrita.

Argentina, tierra prometida.
Más allá de sus búsquedas formales, Guillaume Apollinaire supo registrar las miserias y los miserables de su época. En el poema “Zona”, que está incluido en Alcoholes, aparece la única referencia que en su obra hay sobre la Argentina. Como puede juzgarse en el fragmento que se transcribe, la idea que ronda los pensamientos del poeta no es muy diferente del imaginario “paraíso para los inmigrantes” que se encuentra en mucha literatura y representaciones de la época, en la Argentina del Centenario.
Miras con ojos llenos de lágrimas a estos pobres emigrantes. / Creen en Dios, rezan, sus mujeres amamantan a los niños. /Impregnan con su olor la sala de espera de la estación Saint-Lazare. / Confían en su estrella como los Reyes Magos. / Esperan ganar dinero en la Argentina / y regresar a su tierra después de hacer fortuna. /
Una familia lleva una manta roja como alguien que transportara su corazón. / Esa manta y nuestros sueños son igual de irreales. /Algunos de los emigrantes permanecen y se alojan / en tugurios de la Rue des Rosiers o de la Rue des Écouffes. / Los he visto a menudo por las noches mientras toman un poco de aire en la calle. / Apenas se mueven, como piezas de ajedrez. (…)

* Docentes de Letras, UNLPam