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“El teatro es un acto de amor”, y en La Pampa de los 60 se hacía de esa manera

TEATRO - RECUERDO DE UNA FUNCIÓN

En este artículo, el autor comparte sus recuerdos sobre una cómica función teatral que realizó el elenco Los Amigos en el galpón de un campo en 1960. La pobreza técnica de la época no aplacó la noche, que quedó en la memoria de todos los presentes.

Aldo Umazano *

Transcurría el año 1960. El elenco se llamaba Los Amigos, lo dirigía Don Benedito Bengoechea. Había que juntar dinero para pagar los programas del estreno, entonces decidimos hacer una función en el campo del padre del “Viejito” Urdániz, integrante del grupo, donde por supuesto, había un galpón. Para ponerlo en condiciones fuimos el día anterior. Corrimos los fardos de lana y los apilamos en un rincón. Limpiamos. Un acoplado hizo de escenario, y con algunos tablones de albañil sobre ladrillos y cajones, armamos la platea. Fue una tarde de mucho trabajo. A la mañana del día siguiente con ramas de tamarindos barrimos el patio donde estacionarían los autos. A las doce el “Viejito” asó un capón al asador. Por la tarde, pintamos los postes de la tranquera de azul y blanco frente a la ruta 35 para indicar que esa era la entrada al campo donde se haría la función. Aunque todos sabían dónde estaba el campo de “Urdániz”, familia muy conocida de Santa Rosa que vivía frente a la Casa del Pueblo, en la calle Juan B. Justo.
Es importante recordar que al lado del galpón donde daríamos la función, estaba el corral.
La obra se llamaba Los Chicos Crecen, de Dartés y Damel. ¡Cómo disfrutábamos ese esfuerzo! Después de la función vendría el baile.
Aprovecho para contar que, 43 años después, en el 2003, cuando ensayábamos el espectáculo del Centenario en Trenel, el Gringo Tombolini –un viejo actor del medio– recordó: “En nuestra juventud, íbamos a los pueblos y armábamos el escenario con los tambores de nafta y tablones de albañil. Los hombres íbamos a la mañana. Las mujeres llegaban a la tarde con el vestuario y el maquillaje. Si nos hubiésemos dejado llevar por la falta de salón y escenario, no hubiésemos hecho teatro”.

“Prestame el poncho”.
Este galpón de Urdániz era simplemente un galpón de chapa con olor a cereal, a fardos de lanas, a gallinas y patos. Para iluminar el espacio escénico colgamos del techo, a la altura de la cabeza de los intérpretes, tres faroles Petromax que debía atenderlo la actriz o el actor que estuviese más cerca; el dato era cuando bajase la intensidad de luz por falta de presión. Y eso sucedió muchas veces durante la función.
Luis Marangón, hoy actor profesional en Buenos Aires, como hacía un personaje que venía del norte y vestía un poncho muy colorido, apenas entró, una mujer mayor desde la primera fila, le dijo: “Présteme el poncho, que tengo frío”. La platea rió. Y era cierto, la noche estaba muy fría.
Luis se bajó, se quitó el poncho, y continuó diciendo el texto mientras se lo colocaba a la señora. Al terminar la función, la mujer se lo devolvió.
Pero hubo otro momento que aún nos hace reír cuando lo recordamos; fue una escena donde el protagonista –Marcelino Boto–, con su voz grave, le decía a la actriz, “Coca” De la Mata: “Señora, usted debe casarse conmigo”. Y desde el corral llegó un: “¡Mmm!”, interpretado por una vaca. Lo curioso fue que el mugido entró en el momento exacto y con expresión de duda. Así que todo el mundo se largó a reír. Muchas veces reflexioné sobre ese momento. Porque a pesar del mugido, la gente entendió el momento dramático jugado por los actores. “Y eso que la vaca no había ensayado”. “Y nadie le dio el ‘pié’”, decíamos después de la función, y reíamos como locos.
Terminada la presentación, comenzó el baile y a funcionar la cantina. Con la ganancia pagamos los programas y compramos maquillaje en la casa Titi de la calle Sarmiento de Buenos Aires. Además, nos alcanzó para brindar y despedir el año con una fiesta en lo de Luis Marangón, donde hicimos algunas improvisaciones.
El Viejito Urdániz recordaba la suma porque, además de ser actor, era responsable de llevar la contabilidad del grupo.

Un acto de amor.
Otro dato que me aporta el recuerdo es que pusimos una vitrola. No sé de quién era. Como algunos fardos de lanas estaban al lado del escenario, con el “turco” Desuque –el camionero– que nos había llevado los trastos, y las bebidas, pusimos una vitrola arriba de los lienzos, y pasamos música con los discos 78 de pasta. Las vitrolas funcionaban a cuerda, lo que indicaba que debíamos estar atentos para que la música no perdiera el rito. Pero, entre subir y bajar, para ayudar en la cantina, nos olvidábamos de darle cuerda y los bailarines se volvían lentos. Lo mismo pasaba con la luz que bajaba de intensidad porque no le dábamos bomba a los faroles. Por momentos el baile era en tinieblas. Hoy, a la distancia, esa función me recuerda las palabras de Jouvet, el gran maestro francés cuando dijo “El teatro es un acto de amor”. Y nosotros lo hacíamos por amor.

  • Colaborador. Actor, director, dramaturgo y titiritero.