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Entre la realidad y el texto

El mito, la experimentación sobre el lenguaje y la misma realidad son las coordenadas que pueden orientarnos para recorrer, una vez más, la obra y la vida de Juan Carlos Bustriazo Ortiz.

Sergio De Matteo *

Santa Rosa de Toay, así lo llamó al caserío Tomás Mason en 1892, quien ya se había radicado en 1883, en tierras de su yerno Remigio Gil, para administrar la estancia «La Malvina». Los nombres corresponden a su esposa, Rosa Fuston, a su hija, Malvina, y a la patrona Santa Rosa de Lima; la simbología empieza a primar en el surgente poblado.
En sus primeros tiempos, Santa Rosa tuvo el apocope ‘de Toay’, por la cercanía a esa localidad; pero también, posiblemente, fue una estrategia del fundador adosarle el vocablo en mapuzungun para confundir y cooptar a los migrantes que venían a radicarse a Toay, el territorio que dominara otrora el cacique Pincén.
Nos remitimos a ese fragmento de la historia y, también, de la picaresca criolla, porque muchos de los poemas y de los libros de Bustriazo Ortiz tendrán no sólo como epicentro la urbe santarroseña, más allá de sus anclajes raigales en Puelches y Trilí, o en el oeste pampeano, sino que además muchos de esos textos tienen como referencia de escritura, justamente, Santa Rosa de Toay.

Sirena del poeta.
«Porque en el principio de la literatura está el mito, y asimismo en el fin» ha escrito Jorge Luis Borges en «Parábola de Cervantes y de Quijote» (El Hacedor, 1960). El mito sobrevuela la literatura. Así como tenemos la fundación mítica de un espacio, en este caso, Santa Rosa de Toay, de algún personaje, León Safontás, también algunas vidas de escritoras/es han sido, son, y serán míticas, como ¿Homero?, Blake, Conde de Lautréamont, Rimbaud, Mishima, Sylvia Plath, Pizarnik o Bustriazo Ortiz (un linyera en Trilí le había anunciado a su madre que sería poeta).
En 1902 los hermanos Heil (Luis y José) ponen en funcionamiento el primer molino harinero en Santa Rosa. Para 1905 posee nuevos propietarios, una sociedad entre Bancalari y Forchieri, que continúa la explotación del molino Pampa Central. En 1918 pasa a denominarse Establecimientos Industriales Pampa Central. Hacia 1925 declina su producción ante la preeminencia de General Pico y su industria. Frente a la crisis, la Sociedad «Juan R. Bancalari» se lo vende, en noviembre de 1945, a Emilio Werner, y comienza a funcionar bajo la razón social Molinos Werner. En 1980 se decreta la quiebra. Es comprado por la Federación de Molineros y luego por la empresa Morixe.
Reconstruimos la historia de las diferentes nominaciones del molino para comprender cómo funcionan los imaginarios, es decir, cómo se instalan los estereotipos, las nominaciones y de qué manera son resignificadas por las distintas generaciones. Para Gilbert Durand (1964), lo imaginario reposa en lo simbólico y el mito. Entrevé a lo simbólico como lenguaje que expresa un significado que trasciende lo sensible, y al mito como totalidad significativa que da sentido al mundo social. También Cornelius Castoriadis (1975) hace su aporte respecto a construcción de los imaginarios sociales (colectivos), cuando plantea que lo social no puede ser conceptualizado únicamente de forma objetiva o por el racionalismo extremo, introduciendo, además, la subjetividad en la creación de sentido en las representaciones imaginarias de las sociedades. En consecuencia, como señala Hélène Védrine (1990), lo imaginario es un dominio fundamental de la vida que remite al orden del mito como ordenador de la realidad.
En el caso de Bustriazo, tanto los imaginarios como los mitos nos permiten ordenar la construcción de su realidad. Una realidad que acumula hechos comunitarios que trasciende épocas pero que pasa, a su vez, por el filtro de la interpretación individual. Esa contaminación simbólica entra en tensión pero se yuxtapone en nuevos sentidos (neologismos) atados al imaginario primigenio, al imaginario regional. Acorde a la historia real hallamos una discordancia de fechas y nombres, porque son tamizadas por el poeta en cuanto a la reconstrucción de su interioridad y sus relaciones con el entorno, por lo tanto procede no sólo a reorganizarlas de acuerdo a su experiencia (realidad), sino que se integran a su cosmovisión del mundo y, en consecuencia, las transmuta en literatura.
En diálogo con el poeta y periodista Andrés Cursaro, Bustriazo declara: «Nací en Santa Rosa de Toay el 3 de diciembre de 1929. Un lunes a las once de la mañana en momentos en que el molino Werner tocaba la sirena yo nacía. Era costumbre tocar la sirena a esa hora: exactamente a las once de la mañana. Y aparecí yo. Sietemesino» («Bustriazo en primera persona», en Herejía Bermeja. Rada Tilly: Espacio Hudson, 2014, p. 169).
Es evidente la mitologización de los hechos y la alteración de las fechas, donde afilia el símbolo de la sirena del molino con su nacimiento. Por otra parte, la nominación Werner recién se le adosa en 1945 y Bustriazo había nacido en 1929; entonces, reconfigura en su imaginario los materiales que nutren su propia biografía, su figura mítica. Aún así, más allá de los anacronismos, le dedica el poema «Molinos Werner S.R.L.» del libro Llantos del Salitral (1962).

Apellido(s)(z).
Su universo está contaminado de anécdotas y experiencias. La historia de su vida congrega instancias y sucedidos para ser novelada. El mito fue anudándose a su trayectoria, al mismo tiempo, como si emplazara, sin saberlo, al síntoma lacaniano; pues en los 79 libros que componen el Canto Quetral reúne lo real, lo imaginario y lo simbólico, fundando de esa manera su nombre, con el peso del pasado, y así impone su particularidad (huella) en el campo literario: Bustriazo Ortiz.
Esa marca será una construcción cultural; compuesta de una subjetividad que lo identifica y lo relaciona con lo externo, con el afuera. El tratamiento sobre su linaje, al modo borgeano, transita varios de sus libros, donde inscribe a su tatarabuelo, a su abuelo y, muchas veces, entrecruza la existencia de sus parientes con él mismo, o incluso, entre un Bustriazo viejo y otro joven.
En ese juego que implica tiempos y espacios, también los nombres serán cribados, ajustados a la visión que profesa el autor. En la misma entrevista Bustriazo alega: «Mi apellido es italiano, así que se escribe con z. En algunos periódicos viejos aparece el nombre de mi bisabuelo escrito con s, pero está mal. Tampoco se escribe con doble z. Como poeta, decidí usar el apellido compuesto porque quise usar siempre el apellido de mamita también» (2014: 169).
Los investigadores Daniel Bilbao y Rubén Gómez Luna aportan más datos en su trabajo Noticias histórico-genealógicas cuando señalan: «Su origen familiar lo hallamos en un humilde matrimonio del genovés Carlos Bustriaso, albañil, y Micaela Villar, santiagueña, costurera» (2015: 56). Con esta información es posible escudriñar sobre la elaboración de los linajes que, de alguna forma, tendrán incidencia en la trama textual, así como en la construcción y deconstrucción del pasado que se interpola con el presente; lo cual queda refractado en sus propios poemas.
Inferíamos, recurriendo al sinthome, sobre la invención del nombre. Lacan utiliza esa palabra para designar el Nombre del Padre, la realidad psíquica o el edipo. En el Seminario 23 agrega al grafo de un nudo borromeo un nuevo lazo, sinthome, que funciona a manera de solución y uniría lo real, lo imaginario y lo simbólico, sin estar el clivaje de la Función Paterna bien establecida (2013: 248). En la poética de Bustriazo estará ese rastro latente, manifestándose, de lo paterno anudado al abuelo, al bisabuelo, al tatarabuelo y a sí mismo.
La grafía es central para Bustriazo; su firma y las anotaciones al culminar los libros lo ejemplifican. Bilbao y Gómez Luna agregan matices interesantes para comparar en el plano literario, pues, en la exégesis, desentierran estas referencias: «Hallamos a Carlos y Micaela en el Censo de la Capital Federal, de 1855. Aquí se presenta un hecho curioso. El matrimonio está censado en la parroquia de La Piedad. El apellido de Carlos está escrito como ‘Gustriazo’, de 60 años de edad, nacido en Italia, albañil […] Lo llamativo del caso es que en otra hoja del Censo, aparece otro registro en la parroquia de San Miguel, donde se repiten algunos datos de la misma familia con el apellido ‘Bustiá’. En esta hoja censal dice Carlos ‘Bustiá’, italiano, albañil, de 50 años y su esposa Micaela ‘Bustiá’, 40 años, costurera, nacida en Buenos Aires. Con ellos, están censados sus hijos Antonio (10 años, impresor), Teresa (9), Justa Pastora (5) y Enriqueta (2). Difieren las edades, algo común en los registros de la época y aparece el hijo Antonio (José Antonio), que no figura en el registro de la parroquia de La Piedad. A sus 22 años era tipógrafo» (2015: 57).
Un apellido que va experimentando una especie de metamorfosis, de Bustriaso pasa a «Gustriazo», o deriva a «Bustiá», pero también se enuncia una conexión laboral con el impresor y tipógrafo, tarea que desarrollará Bustriazo Ortiz en los diarios Río Negro y La Arena.
El profuso anecdotario y la compleja inscripción de los nombres no culmina con lo citado, sino que prosigue la imprecisión en la grafía, en la escritura. En texto de Bilbao y Gómez Luna hallamos la nominación «Bristriazo» en un bautismo y la consecuente corrección al margen del acta: «Nota. Por Decreto del Señor Provisor y Vicario General Monseñor Duprat, fecha tres de enero de 1907, se corrige la presente partida estableciendo que el verdadero apellido del padre y padrino es Bustriaso y no Bristriazo» (2015: 58).
En dicha contingencia los investigadores sumarán pruebas insólitas respecto a Carlos Bustriazo Farías: «Llama la atención que identifique su apellido con la Z, cuando el apellido de su padre era con «S». Habiendo tenido a la vista una copia del Acta de Bautismo de su padre, vemos que el mismo judicialmente en el año 1901 hace rectificar el apellido del Acta aclarando que es BUSTRIASO, pero su hijo Carlos Bustriazo Farías ya estaba inscripto con «Z» y nunca lo rectificó» (2015: 60).
Expresamos que lo real, es decir, la existencia misma, donde transcurren estas ambigüedades con el apellido, se articula con lo imaginario y simbólico, lo cual decanta en la producción poética de Bustriazo Ortiz. En su Canto Quetral reescribirá literariamente parte de su historia. En la obra inédita Alcatufé, Topasaire, Sol azul, Pedernal y Piedra de Oro, cinco libros en uno, caratulados con los números del 52 al 56, con fecha de escritura entre 1977 y 1983, alistamos un texto que encaja en lo que se resaltaba con las fuentes entrecruzadas (Cursaro, Bilbao y Gómez Luna); nos referimos al poema «El Genovés»:

«A la Argentina voy rumbo del Plata
ay por el mar de las sirenas glauco
Tierno me voy ganoso y pensativo
a florecer mi esperma Cruje el barco
cruje el amor que tengo en el futuro
me bulle de bullir de enajenado
Me voy a vos lejal tataranieto
a tu poema Yo Carlos Bustriaso» (1)

(Quinta de los Bustriazo,
Villa del Busto, noviembre.)

(1) El tatarabuelo y el bisabuelo, firmaron el apellido con «s». Recién, y a partir del abuelo -también Carlos-, se comenzó a escribir con «z», recuperando, quizá, la antigua y original grafía.

* Colaborador