El pueblo arrasado

INFORME. A TREINTA AÑOS DE LA INUNDACIÓN EN EPECUEN

Alexis Panozzo* – A tres décadas de la inundación que sepultó bajo agua a un pueblo, Epecuén, un libro rescata la historia con final anunciado. La periodista Josefina Licitra es la autora de la obra de la que emergen las historias que aún perviven.
Si la manera de incursionar en un género periodístico, el mundo de la cocina del arte o la ciencia, fuera ganando un premio, todos diríamos haber tenido algo de suerte, pero sobre todo diríamos: esto es lo mío. Algo parecido le ocurrió a Josefina Licitra en 2004, cuando decidió participar del concurso Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y lo ganó. El relato que envió se llamaba “Pollita en fuga” y contaba la historia de una nena de 15 años que lideraba una banda de secuestros express en una Argentina poscrisis, llena de marginalidad y violencia. El texto fue elegido entre más de 700 de toda América Latina.
Ese premio -dice hoy- le permitió muchas cosas: comenzar a ser reconocida como autora, publicar más a menudo, negociar un chachet más alto, conocer a García Márquez, poder hablar con él, darse cuenta de que el viejo era adorable, muy ameno y gracioso, y que toda las charlas que pudo tener con aquel Premio Nobel eran de lo más mundanas y lo alejaban de cualquier pedestal. Pero sobretodo -recuerda Licitra ahora mismo, 10 años después, en la comodidad de su casa de Flores, en Buenos Aires- ese premio le permitió generar en sí misma la propia conciencia de decirse “hago crónicas” y crecer en la profesión al punto tal de convertirse en uno de los referentes ineludibles del género en la actualidad.
-¿Pensás que la crónica es un “boom” tal como algunos se animaron a llamarla?
-No sé si un “boom”. Cuando ponemos a la crónica en un contexto de trabajo periodístico, sigue siendo un producto de circuito chico. Si pensamos al género dentro del mundo periodístico de la tele, la radio, internet y la gráfica, la crónica sólo aparece en estos últimos y como un apartado menor. Entonces creo que no debemos perder perspectiva en relación a eso. Cuando uno piensa en un boom, digamos, en términos literarios, piensa en el realismo mágico, pero la crónica en términos cuantitativos importa a poca gente. Repensaría un poco el mote de boom, aunque sí es cierto que en América Latina hay publicaciones que habilitan un poco más este trabajo de largo aliento con intenciones narrativas, pero cualquier boom debe venir acompañado de un apoyo económico- financiero a este tipo de emprendimientos y en general la crónica a está muy sostenida sobre las espaldas y el pulmón de los periodistas que la llevan adelante. Por esto digo que relativizaría el mote de boom.
De todas formas, creo que es cierto que ha habido un crecimiento de gente y chicos que estudian periodismo gráfico y que se han interesado mucho más por esto en los últimos años. También creo que ese “pico de interés” por el género ya pasó.
-Martín Caparrós dice que la crónica es aquello que se hace en los periódicos cada vez menos ¿qué pensás acerca de los espacios en los medios para publicar este tipo de textos?
-Ahí hay una gran contradicción. Muchos medios dicen “vamos a darle más espacio al periodismo narrativo” y luego terminan no haciéndolo. Los medios, por lo menos de circulación nacional y masiva, no ponen a disposición esos espacios. Lo máximo que destinan son, pongamos, 12 mil caracteres, y esto muchas veces termina siendo un problema si querés contar una historia en profundidad.
-Hay historias que sirven para ser contadas en una revista y otras que se transforman en trabajos más extensos de largo aliento. Algunas terminan incluso convirtiéndose en libros ¿Cómo te das cuenta de la extensión que requiere cada historia?
-Si puede ser contada a través de muchas voces, y a su vez esas voces pueden ser contadas en términos de “personajes” y hay tensión dramática, esa historia funciona. Ahora, qué hace que me dé cuenta si ahí hay una crónica de largo aliento o más bien un libro: supongo que darme cuenta -mientras la escribo- que cierta cantidad de espacio no me va a servir para explicar el tema como yo quiero. Supongo que también varía según la forma de contarlo que le imprimas a lo que estás haciendo. Pero pienso en algún punto que fuese como si todas las historias vinieran con su medida incluida y lo que debemos hacer es aprender a leer cuál es esa medida.
-¿Hay algo sobre lo que no escribirías?
-Depende todo de cómo se aborden los temas, pero supongo que soy hipersensible a escribir sobre conflictos o dramas donde hay involucrados niños. Alguna vez pensé en escribir algo sobre el Garraham pero nunca avance porque pienso que sería mucho desgaste emocional. Quizás allí haya un límite. Es un límite más bien emocional y sentimental, no moral.
-¿Qué sensación te produjo Epecuén desde un primer momento?
-Una sensación absolutamente sobrecogedora. Como de un lugar que te está hablando a gritos. Es una ruina urbana, un pueblo entero de color blanco sal, derrumbado.
-Si bien estas contando un drama de hace 30 años con sus consecuencias hoy en día, ¿cuánto pensás que tiene de actual el libro?
-El problema del agua es absolutamente actual y va a seguir. El libro habla del pasado, del presente y del futuro. Y habla del pasado y del futuro porque no existe un interés palpable en hacer obras hidráulicas serias. Uno no sabe por qué a esta altura no hay obras suficientes como para que el Salado, el gran problema que tiene la provincia de Buenos Aires, deje de ser un río amenazante y que no se desborde con tanta facilidad. No hay obras de bragado serias que controlen eso. Creo que sí es actual porque le seguimos teniendo miedo al agua. El libro también habla de que el Estado, teniendo las herramientas para controlar lo que podía pasar, no lo hizo.
-Al libro lo presentaste el Carhué, la localidad vecina adonde fueron a parar las víctimas de Epecuén ¿sentís que el libro en algún punto ocupa un lugar de reconocimiento para todas estas historias que quedaron olvidadas?
-No sé cuántos lo abran leído porque en Carhué no hay librerías. Pero cuando lo fui a presentar hubo gestos de mucha gratitud. La sensación era de que se habían olvidado de ellos. Los gobernantes, el periodismo, todos. Y cuando presenté el libro sentí como si estuviesen aliviados de saber que ahora hay un corpus, un libro, un material que cuenta varias de las historias más significativas.
-En el libro se muestran grandes gestos de solidaridad entre vecinos frente a la tragedia, pero también miserias y recelos propios de la vida de pueblo ¿cómo pensás que actúa el ser humano frente a estos casos de desastre?
-En situaciones extremas nadie sabe cómo puede reaccionar. Yo no condeno a la gente del pueblo vecino, Guaminí, cuando dicen que se dinamitaron las compuertas para que el agua drene mejor en su pueblo, y que, a su vez, terminó por desbastar Epecuén. No queda claro bien qué pasó ahí y si eso fue cierto tal como lo cuentan. Lo cierto es que fue una situación de sálvesequienpueda. Cuando la gente queda a la deriva hace lo que puede. Uno no puede andar condenando moralmente todo desde lejos. Hay que estar en la situación y tratar de comprender ante todo. Yo no creo mucho en los héroes, el que dice “prefiero perderlo todo pero salvar a aquella anciana…”, no sé, me cae mal.
-Claro porque en el libro no hay alguien que llene ese espacio de héroe, no lo encontraste…
-No. Hubo muchos casos de solidaridad, y de ayuda entre vecinos junto con bomberos, pero no hubo una figura heroica y está bien. No me parece mal que falte un héroe.
-Hay muchas víctimas de Epecuén que piensan en volver a vivir allí, a pesar de todo, ¿qué reflexión te sugiere esto?
-Creo que es más una fantasía que una realidad. Sería una pésima decisión pensar en volver porque el lugar, dado la conducta natural del lago y sus ciclos, es probable que en algunas décadas se vuelva a inundar. Hay mucha nostalgia en torno al lugar y el recuerdo volvió a Epecuén, para sus antiguos habitantes, un lugar idílico: todos lo recuerdan como el lugar donde fueron felices. Quizás sea el giro más poético que tenga la historia: volver al lugar donde uno nunca podrá regresar, la infancia.

La autora.
Josefina Licitra es periodista y narradora. Escribió para Rolling Stone, Etiqueta Negra, El Mercurio, Gatopardo, La mujer de mi vida, entre otras prestigiosas revistas. En 2004 ganó el premio FNPI, creado por Gabriel García Márquez, con su crónica “Pollita en Fuga”. Además es autora de dos libros: “Los imprudentes” (2007) y “Los otros” (2011) y acaba de publicar “El agua mala” (2014), un crudo relato sobre la inundación que azotó a la villa balnearia de Epecuén, en la provincia de Buenos Aires.
*PERIODISTA. Fotos de José Cerra