Entre lenguas

LITERATURA - BUSTRIAZO ORTIZ

Sólo a algunos poetas les está reservado vivir en estado de metamorfosis. Y ese es el caso de Bustriazo Ortiz, porque ha explorado todas las posibilidades que tiene la literatura, tanto en sus facetas orales como las de la misma escritura.
Sergio De Matteo – Para hablar y escribir sobre la obra de Juan Carlos Bustriazo Ortiz es necesario hacer hincapié en la discusión que hay, hubo y habrá en cuanto a lo oral y a lo escrito. El filósofo griego Platón toma partida por la memoria, por la oralidad. Coincidiría con la práctica de los pueblos originarios, que, contemporáneamente, la han llamado “oralitura”. En ese sentido Walter Ong, en su libro Oralidad y escritura (2011), replantea: “a pesar de las raíces orales de toda articulación verbal […] el análisis científico y literario de la lengua y la literatura ha evitado […] la oralidad.”
La preeminencia del “habla” sobre la “escritura” traspasa la primera parte de la obra de Bustriazo Ortiz. En su formato primigenio, aunque se los reconozca como poemas, también podrían haber sido canciones, no haber necesitado otro soporte que la memoria (Platón dixit).
Edgar Morin propone: “Sería magnífico abordar el problema de la antropología del canto, que sin duda tiene un origen vocal, pues el hecho de que se ha practicado en el seno de toda sociedad equivaldrá a una especie de retorno permanente a las fuentes del lenguaje”.
De alguna manera, podríamos también conjugar unas líneas de Borges que esboza en una conferencia sobre La Divina Comedia: “El verso siempre recuerda que fue un arte oral antes de ser un arte escrito, recuerda que fue canto”. En consecuencia, esta particularidad de lo oral revela que las poesías que comprenden sus libros iniciales están identificadas con “los repertorios de impronta folklórica y forma tradicional”, como resalta Dora Battiston, y agrega: “nos brindaba casi cotidianamente la oralidad de su creación, la fiesta de su decir joyoso, enamorado y doliente, sea a través de los textos vueltos canciones por los músicos pampeanos”.
En tal sentido podríamos enumerar zambas, triunfos, huellas, estilos y canciones; justamente Rosa Blanca de Morán destaca estos atributos en un artículo en el suplemento cultural Caldenia, e incluye la copla.
En la práctica, aquellas poesías de Bustriazo han sido apropiadas y musicalizadas por compositores pampeanos: Guillermo Mareque, Enrique Fernández Mendía, Guri Jaquez, Cacho Arenas, Oscar García, José Gerardo Molina, Alberto José Acosta, Machi Sañez, Juan Olivera, Josefina García, Alejandro Rodríguez y Nicolás Etchegoyen, son algunos. Pero también por autores de fuera de la provincia: Carlos Di Fulvio, Litto Nebbia, Nicolás Blum, Bruno Arias y José Luis Pascual, “Tata” Cedron, e interpretadas por grupos o solistas (Los cantores de La Pampa, Los Ranquelinos, Confluencia, Alpatacal, Rojo Estambul, Los herejes bebedores de la noche, Leticia Pérez, Laura Paturlanne, Edith Rosetti, Nicolás Rainone, Luis Gesualdi, Cuarteto Cedrón).
Si consultamos el Cancionero Pampeano (1973), el Cancionero de los Ríos (1986, 2015), los libros de investigación de Rubén Evangelista sobre el folclore pampeano, o el Canto Quetral (Tomo I y II), la cantidad de poemas de Bustriazo transpuestos a la canción llega al centenar y medio.

Escritura.
Jacques Derridá va a rediscutir con Platón la diferencia entre oralidad y escritura. Al analizar el Diálogo del Fedro en La pharmacia de Platón, dice que Sócrates convence a su interlocutor sobre la superioridad de la oralidad sobre el texto escrito. La idea es que la escritura iría en detrimento de la memoria. La escritura es presentada como un Pharmakon, algo que al mismo tiempo resulta una cura y un veneno, algo que sana pero al mismo tiempo es capaz de infectar.
Agrega en ese texto está imputación hecha en el Fedro a la escritura: La escritura no puede, entonces, servir sino para la rememoración; en ningún caso podría reemplazar a la memoria verdadera. También en el libro De la gramatología (1967) expone que la tradición del pensamiento logocéntrico favorece al “habla” (la palabra oral), por sobre la “escritura” (la palabra escrita).
A partir de 1969, cuando se edita Elegías de la Piedra que Canta, emerge una escritura que contiene el sustrato de la producción anterior pero que amplía el registro a un modelo lingüístico novedoso, excéntrico, que marca una diferencia, y es donde se inicia la etapa experimental.
Bajo esta óptica, la escritura fonética no agota los recursos de la escritura; porque la posibilidad de la escritura fundamenta la posibilidad de la lengua misma. Entonces en varios libros de este período podrá observarse a la escritura como huella, como que el ejercicio se hace más puntilloso y se focaliza, incluso, sobre las mismas letras.
Incluso Juan Carlos Bustriazo Ortiz se integra a los textos y se convierte en lenguaje. Quien escribe no puede situarse fuera de la lógica del lenguaje y, por lo tanto, tampoco fuera de su propio texto; por eso otro plano o perspectiva que da asidero a estas indagaciones es lo que sucede en el cuerpo textual, donde se interrelacionan la producción oral con la escrita.

Huella o marca.
Decíamos que se interpreta a la escritura como huella, con la marca bustriazana. El trabajo se percibe en la lectura directa, en una hoja recargada de aditamentos; sostenida en una visión estética de la literatura que prevé una pluralidad abierta de palabras y de signos para los textos. Sin embargo Bustriazo no sólo se destaca en la invención de palabras -neologismos-, sino también en el empleo del pronombre unido al verbo, la metonimia, la combinación de la lengua castellana con la lengua de los pueblos originarios, el juego fonético y su efecto musical.
Tanto en Los decimientos (1972-1973) como en Libro del Ghenpín (1977) hay una productividad textual que funciona y cataliza la creatividad poética a plena exploración. Queda implícito en la misma diferencia de la escritura, en la estructuración de la impronta bustriazana, porque el texto multiplica el significado de las palabras y su polisemia es llevada al extremo en su posible tensión y expresión.
Ariel Williams, poeta y docente de Chubut, recorre los mismos meandros en su experiencia creativa, y explica: “La poesía abre ‘lugares’ y ‘vidas’ en la lengua, crea lenguas en la lengua, la agujerea, la abre hacia su afuera y sus límites. La poesía muestra que no podemos hablar una sola lengua, que deben ser posibles otras lenguas incluso al mismo tiempo y con los mismos materiales: que una lengua no es una lengua, sino muchas”.

Explorador.
El estilo es una marca que conserva un “espacio de inscripción”, y esa “presencia” sígnica implica la escritura de la huella, porque implica a la vez la especialización, la temporalización y la relación con el otro: “Quiero menTirTe’ nesTa Tarde esTuve/ enTre Tu Tenue TanTa Tersa nube./ Tanto menTirTe qu ‘enTre Trinos Tuve/ Toda Tu Tez ceTrina. TinTo Te hube./ Y sí Tu Trono sí Tu Tan querube./ Sí Tu Temblor Tu Taza. Te conTuve”. (Décima Segunda Palabra, Libro del Ghenpín).
Y esa huella sólo puede identificarse e interpretarse en el decurso de la lengua, del poema como palabra calcinada, que se integra con su propio estilo a la serie literaria. Y Bustriazo suma su experiencia a una importante estirpe de exploradores de la lengua.
Si analizamos el siglo pasado a través de su escritura, se tendrían varias muestras que probarían que hubo una especie de revolución lexical. Lo preanunció el simbolismo francés al reconocerse en “las palabras de la tribu” y se prolongó, a modo de programa, en los manifiestos de las vanguardias.
Este continente también vivía su propia trayectoria y prefiguraba las búsquedas por venir, en donde se colocaría en suspenso “el buen decir”.
Rubén Darío, uno de los padres del Modernismo latinoamericano, entendió ese vacilar de las cosas y se anticipó en las “Palabras liminares” del libro Prosas Profanas (1896): “Si hay poesía en nuestra América ella está en las cosas viejas: en Palenke y Utatlán, en el indio legendario y el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro. Lo demás es tuyo, demócrata Walt Whitman./ Buenos Aires: Cosmópolis./ ¡Y mañana!”.
Varios escritores se apropiaron de la consigna sociopolítica y literaria del nicaragüense y, desde ese anclaje, marcaron su propia impronta que se sustenta, nada más ni nada menos, que en la configuración de un espacio literario propio, inserto en un colectivo, y siempre en relación con la serie literaria. En la experiencia extrema de subvertir a la lengua se destacan César Vallejo: Trilce (1922), Vicente Huidobro: Altazor (1931), Nicolás Guillén: Sóngoro Cosongo (1931), Raúl Bopp: Cobra Norato (1931), Oliverio Girondo: En la masmédula (1954), Juan Gelman: Gotán (1962), Miguel Ángel Asturias: Mulata de tal (1963), Severo Sarduy: Big Bang (1974), Néstor Perlongher y Emeterio Cerro: el neobarroso (década del ’80), Susana Thénon: Distancias (1984), Leónidas Lamborghini: Las reescrituras (1996) Ariel Williams: Conurbano Sur (2005) y, desde ya, Juan Carlos Bustriazo Ortiz y Libro del Ghenpín (1977; 2004). Vale también citar el neocriollo de Leopoldo Marechal.
Cada uno de ellos abrió en sus procesos creativos las compuertas del lenguaje al flujo libre de ciertas palabras condenadas por la lengua hegemónica y por las reglas gramaticales, es decir, reinventaron la lengua.

En fin, la lengua.
Así, la poética de Bustriazo Ortiz avanza por un camino que comporta un creciente y profundo trabajo de recreación idiomática, en donde lo semántico, lo sonoro, lo simbólico se relacionan y fusionan para refundar un sistema de singular significación.
En esa simbiosis emerge nuestra “habla/escritura”, con su conciencia del propio “lar” poético, pleno de mestizaje, un híbrido del dialecto sudaqués, como pensó y escribió Graciela Cros, para renombrar -en los “artefactos argento-patagónicos mapuche-sudaqueses”- el canon literario existente.

* Escritor

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Canto
Quetral

Escribió el poeta Juan Carlos Bustriazo Ortiz casi 80 libros, esa obra completa se denomina Canto Quetral, y ha demostrado humildemente su maestría; porque inventaba y dudaba para seguir creando, para seguir siendo poeta nochernícola, archimítico, polifónico y desnudo en lo fonético. Y lo hacía en la lengua, en la misma lengua multiplicada con que nombró al universo, en la variable lengua en que se nombraba, en la que seguirá nombrándose; porque para su verbo cíclico, en su escritura ritual, siempre hay despedida y reencuentro: “Adiós, adiós. Hasta mañana, lengua,/ lueguito o no, luegura si me llega,/ levántar me, nacerme de la huesa,/ la sabanura, almohada, estotra greda/ de la que subo taza, vaso o luenga/ jarra de Juan. Hasta mañana, lengua! (Décima Sexta Palabra, Libro del Ghempín)

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Bustriazo
en Buenos
Aires

El próximo jueves 13 de septiembre, en Buenos Aires, el ciclo Extramuros presentará “Bustriazo Ortiz, Entre Lenuas”. La cita será en calle Suipacha 346 de CABA, sede de Casa de La Pampa. El encuentro es organizado esta institución, junto a la Asociación Pampeana de Escritores y Natalia Neo Poblet. Será una jornada de reflexión literaria dedicada al poeta santarroseño.
En un intento por abordar a Bustriazo y su obra desde una mirada externa al territorio y la tradición pampeana, la actividad contempla la realización de dos charlas: “La lengua errante de Bustriazo Orgiz”, a cargo de Natalia Neo Poblet y Jorge Curcio, y “Trasposiciones en el Canto Quetral. De lo sonoro en la lengua a lo sonoro en la música”, a cargo de Sergio De Matteo y Omar Lobos. El toque musical de la noche lo hará el músico Nicolás Blum, quien interpretará musicalizaciones propias de poesías de Bustriazo Ortiz.

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“La preeminencia del “habla” sobre la “escritura” traspasa la primera parte de la obra de Bustriazo Ortiz. En su formato primigenio, aunque se los reconozca como poemas, también podrían haber sido canciones.”

“Incluso Juan Carlos Bustriazo Ortiz se integra a los textos y se convierte en lenguaje. Quien escribe no puede situarse fuera de la lógica del lenguaje y, por lo tanto, tampoco fuera de su propio texto.”