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Traducción de un paisaje

Traducción de un paisaje

Dora Battiston *
En 2020 se cumplieron cien años del nacimiento de Olga Orozco en Toay, por entonces Territorio Nacional de La Pampa. Su obra, trascendiendo la Generación del Cuarenta, se proyecta con inéditas reverberaciones en la estética contemporánea. Indagamos los signos con que el primer paisaje marcó su poética y de qué modo fue simbolizado e interpelado filosófica y literariamente acerca del sentido de la vida y las posibilidades del conocimiento.
«Había una vez una casa (no). Había en un tiempo una casa (no). Había en varios tiempos varias casas que eran una sola casa».
Así, con el antiguo topos narrativo, el intemporal «había una vez» instala la memoria literaria de Olga Orozco su casa en la llanura. Mediante una construcción discursiva recurrente que reniega dos veces de la singularidad y el pasado para subir su imagen al caleidoscopio de los tres tiempos, al espejo alquímico y al yo circular que va a comenzar a contar la infancia en esta serie de relatos, urdidos como intentos de descifrar su vida o su momento, en un consultorio psicoanalítico. Mencionó el suceso mucho más tarde, en las conversaciones de Travesías:
«Yo no tengo una memoria pasiva sino activa, que he seguido revitalizando de algún modo, porque cada cosa que he vivido ha conmovido todas mi edades anteriores (…) Es curioso, todo se precipitó a través de una terapia».
Es el comienzo de La oscuridad es otro sol, la primera página y la primera persona que escribe el planteo esencial de su poética. Allí, desde la niña a la anciana, están los rostros y las máscaras, intercambiados en un ritmo cíclico que girará hasta convertir todas las máscaras en una y disolver la identidad en un único y múltiple ser. Pero contar implica devanar el hilo de la historia y capturar el tiempo en sus fragmentos secuenciales: nacer es regresar, asumir que «el tiempo y la persona son yo soy», y la casa está allí, «semejante a una piedra de la luna donde el vapor se enrarece para hervir» y aspirar a la que está naciendo, volviendo del porvenir, «para que la eternidad no se interrumpa».
La travesía incluye a la casa en todos su estadios: frente al umbral un médano y detrás un jardín, la verja que se abre al interior que será el afuera, la puerta para la que no necesita llave y que la precipitará desde el muro al abismo, los padres que por separado le enseñarán distintos alfabetos generacionales, para olvidarlos, decidir que no tienen sentido y que de ella nadie los heredará.
Después la casa se abrirá en corredores que conducen al relato distorsivo, invertido y subvertido de la infancia, un mundo en que los espacios desencadenan movimientos, terrores y condenas reiteradas, como en las antiguas pinturas del infierno, pero atravesadas por los interrogantes y el azoramiento de la filosofía existencial.
La oscuridad es otro sol es su primer libro de narraciones. Lo publica Losada en 1967, con unos famosos collages de Enrique Molina. No se trata de la recuperación literaria de la infancia, sino del enclave de la historia en los modos épicos del surrealismo. Tal vez no el «automatismo psíquico puro», pero sí la expresión del sistema emotivo del yo en estado de caos y pregunta, sin demasiada preocupación ética, en el movimiento previo a la intervención racional. Del mismo modo procede en los textos líricos de ese período.
«¿Creés que la poesía va de la conciencia a la subconciencia o es al revés? -pregunta Requeni en Travesías-.
«Creo que tiene un camino de ida y vuelta. Hablando de mi caso particular (…) escarbo en lo más interno, en lo subconsciente, y lo llevo después hasta la iluminación absoluta. Le pongo una luz blanca, y si la resiste queda en pie, y si no la resiste se cae».
De modo que no se trataría de recuerdos, en el sentido pasivo y pasado, sino de una permanente dinámica de lo que Breton había llamado «el funcionamiento real del pensamiento» tratando de expresarse simultáneamente en la triple dimensión temporal.

El Cuarenta y después.
Pero Olga Orozco venía de una historia de más de veinte años de poesía, si se toma como hito inicial Desde lejos, de 1946, más allá de la construcción iniciática expresada una y otra vez: «comencé a escribir antes de saber escribir». Junto a Miguel Angel Gómez, Enrique Molina, Daniel Devoto, Alfonso Solá González, Eduardo Jorge Bosco, María Granata, Manuel Castilla, Juan Rodolfo Wilcock, José María Castiñeira de Dios, León Benarós, Miguel Etchebarne, Alberto Themis Speroni, entre otros, formaba parte de esa admirable Generación del 40, una de las que mayor calidad tributó a la poesía argentina. Individualistas, diferentes y de talentos singulares, estos escritores convivían sin embargo en algunas de las tradiciones de la literatura europea nacidas del impulso romántico, maduradas en las iluminaciones simbolistas y puestas en estado de rebelión por el surrealismo. Orozco había coincidido con ellos en los juegos de la palabra, y en esa estética deslumbrante que crecía desde el comienzo en la indagación de la provincia originaria, las transformaciones de la memoria y cierta búsqueda metafísica en los espejismos del tiempo.

El lugar es la llanura.
«Donde corre la arena dentro del corazón». De esta mímesis surge Desde lejos. Distante de su paisaje físico, Toay en los años veinte, el sitio se reconstruye como evocación pero más aún como símbolo, plantando allí los elementos que cruzarán toda su obra posterior. «Con relación a Desde lejos, ya en él está implícito casi todo lo que vino después. Tal vez, a través del tiempo, haya habido más variedad en los recursos, un enriquecimiento idiomático, una intensificación de las motivaciones, pero el hilo es el mismo», contó en Travesías. El hilo identifica, en los poemas, lo que va a narrar luego a través de la horizontalidad de la prosa, La oscuridad es otro sol, y con tono distinto, mucho más adelante, También la luz es un abismo. El lugar es la llanura, Toay, los médanos andariegos que rodean la casa, su casa única, que la visión onírica hace rodar, desprendida del suelo, como esos fantásticos cardorrusos que se forman en la planicie empujados por el viento, con tanta arbitrariedad e incertidumbre como el ser heideggeriano arrojado a la existencia.
«Lejos, desde mi colina», despliega esa primordial atmósfera, con su atlas simbólico y su melodía insistente: «A veces sólo era un llamado de arena en las ventanas, una hierba que de pronto temblaba en la pradera quieta, un cuerpo transparente que cruzaba los muros con blandura dejándome en los ojos un resplandor pesado o el ruido de una piedra recorriendo la indecible tiniebla de la medianoche; a veces, sólo el viento. (…) a través de todas sus edades como por un jardín (…) Pero allá, sobre las colinas, tu hermana, la memoria, con una rama joven aún entre las manos, relata una vez más la leyenda inconclusa de un brumoso país».
Valorada hasta lo sublime, cada palabra que denomina, o más bien trata de extraer de su esencialidad abstracta las entidades del texto, se convierte en imagen. De tal modo, en este libro se condensan los motivos que recorrerán la totalidad de un poemario que extiende su arco entre 1946 y el final del milenio. Los textos crecerán en ritmos salmódicos, desplegando sus largas métricas entre brumas, ángeles, hierbas, bajo la fría intemperie donde el viento domina, arraiga la ortiga, lo lejano crece a medida que el deseo se acerca y las malezas acechan ese «jardín posible» que parece prometer la planicie en los límites de la casa.

Retorno y herencia.
En 1991 Olga Orozco regresó a Toay y decidió no solo la recuperación de la casa, ahora institucionalizada, sino la donación de su biblioteca personal al sitio que la nombra y funciona como Museo y Casa de la Cultura. En su centro se constituye nuevamente el hogar, ahora a partir la memoria y los libros. Santa Rosa y la Universidad Nacional de La Pampa guardan su obra y su voz en conferencias y entrevistas. Dos volúmenes recientes, El juego de espejos y Médanos fugitivos, coeditados por la Universidad, reúnen estudios de numerosos investigadores del país y del exterior. Esas paredes y ese jardín se actualizan en nuevas lecturas mientras continúan incesantes las arenas con que Olga Orozco llegó «desde el porvenir» a este lugar del mundo.

– Las citas de este artículo han sido tomadas de: Olga Orozco, La oscuridad es otro sol, Buenos Aires, Losada, 1967; Olga Orozco y Gloria Alcorta, Travesías, Conversaciones coordinadas por Antonio Requeni, Buenos Aires, Sudamericana, 1997; Olga Orozco, Poesía completa, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2013 (2ª edición)

* Escritora

DESTACADO 1:

«Hablando de mi caso particular (…) escarbo en lo más interno, en lo subconsciente, y lo llevo después hasta la iluminación absoluta. Le pongo una luz blanca, y si la resiste queda en pie, y si no la resiste se cae. (O.O.)»

DESTACADO 2:

«Distante de su paisaje físico, Toay en los años veinte, el sitio se reconstruye como evocación pero más aún como símbolo.»