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Encuentro con un zorro

HISTORIAS – ANECDOTAS DEL MONTE PAMPEANO

Eran los años 60 y el autor del artículo fue invitado a un campo. Allí pasaría largas jornadas de trabajo y cacería. Nunca pensó que se encontraría con un animal tan valiente y sobre todo… zorro.

Mateo *

Serían los comienzos del año 61, me invitaron los cuñados de mi hermano, Avelino y Eduardo, a pasar algunas semanas en su campo, llamado “la Positiva”, en la zona de Chapalcó, plena zona del caldenal. De paso iba a colaborar en tareas del campo, sobre todo, arando y sembrando con un tractor Someca, que también tenía nombre: “El Salvaje”. Me fascinaban las labores agrícolas, la vida en el campo, su paisaje, y la calidez de las familias chacareras, en este caso, además de quienes nombré, habitaban la casa, María la novia de mi hermano, su hermana Elvira, y el padre de todos y dueño del campo: Don Conrado, hombre mayor, de carácter sumamente afable.
En esa labor de aprendiz de tractorista, solía hacer dos turnos seguidos, ya que me apasionaba ese trabajo, con el obvio beneplácito de los dos amigos que aliviaban sus tareas. En los momentos libres mi otra pasión era cazar y salir a pichar con los perros. Un día me proponen que recorra el campo, pero a caballo, ya que tenía más de 1.000 has y mucho monte, aunque ralo. Se ensilló uno manso, don Conrado me ofreció su cuchillo verijero, que acepté gustoso. A los piches hay que degollarlos antes de meterlos en la bolsa, aunque, confieso, nunca me resultó agradable esa necesaria rutina. Salí al tranco, muy cómodo en el ensillado con bastos y cojinillo. Me acompañaban los tres perros, y como en la mayoría de las chacras, eran raza “perro”. Uno pariente de galgo, otro más lanudo, que les llamaban ovejeros, y el tercero, un infaltable cuzco, muy activo, histérico y ladrador.

Sorpresa.
Transcurría normalmente la cosecha de piches, cuando los perros, con enojadísimos ladridos, rodearon una planta importante de alpataco, arbusto abundante en esa zona. Yo sabía que no se trataba de un piche o peludo, el alboroto indicaba otro animal. Cuando me acerco, veo, desde arriba del caballo, a un zorro, resguardándose en medio de la planta, con tupidas espinas, y tan poderosas, que convertían al lugar en impenetrable para los perros.
Los zorros eran plagas en las chacras, incluso declaradas oficialmente como tal, al menos en esa época. Muy depredadores con las gallinas, huevos, patos, pavos, etc. Se recomendaba su eliminación. Con este criterio, me bajo del caballo, y tomando una enorme piedra con forma de laja, se la arrojo encima del zorro, que al menos lo iba a desmayar. Fue lo que aparentemente ocurrió, entonces los perros, cuidándose de las espinas, tiraron de su cola, y lograron sacarlo de la guarida. Ya afuera, enojados, lo mordieron un poco, lo olfatearon detalladamente, y lo dieron por muerto. Yo monté el caballo, y cuando me disponía a seguir con mi objetivo de cazar piches, siento una extraña sensación, giro la cabeza, y observo al zorro mojado, aplastado contra el suelo, como si fuera un trapo, que tenía un ojo muy abierto, y me seguía con una mirada penetrante. Me apeé del caballo, y conforme giraba alrededor del zorro, notaba que me seguía atentamente con su mirada, lo tomé de la cola, y lo arrojé con fuerza hacia arriba, lo más alto que pude, los perros ladraban sin cesar. Cuando cayó al piso, lo hizo perfectamente parado en sus cuatro patas, salí de mi sospecha, efectivamente, se hacía el muerto. Con el lomo erizado y mostrando los dientes, quiso enfrentar la furia de los perros, era una batalla perdida de antemano. La ferocidad y el enojo de los canes dieron cuenta de su existencia en un par de minutos, pero ésta vez definitivamente. No era la primera experiencia que yo tenía con un zorro.

  • Colaborador