El sueño de lo amado

POESIA - JOSEFINA BRAVO, JUEGOS DE LENGUAJE

En el poemario “Escalofriante de mí”, de Josefina Bravo, hallamos el canto bucólico a la llanura que libera y el verso urgente a la ciudad que oprime, y entrevemos el sortilegio de la búsqueda del ser que se funda en el lenguaje.
Sergio De Matteo –
Una lengua acumula variantes y matices desde su primer sonido fundante. Está constituida por un vocabulario que va olvidándose y otro nuevo que nace al empuje de la época. En esa fricción trabajan los poetas, como si estuvieran resguardando una memoria tejida de palabras e imágenes.
El desafío de todo autor se sustenta, incluso implosiona, en el diálogo con el lenguaje y las obras de los precursores. En la razón que lo asiste de inventar/se en la misma escritura, es donde descubre el funcionamiento de la lengua, el sentido del lenguaje, los efectos y las sugestiones que le otorga la palabra como herramienta primordial.
El filósofo Ludwig Wittgenstein plantea que existirían tantos juegos de lenguaje como seres humanos, pues, cada uno de ellos, tendrían la posibilidad de articular la lengua, más allá de la reglas gramaticales y lingüísticas, como mejor les parezca en el campo de la creatividad.
La poeta Josefina Bravo asume ese juego de lenguaje y divide su libro en tres partes: “Desborde de luz”, “Desluz” y “Borde de luz”. Si observamos con atención en el primer título están contenidos los otros dos, ha jugado con su ordenamiento, dándole un sentido lúdico y germinante al propio lenguaje. Así también en este despliegue y empleo de recursos que rompan el horizonte de expectativa del poema tradicional, ordenado verso a verso, poema a poema, hará un uso espacial de la hoja en blanco, al modo de Mallarmé, Apollinaire o la poesía concreta brasileña.
Entre inventores, maestros y epígonos, según Erza Pound, se labora la historia de la poesía, donde se inventan técnicas, se rompen convenciones, se innovan nuevos tipos de escritura. Por lo tanto, en todo texto se van a encontrar ciertos elementos, semas y conceptos que el poeta selecciona para construir y dar sentido a su mundo simbólico e imaginario.
La poética que se propone, de alguna manera, estará implícita en su propia realización. La cual cruza por las experiencias del autor, así como se nutrirá de la cita y la influencia de las obras y autores que elige como su propia tradición.
Entonces la fundación literaria se despliega en un camino de ida y vuelta, que comprende la lectura y la práctica escrituraria. Josefina Bravo yuxtapondrá sus propios textos con los de Mario Levrero, Jorge Leonidas Escudero, Juan Carlos Bustriazo Ortiz, María Negroni y Jorge Luis Borges.

Doppelgänger.
El libro se comporta como un ouroboro, si pensamos en el primer acápite y el último poema. Levrero revela en sus líneas la pregunta que cruza por todo el poemario y que queda manifiesta en los versos finales, como esa serpiente mitológica que se muerde la cola. Ya lo decía Borges: “Porque en el principio de la literatura está el mito, y asimismo en el fin”.
Ese mal y esa razón de ser levreriana empujan al poemario e involucran a la poeta a transitar por territorios reales y ficticios que se sustentan en la palabra poética.
Y retornamos al diálogo, a las correspondencias, por la búsqueda del sentido de la vida y del ser en el mundo ha preocupado a poetas, filósofos y religiosos desde el comienzo de los siglos. La vacilación del ser en cuento ser, o dasein arrojado al mundo, lleva a Bravo a un trabajo de introspección para reconocerse por medio del verbo (“Sonido de estar. Silencio de no estar”).
El yo poético interpela el vacilar de las cosas, el devenir del ser, y en ese sentido, advoca desde la misma palabra al doppelgänger, como lo hiciera Hoffmann, y ejercita como Olga Orozco su “desdoblamiento en máscara de todos”. Bravo dice: “Ella me mira mirarla,/ me clava en su media mirada./ Ni la tengo ni me tiene en cuenta.// Ahora,/ me acerco./ y, cuando soy ella,/ retrocede”.
Hay otras viejas ideas recurrentes en la literatura. Una corresponde a Percy Bishe Shelley: “En el proceso de escritura se engendra otro ser dentro de nuestro ser”. Se lee en Bravo: “Espejo, espejito,/ mostrame la verdad, dice ella.// Le hago ver la belleza oscura./ Perfecta,/ sobre todo, oscura.// Ella,/ fiel espectador./ Yo, ilusionista/ de magia negra./ Celador de espejismos”. El ser engendrado en nuestro ser se despliega en la hoja en banco, dándole sentido al poema, a la duplicación del yo poético. Es como resaltaba Arthur Rimbaud en Cartas del Vidente (1871): “Je est un outre”.
“Yo es un otro” reza el poeta francés, y Josefina Bravo replicará: “Ella y yo. Para ser ella,/ que me vea./ Y para verla,/ verla/ ahí, expectante.// Entregada.// A su medida, simetría ausente./ Invisible, avanza/ y retrocede.// Ella me busca,/ media horizontal./ Quiero salir,/ medio vertical.// Ella animada. Yo fría./ Sin ella entregada,/ yo no puedo”.

Memorias.
Los poemas entremezclan tiempos, paisajes, experiencias y los seres que dan carnadura al relato poético. Es interesante acudir a lo que dijera Homero, “Componer versos es recordar”, y que después potenció Nerval: “Inventar, en el fondo, es recordar”.
En ese recordar que se compone y se inventa se trasudarán dos tipos de memoria. Una “memoria real” (imágenes, sonidos, aromas, espacios: del campo y la ciudad), y otra “memoria textual” (citas y la misma escritura del pasado). Estas memoria se mezclan y se mixturan, es como si la imaginación a través de esas memorias resignificara los recuerdos y volvieran a tomar sentido por medio de la forma poética. Habrá una trashumancia entre dos ámbitos bien demarcados, campo y ciudad; donde aflora lo que escribiera Bachelard: “Las moradas del pasado son en nosotros imperecederas”. Se enumera: estrellas, tranqueras, llanura, viento, monte y caballos, por un lado (campo); campanas, autos, terraza, calles de cemento, edificios, por el otro. En estos locus queda en claro que en uno se da una sucesión y transformación natural: “La tierra: absorbe, atrae, succiona”, y en el otro domina lo artificial: “En la ciudad, el cielo entre múltiples paredes,/ finalmente,/ morirá”.

Cuerpos.
Así como la otredad transita por el poemario también irrumpe con una fuerza inusitada una poesía sobre el cuerpo. Un poco rememora la obsesión pizarnikiana: “hacer el cuerpo del poema con mi cuerpo”. La escritura se comporta como un tejido donde el cuerpo se trama y destrama, donde se lo convoca a la ceremonia de la poesía, para celebrarlo (serie “Caballo de luz”), discutirlo (serie “Grietas de mí”).
Bravo propone volver al cuerpo pero desde otro paradigma. Quitarlo como objeto de deseo en que lo transforma el mercado de consumo y la sociedad del espectáculo (fetiche), y devolverlo al terreno de la somnolencia, al instinto y la pasión del amor (serie “Entre sueños…”).
Esta ruptura de la visión patriarcal impuesta desmonta el orden del discurso machista, y resurge un nuevo significado corporal, que queda comprendido en la propuesta de Hèléne Cixous: “Escríbete: tu cuerpo debe ser escuchado”.

* Escritor

Mínima
antología

Mis manos vuelan peloviento al sol
mis pies dedostierra abajo
enraízan.

“De mí”

A medida, juega, puerta de un placard.
Una pinturita.

Plano, a puro ostente,
refleja estancia de aquel señor burgués.

Envuelto el espejo,
corretean mitos oscuros.
A escondidas.
Escalofriante de mí.

Muestra leyendas,
sobre todo oculta
mi imagen, tan vacía
tan sin mí.

A su medida, no refleja, sin mí.

“Caballo de luz”

Se esconde el sol
bajo
la tierra.

¿Vendrás por mí esta noche?

Tu trote, lejano.
Relincha,
se abalanza
sobre tus patas traseras.

Voy a tomar las riendas.

Te huelo,
me olés,
mismo calibre.

Ya sin miedo,
voy a exigirte cabalgar hasta que no te queden fuerzas.

Rebenque,
cruel,
hasta en carne viva.

Sin piedad, te espero,
con el sol en las manos.

De cenizas
te alzás
temerario.

Y aún
cuando el ceño frunce en ceja única y
tiñe de sombras
amo
en tus ojos de miel.

“Grietas de mí III”

Hoy en el espejo,
una imagen gris.
Cenizas de rosas.

Una imagen, ni pizca de
ilusión.

Manía,
de parodia,
de una palabra escrita.

Verosímil me juega,
tramposo,
una mala pasada.

El espejo,
contra
mí.

“De mí V”

Se acerca y me mira,
nariz con nariz.
Espía,
quiere más allá.

Detrás de esa puerta a mis espaldas:
sólo vacío.
Reflejo y más ausencia.

No entiende que no hay, donde se acaba su mirada.

Y yo sigo acá.
Ya la he visto antes
y también me ha visto
en las edades:
piedra, hierro, espejo.

De a dos,
una y otra vez.

Pupilas en busca de ausencias.
Aliento pegado en el vidrio,
afán de reverso,
figura oscura,
parodia.

“De cerrarte la boca II”

Hay días
de cerrarte la boca
coser con hilo rojo
y adentro
las palabras.
En mar de saliva,
silencia.